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La capilla de San Álvaro

Llanto de la Magdalena

Misericordia

¿Puede la Semana Santa de Córdoba prescindir de la plaza de la Magdalena? Un par de generaciones de cofrades no pensaron nunca en ella como un lugar asociado a las hermandades. Sí, sabían que de allí salió la Misericordia en algunos de sus primeros años, que incluso en una capilla rapiñada, la del Sagrario, se veneró al Cristo, pero a partir de 1956, cuando la iglesia se cerró y la cofradía de los nazarenos blancos se estableció para siempre en San Pedro, la Semana Santa miraba a otros lugares. La carrera oficial seguía en el Centro, las cofradías que estaban más cerca apenas se acercaban y todo el mundo empezaba a mirar a la Catedral.

La plaza de la Magdalena era para entonces uno de tantos lugares desaprovechados en una ciudad que parecía llevar a gala que sus cada vez mejores cofradías tenían que pasar por calles anchas, repetidas o de escaparates. Seguro que muchos pensaron en ella al pasear en cualquier tarde de primavera, descansar en los bancos y reparar en la insólita armonía de casas bajas, en la paz cantada por el agua de la fuente, en el jardín como de miniatura entre el empedrado del suelo. En 1999 la hermandad de la Esperanza la atravesó ya de vuelta, camino de su casa de hermandad, y cruzó ante la vieja ermita del Santo Crucifijo, que tantos Jueves Santos, casi en la noche de los tiempos, vio salir al que hoy se llama Cristo del Amor con su cofradía. Pocos saben que allí estuvo un lugar de bullas en las Semanas Santas anteriores al decreto de Trevilla, cuando el Santo Sepulcro, por entonces con sede en el Carmen de Puerta Nueva, se detenía ante el convento de Santa Inés, del que hoy apenas quedan unos restos arqueológicos, y las monjas cantaban el «Miserere» gracias a una prestigiosa capilla con 18 voces e instrumentos de cuerda y viento.

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En este tiempo, la plaza de la Magdalena es un lugar de paso, uno de esos sitios para redescubrir Córdoba y para conocer una ciudad que el paseante sólo encuentra en Semana Santa cuando va de un sitio a otro, atrochando por Abéjar, por Duque de la Victoria, por Beatas y el bello dédalo de Santa Marta por el que un día la Virgen de los Dolores visitaría a las monjas jerónimas. Casi imposible parece disfrutar en la Magdalena a una cofradía, tanto como esas calles misteriosas de su barrio (Isabel II, Ancha de la Magdalena, Encarnación Agustina), inaccesibles o recónditas (plaza de las Tazas, Santa Inés, Costanillas), demasiado estrechas (Céspedes, Rey Heredia, Cabezas, San Eulogio, Candelaria, Tornillo), incomparables pero imposibles (la plaza de Jerónimo Páez por la que algún año pasó la Virgen de la Presentación) laberínticas como las que están entre Lineros y la Ribera o rivales de otras más poderosas, como el sugestivo eje por el compás de San Francisco, Huerto de San Pedro El Real y Hernando Colón por el que algunos años la Expiración volvía a San Pablo.

Con todo hubo algunas tardes en que volvió a oler a incienso por la vieja plaza, y no con devociones menores ni artificiales. En 2001 estuvo en la desacralizada iglesia el Cristo de Gracia, para la exposición de Crucificados mexicanos, y de allí salió el Miércoles de Ceniza para presidir en la Catedral uno de los Vía Crucis más arropados que se recuerdan, favorecido por la circunstancia de ser 28 de febrero. En octubre de 2004 llegó allí la Virgen de las Angustias para la exposición «Gratia Plena», por uno de esos caminos hermosos a través de Juan de Mesa y la calle de La Palma, y regresó una mañana de diciembre. Y allí volvió el Viernes de Dolores de 2012 el Cristo de la Misericordia, y pasó a su vieja iglesia, fría y sin vida después de tantas desgracias, perdido ya para siempre si retablo barroco de los espejos, para siempre reflejado en su cruz de guía. En el Vía Crucis Magno, el Señor de las Penas también la atravesó en un rodeo hermoso en aquellas horas inolvidables.

Desde entonces esperan la plaza y su iglesia gótica. En 2016 la incluyó el Rescatado en su camino a la Catedral para el Domingo de Ramos, pero la lluvia impidió la estampa. Cuando este 2017 pase por allí la Esperanza, y si alguna otra quiere algún día cambiar velocidad por belleza, quizá pese menos el gozo primaveral de ver a una hermandad en aquel lugar que el pesar por haber desperdiciado los rincones íntimos y antiguos de Córdoba en tantos años por Gondomar, Cruz Conde y hasta Ronda de los Tejares.

«Señor de la Caridad», el sueño de lo imposible

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La idea de que una marcha procesional pierde interés si no se puede interpretar en la calle ante la imagen a la que se dedica tiene una vida corta. Por supuesto que el compositor escribe para que su obra se difunda, y que la forma natural de hacerlo es durante la estación de penitencia, mejor fuera del templo, y que casi siempre lo fácil es que la marcha se interprete para la corporación dedicataria. A veces la comunión entre las notas y la imagen es alta y parece que ambos nacieron de una misma revelación, y la hermandad asume la pieza como una joya de su patrimonio. Otras veces la marcha tiene una fuerza tan alta que trasciende de los límites de una cofradía para empapar a muchos lugares. ¿Cuántas hermandades de Andalucía recuerdan momentos grandiosos de sus titulares mientras sonaban «Amarguras», «Virgen del Valle», «Nuestro Padre Jesús» o alguna de las perlas macarenas?

