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La capilla de San Álvaro

Catedral en miniatura

 

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De todas las hermandades de la ciudad, la de Nuestra Señora del Rocío quizá sea la que más a gala tenga que llevar el nombre de Córdoba. Entre casi cien filiales, cada una de las agrupaciones que rinden culto a la Blanca Paloma tiene que buscar su propia identidad, la señal que la distingue y que confirma que todas son una en la devoción pero cada una tiene su personalidad propia. Como el pueblo de Dios, sin ir más lejos. Cuando cruza el río, sale de la ciudad y busca los caminos, y todavía más cuando llega a la Aldea, ya no es, como aquí, la hermandad del Rocío: es Córdoba, y por eso tiene más necesidad que otras de distinguirse entre el mar de carretas y simpecados que coinciden a la vez en el mismo sitio.Lo supo hace tiempo cuando para hacer su escudo puso a su Virgen entre los arcos de la Mezquita-Catedral, el emblema indiscutible de la ciudad. Ahora sus hermanos acaban de aprobar el diseño de la futura carreta de su simpecado, que será, como es tradicional, en plata ricamente labrada. Rafael de Rueda ha concebido casi una Catedral en miniatura, de forma que a quienes la vean venir de lejos los saludará con los arcos polilobulados de la capilla de Villaviciosa, presentes en el frontal y también en los farolitos que le darán luz. Pero no será un solo guiño, porque el diseñador cordobés, con su ya más que sólido magisterio, no ha dejado de mirar en ningún momento al que para muchos es el mejor edificio del mundo. Ahí están la ornamentación vegetal de las columnas, los inconfundibles capiteles, las míticas dovelas de dos colores y la profusión decorativa de todo el conjunto, especialmente de la base de los candelabros y de unos brazos que demuestran que se puede ir más allá de la manida rama con nudos arbóreos. En una carreta están la majestad de Villaviciosa, el misterio del mihrab y la profundidad mística de una Mezquita convertida al cristianismo sin perder su belleza. Córdoba, en una palabra, pensarán quienes la vean llegar.

Y a pesar de que en el manantial de su arquitectura y decoración hay detalles y variedad para dibujar toda una Semana Santa sin que sus cofradías parezcan repetidas o cortadas por el mismo patrón, a muy pocas cofradías penitenciales se les ha ocurrido mirar allí para su patrimonio. Salvo excepciones que se me queden fuera, y de las que pido disculpas por adelantado, no se me ocurren más que tres: el sepulcro del Cardenal Salazar para el paso del Cristo del Remedio de Ánimas, los respiraderos de la Reina de los Mártires inspirados en la sillería del coro y los arcos del palio de la Estrella, que lleva además la torre en su escudo. No es un detalle nada menor que los dos últimos se dibujaran y cincelaran en Sevilla, porque los cofrades cordobeses, de tanto mirar a su magnética hermana mayor, se han olvidado de lo valioso que es lo que tienen al lado y a lo mejor hasta lo tienen por poco bueno, mientras que los hispalenses sin prejuicios sí lo pueden admirar sin reservas. Algún llamador de añadidura y quizá algunos detalles a la manera de Hernán Ruiz del nuevo paso del Sepulcro cerrarían la lista.

El mismo barroco
Creció el patrimonio de las cofradías y muchas veces se hizo bien, pero otras muchas no salieron del mismo barroco, que no era el de los retablos de su ciudad, sino el repetido de los pasos en serie y de los enseres copiados, como si no hubiese en la Catedral y en tantas capillas fuentes de belleza purísimas y personales con las que no parecerse a nadie. ¿Tópica apatía cordobesa, desinterés estoico por lo propio? La realidad lo desmiente: cientos de asociaciones tienen los arcos en su escudo, a lo mejor porque no tienen que fijarse en las de otra ciudad.

Ahora la hermandad del Rocío, que sí tiene que destinguirse entre el mar devocional de Pentecostés, mira a lo más hondo de Córdoba. Por pedir, uno se pregunta si no sería bueno llevar el simpecado original cuya Virgen pintó Julio Romero de Torres y cuyos sencillos dibujos debieron de salir de su entonces postrera imaginación, para que así los rocieros de todo el mundo conozcan algo del alma de la ciudad.

 

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