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La capilla de San Álvaro

Añorada Soledad (Opus 2)

Melodía primera. En la misma ciudad donde son tan expertos en sacar un paso a la calle con sus ciriales, su misterio abarrotado, su banda de cornetas con los mejores pulmones del extrarradio, su cuerpo de fotógrafos y forofos de «yutú» y hasta su buen cortejo de gente vestida con traje negro y gafas del mismo color, la preparación para la Jornada Mundial de la Juventud ha consistido en hacer un Via Crucis con eso, una simple cruz, aunque donada nada menos que por Juan Pablo II, y que contrasta con el que Córdoba, en teoría menos marcada por las cofradías, hubiera que tirar de preciosa imagen con faldones bordados, peana de Damián de Castro y terno negro de excepción.

Fuerte de bajos. Excepción gloriosa son unas cuantas cofradías que no consienten en vestir a sus Vírgenes de hebrea para Cuaresma sólo porque toca, aunque a algunas de las que se ven ahora en los templos, más que tantos tules abultados con miles de pliegues les peguen más bien tocados íntimos o sencillos que se complementen con su delicadeza y que no hagan que sus devotos piensen que mejor que llegue de una vez la Semana Santa para ver si se termina esta pasarela de rasos deformando siluetas.

Trío y coda. Siluetas son las que se van perdiendo en los pasos de Córdoba a fuerza de llenarlos de figuras con las que acompañar a unos titulares que por dentro irán pensando que mejor solos que mal acompañados, y que si los cofrades tanto dicen creer en Jesús, que es al fin y al cabo el que va arriba, y aunque se comprende que un buen misterio evangeliza, narra y hace comprender la Pasión cuando está bien hecho, habría que preguntarles por qué se empeñan en que el Señor sea aquello que queda en el hueco que dejan libre los judíos y los soldados romanos abarrotándolo todo.

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