Por esas extrañezas de su ser singular, Córdoba enseñó hace ya muchos años que se podían escribir marchas excelsas para imágenes que nunca, o casi nunca, las escucharían en la calle. «Es un honor, pero somos de silencio», cuentan que le dijeron en la Buena Muerte a Pedro Gámez Laserna cuando llevó los papeles de «Saeta cordobesa» y «Salve Regina Martyrum». Hubo inolvidables días en que las dos obras sonaron para la Dolorosa de San Hipólito, pero la severidad de su Madrugada no impidió que en toda Andalucía las aclamasen (sobre todo a la primera) como monumentos musicales desde mucho antes.

No todos lo saben, pero también la hermandad de la Caridad, asociada a una música muy concreta, tiene dos marchas excepcionales, y quizá la más grande no sea la de un Gámez todavía primerizo aunque con todo su genio a cuestas, sino la de Francisco Melguizo. «Señor de la Caridad» es el título de una marcha que llegó en una década portentosa para la música procesional de Córdoba: entre 1949 y 1958 escribió Dámaso Torres «Misericordia, Señor», Gámez Laserna «Saeta cordobesa» y «Salve Regina Martyrum», Melguizo «Lágrimas y Desamparo» y «Paloma de Capuchinos», y Enrique Baéz «Virgen de las Angustias» y «Jesús Caído». Que se dice pronto. Y otras menos conocidas que deberían serlo más: José Timoteo brindó «Santísimo Cristo de las Penas» y «Jesús Rescatado», y Luis Bedmar «Vida de un alma».

En 1956, cinco años después del vínculo de la Caridad con el Tercio Gran Capitán de la Legión, escribió Francisco de Sales Melguizo Fernández (Córdoba, 1915-Sevilla, 1998) una de sus obras más personales, una marcha fúnebre en toda la extensión de la palabra, que si por su concepción es un misterio, como pieza musical merece un sitio en muchos repertorios. Se abre con un lúgubre tema en las tubas y metales graves, que poco a poco va ascendiendo. Dos elegantes de llamadas de los trombones abren paso al tema principal, en el que ya es protagonismo es de los clarinetes. Aquí la obra adquiere cierto tinte romántico, aunque será por poco tiempo: vuelven los trombones en un fuerte de bajos muy original y dramático, que va ofreciendo una escala ascendiente que llega a recordar en ciertas cosas a la actual «Subida al Calvario», para luego tornar al tema de apertura y a las llamadas de los trombones, que dan paso a otra sección, esta vez el tema de la marcha real, presente ya en las dos primeras marchas del autor, ahora con rica ornamentación.

Dos compases de caja y los platos dan paso al trío, con una melodía muy inspirada, rico contrapunto y aire otra vez de marcha fúnebre romántica, que al reexponerse se vuelve más brillante, con llamadas de las trompetas que conectan con las que ya se habían escuchado. Precisamente esta música va tomando protagonismo hasta quedarse en el oído cuando la pieza ha terminado. «Señor de la Caridad» deja un gran sabor de boca y la pregunta de por qué la escribió su autor. Su hijo, Cayetano Melguizo, no sabe la respuesta, pero sí insiste en que no fue un encargo, sino una decisión personal. ¿Amistad con alguno de los hermanos mayores que tuvo en aquel momento la cofradía de San Francisco, y que a su vez también tenían relación con la parroquia de San Pedro y con la hermandad de los Santos Mártires? Tal vez tuviera que ver el canónigo Félix Romero Mengíbar, luego obispo de Jaén y arzobispo de Valladolid, muy vinculado a la cofradía del Jueves Santo. O quizá siempre vocación personal, porque, como bien recuerda, Francisco Melguizo tuvo devoción sobre todo por la excepcional Dolorosa que va a los pies del Crucificado. Aporta además el dato de que la instrumentó Enrique Báez, y bien que se nota.

Lo cierto es que «Señor de la Caridad» volvió a sonar ante la imagen que la inspiró recuperada por la banda de la Esperanza, en un concierto por Santa Cecilia. Será complicado que lo haga en la calle, aunque las cofradías de vez en cuando se abonan a lo insólito y lo imposible llega, pero no es nada que exima a las cofradías con buen gusto y a las bandas con criterio de incorporarla a sus carpetas, como hacía la Virgen del Mayor Dolor del Calvario al volver de la Catedral frente al arco de San Francisco, presa la luz alta de la candelería entre los naranjos. Más de una marcha excepcional sigue sonando, gracias al buen gusto de cofradías y bandas, aunque ya no pueda ofrendarse a su dedicataria.

