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La capilla de San Álvaro

El péndulo

Beso

Desconfío de las frases redondas que aparecen en las redes sociales sobre la educación. Unas cuantas son melifluas y por lo tanto esconden cosas ineficaces; otras directamente son perjudiciales y las que prometen el paraíso a cambio de un trato riguroso y espartano nunca se las aplican quienes las escriben. La que más se repite es la que dice que educar significa poner límites, que no hay una formación sólida sin un poco de frustración que ayude a aprender que todos los deseos no pueden ser satisfechos. A esta todavía se le pueda dar la oportunidad de hacerle caso, aunque para llevarla a cabo hace falta un difícil equilibrio. El poder emborracha tanto que se puede abusar de él. Hay quien disfruta dando negativas y haciéndose valer, como si la permanente severidad le reforzase, y eso es malo, pero tampoco es buena la permisión constante.

El periodista recuerda por eso aquella mañana de finales de primavera en que subió a un piso del Sector Sur y allí conoció a dos imágenes bendecidas a las que habían echado de su parroquia: el Señor de la Divina Misericordia y la Virgen de las Aguas. Y no ha olvidado el íntimo dolor de quienes tenían que verlo. Hace casi 16 años de aquel día y en la vecina parroquia de Santa Isabel de Hungría, donde se habían bendecido y donde la hermandad quería echar raíces, todavía no tenían la suerte de haber encontrado a un sacerdote cofrade, como ahora. El Obispado no quería oír hablar de que hubiera más cofradías en Córdoba y cortó con dura autoridad todos los proyectos que llegaban heredados del crecimiento de los años noventa. La hermandad del Beso de Judas, allí o en la Consolación, donde tampoco dejaron estar a aquellas imágenes de Manuel Luque Bonillo, no era más que un ejemplo.

Aquel mismo año a la hermandad de la Sagrada Cena se le aplicó la literalidad de un decreto para que en su entonces nueva sede de la parroquia del Beato Álvaro de Córdoba sólo pudiesen estar sus titulares, no los apóstoles (¿repararía alguien en que todos menos uno son santos?) , algunos sacerdotes trataban a los pasos de «estorbos» en Semana Santa, las reglas volvían con correcciones fuertes o se atrancaban durante meses en Palacio y un altar de cultos generoso era el que se dejaba montar junto al presbiterio y no directamente en la capilla propia. Por la Catedral se permitía pasar a cambio de compartir gastos, y se decía que la carrera oficial de la Semana Santa tenía que pasar por allí, pero se decía en abstracto. Algunas de aquellas cofradías a las que no dejaron nacer en aquellos años incluso pidieron iglesias abandonadas, como la ermita de la Consolación en la calle Armas, pero ya entonces el Camino Neocatecumenal podía presumir de un músculo que podía ser menor en número, pero era mucho más fuerte en el compromiso y sobre todo en las preferencias de aquellos tiempos.

Como pasó tras los años 60 y 70, ahora el péndulo ha oscilado a la otra parte, quizá porque quien tiene que educar piensa que debe tener contentos a esos hijos. Las cofradías necesitan algo más que imágenes y un camino más largo antes de que sus reglas se aprueben, pero terminan llegando y hay un día en las vísperas de la Semana Santa para que vayan aprendiendo antes de llegar a la Catedral. Las procesiones de gloria se fomentan sin necesidad de que ningún cofrade piense en que son necesarias y las magnas llegan desde arriba, así que no hay que pedir autorización ni denegarla, como aquella –vaya por Dios- que también se frustró en Palacio para 1999.

Siempre es mucho más agradable que las hermandades tengan culto, capilla, reglas y vida que ver a las imágenes bendecidas refugiadas en una casa como si no fuesen dignas de una iglesia, pero llenar las calles para distraer del vacío de las iglesias no es más que tapar con flores las candelerías malas, porque el destino de las flores, por bonitas que sean, es marchitarse, y encima las calles no siempre se llenan.

Fuera de casa

orfandad

En la difícil edad en que se adquieren los valores y la personalidad se forma, nadie lo logra si no es mirando a otra persona, a un adulto al que se admira y del que se reciben enseñanzas y ejemplos. En condiciones normales, nadie mejor que los padres para mirarse. Si son personas decentes, y padres y madres lo son en un porcentaje tan abrumador de los casos que apenas cabrían las excepciones, los chicos tienen que aprender de ellos: admirar lo que hicieron con sus vidas antes y después de que ellos nacieran, imitar algunas de sus buenas decisiones, aprender de los errores sin reprochárselos y agradecerles los infinitos desvelos.

