ABC

blogs

Blogs en abcdesevilla.es

La capilla de San Álvaro

‘Jesús Rescatado’, a quien tenga oídos

Y a partir de 1975, Córdoba empezó a disfrutar de una Semana Santa que valía la pena. Las imágenes de la Virgen dejaron de salir sin palio, los costaleros dieron la vida y el latido cuando la mayor parte de los pasos iban a ruedas y la música empezó a acompañar a los pasos en la época en que casi sólo estaba la Banda Municipal. Lo de antes es prehistoria, humanidad que se tapaba con pieles y cazaba y recolectaba sin ocuparse del porvenir, un prólogo para lo que empezaba entonces. Los que empezaron la renovación en aquellos años no cuentan esta historia, que conste, pero hay muchos que se la creen, como si casi nada de lo que hubiera pasado antes tuviera interés. Fueron consecuentes: apenas quisieron aprender nada de lo que pasó antes de los setenta, y en la música, y en otras muchas cosas, se perdieron mucho y dejaron que se perdiera bastante.

Hubo que esperar para que se reconociera su valor, pero entre los años 40 y 60 hubo una serie de compositores que trabajaron para las hermandades y escribieron obras extraordinarias, en coexistencia tan feliz como fecunda en el aprendizaje mutuo. Todo el mundo conoce ya a Pedro Gámez Laserna, Enrique Báez y Francisco Melguizo, pero junto a ellos trabajo José Timoteo Franco (1917-2001), músico flautista y compositor inspirado que brindó obras con empaque para sonar en la Semana Santa para la que se escribieron.

Sólo escribió dos marchas, pero mucho para otros géneros: pasodobles, música ligera, piezas para el Real Centro Filarmónico, la Fantasía Cordobesa y música para cultos. José Timoteo hizo dos plegarias para Nuestra Señora de las Angustias en la década de 1940: Madre Mía y La Reina del Dolor, ambas con letra de Manuel Revuelto, llenas de dramatismo, evocadoras de cultos con orquesta de cuerda que entonces no eran raros, y que se rescataron en 2011. En 1958 brindó Jesús Rescatado, una obra que estuvo en la carpeta de la Banda Municipal y que figuró en las míticas casetes de principios de los años 80. Si es discutible lo autóctono en la Semana Santa, no lo es en la música, porque esta es una pieza genuinamente cordobesa, emparentada, aunque personal y propia, con lo que hacían aquellos compositores que brindaron sus obras a imágenes a las que veían y quizá rezaban.

El músico e investigador Rafael León explica que José Timoteo fue director en funciones de la banda de música del Regimiento de Lepanto número 2, luego de la Reina, y que esta unidad militar fue hermana mayor de honor de la hermandad del Rescatado. Quizá ahí haya que buscar el origen de esta composición, que se interpretaría tras el Señor en aquellos años en que la acompañaba la formación, que había dirigido Gámez Laserna. Cuando quedó en banda de cornetas, todavía iría con el Rescatado hasta que dejó de ir a ruedas.

Jesús Rescatado se abre con contundencia, con una potente fanfarria de metales, contestada por las maderas con un tema que evoca tragedia y un clima general de tensión acentuado por la caja. La primera parte es de diálogo entre una y otra familia instrumental, de forma que unos y otros varían sus temas, en una escritura de tanta coherencia como diversidad, en que cada parte, además de contestar a la otra, avanza por los caminos de cada melodía. Hasta tres veces se repite el diálogo, siempre distinto, hasta que los metales hacen un potente coral con una hermosa melodía, que podría pasar por fuerte de bajos sin serlo exactamente, y que deja paso a la reexposición del primer tema de las maderas.

La primera parte termina con un par de fuertes compases para dar paso a una saeta, más que justificada en la devoción al Cautivo de los Padres de Gracia. En 1949 había escrito Gámez Saeta Cordobesa y apenas dos años antes Báez introdujo otra en Jesús Caído. Es una fecundidad mutua, porque si la de Jesús Rescatado se parece más a la segunda, también hay en esta elementos que prefiguran Virgen del Socorro. Es esta una saeta por carceleras, más interpretada y adaptada que transcrita, entre el contracanto de las trompetas. La melodía se va haciendo muy lírica en las distintas evocaciones del cante antes de despedirse, después de una elegante llamada, con un breve trío propiamente dicho de gran solemnidad y brillantez. La imagen de Cristo más devocional de la Semana Santa de Córdoba ya tenía una pieza que describía su caminar, entre la majestad de su presencia, el dramatismo de su rostro y las oraciones populares.