Las preguntas del Silencio

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El que de verdad crea no puede hablar de casualidades ni rachas de fortuna. Quizá la mano de Dios sea sutil y escurridiza de ver en ocasiones, pero siempre deja la firma para quien se pregunta por qué pasan las cosas. La firma de Dios se llama Providencia y al descubrirla es como una luz que disipa tinieblas y da color y sentido a lo que no eran más que sombras. La Divina Providencia, dijo Alberto Villar, era la que había querido que Córdoba se asomase al abismo del Cristo de la Universidad ya en aquella primera mañana de primavera en que ni siquiera estaba bendecido. Pero Dios había querido que viniera, y con Él la controversia, el escándalo para unos y la necedad para otros, la reflexión y el asombro, la sangre y el dolor con que se pagó la redención de los seres humanos.

Para entonces hacía veinte años en que la Providencia había querido que la ciudad recibiese a otra de sus joyas contemporáneas, y Dios había querido escribir con renglones torcidos para que llegase al Cerro. No hay que quedarse en la admiración ni en pensar en la firma de escultor que faltaba: Nuestro Padre Jesús del Silencio en el Desprecio de Herodes hizo un camino largo y tortuoso, lleno de dolor y de zonas oscuras, para que cualquier Domingo de Ramos, o quizá mejor en una tarde como esta de sábado, el cristiano cofrade lo mire y piense mucho, porque este noviembre de atardeceres dulces y frío sobrevenido, eco de una maternal devoción siempre cercana, invita a recogerse y mirar dentro.

Es en el momento en que se adivina el perfil abatido, la boca más cerrada que nunca, pero también los ojos de tristeza más por los humanos que por el miedo pasado y por el dolor que se avecina. Quizá este Señor del Silencio tenga algo que contar sin palabras a los cristianos de hoy, que a veces no consiguen que se les oiga aunque chillen y otras veces tienen que callar porque de verdad piensan que será mejor que les tomen por locos o introvertidos a que se tomen a chufla las verdades en las que creen. Con la túnica morada o con la oprobiosa blanca del Domingo de Ramos, habrá que buscar, por Beato Henares o por la plaza de Santa Teresa, quizá en la melancolía del cantar del Guadalquivir cruzando el Puente Romano, a este Cautivo, siempre de mirada perdida en los fieles que lo esperan en la calle, y preguntarle por el papel de los cristianos cofrades en la vida de hoy, cuando el mundo ha preferido entregarse a los lujos absurdos y la decadencia en que vivía aquel que le preguntaba cosas absurdas y al que Jesús ni siquiera juzgó digno de entregarle la majestad de su palabra para contradecir sus estupideces.

Ahora que no es Domingo de Ramos, ni hay trajes nuevos ni calles llenas, al encontrar al Señor del Silencio habrá que callar como Él, desnudar el alma y escuchar, que Dios habla sin abrir la boca y si quiso que su imagen llegara a Córdoba, tras aquel Vía Crucis de problemas y negativas, era para encontrarlo en tardes así. Es la hora en que ya están reducidos los cristianos a un grupo pequeño que no sabe si callar como Él no habló ante un interlocutor incapaz de entender, chillar en mundo hostil o mirar a las manos del Señor y pensar en el bien que harían esos músculos tensos si un día rompieran la cuerda y estuvieran libres, como están las de quienes lo miran, aunque ni lo sepan.