Algunos psicólogos, que tratan de revestir su ciencia con palabras solemnes que eliminan las verdades del afecto y la naturalidad, llaman a todo esto los referentes paternos, y de la solidez que tengan dependerá el desarrollo afectivo y social del chico. Las más de las veces, bastan para conseguir un adulto solvente y más o menos maduro, pero de vez en cuando fallan, o la referencia que ofrecen no es la adecuada. La criatura ahí tiene pocas alternativas: o sale a sus padres, y por lo tanto de él se puede esperar poco más que la supervivencia propia a toda costa, o bien se consigue un referente no tan próximo pero sí cercano. Un tío, un abuelo, algún hermano mayor que siguiera un camino distinto al de los padres, un profesor, o hasta un ídolo deportivo o musical al que querer parecerse.

No lo hacen todos, pero muchos se han hecho personas de provecho buscando fuera de casa. Puede ser dejadez, o incapacidad, o simplemente las circunstancias que se van haciendo perpetuas. «El culpable es la sociedad, no el individuo», repiten quienes gustan de diluir las responsabilidades propias más de la cuenta. El caso es que sin padre y madre en quien fijarse, hay gente que consigue salir adelante y se labra un porvenir a base de seguir a los que admira.

Las cofradías de Córdoba, salvo excepciones puntuales y casos del todo incorregibles, se van haciendo mayores y se parecen a aquello que soñaban cuando eran niñas. Algunas ya son estupendas cofradías de bulla, con sus capas, su cera rizada y sus misterios bien dorados. Otras, menos, se han hecho hermandades de negro, con nazarenos altos, estricto sentido del silencio y profundidad en los símbolos, respetables y hondas. Muchas tienen sus pasos de misterio terminados y al verlos avanzar con toda la plenitud muchos recuerdan los duros años 80 en que nunca pensaran tanta emoción y tanta calidad.

Otras van creando excelentes pasos de palio con bordados, orfebrería y candelerías, y a la luz de la noche hay que pedir que nunca terminen de entrar en sus templos para seguir emocionándose con la Virgen. Los más críticos dirán que han aprendido en Sevilla, que han renunciado a buscar en la ciudad propia y que se han estandarizado. Pero eso ser estricto y no ensalzar a quienes se han hecho algo en la vida como huérfanos reales que, ya que no conocieron a sus abuelos más que por unos cuantos detalles, superan a su padre y a su madre tras comprender que, aunque en el interior tuvieran algo de lo que aprender, en realidad no podían enseñarle nada.

Ucronía anacrónica de un secreto

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En vano ha corrido la hermandad a frenar la noticia. ¿Quién es capaz de reunir las plumas de una gallina cuando se han echado al viento? El gran estreno de la Semana Santa de Córdoba de 2017 ya no es un secreto y no se conocerá en la fecha de su presentación, o al menos no se conocerá del todo, porque algo se ha visto. A pesar de que el celo que la hermandad del Santo Sepulcro ha mostrado a la hora de que se difundieran públicamente imágenes de su nuevo paso, la indiscreción de uno de los visitantes a uno de los talleres ha permitido que se desvele uno de los detalles de este trono, en concreto de casi todo el respiradero frontal, ya terminado.

La cofradía no había cerrado las puertas de los distintos puntos en que se realizaba el paso a ciertos cofrades que pretendían conocerlo, pero siempre con la prohibición expresa de tomar imágenes y difundirlas. Pero en estos años de redes sociales hay cosas que no se pueden guardar. Uno de los visitantes, el acompañante de un grupo que para la corporación era de fiar, tomó una imagen con su teléfono móvil mientras los miembros de la Junta de Gobierno explicaban las fuentes iconográficas de las piezas.
Según las primeras versiones, en apenas cinco minutos lo compartió en su perfil de Facebook. «Este es el respiradero del nuevo paso del Santo Sepulcro». Diez minutos después había más de 50 compartidos y la noticia viajaba con retuits vertiginosos por la red social del pajarito. En apenas una hora nadie recordaba quién era el autor de la instantánea, pero en cambio todo el mundo distribuía la imagen y muchos comentaban si el proyecto les gustaba o no.

Al día siguiente, otro cofrade que también había conocido la hechura del paso publicó un fragmento del cuerpo superior y más adelante todavía se pudo ver uno de los muy originales faroles. La hermandad había anunciado acciones legales contra el autor de la primera fotografía, aunque la multiplicación de autores y la falta de horizontes a la hora de conseguir un resarcimiento algo más que simbólico han hecho que ahora se lo replantee.

Con todo, el hermano mayor asegura que la complejidad y riqueza del proyecto, que se ha ido perfilando en los últimos meses, hacen que lo que se ha visto ya no suponga más que detalles del total, que se presentará muy poco antes de la Semana Santa, y que irá mucho más allá de la suma de distintas partes. «Son los tiempos que vivimos, donde una foto puede estar en internet en ese mismo momento y se puede retransmitir en directo con un teléfono móvil. Quizá si lo hubiésemos hecho hace diez años sí habríamos podido mantener el secreto», dijo.

