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La capilla de San Álvaro

Capiroteros

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En Córdoba, que tan bien ha calcado sin pestañear el léxico de Sevilla aunque conserve bellas y precisas palabras propias como cubrerrostro, no tuvo éxito la palabra capirotero, que con unas gotas de sorna habla del cofrade que acude a su hermandad para salir de nazareno y no tiene interés más que en la papeleta de sitio. Debe de ser cosa del poco apego que en Córdoba se le ha tenido a la túnica, reservada en muchos casos a quienes no pueden salir de costaleros y no tienen contactos para lucir traje, medalla y acreditación de servidor. El caso es que hay cientos de personas que se ponen la túnica, con mejor o peor continuidad, y algunos incluso van cubiertos hasta la iglesia, pero no les faltará algo de capiroteros a tantos cuando una procesión extraordinaria apenas tendrá gasto en cirios y se disimula con la presencia de representaciones y bacalaos.

Más que una condición o cláusula de contrato, lo que la cofradía de Jesús Caído ha hecho ante su cabildo general ha sido una llamada de atención, una especie de apelación al orgullo para conseguir que los hermanos acompañen al Señor y a la Virgen de la Soledad el 26 de septiembre. No es un problema sólo suyo: cualquier procesión extraordinaria, sin el atractivo o el anonimato, o lo exótico, de las túnicas y los cubrerrostros, tiene el reverso de un cortejo que apenas se acerca al de Semana Santa, y hasta en los Via Crucis penitenciales que las cofradías celebran, se va más a mironear que a tomar un cirio y formar fila con los hermanos, como si eso no estuviera entre las obligaciones que uno adquiere.

Es la cara menos agradable del capirotero, que conforme se aleja la Semana Santa, se va por donde vino con su cartón o rejilla, y no hay forma de decirle que tome un cirio y el traje negro, pero también del cofrade que aparece más y tampoco tiene ganas de aguantar en una fila si no es con una túnica o una vara, y mejor con las dos cosas. Tampoco se acuerda nadie de los cortejos mirando la bulla que no deja andar, el cuerpo de trípodes como si fueran acólitos digitales, los muchos vídeos que después contarán la gloria en internet de aquel día que no había pasos en Sevilla haciendo la competencia. Algo así pasó en el Via Crucis Magno, donde el famoso número de diez parejas de cirio era menos un tope que todo un desafío complicado de salvar en según qué casos.

La hermandad de Jesús Caído probablemente logrará tener un cortejo decente para sus dos pasos y no será tan difícil ver el palio regio y majestuoso de la Virgen del Mayor Dolor en su Soledad en el Patio de los Naranjos el 26 de septiembre, pero lo que pasa deja una reflexión que va mucho más allá de San Cayetano y que no deja a nadie capaz de tirar primera piedra de ninguna clase: la de si en Córdoba se ha buscado a gente que haga bulto debajo de una túnica o alguien en las juntas de gobierno se ha preocupado por mimar a los hermanos y hacerlos sentir tan importantes (y con eso tiene que ver la fotografía) que no se quieran separar de sus titulares, ni con túnica ni con traje.

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