Diálogo de teoría política

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- A ver, tú que conoces más por dentro que yo el mundo de las hermandades, ¿qué pasa para que ahora la Iglesia esté rechazando a candidatos a hermanos mayores?
- Mira tú mismo las notas, ahí lo dice. Se puede leer en sentido literal o entre líneas, y la verdad es que no sabe qué puede ser más interesante. Para empezar me llama la atención una de las frases, la de que los aspirantes no cuentan «con el respaldo, respeto y colaboración mayoritaria de los hermanos». Tiene más importancia de lo que parece, porque suena a que, y no sé si pasa en estas candidaturas, sí ha habido en otros lados hermanos mayores que han ganado elecciones y después se han visto solos al frente del barco después de que quienes les empujaran desaparecieran.
- Pero eso no puede ser, si ganan elecciones es que se les vota. ¿Dónde están quienes los apoyaban?
- Esa es la cuestión: delante de la urna pueden pasar cientos y no se les pregunta por qué lo hacen. Pueden querer, vale, lo mejor para su hermandad, pero también atender a un compromiso o, mucho me temo, votar según la forma de pensar de un grupo que forma parte de la hermandad, pero que tiene sus propios intereses.
- Bueno, eso bien no está, pero aun así extraña que se esfumen.
- No se esfuman, aparecen para lo que tienen que aparecer, que es poco antes de la Cuaresma, se preparan, hacen lo que se les pide, tienen su momento de protagonismo que a muchas hermandades les gusta recordar, y se marchan. Y cuando son hermanos, votan, y suelen votar para lo suyo.
- Y los hermanos mayores en cuestión, ¿no se dan cuenta?
- Je. Para proyectar y hacer castillos en el aire todo el mundo hace muchas promesas. En el mundo de las cofradías las promesas las suelen hacer los cargos intermedios y los que animan: «Vamos a hacer», «te vamos a apoyar». Cuando pasan tres representaciones en procesiones hasta las tantas, una asamblea de la Agrupación y algún altar de cultos, van desapareciendo. Y claro, se queda el que no se puede escaquear.
- Pero volviendo al tema de los candidatos que se rechazan, ¿esto es de ahora? ¿No había antes gente poco apropiada?
- Pues me temo que sí, claro. Y casos hubo de candidatos que se rechazaron y que eran más que idóneos, y que después, andado el tiempo, fueron estupendos hermanos mayores, como no podía ser de otra forma. En el último caso, el de la hermandad de la Esperanza, el consiliario dice que ha habido un deterioro poco propio de una asociación de Iglesia y establece un tiempo de «oración y reflexión» hasta que se celebren las elecciones en el momento adecuado para ello.
- Pero estos problemas que dices supongo que no serían cosa de un día. ¿Nadie se daba cuenta de eso?
- Tenemos mentalidad de encontrar culpables por todas partes, y eso no es sencillo. Si te refieres al consiliario, ha actuado ahora, pero me pregunto si la labor de los sacerdotes es estar apagando conflictos entre adultos como si fueran chiquillos que se pelean en el recreo. Y casi lo mismo en eso que dice de que son cosas poco propias de la Iglesia. ¿El que se mete a dirigir una cofradía no sabe dónde está, no escucha lo que le pide el Evangelio, no tiene la suficiente formación como cristiano? Que sí, que todo el mundo se equivoca, que somos pecadores, pero habrá formas de hacer entrar en razón, soluciones menos dramáticas.
- Pero vamos, que la película ya se dio el año pasado, ¿no?
- Sí, en la hermandad del Amor. El consiliario rechazó a dos candidatos por frecuentar poco la práctica religiosa, decía él, y nombró a una gestora al frente de la cual estaba un cofrade que había perdido elecciones frente a ellos.
- El mundo al revés.
- Sí, pero ahora tienes que por primera vez en mucho tiempo la cofradía de verdad parece una hermandad, una asociación de Iglesia, tanto en cultos como en caridad, formación cristiana y presencia. Es la cruel paradoja de todo esto: que hay hermandades que funcionan bien con lo que la jerarquía impone y mal con lo que eligen sus hermanos. Esto sí que es una teoría política sugerente y no lo de Trump. Te dejo que saques las conclusiones, aunque te van a dejar triste.

Más de 6.000 días

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¿Cuántos tópicos se han disuelto desde una noche de invierno en que un periodista muy joven, que ni siquiera ha cubierto una Semana Santa en primera línea, entrega una doble página, visada y corregida, para que se imprima? ¿Adivina el que firma cuánto falta para que tenga que volver sobre lo escrito y admirarse de todas las torres que han caído, menos con el estrépito de los ladrillos que con el ruido sordo de los prejuicios vacíos? Habían pasado menos de quince días desde que salió el primer número de ABC Córdoba, y la Semana Santa que se avecinaba, la del año 2000, iba a ser mala para muchas cofradías, con lluvia del Domingo al Martes, y poco agradable para casi todas las hermandades con lo que estaba pasando en la calle del Lodo. Estrenaba la ciudad carrera oficial que se adivinaba tan desechable como una máquina de afeitar barata, y era aquella de los giros por García Lovera, Alfonso XIII y Diego de León, y entre tanta tensión malamente enterrada, había quien seguía hablando de la estación de penitencia en la Catedral, en las cofradías y en la prensa.

En aquellos años quien hablara de que era posible la carrera oficial junto a la antigua Mezquita se tenía que enfrentar a muros de prejuicios y razones que se pretendían irrebatibles: las puertas que no dejaban acceder a muchos pasos, la ratonera de la calle Deanes, lo difícil de hacerlo compatible con Claudio Marcelo y Las Tendillas, el camino casi industrial por la Ribera y lo imposible de hacer una carrera oficial con hermandades que tenían que entrar y salir por la misma puerta. Once hermandades, dice el texto, iban a hacer estación en aquel año, aunque finalmente Ánimas se cayó del cartel. En 2015 ya eran dos tercios.

Al cabo de más de 6.000 días, también con el cierre encima, el periodista volvió a pulsar la tecla de grabar y mandó otra doble página, visada y corregida, para que se imprimiera. Se contaba el adiós a Las Tendillas y la aprobación de una carrera oficial con corazón en la Catedral y llegada por la Puerta del Puente y Torrijos. Desde aquel invierno de 2000 hasta el otoño de 2016 había tenido que escribir mucho sobre la iglesia madre de Córdoba: la inocencia esclarecida, pero cierta, de un pregonero de la Juventud que en 2002 dijo que era posible y andados los años pondría de su parte para conseguirlo, el Prendimiento, el Calvario y las Angustias pasando de la anochecida a las primeras horas de la tarde porque no querían dejar de ir, la Puerta del Puente que se renovó como pensada para hacer posible el milagro, la tarde en que la Virgen de los Dolores quitó las vendas tercas de los ojos, las primeras veces que se escribió «segunda puerta», el ensayo de Humildad y Paciencia en la calle Deanes y el del Cristo de Gracia por la Puerta del Perdón, la confianza desatada del Vía Crucis Magno y la respuesta digna con la que se decidió que todas las hermandades pasasen por la Catedral costase lo que costase, entre otros muchos días.