Costaleras y tomatazos

Costaleras

Mala cosa es cuando a la Semana Santa miran quienes no le prestan atención nunca. Si un medio de comunicación la quiere ver desde Madrid, pueden pasar dos cosas: que se limite a repetir una sarta de tópicos falsos o superficiales (si es que no ayuda nadie que sepa de verdad) o que haya un asunto desagradable en torno a las cofradías. En Córdoba pasó hace justo diez años, cuando media España, o menos de media pero con un altavoz estupendo, se preocupó por la suerte de dos personas que se habían quedado sin trabajadera.

Pasaron muchas cosas en 2007, hace ahora diez años. Llovió casi todos los días y se estrenó un paso que dejó a todo el mundo con la boca abierta, pero para esos profanos, de las afueras físicas o intelectuales, fue el año de las costaleras de la Virgen de los Dolores. La historia es conocida: hasta 2006, en las trabajaderas del paso hubo varias mujeres que compartían hueco con los hombres. Desde el año siguiente, con la llegada de la nueva Junta de Gobierno que presidía Manuel Herreros, se quiso evitar una cuadrilla mixta y se invitó a las costaleras a que hiciesen un grupo exclusivamente femenino, que se alternaría con los hombres. No quisieron o no pudieron, y se quedaron sin sitio. El asunto se movió con astucia por los medios de comunicación, saltó pronto a donde podía tener más eco y durante varios días los magazines matinales de la televisión, y también las opiniones de quienes nunca habían visto un paso ni en fotos y el coro estridente de eso que se llama opinión pública, quisieron entrar a arreglar del desaguisado, a frenar el machismo patriarcal, a reparar la injusticia con dos devotas a las que se les privaba de su “derecho” a salir de costaleras por el simple hecho de ser mujeres. Qué morbo, qué carnaza, qué filón.

En aquella infernal semana hubo que escuchar a quien defendía a las famosas costaleras al mismo tiempo que criticaba con saña a las cofradías, se vertieron opiniones en tertulias con toda ignorancia pero con el cuajo del que está bien informado y hasta alguien temió que hubiera debate en el Congreso de los Diputados. Fueron días de algo que todavía no se llamaba “feminazismo”, pero que tuvo ya bastante de la vara de medir perversa y asimétrica con que actúa esa ideología capciosa y retorcida: los mismos (y las mismas) que criticaban que hombres y mujeres no pudieran compartir espacio a la vez debajo de un paso aplaudían que las costaleras de la Virgen de la Encarnación, pioneras heroicas de verdad en los años 80, tampoco estuviesen dispuestas a admitir a un varón.

Como pasa con el champán, la espuma subió muy rápido y desapareció enseguida. Las cámaras de las televisiones privadas no han vuelto a querer filmar la decisión de un Cabildo de Gobierno ni a buscar cabezas femeninas debajo de un costal un Viernes Santo en Córdoba, pero en ese poco rato hubo muchos que se retrataron. Hubo quien puso a su cofradía a recibir tomatazos por darse otro sorbo de la siempre adictiva trabajadera, quien compró los tomates sin pensar en que se iba a manchar las manos y quien se alejó temblando del escenario para que no le manchasen el negro inmaculado.

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La Cuaresma como paraíso artificial

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Si el cristiano triste es una paradoja para la fe, la Cuaresma tampoco puede ser infeliz. Distinto es que uno mire hacia dentro y se examine, que le saque a los cultos todo el jugo que pueda y que los Vía Crucis los viva rumiando las estaciones y saboreando los padrenuestros, pero eso no quiere decir que deba vestirse de saco ni plañir un arrepentimiento. Lo dice el Evangelio de San Mateo cada Miércoles de Ceniza: «Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

En las hermandades de hoy, quizá por el fetichismo de esos kofrades que igual se ponen una insignia y un lazo morado que una cruz de ceniza en la frente, hay quien se cogió el rábano por las hojas y pensó que la Cuaresma consistía en estrenar camisas fresquitas y dobladas en el sitio justo, lucir gafas de sol y pasarse los domingos de culto en culto, por supuesto sin misa, y dejarse caer por algún concierto. Sí, quizá detrás del «Feliz Cuaresma», que cada Miércoles de Ceniza se repetirá como si se estuviera celebrando la Resurrección con 50 días de adelanto y desde luego sin comprender nada de lo que este tiempo significa, haya mucho del espíritu impaciente de estos días, de los muñecos de nazarenos metiéndole prisa al camello de Baltasar, de las «igualás» en noviembre y del proclamar el gusto por las procesiones sin necesidad de que ningún remoto argumento espiritual las sustente.

