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La capilla de San Álvaro

La carrera oficial y el reparto de papeles

El misterio de la Redención, por Torrijos en el Vía Crucis Magno
FOTO: RAFAEL CARMONA

Lo peor de un debate largo no es que se prolongue y aburra incluso a las hojas de papel encargadas de soportarlo, sino que de tanta insustancialidad como soporta termina con el riesgo de cerrarse en falso. Córdoba es una ciudad donde se habla muchísimo y se hace muy poco, donde se dicen los plazos con la frescura del que sabe que no los va a cumplir y donde la siesta de cualquier proyecto parece tan natural como saber que al salmorejo hay que echarle tomate. Cuando después de tanto como se escribe y se parlotea se percibe un final, más de uno tiene que frotarse los ojos, como si no creyera que está a punto de terminarse la discusión y que si no hay solución habrá por lo menos un último punto. Se terminará un nudo tan difícil como el que coge el cable de los auriculares después de demasiado tiempo en el cajón. Así llega el famoso pleno que tiene que reunir a las cofradías el próximo septiembre, a la vuelta de las vacaciones, como si no fuese verdad que la carrera oficial melindrosa y pequeñoburguesa que tantos años se vendió como única posibilidad de verdad esté a punto de arrumbarse en el trastero de la historia.

Quien más quien menos imaginó muchas veces el momento en que las cofradías decidiesen por fin que su carrera oficial tenía que estar cerca de la Catedral y dentro de ella, y seguro que contó muchas veces los votos: aquellos que irían con la papeleta del «sí» en alto por ser los más convencidos; aquellos que se sumarían a última hora para no desentonar, los que negociarían el apoyo para tener alguna pequeña compensación después de todo comprensible, y por supuesto aquellos que morirían con las botas puestas, clamarían por el no y al año siguiente, que conste, se plantarían en la antigua Mezquita sin contemplaciones.

Pues sí, parece que va a ser en septiembre y que en 2017, dentro de un poco más de ocho meses, el palquillo de entrada estaría en la Puerta del Puente, el giro más lucido sería bajo la monumental construcción de Hernán Ruiz III y luego hacia el Triunfo y Torrijos, y el punto culminante estaría en la estación de penitencia en la Catedral. Un Vía Crucis Magno primaveral, con nazarenos, sin retrasos y para siempre. Pero en realidad lo que puede pasar se parece bien poco a lo que se había amasado en la imaginación en estos años. El cansino debate de la segunda puerta se ha callado por un tiempo, ahogado en la burocracia interminable y prejuiciosa de la Unesco, y la Agrupación de Cofradías ha creado un proyecto que pinta muy bien, tan sencillo que parecía raro que nadie lo hubiera visto antes incluso en esta ciudad de incuria y modorra crónica.

Puede haber carrera oficial sólo con la Puerta de las Palmas sin la famosa rampa en «L» que parece que tardará en verse en el Patio de los Naranjos, pero en estos días de escuchar a todo el mundo sorprende que el reparto de papeles sea en algunas partes al contrario del imaginado, como si en esta ópera ficticia el tenor que tenía que dar el do de pecho se haya trasmutado en bajo ingrato, al barítono de pronto se le haya aclarado la voz y enamore a todas las señoronas de los palcos, y la soprano, lista para arrancar los aplausos en el número culminante, cante con voz de contralto mientras le deja el papel de prima donna a la mezzosoprano. Todo un lío que no pasa por lo fundamental, sino por lo accidental y sin embargo muy importante del trazado para ir a la Catedral y sobre todo para salir de ella.

El Señor de la Coronación de Espinas, en el interior de la Catedral
FOTO: RAFAEL CARMONA

Cualquier carrera oficial en cualquier lado beneficia tanto como perjudica, según la distancia de las cofradías a la entrada y a la salida, y así más o menos queda un saldo apañado, pero lo que puede ser letal es que el voto se dirima entre quienes están cerca de un palquillo y otro y aquellos a los que ambas cosas pillan a trasmano. Nadie podía imaginar que la vieja calle Deanes, escenario de gestas costaleras con la torre vigilante al fondo y lugar en que se derribaron como castillos de arena los prejuicios más sólidos, se fuese a quedar más o menos desierta después de haber ayudado a tantas cofradías en los años en que a los catedralistas los tomaban por locos. No se le ha podido anotar debe alguno en la hoja de servicios a esta calle tan maltratada por el pésimo comercio turístico, cuyas piedras se tenían que reír por lo bajo mirando a los escépticos, tan cansinos como poco rigurosos, tropezarse con las muchas evidencias.

Aún queda tiempo y se puede hablar: si la solución de la entrada y salida por la misma puerta era tan sencilla todavía queda margen para convencerse, en un parpadeo de inspiración, de que este camino por Torrijos y final en la esquina de Cardenal González es de verdad lo que trae más cuenta, o hasta para aceptar alguna sugerencia, que en eso consiste también la primacía de la asamblea. Pero, como les pasa a las cofradías cuyos pasos no caben y no ven tan mal lo de quedarse en el arco mientras nadie les urja, tendrá que hacerse sin prisas y sin recurrir a la cifra mágica de los 19 votos a favor, el 5 raspado que nadie desea y que después de todo está muy cerca del crudo suspenso. Después de muchos años de relatos y argumentos repetidos, lo más cruel sería que el debate terminara con una conclusión precipitada.

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