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La capilla de San Álvaro

Alquimia

La Catedral vacía. Se regala el silencio
en los grises pilares de tierra endurecida.
Ningún aliento roza la quietud lisa y firme
de esa alcoba de piedra donde Dios vela solo.

Juan Sierra

Hay una tendencia que es contranatural a la Semana Santa. Si las cofradías estuvieran vivas, o al menos con el vigor que tuvieron una vez para inventarse y crear, se revolverían como animales desesperados y rechazarían a quienes quieren disecarlas, convertirlas en cuadros inmóviles y bidimensionales, unívocos y agotados en explicaciones de rutina. Debe de ser toda esa palabrería narcotizante de estos días la que ha divorciado a la Semana Santa, y a las cofradías que la protagonizan, de los veneros de la creatividad pura, que lejos de encajarse en el sillón burgués del inmovilismo que se disfraza de clasicista, siempre nace, fuera por el dolor de Juan de Mesa o por la extravagancia regionalista de López Farfán, como un gesto de evolución y hasta de ruptura.

No son éstos tiempos de heterodoxos, primero porque la fiesta yace encapsulada en unas islas donde no es normal que lleguen los aires renovadores de otras expresiones culturales que podrían enriquecerla, pero también porque no hay quien la quiera mirar desde otro prisma, y si lo hace es para el chiste fácil y la ofensa por la ofensa, que no deja de ser una forma de autocastración creativa. Pero no siempre fue así. La Semana Santa, como un organismo vivo, tuvo visiones escandalosas y diferentes, estéticamente geniales y surrealistas hasta el delirio, y adentrarse en ellas, aunque uno capte los errores y distinga los muchos aciertos, también ayuda a conocer a las cofradías y a ese repeluco en la piel y en el alma que saca a tanta gente a la calle en la primera luna llena de la primavera.

Para guiarse por ese laberinto, los periodistas Eva Díaz Pérez y José María Rondón acaban de publicar «Semana Santa insólita. Delirios y visiones heterodoxas de la Semana Santa de Sevilla». En él recorren más de medio centenar de miradas a la fiesta que valen para todos los cofrades que quieran interpretar a la Semana Santa y no sólo tragarse ciertas masticadas explicaciones, aunque sea más cómodo. El libro, que sale a la luz con el sello de la editorial cordobesa Almuzara, es un excelente esfuerzo de documentación y búsqueda plasmado con la concisión y la luminosidad literaria que se espera de los periodistas.

El lector conoce el excéntrico e interesante opúsculo que José Luis Ortiz de Lanzagorta, Rafael Pérez Estrada y Alfonso Canales dedicaron a la Virgen del Patrocinio cuando un incendio la dejó convertida en «pavesa de recuerdos», en feliz expresión de otro heterodoxo maravilloso, Antonio Núñez de Herrera, entonces para la Virgen de la Hiniesta. Está el casi amargo Eugenio Noel, pero también la estremecedora y sugestiva «Saeta» que el trompetista de jazz Miles Davis creó haciendo alquimia de este cante tradicional, y que emparenta a las cofradías más con aquellas que asombraron a los viajeros que con las momificadas en una estética unívoca, como pasó con aquella otra saeta de la Niña de los Peines que Man Ray escogió para una película. Los autores hablan de Robert Capa al frente de una pléyade de fotógrafos como Brassaï, del famoso cuadro de Sorolla, pero también de Stravinski y su famosa admiración al ver a la Virgen del Refugio con «Soleá, dame la mano». A partir de entonces, dice el libro, el compositor siempre diría: «No sólo hay que oír la música; además hay que verla».

El libro cuenta cómo Alfonso Comín incluso veía en la Semana Santa y en su potencial simbólico a la España oprimida por Franco y recoge una asombrosa colección de miradas, casi nunca complacientes, que van desde el sarcasmo hasta la incomprensión pura, desde quien se pierde en el mar de advocaciones hasta quien denuncia las devociones supersticiosas de las prostitutas y se centra en un retrato social de desigualdades e injusticias. También está el que adivina mucho más que grandes carros con imágenes, aunque la premura del viaje no le deje comprender nada más.

No hay materia de escándalo en la obra de José María Rondón y Eva Díaz Pérez, al menos para el cofrade que al llegar la Pascua cambia de discos y de lecturas sin por ello dejar de querer a las cofradías, porque es una vacuna contra las intrasigencias que se cebaron con «El capirote» de Alfonso Grosso. El final del libro es la muestra de cómo la semilla buena de la Semana Santa germina también en los campos de la vanguardia y la modernidad, y así Roberto Arlt encuentra evocaciones de delirios asiáticos en la forma de vestir a las imágenes y el judío Max Nordau vio un ambiente menos religioso, mucho menos, que festivo y casi excesivo. «Producirían una impresión honda y casi siniestra si tomaran en serio su papel. Pero no lo hacen, a pesar de su solemne vestidura», dice de los nazarenos.

También están, en fin, los que entienden la Semana Santa y la comprenden desde muchos de puntos de vista, y hasta destilan belleza en los alambiques de la memoria y del genio, como los nostálgicos Rafael Cansinos Assens y Cernuda, el clarividente Chaves Nogales o el intuitivo prodigioso que fue Antonio Núñez de Herrera, autor quizá del más hermoso y certero libro sobre las cofradías: «Semana Santa, teoría y realidad».

Al final de todo, cuando uno ha estado de acuerdo y ha disentido, ha disfrutado o se ha asombrado, queda como gran sabor de boca la perla exquisita de la poesía, surrealista y pura como agua de pozo, de Juan Sierra, que en lo que parecía delirio dio con una de las claves de la fiesta que conoció hasta el final en la celda de ruán de su severa cofradía del Calvario. Acérquense sin miedo a este libro que tantas puertas abre los cofrades inquietos para comprobar que la Semana Santa sólo crecerá de verdad si vuelve a mirarse con otros ojos.

Brassai

Imagen tomada por el fotógrafo Brassaï en la Semana Santa de 1951, incluida en su álbum «Seville en Fête»

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