Aquí el tiempo lo pone difícil, porque son los días de la anticipada y mejor primavera, que se deja caer ya en los últimos días de febrero y primeros de marzo, y hay algo en el ambiente de esas tardes alargadas y de esa tibieza de difícil equilibrio que obliga a salir a la calle y disfrutar de lo que es efímero por naturaleza, como una flor del azafrán que enseguida fuese a evaporarse sin remedio. Parece que algunos se aplicaron, por supuesto que sin leerla, a lo que de Sevilla dijo Santa Teresa –«Aquí con no pecar basta»- y vendieron una Cuaresma superficial de jubileo de la pestaña y fotografías sin nada dentro, de cervecitas a la sombra de una terraza mientras suena cualquier solo bien largo y vacío.

La preparación para la Semana Santa es entonces más bien un entrenamiento: nada de mirar a los titulares de la cofradía de uno y después verse a uno mismo; mucho menos homilías más largas ni de lecturas que dejan pensando; limosnas, con lo que cuestan las papeletas de sitio, ya veremos; y ayuno, entre tanto esfuerzo bajo las trabajaderas, lo vamos a dejar. Es más bien un descontar de días entre fotos que se despellejan en las redes sociales, ensayos hasta las tantas después regados a lo espirituoso y besapiés que no se visitan con el corazón desnudo del mundo, sino vestido de los oropeles de la acidez y los anteojos de criticar teniendo en cuenta el nombre del autor.

A nadie extraña que cuando lleguen los días últimos de Vía Crucis se vaya mucho más a hacer fotos que a tomar un cirio y meditar las estaciones, y que cuando por fin acabe la feliz Cuaresma, los impacientes pasen entre las filas de nazarenos buscando el giro, la marcha, la cruceta, la levantá al destrozo o a pulso, el repertorio, el solo, el sobre los pies, el cambio, el encaje y el bordado. Aquello que echarán de menos cuando la Semana Santa acabe y, con todo lo que han tenido delante de los ojos y del alma, no les haya quedado nada más que empezar una cuenta atrás de más de trescientos días. Quizá sea verdad que la Cuaresma les parezca feliz, aunque sólo sea un paraíso artificial, ante el vacío del resto del tiempo.

«Virgen de la Caridad», el ancla de lo efímero

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Sólo con imágenes de Juan de Mesa, Ocampo y Roldán no se haría una Semana Santa. Sí, el Gran Poder, el Calvario y la Quinta Angustia pueden ser los cimientos del edificio, pero el cofrade con más inquietud se da un soberano cangrejeo delante de la Virgen de Gracia y Esperanza, del misterio de San Benito y de la serena belleza del Dulce Nombre y sabe que ahí también está escrita una buena parte de la verdad que ha hecho grande la Semana Santa, aunque sus autores volaran algo menos alto y, pese a que aportaron muchas cosas, no bucearan en los misterios del hombre con sus imágenes. Y he puesto ejemplos sevillanos para no herir la sensibilidad de nadie, que conste.

Con la música, y ahora estamos en Córdoba, pasa algo así. Hay marchas que casi darían para un tratado al asomarse a las fugas, contrapuntos y riquezas que encierran, pequeñas sinfonías escritas en compás binario donde el talento de quien escribía volaba por los límites de la forma, el ritmo y la duración. Otras tienen un carácter más artesanal y casi parecen caídas de una improvisación, pero hasta los cofrades que más se fijan en las claves y en las melodías se dejaron seducir por ellas y las hicieron suyas, quizá porque tenían el valor de lo único: la certeza de que sólo iban a sonar en unos cuantos momentos y había que estar allí no sólo para escucharla, sino para admirar cómo acompañaba a su imagen.

Cuando suenan los primeros compases de «Virgen de la Caridad» para muchos empieza un Martes Santo soñado, un atardecer en San Andrés, la suave cadencia del palio de cajón en los varales y la contemplación interminable de la imagen, a la que vuelan las notas como una oración o una letanía. Y es curioso, porque no la inspiró la incomparable Dolorosa. La marcha y la Virgen iban naciendo al mismo tiempo y conocieron la calle en el mismo momento, el Martes Santo de 1991. Miguel Herrero era entonces, y todavía es, un músico fundamental en el rico panorama del sur de la provincia de Córdoba. La banda municipal de Rute era una de las grandes en la Semana Santa de Córdoba de aquellos años y en aquel 1991 saludó a la Virgen de la Caridad con una nueva marcha, que iba a llevar la advocación a la que habían acompañado desde hacía algunos años, pero que tendría nueva imagen, la que se había bendecido unos días antes y que iba a ser la bandera, sin que nadie lo sospechara, de una nueva etapa en la Semana Santa de Córdoba.

«Virgen de la Caridad» es una marcha de estructura sencilla y donde se nota la influencia, siempre bien asumida, de Abel Moreno, que por aquellos años arrasaba con marchas de escritura simple y melodía pegadiza, aptas para las formaciones más humildes, pero no por eso exentas de calidad, y que marcaron, muchas veces para bien, la música de los años 90. No en vano, no fue la primera pieza que se tocó a la imagen a la calle, sino «La Madrugá», por expreso deseo de su autor, Miguel Ángel González Jurado, deslumbrado por esta obra como tantos cofrades andaluces entonces.