Incluso en la ciudad en la que discutir es un deporte y dejar que un asunto se pudra una actitud ante la vida quizá hayan sido más de 6.000 días demasiados entre una fecha y otra. A lo mejor se pudo abreviar de alguna forma, pero más tiempo estuvo el muro de Berlín alzado y hoy las razones parecen tan lejanas como los prejuicios, los «no se puede» y los bufidos de pereza de los que decían que eran ilusos quienes ahora lo han conseguido.

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Una frase hecha, por caridad

Flores

Con las frases hechas y los argumentarios pasa lo mismo que con los subsidios de desempleo y las subvenciones a fondo perdido: que quien puede se siente bien criticándolo, pero ayudan a salir adelante a mucha gente que lo tendría crudo. La paguita del paro y lo que se recibe por otro lado pueden parecer un incentivo a la pasividad, pero ayudan a no caer en los pozos sin fondo del hambre y lo marginal; lo mismo pasa con el pensamiento prestado por quienes saben más, que ahorran tener que discurrir a las meninges atrofiadas que no tienen demasiada costumbre de pensar, llegar a conclusiones y equivocarse. Una ayudita para quienes viven en la indigencia intelectual, por caridad.

En el mundo de las cofradías, que tantas veces confunde la fe con la ceguera, la comunión con el seguidismo y la lealtad con el hacer de borrego, hace mucho tiempo que han triunfado las frases de argumentario y las ideas prestadas que no se comprenden muy bien, pero que han servido para que alguno se salga con la suya. Estimulan la pereza y ayudan a la pobreza mental, pero tienen muchos beneficios para el que inventa los eslóganes, que se asegura que los que están debajo (bastante abajo, a veces) hacen lo que quiere, y estos últimos, que sin comerlo ni beberlo se ven con una responsabilidad casi siempre mayor de las que sus pobres entendederas pueden soportar, se encuentran blindados por un argumento que ellos entienden incontestable y que les hace parecer hasta respetables y coherentes. Aunque no entiendan lo que dicen.

La lista de frases es bastante larga y los hay en todas las casas. Los mismos que ahora se ponen en la portada del féisbuc una foto de su cofradía en la Catedral decían que la carrera oficial que en paz descansará, la de Claudio Marcelo y Las Tendillas, era «la mejor de las posibles», lo cual podía revelar o bien una perrera como un demonio o no haberse parado a pensar ni a medir nada, sobre todo si se mira lo que vino después. Una de mis favoritas fue siempre aquella decía que la Agrupación de Cofradías «no puede ser una hermandad más». La escuché unas cuantas veces en la Cuaresma de 2008 y muchas más en la primavera de 2012, en labios seglares y consagrados. Lo curioso es que siempre pensé que no significaba gran cosa para quienes lo decían, aunque nunca nadie les puso en el apuro de explicarlo. Cosas de la vida, poco después la asamblea de hermanos mayores decidió que la Agrupación siguiera teniendo su titular mariana con una procesión que había que organizar entre todos.

Sonó mucho también que a la Catedral no se podía ir «por imposición o por narices», como si alguien les estuviera poniendo una pistola en la cabeza a las heroicas cofradías que llevaban la contraria a la corriente mayoritaria que decía que era imposible. Era una frase tan vacía y recurrente como los que decían que «a San Agustín sí, pero no así» y cinco años después todavía hay quien espera que le aclaren la frase. Ahora que ha llegado el momento de retratarse y llevar la carrera oficial a la Catedral florecen las frases vacías. «Hasta que no haya dos puertas nosotros no vamos», dicen incluso quienes están solos en su día sin explicar qué les molesta tanto del Arco de Bendiciones. Otros están con que «hay que evitar Deanes» y a lo mejor alguna vez se buscaron un sitio allí para ver pasar seguidas a las cinco del Viernes Santo sin demasiados achuchones.

Si uno pregunta sobre el proyecto alternativo, el que busca evitar una carrera oficial redonda, la consigna es que «no beneficia más que a algunas hermandades», como si la otra opción significara que todas tienen recorridos lógicos y no hay que hacer sacrificios de ninguna clase. Pararse a pensar, estudiar las ventajas de uno y de otro, incluso dibujarse en la cabeza horarios y órdenes de una y otra opción ya sería un ejercicio de abstracción y trabajo mucho más incómodo que una frasecita que va en un mensaje de whatssap y le vale a todo el mundo. Se admiten apuestas para lo que pasará dentro de muy poco tiempo, pero es de esperar que muchos pasen del «no ir por imposición» al «este es el mejor momento», a un «la asamblea ha decidido y no hay más que hablar» y sobre todo a un «yo ya sabía que lo íbamos a conseguir tarde o temprano». Las charlas de bulla o de barra todavía no han pasado a las hemerotecas.