Como tantas otras, Jesús Rescatado tuvo que esperar hasta el momento en que la banda de la Esperanza la recuperase para la Semana Santa de hoy, y ha sonado no pocas veces. La hermandad la asumió como propia y con ella pasó la Virgen de la Amargura por Las Tendillas en el que sería su último año por la ya vieja carrera oficial, en 2015. También se interpretó en el pregón de la Semana Santa de 2017. Quizá la vieja Semana Santa de Córdoba estuviese necesitada de muchos bordados, pasos y músicas, pero lo estaba más de ojos y oídos que fuesen capaces de entender que lo que tenían podía ser poco, pero muchas veces era excelente y casi siempre mejor que lo que los recién nacidos a las cofradías desde los años 70 y 80 importaban sin criterio.

Diálogo de teoría económica

– Nada, que parece que no puede haber mucho tiempo sin hermandades en líos poco agradables. ¿Has visto lo del Socorro?
– He leído algunas cosas, lo poco que se ha dicho y siempre en ABC. Pero todo el mundo parece con pocas ganas de hablar, lo que en cofradías suele ser lo mismo que con muchas ganas involuntarias de propagar rumores.
– Se habla de deudas de cientos de miles de euros, y hasta se publicaron algunas. ¿Cómo se consintió aquello?
– Pues la verdad es que no tengo ni idea. Todo el mundo habla de la coincidencia de dos fuentes de gastos, si así se les puede llamar, en distintos momentos: la coronación canónica en 2003 y la necesidad de hacer obras en las cubiertas de la ermita unos años después. Se supone que la hermandad asumió unos gastos a los que no ha podido hacer frente y, a falta de datos que merezcan llamarse así, parece estar en algo parecido a la bancarrota.
– ¿Y nadie se daba cuenta de eso? Imagino que la hermandad rendía cuentas.
– Claro, todos los años, eso es obligatorio. Ahora, ya conoces el conocimiento financiero de la sociedad en general y su capacidad para analizar la economía. ¿O tú también te crees que los desahucios que hace muy pocos años parecían el principal problema del país eran sólo por la perfidia de los bancos y no por la falta de responsabilidad o de luces de muchos? Los cabildos generales de esta y de casi todas las cofradías sirven para aprobar las cuentas, aunque sean un desastre, si el hermano mayor me es simpático y para rechazarlas, aunque estén impecables, si estoy en la oposición. Me gustaría saber cuánta gente iba a los cabildos y qué entendía de los números.
– Es decir, que la hermandad ha asumido más de lo que podía pagar.
– Tiene pinta de que sí, pero no hay que echarle la culpa de todo, ojo. Lo cierto es que al problema de la ermita había que hacerle frente, y no era menor, ni superfluo, ni frívolo. No se han metido en esto por pagar un manto.
– Pero volviendo al dinero, ¿los hermanos aprueban las cuentas y ya está? ¿No tiene nada que decir el Obispado?
– Ya sabes que sí, que las cuentas hay que enviarlas al Obispado, que a su vez las aprueba o les pone reparos. Y claro, hay que suponer que allí las verían. Si advirtieron del riesgo de colapso, si vieron que eran inviables o si se pusieron nerviosos con los números rojos yo ya no lo sé, pero quiero también pensar que habría advertencias en distintos momentos. La hermandad publicó sus cuentas en 2012 en su página web, cuando ni siquiera salió la Virgen a la calle. Es decir, que por sorpresa no les pillaría.
– ¿Y tú qué crees? ¿Piensas que el Obispado tiene que estar encima o es más bien responsabilidad de las juntas de gobierno y de los hermanos?
– Cada vez que pasa algo así, y no sólo por cuestiones de dinero, se tiende a mirar a Palacio, y desde luego es su deber, pero yo no dejo de preguntarme por qué tíos hechos y derechos, que deben de tener su trabajo, pagar la hipoteca de su piso y rellenar la matrícula de sus hijos en el colegio concertado, se ven en estas situaciones. Cuando me entero de las cosas que han pasado en tantos y tantos sitios casi me cuestiono que en casa de algunos hermanos mayores no se haya contratado la potencia eléctrica propia de una fábrica o que haya pan todos los días, viendo el desbarajuste que hay en sus cofradías.
– Más razón que un santo, claro. Pero la conclusión que sale de ahí es que estaría bien inspeccionar un poquito más.
– No sé si inspeccionar o estar más encima o advertir seriamente a los hermanos mayores. Pero lo que es de temer es que haya más casos como el del Socorro haciéndose a fuego lento en las hermandades y que sólo sepamos de ellos en el momento en que se levante la tapa, el caldo empiece a llenarlo todo y el daño sea irreparable.