Se abre «Virgen de la Caridad» con una elegante llamada de los trombones que, tras repetirse, deja paso al dulce tema principal, una melodía escrita con tanta inspiración como encantadora sencillez, y muy bien desarrollada. Da paso un contundente y original fuerte de bajos, dominado por los trombones y con cierta evocación a las llamadas iniciales, que otra vez dan paso al tema principal, que se reexpone (no se repite) con variaciones. De ahí, como mandan los cánones de la forma tradicional, se llega al trío, muy de la época. Miguel Herrero opta aquí por una sección de gran dinamismo, que se apoya en la caja para tomar un ritmo muy del agrado de la gente de abajo, y que no deja de recordar en ese aspecto (aunque esta obra tenga una personalidad marcada y distinta) a lo que Abel Moreno ideó en «Hermanos Costaleros», que por entonces hacía furor. El trío se reexpone luego con toda brillantez y apoyado en la majestad de los trombones, para cerrarse con una pequeña frase que puede citar a la melodía principal de la marcha.

Como la misma extraordinaria imagen a la que acompaña desde entonces, la obra no arrasó desde el primer minuto. Le bastó con ser primero paisaje sonoro para quienes descubrían deslumbrados que la Virgen de la Caridad no era una imagen más y acudían a recibirla a San Andrés cada Martes Santo. Pronto descubrieron que se marchaban a casa tarareándola y algunos buscaron el disco de la banda del Cristo del Amor donde estaba, para no perderla entre un año y otro. ¿Sonó para otras cofradías cordobesas? Lo último que consta es el excelente concierto de la banda de la Esperanza ante la Virgen de los Dolores, en que la interpretación la dirigió el propio Miguel Herrero.

«Virgen de la Caridad» ha representado, como «Lágrimas y Desamparo», como «Reina de San Nicolás», como -¡ay! – «Virgen de las Angustias» la absoluta identificación y la propiedad indisimulada con una imagen, la música que suena a Martes Santo, a ojos verdes ocultando un enigma, al devoto que no se cansa de buscarle los perfiles, a la suave cadencia de las caídas rectas. Al que se agarra a la eternidad de la música como a un ancla para ensoñar lo que sólo se le da una vez al año, y hasta a veces se le escapa.

La cáscara del vacío

Prisa

¿Tienen gracia estos montajes de los nazarenos metiendo prisa al rey Baltasar para tomar el escenario? A mi modo de ver, ninguna. Pueden ser como espejos del Callejón del Gato que provocan risa por lo que deforman, o exageraciones con las que poner en cierto ridículo la enfermiza impaciencia de algunos. Al final de todo, sin embargo, las alegorías que removieron Facebook con Twitter y fueron de móvil en móvil a partir del 5 de enero no hacen más que confirmar que se ha perdido el sentido del tiempo y de la espera, que la Semana Santa y su ritual de días no llegan cuando tienen que llegar ni cuando cuadran ciertas lunas, sino que saturan casi desde el mismo momento en que terminan.

Antes el cofrade era una persona que se tomaba interés por la Semana Santa y por las hermandades, pero que entretenía sus días en muchas cosas: se dejaba caer por el fútbol los domingos por la tarde, y con el berrinche del Córdoba se le olvidaban las cuitas de la hermandad; trabajaba y no tenía tiempo para saber si cierta jornada de agosto o noviembre era el día de la semana en que salía de su cofradía; cuidaba a sus hijos y los llevaba de excursión, y hasta a veces, en casos extremos, se entregaba a la lectura de una novela o iba al cine. Y en ocasiones, sólo en la oración de la noche, o al abrir la cartera para pagar, se le venían al corazón las imágenes que sin embargo nunca le abandonaban.

Ahora se le ha perdido el gusto a la espera. El olor de las flores de mayo, las siestas de junio, el Señor desafiando a la canícula en el Corpus, los oasis de sombra en el verano inclemente de Córdoba, el venero puro del Carmen y el castizo del Tránsito, septiembre recuperando los colores oscuros cuando la luz no es tan blanca, la dulce llegada del otoño al lado de la Virgen del Socorro, las tardes de conversación y mesa camilla, noviembres con castañas, la espera de la Navidad y hasta la claridad insobornable de los eneros fríos como este ya no tienen nombre: no son más que un descuento de días hasta la Semana Santa, una recopilación de nostalgias engañosas como todas las nostalgias. Quizá de ahí venga tanta afición por las procesiones extraordinarias en estos años, porque hay muchos sectores en este mundo de las cofradías que no pueden vivir sin ver un paso en la calle (aunque no tenga el escalofrío íntimo de las cosas que llegan a su hora) y otros muchos que tienen que ejercitarse llevándolo encima. Las fotos son una tontería que es síntoma de un vacío, de la cáscara hueca de una afición sin creencias que se hace fanática precisamente por no tener otra inquietud vital, y mucho menos espiritual, que la complete o equilibre.