«Nuestro Padre Jesús de la Sangre», la escuela cordobesa

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Si no estaba recién duchadito, se le había ido la mano con la gomina de esas que dan efecto de pelo mojado. Llevaba camisa de manga larga, impecable, aunque hacía bastante calor, y en la espera del paso, que en Córdoba puede ser cansina no por las bullas, sino por el ritmo lento de las hermandades, aleccionaba a su contertulio. «La hermandad del Císter, pese a su juventud, es una de las que tienen un patrimonio musical más rico de Córdoba, por cantidad y por variedad, con grandes maestros de varias épocas». Y al rato escuché como enumeraba «Ángeles del Císter», de Pedro Gámez Laserna; «Ángeles, Reina», de José de la Vega, «una marcha de gran originalidad y coherencia interna», y por último «La Sangre y la Gloria», de Alfonso Lozano, que «en poco más de un lustro ha conquistado por su pujanza y sonoridad una gran popularidad en toda Andalucía, llegando a sonar tras la Esperanza Macarena en la plaza de San Francisco». El gerundio de posterioridad, tan querido en las cofradías, es literal, que conste.

Llevaba razón este cofrade que entretenía la espera haciéndose el listo, pero se quedó corto. La cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Sangre tiene una relación de marchas tan excelentes que incluso sufre el «mal» (si es que lo es) de que algunas de sus piezas maestras eclipsen a otras, no tan cimeras, pero meritorias. Por eso todo el mundo conoce las que figuran en el primer párrafo, pero no se han parado a escuchar otras que serían las reinas del archivo musical de cualquier otra hermandad. El compositor Castro Contreras (1919-1997), cuya obra merece una mirada en profundidad para darle el valor que corresponde, escribió en 1979 «Nuestro Padre Jesús de la Sangre en el Desprecio del Pueblo». Eran los primeros años de una hermandad que había empezado a revolucionar a las cofradías con acciones muy innovadoras, con especial atención al guion procesional y que también quería tener música propia, cuando otras, igual que hoy, despreciaban abiertamente este aspecto. Formó parte del legendario disco de la desaparecida Banda Municipal de Córdoba y más tarde la grabó también el Carmen de Salteras.

La marcha se abre con una introducción fúnebre, que enseguida cambia de color con la aparición de las llamadas de los trombones, que caracterizan toda la pieza. Tiene personalidad propia, pero se nota la mano y la influencia del gran Enrique Báez, que la instrumentó y revisó. Desde ahí avanza una imaginativa melodía llevada por las maderas y que va ganando en color. Otro exquisito tema, en el que luego se basará el trío, da paso a una fanfarria basada en la marcha real de las cornetas, con rica ornamentación. La pieza, breve pero llena de enjundia termina con un trío de notable dulzura y dinamismo, primero, y de brillantez más adelante. Quizá al conocer esta marcha sea verdad que existe en Córdoba una pequeña escuela de compositores, con señas de identidad propias, con maestros que influyen y autores que primero siguen su senda y luego forjan personalidad propia, aunque en tantas partes siga la pelea por colar el patrimonio propio y no los estándares que estén de moda. Un tesoro en el que mirar tranquilamente, tras deslumbrarse con Gámez y Báez y seguir por Contreras, Cea, Melguizo y José Timoteo, entre otros. Una música de sabor cordobés para que al cerrar los ojos sepa uno en qué ciudad está. ¿O no suenan esta melodía seductora y la majestad de los trombones a Cristo de los Faroles, cal de Bailío, naranjos de la calle de la Feria o torre de la Catedral al fondo?

Velad

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«Alma feliz por siempre, pues lo fuiste un instante»
Pablo García Baena

¿Quién se acuerda hoy del parón entre la Reina de los Mártires y la Oración del Huerto, quién de los problemas en las sillas de la carrera oficial de un día que aspira a serlo para siempre, quién de las cofradías que fueron un rato solas por el camino de vuelta a altísimas horas? El olvido, piadoso como cantó Serrat, sólo se llevó la mitad de aquel día de hace ahora tres años y dejó para siempre el andar triunfal de un palio por Torrijos arriba, la fila de tulipas encendidas en la calle de la Feria y el aire dichoso de un sueño al regreso, cuando parecía que las cofradías habían querido hacer un cielo para aquellos que las aman.

Tres años después los problemas se han olvidado y las fotos ponen en la cara una sonrisa a la que no se asoman las sombras de ningún mal recuerdo. Aunque la Catedral pareciese por dentro un campo de refugiados descansando contra las columnas, aunque los hermanos mayores vivieran al borde de la deshidratación y los sufridos cofrades de cirio soñasen con el momento de volver a casa, desde aquel 14 de septiembre de hace tres años la vida nunca volvió a ser igual. Todo lo que soñaron los cofrades cordobeses desde chicos se hizo verdad: respiró la ciudad por el único pulmón de sus hermandades, en las aceras quienes miraban sabían lo que tenían delante y se comportaban, los de fuera se marcharon con la admiración de haberse asomado a tesoros que sólo conocían por fotos, incluso de haber visto joyas que nunca esperaban, y los complejos de toda la vida callaron con la boca tapada por un sano orgullo.

En realidad nada había nacido aquella tórrida noche de septiembre; más bien se puso en la calle el trabajo de muchos años. Las cofradías que habían creado pasos excelentes granito a granito los enseñaban así todos los años, pero quizá hasta que no se vieron todos juntos y los de fuera no dieron el sobresaliente, y muchos lo dieron, y entre los más exigentes, había costado incluso darse cuenta de lo mucho bueno que ya había. Desde aquel día inigualable, más hermoso conforme más vaya pasando el tiempo, vive la Semana Santa de Córdoba con el impulso de alcanzarlo de nuevo, como si una vez que se ha probado la delicia que se gozó ya fuese imposible vivir sin ella.

