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La capilla de San Álvaro

Calamardo

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Hay quien se pregunta no si sucederá, sino cuánto tiempo falta para que los comerciantes y fabricantes chinos desembarquen con un arsenal de precios bajos y velocidades supersónicas en las artesanías y en los pequeños objetos relacionados con la Semana Santa, que tan fiel público tienen y ya no siempre en Andalucía. Quizá lo hagan antes en lo segundo que en lo primero, que a fin de cuentas requiere una formación más especializada, pero si se han metido en todo lo que suponga dinero, es ingenuo pensar que no acabarán intentando pinchar aquí también, y es de niños creer que no habrá hermandades y clientes dispuestos a hacerles encargos.

Al principio, como siempre, se verá más el cartón de lo falso, pero poco a poco irán puliendo la técnica y donde antes se decía Esperanza Elena Caro o Santa Bárbara al final hablaremos de algún polígono industrial de Shangai o Alcobendas, que ya tanto da. Si imitan cualquier bolso de marca, no faltarán cerebros que se aprenderán de memoria la exuberancia de Rodríguez Ojeda y quizá la letífica subversión de Enrique Redel en el manto de las Palomas y harán que sólo los peritos reparen en la diferencia entre un noble paso de los Valverde y otro de aparentes líneas renacentistas, o entre una deslumbrante y perfeccionista saya de Pérez Artés y otra ejecutada en tiempo récord en cualquier barrio de Pekín. Faltará, sin embargo, una chispa de creatividad, un rasgo de genio, la capacidad para pasar de la mecánica y la técnica a eso tan difícil que se llama inspiración y que transforma la rutina en excelencia, pero para caer en esa inercia no hace falta ser asiático, y bien lo saben muchos en las hermandades, que pierden tanto a veces los papeles cuando hay rebajas o precios irrisorios.

Hace tiempo que la Semana Santa es un filón para las industrias y no hace falta haber nacido en el barrio de San Lorenzo para quemar un incienso que huele a más cofradiero que ninguno, o que por lo menos así se lo parece a la mayoría. La facilidad de las comunicaciones y la seducción con un modelo concreto que hace desaparecer todo lo que está a su sombra hace tiempo que extendieron la Semana Santa andaluza, en realidad sevillana, al resto de España, como si por admirarla, que sin duda lo merece, hubiese que imitar con toda perfección sus modelos, que no su alma, que es intransferible.

Quien se haya asomado, aunque sea a través de los libros, a las imágenes y a los ritos de la Semana Santa castellana habrá tenido que quedarse con la boca abierta si es que no es un «miarma» friki imitador de acentos. En esa hermosa tierra de paisajes de cereales y ciudades a la vez hermosas y austeras hay una sucesión deslumbrante de imágenes que hacen procesiones silenciosas por lugares asombrosos, como el Cristo de los Doctrinos en Salamanca; pasos que hacen llorar al creyente y conmueven al amante de la arte, y quien se asome al gigantesco Gregorio Fernández llegará a comprender que en Andalucía no tenemos la exclusividad de grandeza ninguna. Cuánto darían los cofrades por tener Semanas Santas en distintas fechas y poder asomarse a Zamora o a Medina de Río Seco y sobrecogerse con el silencio y la autenticidad de sus procesiones.

Ahora en cambio, de la noble y antigua Castilla, y de la plácida tierra de La Mancha de imágenes severas y rituales de tambores y procesiones en el campo, llegan bandas que imitan a las sevillanas hasta en los errores, como hacen los violinistas chinos y coreanos cuando se cogen los discos de los grandes maestros. Ávila puede sonarle al viajero al clima seco y frío de «La sombra del ciprés es alargada», a las imponentes murallas y a la memoria valiente y honda de Santa Teresa, pero ahora también exporta cornetas y solos flamencos. La noble León, con su Catedral gótica y su memoria de batallas medievales, hace tiempo que hace zapateados al son de agrupación musical. Seguramente dejarán atrás músicas propias interesantes, como la marcha fúnebre de Thalberg que es el himno de Zamora o aquella «Mektub» que tanto sonaba en Castilla, para imitar sones modernos que venden discos y hacen de banda sonora a chicotás de récord. En Salamanca han crecido cuadrillas de castellanos hasta la cepa que crean vergüenza ajena diciendo «quiyo, que ví a llamá», como si hubieran nacido en Carmona.

Se podría decir que por mucho que lo intenten siempre sonará a postizo imitar aquello que no se ha conocido de pequeño, y que cualquier compás de la Estrella de Córdoba o la forma en que entran las cornetas de la Esperanza en «Saeta cordobesa» tiene más autenticidad que miles de estas imitaciones. Pero, para qué nos vamos a engañar, tampoco estas bandas de tricornios y levitas tocan «Soledad de San Pablo» ni «Christus vincit», sino moderneces barroquizantes que tampoco ha mamado nadie de pequeño, y que harán igual las delicias de miles de oídos que desprecian a la Centuria por antigua y no han mirado la verdad que dicta Esencia en el Císter cada Martes Santo.

El tiempo conducirá las cosas por sus caminos y quizá traiga revoluciones artesanales, cera tirada de precio de Calcuta y estupenda orfebrería taiwanesa, pero me da que por mucho que se quiera globalizar la Semana Santa, habrá cosas que seguirán chrriando tanto como si el gruñón Calamardo hiciera el solo de «La Esperanza de Triana».

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