Lo pensaba cuando mis compañeros de Pasión en Sevilla mostraban el sobrecogedor texto de Francisco Robles sobre el Señor de Pasión caminando hacia su altar de novena, y más con las estupendas fotos de David Rodríguez Arellano. Y pensé que también dentro de las cofradías hay jornadas grandes y emocionantes con nombre, que no pasan por ensayos de costaleros ni calles abarrotadas, sino por la consumación de los ritos íntimos y la relación directa y entrañable con unas imágenes que sólo pasan unos pocos días encima de un paso y muchos más esperando en la tranquilidad de sus capillas y altares. ¿Quién en el Salvador va a contar días para verlo en la calle si tenerlo tan cerca es como besar el cielo?

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Con todo, lo más sarcástico es poner en esas fotitos a los nazarenos metiéndole prisa a la trasera de Baltasar. Todavía ellos son quienes acuden a su hora a las casas de hermandad a por las papeletas de sitio y no pasean por la calle Alfonso XIII los capirotes de cartón o rejilla hasta que no está bien entrada la Cuaresma. Como si fueran ellos quienes están haciendo igualás en noviembre.

Glosario de eufemismos

¿Tópicos en Semana Santa, dice usted? No hay que olvidar que muchos, antes de serlo, fueron hallazgos, metáforas improvisadas en cualquier bulla o en el ánimo de un capataz a su gente. Sí, hubo una vez que sonó «Al cielo con Ella» y no fue un tópico, sino casi un himno mariano a lo popular, salido de un corazón que amaba. La clave, como siempre, está en equilibrar y en que las ideas manidas salgan por ajustarse a la realidad, y no por falta de mejores argumentos.

Otras veces, sin embargo, hay frases que parecen tópicos, pero que en realidad son eufemismos. Son ideas que, lejos de no significar nada, sirven para tapar con la pompa de las palabras, conceptos negativos que no se quieren citar por su nombre. En la Semana Santa abundan la crítica ácida y el sarcasmo, que a veces saben como un zumo de pomelo agrio, pero también hay quien es piadoso, quien se tiene que morder la lengua por conveniencia, por estrategia o por simple convencimiento de que todo se hace por amor y hay que respetarlo. Con todo, cada vez que se escuche o lea una de estas frases seguramente querrá decir sólo lo que dice. Lo demás será pura coincidencia.

Eufemismos

 

Andar sin concesiones: Hay pasos que a mudá van más despacito.
Muy de barrio: Lindando con lo directamente hortera.
Exorno clásico: Aburrido y obvio.
Banda de sonoridad potente: Desafinan, aunque revienten tímpanos.
Cortejo compacto y ordenado: Escaso.
Un regreso heterodoxo y popular: Desordenado.
Sorprendente: Fallido.
Silencio natural: Claro, apenas había gente.
Paso sencillo: ¿Quién les ha prestado la parihuela de ensayos?
Fiel a su estilo: Mal, pero están orgullosos.
Estampa inmutable: Inmovilista.
Tocado muy llamativo: Echad al vestidor.
Altar de cultos con todo el protagonismo para la imagen: Con la ley del mínimo esfuerzo.
Muestras de cariño popular: ¿De verdad hacían falta los chillidos y los oles?.
El pregón que pide el mundo de hoy: Doctrinario y nada cofradiero.
Fue una salida emocionante: En el marco están las muescas que han dejado los varales.
Un pregón para leer en casa: Porque no me he enterado o porque me he dormido gracias a la amenidad del disertador.
Marcha que invita al recogimiento: Aburrida y plana.
La cuadrilla de costaleros demostró pundonor: Faltaba uno por palo.
El besamanos destacó por la valentía del montaje: Ah, pero ¿estaba la Virgen?
Cofradía entrañable: Hace demasiado tiempo que esperamos algo bueno de ellos.
Las imágenes son el patrimonio más valioso de la cofradía: Y tanto, apenas tiene otra cosa.

Llanto de la Magdalena

Misericordia

¿Puede la Semana Santa de Córdoba prescindir de la plaza de la Magdalena? Un par de generaciones de cofrades no pensaron nunca en ella como un lugar asociado a las hermandades. Sí, sabían que de allí salió la Misericordia en algunos de sus primeros años, que incluso en una capilla rapiñada, la del Sagrario, se veneró al Cristo, pero a partir de 1956, cuando la iglesia se cerró y la cofradía de los nazarenos blancos se estableció para siempre en San Pedro, la Semana Santa miraba a otros lugares. La carrera oficial seguía en el Centro, las cofradías que estaban más cerca apenas se acercaban y todo el mundo empezaba a mirar a la Catedral.