Hasta la carrera oficial que está naciendo viene marcada por la añoranza de aquel día, cuando habrá que felicitarse por saber que se ha conseguido, pero también caer en la cuenta lo antes posible de que no habrá otro 14 de septiembre como aquel, ni en Domingo de Ramos ni en Jueves Santo ni en ningún día. Más bien habrá que trabajar para que la belleza y la calidad sigan creciendo, como se trabajó en los años anteriores sin que nadie imaginara siquiera que un Vía Crucis Magno era posible. «Velad, porque no sabéis el día ni la hora en que vendrá vuestro Señor». El instante feliz no volverá, aunque vengan otras dichas y al fin y al cabo de la memoria siempre hay que desconfiar un poco. Como dijo Sabina, «no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió».

 

La carrera oficial y el reparto de papeles

El misterio de la Redención, por Torrijos en el Vía Crucis Magno
FOTO: RAFAEL CARMONA

Lo peor de un debate largo no es que se prolongue y aburra incluso a las hojas de papel encargadas de soportarlo, sino que de tanta insustancialidad como soporta termina con el riesgo de cerrarse en falso. Córdoba es una ciudad donde se habla muchísimo y se hace muy poco, donde se dicen los plazos con la frescura del que sabe que no los va a cumplir y donde la siesta de cualquier proyecto parece tan natural como saber que al salmorejo hay que echarle tomate. Cuando después de tanto como se escribe y se parlotea se percibe un final, más de uno tiene que frotarse los ojos, como si no creyera que está a punto de terminarse la discusión y que si no hay solución habrá por lo menos un último punto. Se terminará un nudo tan difícil como el que coge el cable de los auriculares después de demasiado tiempo en el cajón. Así llega el famoso pleno que tiene que reunir a las cofradías el próximo septiembre, a la vuelta de las vacaciones, como si no fuese verdad que la carrera oficial melindrosa y pequeñoburguesa que tantos años se vendió como única posibilidad de verdad esté a punto de arrumbarse en el trastero de la historia.

Quien más quien menos imaginó muchas veces el momento en que las cofradías decidiesen por fin que su carrera oficial tenía que estar cerca de la Catedral y dentro de ella, y seguro que contó muchas veces los votos: aquellos que irían con la papeleta del «sí» en alto por ser los más convencidos; aquellos que se sumarían a última hora para no desentonar, los que negociarían el apoyo para tener alguna pequeña compensación después de todo comprensible, y por supuesto aquellos que morirían con las botas puestas, clamarían por el no y al año siguiente, que conste, se plantarían en la antigua Mezquita sin contemplaciones.

Pues sí, parece que va a ser en septiembre y que en 2017, dentro de un poco más de ocho meses, el palquillo de entrada estaría en la Puerta del Puente, el giro más lucido sería bajo la monumental construcción de Hernán Ruiz III y luego hacia el Triunfo y Torrijos, y el punto culminante estaría en la estación de penitencia en la Catedral. Un Vía Crucis Magno primaveral, con nazarenos, sin retrasos y para siempre. Pero en realidad lo que puede pasar se parece bien poco a lo que se había amasado en la imaginación en estos años. El cansino debate de la segunda puerta se ha callado por un tiempo, ahogado en la burocracia interminable y prejuiciosa de la Unesco, y la Agrupación de Cofradías ha creado un proyecto que pinta muy bien, tan sencillo que parecía raro que nadie lo hubiera visto antes incluso en esta ciudad de incuria y modorra crónica.

Puede haber carrera oficial sólo con la Puerta de las Palmas sin la famosa rampa en «L» que parece que tardará en verse en el Patio de los Naranjos, pero en estos días de escuchar a todo el mundo sorprende que el reparto de papeles sea en algunas partes al contrario del imaginado, como si en esta ópera ficticia el tenor que tenía que dar el do de pecho se haya trasmutado en bajo ingrato, al barítono de pronto se le haya aclarado la voz y enamore a todas las señoronas de los palcos, y la soprano, lista para arrancar los aplausos en el número culminante, cante con voz de contralto mientras le deja el papel de prima donna a la mezzosoprano. Todo un lío que no pasa por lo fundamental, sino por lo accidental y sin embargo muy importante del trazado para ir a la Catedral y sobre todo para salir de ella.

El Señor de la Coronación de Espinas, en el interior de la Catedral
FOTO: RAFAEL CARMONA

Cualquier carrera oficial en cualquier lado beneficia tanto como perjudica, según la distancia de las cofradías a la entrada y a la salida, y así más o menos queda un saldo apañado, pero lo que puede ser letal es que el voto se dirima entre quienes están cerca de un palquillo y otro y aquellos a los que ambas cosas pillan a trasmano. Nadie podía imaginar que la vieja calle Deanes, escenario de gestas costaleras con la torre vigilante al fondo y lugar en que se derribaron como castillos de arena los prejuicios más sólidos, se fuese a quedar más o menos desierta después de haber ayudado a tantas cofradías en los años en que a los catedralistas los tomaban por locos. No se le ha podido anotar debe alguno en la hoja de servicios a esta calle tan maltratada por el pésimo comercio turístico, cuyas piedras se tenían que reír por lo bajo mirando a los escépticos, tan cansinos como poco rigurosos, tropezarse con las muchas evidencias.