‘El cirio perdido’, vacuna contra eternidades

Antonio Varo, con un ejemplar de su libro. FOTO: ÁLVARO CARMONA

En las cofradías está bastante extendida una cierta forma de creacionismo, que tiende a ver a las hermandades tal y como se conocen en su mejor momento y a pensar que son atemporales e inmutables. Un buen día se fundaron, al parecer imbuidos sus creadores de una inspiración divina, y desde el primer día en que se pusieron en la calle ya tenían su personalidad forjada, sus tradiciones listas para perpetuarse y empezaban un camino que igual que no había tenido nacimiento formal tampoco tendría final. Hágase la hermandad. Se tiende a abusar del adjetivo eterno, al que cualquiera que use la razón debería tenerle el respeto que se debe a cualquier abismo sin final a la vista.

Eso tiene que ver por un lado por el desarrollo, en la vecina Sevilla, de una historiografía diletante que inventó antigüedades donde no existían y dio por buenos puentes entre un siglo y otro sin que nada los probara, pero por otro también una competencia cultural muy básica (si llega) que igual que engancha al verso fácil y la retórica tan llena de palabras como vacía de contenido, aleja de cualquier análisis crítico y profundo de la realidad de las hermandades. Contra eso lucha, aunque en principio su autor no se lo haya propuesto, el libro que acaba de publicar Antonio Varo. El cirio perdido, como habrá notado cualquiera que haya leído unas cuantas páginas, trasciende mucho de ser las “Memorias de un cofrade joven”, como dice su subtítulo, y aunque su propósito fuese dejar constancia de lo que quedaba en un caudal prodigioso, bien sabrá él que no lo habría publicado si no fuese mucho más. En un nivel superficial es el relato de un cuarto de siglo de vida en las cofradías a través de la misma mirada, que crece con el tiempo: la de un niño al que visten de nazareno y que empieza a interesarse por las hermandades tras los titubeos y miedos iniciales, la del adolescente que asume su condición de cofrade y la vive de lleno en su hermandad y la del joven que al mismo tiempo que madura en la vida, trabaja y se casa también asume responsabilidades cada vez mayores en su cofradía.

Sí, es cierto que se habla de la Misericordia, la hermandad del autor, más que de ninguna otra, y que los textos responden a los recuerdos de Antonio Varo, pero gusta saber de lo que pasa en el interior de la cofradías, de los avatares y sinsabores, de los nombres propios con que están escritos lo lazos entre hermanos cofrades. Ahí está una de sus verdades más profundas. Los cofrades que se han criado en la era de internet, y que por lo tanto están acostumbrados a no tener más referencia que los datos de las páginas web de las hermandades, sabrán entonces que había épocas en los años 60 que las hermandades dejaban de salir por la precariedad de sus medios, o que lo hacían con mucha modestia. Se enterarán de que era muy rara la presencia de música en las procesiones, y que hasta bien entrados los años 80 sólo iba una banda y casi siempre en cabeza. Los cofrades que pisaron Sevilla en los años 70 supieron entonces que existían Amarguras y Virgen de las Aguas, porque no había ni discos ni conciertos, y estaban mucho más acostumbrados al andar monótono de los pasos a ruedas, mayoritarios entonces, que a los que iban a hombros de honrados faeneros antiguos, que por cierto se echaban encima muchos más kilos aunque bebieran y fumaran debajo del paso sin el menor pudor. No había tantos relatos de vivencias como hoy, y quizá por eso puede el autor contar, en uno de los mejores episodios del libro, que no necesitó ni ripios ni condicionantes previos cuando la Esperanza de Triana, sobre el trémulo puente, le quiso obsequiar con una experiencia trascendente.

Quienes desbloquean el teléfono y conocen todo lo que sucede (o en la mayoría de los casos, lo que las hermandades quieren que se sepa) quizá no se crean que hubo una época de apagón informativo absoluto contra el que luchó un grupo de cofrades sin más premio en principio que el de conseguir que hubiese más gente que conociese a las hermandades cuando la ciudad más que nunca les daba la espalda. Las cofradías no viven en un entorno aislado, como si fuesen reliquias del tiempo que salen a calle una vez al año, y por eso es importante conocer los cambios descontrolados que trajo consigo el Concilio Vaticano II y resulta un documento impactante el inventario del expolio que se hizo en la iglesia de San Pedro en los casi tres lustros que estuvo cerrada, cuando volaron retablos, imágenes y hasta la histórica lápida de los Santos Mártires se trató como si fuera un escombro. Y de propina los portazos que se llevaron la Misericordia, las Penas y la Soledad cuando tuvieron que buscar sede.

