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La capilla de San Álvaro

Ceniza

 

Una cruz oscura sobre la frente y una mirada. Es Miércoles de Ceniza y en la lejana Florida, los ojos de quien acaba de tomar conciencia de su condición mortal (“Pulvis est et in pulverem reverteris”, que se decía antes) parecen prometer algo más que la simple adscripción cultural al catolicismo. Nada extraño en países en los que no son mayoría y están acostumbrados a defender su fe y su forma de expresarla, en tierras en las que el Credo se confiesa todos los días hasta la última coma de palabra y obra.

 

 

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Como cofrade me gusta serlo, pero hay veces que uno tiene ganas de meterse en otra piel, de pensar en cómo se vivirá la Cuaresma allí donde el ayuno, la oración, el pensamiento y la vuelta, otra vez, a Cristo, no luchen con la memoria que habla de los días del gozo, con la impaciencia con que se recoge la papeleta de sitio y se saca el capirote del trastero, con la víspera cierta del sol embriagador de primavera y las imágenes bajando hasta la altura de sus fieles. “La nostalgia que esperabas sentir como una suave cosquilla”, que decía el maestro Ignacio Camacho un año que cambió la ciudad de su memoria por la majestad celestial de “La Pasión según San Mateo”.

Quizá sea una idealización lejana, pero alguna vez habrá que asomarse a otros ojos y pensar cómo es la Cuaresma con un horizonte donde la vida y la luz triunfan en la Noche Santa de Pascua y no, cuando todavía hay tanta muerte de cruz que ver, en la tarde pletórica de música y memoria del Domingo de Ramos.

 

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