La plaza de la Magdalena era para entonces uno de tantos lugares desaprovechados en una ciudad que parecía llevar a gala que sus cada vez mejores cofradías tenían que pasar por calles anchas, repetidas o de escaparates. Seguro que muchos pensaron en ella al pasear en cualquier tarde de primavera, descansar en los bancos y reparar en la insólita armonía de casas bajas, en la paz cantada por el agua de la fuente, en el jardín como de miniatura entre el empedrado del suelo. En 1999 la hermandad de la Esperanza la atravesó ya de vuelta, camino de su casa de hermandad, y cruzó ante la vieja ermita del Santo Crucifijo, que tantos Jueves Santos, casi en la noche de los tiempos, vio salir al que hoy se llama Cristo del Amor con su cofradía. Pocos saben que allí estuvo un lugar de bullas en las Semanas Santas anteriores al decreto de Trevilla, cuando el Santo Sepulcro, por entonces con sede en el Carmen de Puerta Nueva, se detenía ante el convento de Santa Inés, del que hoy apenas quedan unos restos arqueológicos, y las monjas cantaban el «Miserere» gracias a una prestigiosa capilla con 18 voces e instrumentos de cuerda y viento.

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En este tiempo, la plaza de la Magdalena es un lugar de paso, uno de esos sitios para redescubrir Córdoba y para conocer una ciudad que el paseante sólo encuentra en Semana Santa cuando va de un sitio a otro, atrochando por Abéjar, por Duque de la Victoria, por Beatas y el bello dédalo de Santa Marta por el que un día la Virgen de los Dolores visitaría a las monjas jerónimas. Casi imposible parece disfrutar en la Magdalena a una cofradía, tanto como esas calles misteriosas de su barrio (Isabel II, Ancha de la Magdalena, Encarnación Agustina), inaccesibles o recónditas (plaza de las Tazas, Santa Inés, Costanillas), demasiado estrechas (Céspedes, Rey Heredia, Cabezas, San Eulogio, Candelaria, Tornillo), incomparables pero imposibles (la plaza de Jerónimo Páez por la que algún año pasó la Virgen de la Presentación) laberínticas como las que están entre Lineros y la Ribera o rivales de otras más poderosas, como el sugestivo eje por el compás de San Francisco, Huerto de San Pedro El Real y Hernando Colón por el que algunos años la Expiración volvía a San Pablo.

Con todo hubo algunas tardes en que volvió a oler a incienso por la vieja plaza, y no con devociones menores ni artificiales. En 2001 estuvo en la desacralizada iglesia el Cristo de Gracia, para la exposición de Crucificados mexicanos, y de allí salió el Miércoles de Ceniza para presidir en la Catedral uno de los Vía Crucis más arropados que se recuerdan, favorecido por la circunstancia de ser 28 de febrero. En octubre de 2004 llegó allí la Virgen de las Angustias para la exposición «Gratia Plena», por uno de esos caminos hermosos a través de Juan de Mesa y la calle de La Palma, y regresó una mañana de diciembre. Y allí volvió el Viernes de Dolores de 2012 el Cristo de la Misericordia, y pasó a su vieja iglesia, fría y sin vida después de tantas desgracias, perdido ya para siempre si retablo barroco de los espejos, para siempre reflejado en su cruz de guía. En el Vía Crucis Magno, el Señor de las Penas también la atravesó en un rodeo hermoso en aquellas horas inolvidables.

Desde entonces esperan la plaza y su iglesia gótica. En 2016 la incluyó el Rescatado en su camino a la Catedral para el Domingo de Ramos, pero la lluvia impidió la estampa. Cuando este 2017 pase por allí la Esperanza, y si alguna otra quiere algún día cambiar velocidad por belleza, quizá pese menos el gozo primaveral de ver a una hermandad en aquel lugar que el pesar por haber desperdiciado los rincones íntimos y antiguos de Córdoba en tantos años por Gondomar, Cruz Conde y hasta Ronda de los Tejares.

«Señor de la Caridad», el sueño de lo imposible

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La idea de que una marcha procesional pierde interés si no se puede interpretar en la calle ante la imagen a la que se dedica tiene una vida corta. Por supuesto que el compositor escribe para que su obra se difunda, y que la forma natural de hacerlo es durante la estación de penitencia, mejor fuera del templo, y que casi siempre lo fácil es que la marcha se interprete para la corporación dedicataria. A veces la comunión entre las notas y la imagen es alta y parece que ambos nacieron de una misma revelación, y la hermandad asume la pieza como una joya de su patrimonio. Otras veces la marcha tiene una fuerza tan alta que trasciende de los límites de una cofradía para empapar a muchos lugares. ¿Cuántas hermandades de Andalucía recuerdan momentos grandiosos de sus titulares mientras sonaban «Amarguras», «Virgen del Valle», «Nuestro Padre Jesús» o alguna de las perlas macarenas?

