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La capilla de San Álvaro

«Al Cristo de los Faroles», llega la contracultura

Siempre vi muy injusto que en el mundo de las bandas de música, la exquisita marcha que Emilio Cebrián le escribió a la Esperanza Macarena se tuviese que conocer no por su título, sino por el añadido del apellido de su autor. «Macarena», sin más, era la de Abel Moreno, y para referirse a aquella composición inspiradísima en la que Carlos Colón intuía una como copla que se escucha por la ventana, se decía «Macarena de Cebrián». Y es curioso, porque se escribió casi medio siglo antes, su calidad es muy superior y andado el tiempo, diría que también se toca más, o al menos en los sitios más exigentes que la del maestro onubense, digna y agradable al oído, pero nada comparable a la finura regionalista de su homónima.

Hace ahora veinte años se escribió una marcha para agrupación musical que desde el primer momento parecía condenada al rincón de los pocos oídos educados, que entonces eran muchos menos que ahora. Y poco después, también le cayó encima otra con el mismo título y para el mismo género, que fue muy popular en la segunda mitad de la década pasada y que sin ser gran cosa al menos no desmerecía tanto como la oleada flamenca que vino después. Sí, hay que recordarlo, en 1996 se terminó una marcha que se tituló «Al Cristo de los Faroles», que no tiene nada que ver con la que luego hizo Miguel Ángel Font basándose en la tonadilla de la película de Antonio Molina, y que también superó a la más famosa, aunque nunca haya salido de ser algo así como un lanza contracultural en un mundo acostumbrado al éxito fácil.

«Al Cristo de los Faroles» la firmó en 1996 Francisco Javier González Ríos y la entregó a la banda de la Estrella de Córdoba, ya empeñada en ser bandera de la elegancia y la primacía de lo musical. Se estrenó en la Cuaresma de 1997, en la presentación del primer disco de la formación, «¡Estrella!». El disco se agotó por dos veces, hoy es de coleccionista, aunque todo el mundo miraba más a la que le daba título al disco, toda una transgresión hoy emblemática, y a la muy dulce «Oración», y las dos serían estandartes de la banda. «Al Cristo de los Faroles de González Ríos», o «Al Cristo de los Faroles de la Estrella» fue una premonición, doce años antes, de Viernes Santos que estaban por venir, de la entonces transgresora marcha fúnebre para agrupación musical, la muestra de que se podía acompañar a un Cristo con la solemnidad de la tarde de la hiel y la sábana, que dijo el poeta. No por otra cosa se dedicaba al Cristo de la Clemencia y a esa silueta que reproduce en movimiento a la imagen de piedra de la plaza en la que reside la Virgen de los Dolores.

Como su hermana «¡Estrella!», la marcha se abre en unos compases sin percusión, y con una elegante llamada de las trompetas, a las que después se unen el resto de instrumentos. Las llamadas se repiten periódicamente para dar paso a las distintas variaciones de temas, unos con un carácter más solemne y otros más luminosos, y en ocasiones con la elegancia del canon, que habla de las inquietudes artísticas de un músico, Francisco Javier González Ríos, que poco antes había iniciado una revolución en su banda de las Cigarreras con marchas como «Amor de Madre» y «Pasión, muerte y resurrección». Las trompetas, ayudadas por las cornetas, llevan el peso melódico, pero el vibrar de las tubas hace recordar que es una marcha de Viernes Santo.

La última de las llamadas concluye a un final en que se van recapitulando abreviados los distintos temas con los que ha evolucionado la obra. ¿Luminoso y triunfal, como presagiando la resurrección? Eso parece en un principio, pero el compositor tiene todavía un naipe guardado, y otra vez llegan los bombardinos y trombones a llamar a la tragedia, que acaba entre elegantes disonancias y variaciones con ecos a música cinematográfica bien entendida. Un colofón sugerente pone fin a esta pieza que sólo empezó a ser una pequeña joya cuando se le sumaron unas cuantas hermanas para conseguir que el Cristo de la Clemencia, siempre a la sombra de su Madre, tuviese la música más bella de cualquier imagen del Señor en Andalucía.

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