El cirio perdido es lo que se cuenta y lo que no se cuenta: la historia de quienes revolucionaron a las hermandades por dentro y llevaron una actividad durante todo el año que poco antes no se soñaba, pero también quien quiera mirar en los silencios y en las cofradías que apenas aparecen sabrá quién en aquellos años gestaba lo que le pasa hoy. Los que a partir de ahora no conocerán otra carrera oficial que la definitiva, la de la Catedral, sabrán cómo empezó a nacer, treinta años antes, el Viernes Santo de 1986, cuando el Santo Sepulcro puso rumbo al primer templo; los que, ya adultos, soñaron con ella, conocerán que se llegó a esa meta igual que se llegó a otras relatadas en el libro; y los mayores, protagonistas o testigos de tantos prodigios, suspirarán leyendo.

Le queda a Antonio Varo ahora deshojar la margarita de continuar y seguir vacunando contra las tentaciones de eternidades falsas. Con lo que le ha quedado, no debería tener dudas de continuar relatando, aunque desde 1986 perdiera cierta inocencia. Y ojalá, como dice Adso de Melk al principio de El nombre de la rosa, su mano no tiemble para relatar lo que sucedió después.

Lo efímero y lo eterno

Nuestro Padre Jesús Nazareno de Fernán Núñez en la década de 1940. FOTO: ARCHIVO HERMANDAD

Ausente o presente, acaban de pasar días de música. Si en algún momento fue banda sonora que acompaña a lo que pasa en las calles y en los corazones, una concatenación de sonidos armónicos que podían no tener título para quien escuchaba pero sí emocionaban a veces, desde hace demasiado tiempo ha pasado a un primer plano que a veces eclipsa a todo lo demás. Por estar y por no estar. Acaban de salir a la calle en distintos lugares de la diócesis de Córdoba dos devociones de siglos y todavía se está hablando de que había música o de que no había, de los acordes que rompían el aire y de los que se echaban en falta.

Hasta no hace tanto, la música era importante pero no obsesionaba nadie. Aunque fuera la banda de los Bomberos de Málaga o la de Calíope, que fueron algunas veces con estas imágenes, casi la mitad de las chicotás eran a tambor sin que nadie se ofendiera, los costaleros no se sabían el título -aunque se tocaran Cristo del Amor, Soledad de San Pablo y El Corpus– y no había nada parecido a las crucetas ni a lugares emblemáticos en que siempre se tocaba la misma. No había directores de banda agobiados por las cofradías para empezar a tocar enseguida, no sea que la gente de abajo deje de disfrutar unos segundillos.

La música ahora identifica los vídeos de youtube, motiva a los que se calzan el costal para votar una cosa u otra, anima las copitas en las tabernas en que se quema incienso y evita un silencio incómodo que la gente aprovecharía para hablar y no prestar atención, porque se le ha acostumbrado a que mirar a un paso detenido, preguntarse por lo que tiene delante de la vista, trascender y no digamos rezar es algo innecesario en un espectáculo -espectáculo es una palabra clave- de coreografía en movimiento.

Quizá algún día pase esta época, como pasaron los años en que estas dos imágenes aparecen en fotografías antiguas. No hay cofrade que no se vaya primero al Señor o a la Virgen y admire la estampa inmutable, la silueta que identifica, el perfil que gusta. Luego está lo secundario: si el capataz ya llevaba el uniforme negro de hoy, las pocas flores que a lo mejor se habían recogido de huertas o jardines públicos y el atuendo de los que se afanaban en la procesión. Pasarán los años después de estos días en que se habla de música y quedará escrito entre líneas el amor con que se hacen las cosas, la devoción transmitida como una enseñanza sencilla que es mucho más ejemplo que palabra, el rostro que se ha anclado en las entrañas de muchos y al aparecerse despierta al tiempo dormido. La certeza de que hay cosas que son efímeras y volarán como la ceniza a la que se sopla y cosas que son eternas y no las barrerán ni la música ni su falta, aunque en su proporción justa sea imprescindible y perdurable.

Vanidad de vanidades

Que nadie piense que la noticia de que la Junta de Gobierno de la hermandad de Jesús Nazareno de Aguilar de la Frontera quiere que el paso del Señor vaya a costaleros al estilo sevillano es poco relevante ni anecdótica. Con polémica o sin ella, la cofradía, y quizá toda la hermosa Semana Santa de esta localidad, se enfrenta a lo que puede terminar en un cambio de modelo, quizá a mudar su esencia tradicional y popular, basada en el arraigo, en la devoción y en aquello que pasa de padres a hijos, a otra cosa distinta en la que empiece a ganar sitio el espectáculo, en la que el protagonismo empiece a estar en cómo se mueve el paso en lugar de en la imagen que va encima.

