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La capilla de San Álvaro

Bienaventurado

 

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Quizá era que en la fina teología de las gubias había desentreñado algún secreto de lo alto, o que de tanta Verdad y tan ungida fuerza como iba derrochando le terminó por faltar el aliento, o que le sobrevino un éxtasis dulce a la garganta cuando comprendió que al rezar Jesús y María tenían el rostro que a él se le aparecía después del trabajo en la madera.

“Tres días de trabajo”, dijo al testar, tal día como hoy, pensando tal vez todavía en el labio trémulo y la mano de la espina, soñándose como el Cristo que vuelve al regazo maternal del que salió. A lo mejor se sintió en la agonía como aquel Hombre que aunque era Dios clamaba al cielo encontrando esperanza para el miedo a la muerte. Puede que esperara la mirada tierna con que lo imaginó caminando, seguro y fuerte en su zancada de Señor Soberano y desvalido como un hombre mirando al abismo. Pediría en una oración última el perdón dulcísimo que él llevó al rostro de Cristo y la paz transfigurada con que reposaban después de expirar las cabezas sobre el pecho. Descansa y vive, hombre bienaventurado, que nunca muere quien llena el mundo con el eco sobrecogedor de sus obras buenas, y pide para nosotros, que tanto te debemos, la misma luz que te ganaste a pulso en la tierra.

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