Por esas extrañezas de su ser singular, Córdoba enseñó hace ya muchos años que se podían escribir marchas excelsas para imágenes que nunca, o casi nunca, las escucharían en la calle. «Es un honor, pero somos de silencio», cuentan que le dijeron en la Buena Muerte a Pedro Gámez Laserna cuando llevó los papeles de «Saeta cordobesa» y «Salve Regina Martyrum». Hubo inolvidables días en que las dos obras sonaron para la Dolorosa de San Hipólito, pero la severidad de su Madrugada no impidió que en toda Andalucía las aclamasen (sobre todo a la primera) como monumentos musicales desde mucho antes.

No todos lo saben, pero también la hermandad de la Caridad, asociada a una música muy concreta, tiene dos marchas excepcionales, y quizá la más grande no sea la de un Gámez todavía primerizo aunque con todo su genio a cuestas, sino la de Francisco Melguizo. «Señor de la Caridad» es el título de una marcha que llegó en una década portentosa para la música procesional de Córdoba: entre 1949 y 1958 escribió Dámaso Torres «Misericordia, Señor», Gámez Laserna «Saeta cordobesa» y «Salve Regina Martyrum», Melguizo «Lágrimas y Desamparo» y «Paloma de Capuchinos», y Enrique Baéz «Virgen de las Angustias» y «Jesús Caído». Que se dice pronto. Y otras menos conocidas que deberían serlo más: José Timoteo brindó «Santísimo Cristo de las Penas» y «Jesús Rescatado», y Luis Bedmar «Vida de un alma».

En 1956, cinco años después del vínculo de la Caridad con el Tercio Gran Capitán de la Legión, escribió Francisco de Sales Melguizo Fernández (Córdoba, 1915-Sevilla, 1998) una de sus obras más personales, una marcha fúnebre en toda la extensión de la palabra, que si por su concepción es un misterio, como pieza musical merece un sitio en muchos repertorios. Se abre con un lúgubre tema en las tubas y metales graves, que poco a poco va ascendiendo. Dos elegantes de llamadas de los trombones abren paso al tema principal, en el que ya es protagonismo es de los clarinetes. Aquí la obra adquiere cierto tinte romántico, aunque será por poco tiempo: vuelven los trombones en un fuerte de bajos muy original y dramático, que va ofreciendo una escala ascendiente que llega a recordar en ciertas cosas a la actual «Subida al Calvario», para luego tornar al tema de apertura y a las llamadas de los trombones, que dan paso a otra sección, esta vez el tema de la marcha real, presente ya en las dos primeras marchas del autor, ahora con rica ornamentación.

Dos compases de caja y los platos dan paso al trío, con una melodía muy inspirada, rico contrapunto y aire otra vez de marcha fúnebre romántica, que al reexponerse se vuelve más brillante, con llamadas de las trompetas que conectan con las que ya se habían escuchado. Precisamente esta música va tomando protagonismo hasta quedarse en el oído cuando la pieza ha terminado. «Señor de la Caridad» deja un gran sabor de boca y la pregunta de por qué la escribió su autor. Su hijo, Cayetano Melguizo, no sabe la respuesta, pero sí insiste en que no fue un encargo, sino una decisión personal. ¿Amistad con alguno de los hermanos mayores que tuvo en aquel momento la cofradía de San Francisco, y que a su vez también tenían relación con la parroquia de San Pedro y con la hermandad de los Santos Mártires? Tal vez tuviera que ver el canónigo Félix Romero Mengíbar, luego obispo de Jaén y arzobispo de Valladolid, muy vinculado a la cofradía del Jueves Santo. O quizá siempre vocación personal, porque, como bien recuerda, Francisco Melguizo tuvo devoción sobre todo por la excepcional Dolorosa que va a los pies del Crucificado. Aporta además el dato de que la instrumentó Enrique Báez, y bien que se nota.

Lo cierto es que «Señor de la Caridad» volvió a sonar ante la imagen que la inspiró recuperada por la banda de la Esperanza, en un concierto por Santa Cecilia. Será complicado que lo haga en la calle, aunque las cofradías de vez en cuando se abonan a lo insólito y lo imposible llega, pero no es nada que exima a las cofradías con buen gusto y a las bandas con criterio de incorporarla a sus carpetas, como hacía la Virgen del Mayor Dolor del Calvario al volver de la Catedral frente al arco de San Francisco, presa la luz alta de la candelería entre los naranjos. Más de una marcha excepcional sigue sonando, gracias al buen gusto de cofradías y bandas, aunque ya no pueda ofrendarse a su dedicataria.

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