Aún queda tiempo y se puede hablar: si la solución de la entrada y salida por la misma puerta era tan sencilla todavía queda margen para convencerse, en un parpadeo de inspiración, de que este camino por Torrijos y final en la esquina de Cardenal González es de verdad lo que trae más cuenta, o hasta para aceptar alguna sugerencia, que en eso consiste también la primacía de la asamblea. Pero, como les pasa a las cofradías cuyos pasos no caben y no ven tan mal lo de quedarse en el arco mientras nadie les urja, tendrá que hacerse sin prisas y sin recurrir a la cifra mágica de los 19 votos a favor, el 5 raspado que nadie desea y que después de todo está muy cerca del crudo suspenso. Después de muchos años de relatos y argumentos repetidos, lo más cruel sería que el debate terminara con una conclusión precipitada.

«Al Cristo de los Faroles», llega la contracultura

Siempre vi muy injusto que en el mundo de las bandas de música, la exquisita marcha que Emilio Cebrián le escribió a la Esperanza Macarena se tuviese que conocer no por su título, sino por el añadido del apellido de su autor. «Macarena», sin más, era la de Abel Moreno, y para referirse a aquella composición inspiradísima en la que Carlos Colón intuía una como copla que se escucha por la ventana, se decía «Macarena de Cebrián». Y es curioso, porque se escribió casi medio siglo antes, su calidad es muy superior y andado el tiempo, diría que también se toca más, o al menos en los sitios más exigentes que la del maestro onubense, digna y agradable al oído, pero nada comparable a la finura regionalista de su homónima.

Hace ahora veinte años se escribió una marcha para agrupación musical que desde el primer momento parecía condenada al rincón de los pocos oídos educados, que entonces eran muchos menos que ahora. Y poco después, también le cayó encima otra con el mismo título y para el mismo género, que fue muy popular en la segunda mitad de la década pasada y que sin ser gran cosa al menos no desmerecía tanto como la oleada flamenca que vino después. Sí, hay que recordarlo, en 1996 se terminó una marcha que se tituló «Al Cristo de los Faroles», que no tiene nada que ver con la que luego hizo Miguel Ángel Font basándose en la tonadilla de la película de Antonio Molina, y que también superó a la más famosa, aunque nunca haya salido de ser algo así como un lanza contracultural en un mundo acostumbrado al éxito fácil.

«Al Cristo de los Faroles» la firmó en 1996 Francisco Javier González Ríos y la entregó a la banda de la Estrella de Córdoba, ya empeñada en ser bandera de la elegancia y la primacía de lo musical. Se estrenó en la Cuaresma de 1997, en la presentación del primer disco de la formación, «¡Estrella!». El disco se agotó por dos veces, hoy es de coleccionista, aunque todo el mundo miraba más a la que le daba título al disco, toda una transgresión hoy emblemática, y a la muy dulce «Oración», y las dos serían estandartes de la banda. «Al Cristo de los Faroles de González Ríos», o «Al Cristo de los Faroles de la Estrella» fue una premonición, doce años antes, de Viernes Santos que estaban por venir, de la entonces transgresora marcha fúnebre para agrupación musical, la muestra de que se podía acompañar a un Cristo con la solemnidad de la tarde de la hiel y la sábana, que dijo el poeta. No por otra cosa se dedicaba al Cristo de la Clemencia y a esa silueta que reproduce en movimiento a la imagen de piedra de la plaza en la que reside la Virgen de los Dolores.

Como su hermana «¡Estrella!», la marcha se abre en unos compases sin percusión, y con una elegante llamada de las trompetas, a las que después se unen el resto de instrumentos. Las llamadas se repiten periódicamente para dar paso a las distintas variaciones de temas, unos con un carácter más solemne y otros más luminosos, y en ocasiones con la elegancia del canon, que habla de las inquietudes artísticas de un músico, Francisco Javier González Ríos, que poco antes había iniciado una revolución en su banda de las Cigarreras con marchas como «Amor de Madre» y «Pasión, muerte y resurrección». Las trompetas, ayudadas por las cornetas, llevan el peso melódico, pero el vibrar de las tubas hace recordar que es una marcha de Viernes Santo.

La última de las llamadas concluye a un final en que se van recapitulando abreviados los distintos temas con los que ha evolucionado la obra. ¿Luminoso y triunfal, como presagiando la resurrección? Eso parece en un principio, pero el compositor tiene todavía un naipe guardado, y otra vez llegan los bombardinos y trombones a llamar a la tragedia, que acaba entre elegantes disonancias y variaciones con ecos a música cinematográfica bien entendida. Un colofón sugerente pone fin a esta pieza que sólo empezó a ser una pequeña joya cuando se le sumaron unas cuantas hermanas para conseguir que el Cristo de la Clemencia, siempre a la sombra de su Madre, tuviese la música más bella de cualquier imagen del Señor en Andalucía.

clemencia

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