En principio nadie se ciñe una faja ni se echa la tercera parte de su peso encima por la efímera fama de un vídeo, igual que nadie dejará de rezar al Señor por el cambio de la forma de andar. El problema es otro. Hasta ahora, Jesús Nazareno salía a la calle al alba del Viernes Santo y para moverse necesitaba tracción humana. Se encontró el sistema en la forma tradicional de casi todo el sur de la provincia de Córdoba: sobre un solo hombro, el más sencillo de todos, el mismo que cualquier parihuela. El costalero, que así se le dice aunque no lleve costal, es entonces un medio, un hermano que cumple con la función de trasladar el paso, y con él al Señor, de un lugar a otro.

También en Sevilla había que llevar los pasos por las calles y se generalizó otro modelo, igual de válido, con trabajaderas transversales cargando sobre las cervicales. Primero los llevaban cuadrillas de personas acostumbradas al trabajo físico que hacían su labor de forma profesional en el mejor sentido de la palabra, y luego a base de hermanos y devotos en algunas cofradías y de aficionados al deporte sacro en muchas de las demás, a las que sacan del apuro. En principio los dos eran lo mismo, pero no es difícil comprender que el que plantea un cambio no sólo piensa en el hecho de mover el paso, ya resuelto en el sistema actual, sino también en dar satisfacción a personas con querencia por el mundo del costal. Son los que quieren darse el gusto de ver a la imagen de más devoción de su pueblo andando de esa forma, los que quieren meterse ellos mismos debajo del paso por ser la forma que prefieren para llevar a las imágenes, y, en el caso de algunos, los que quieren ponerse un traje negro e improvisar letanías medio profanas antes de darle el último golpe al martillo.

Desde luego que habría quien se metiera bajo la trabajadera con devoción y con oraciones sinceras y sintiera en el corazón las plegarias de quienes le enseñaron a querer al Señor, pero casi todos temen más la cara B: el paso que empieza a destacarse por la forma de andar en lugar de por la belleza de la imagen que está entronizada, el capataz que asume el mando como un actor recitando un monólogo para pasar a la posteridad de Youtube y por supuesto el perfecto compás con la música como si las cornetas fuesen en realidad para los que van debajo. Se daría entonces una paradoja: los que ahora llevan al Señor, que van por fuera y a rostro descubierto, serían mucho más anónimos y humildes que los que tapan con los faldones y no enseñan la cara. Justo lo contrario de lo que dicen quienes defenderán el voto afirmativo en el cabildo general.

En 2006 pasé en Aguilar de la Frontera la mañana del Viernes Santo y conocí una Semana Santa arraigada y honda, de saetas de hombres que llevaban corbata negra y se santiguaban después de cantar, de largas filas de nazarenos, de oraciones que se bisbiseaban en las aceras. El Señor, bellísima imagen de la escuela granadina que movía al encuentro y a la devoción, recorría las calles con la lenta sobriedad de una forma de andar que no admite ni cambios ni más técnica que el acompasarse al pie izquierdo, porque lo importante era que estuviera en la calle, no cómo lo hiciera.

Años antes, en mi pueblo de Fernán Núñez, había llevado, también de esa forma, a Jesús Caído, y aprendí bajo sus varales, mirando los rostros de emoción de las gentes y la sencilla religiosidad con que elevaban los ojos, que el poco de esfuerzo que se pone de buena fe se vuelve ridículo si quiere darse algún mérito –«Vanidad de vanidades», está escrito- cuando El que va arriba puede tantísimo. Quizá ahí esté parte del secreto en estos años de misterios, cascos y plumas: el Nazareno de Aguilar, el de La Rambla, el Caído y tantísimas otras imágenes de los pueblos (y de Córdoba) no necesitan más que ponerse ante la mirada de un alma sensible para arañar el corazón. En su capilla, con costal, en parihuelas o a ruedas.

Pedro Morales, quilates de poesía popular

Quizá algún día, ya lejano, viésemos la Semana Santa como una gran novedad, como la revelación de un rito que se iba pegando a la piel, al afán de trascendencia, al oído, al olfato y a la vista, y que nos daba el presentimiento de que iba a condicionar una parte de la vida. Pero eso fue en la infancia, y en esos días la frontera entre la realidad y la fantasía tiene la inconsistencia brumosa y difícil de un ensueño. Desde entonces, y cada año que pasa un poco más, y así hasta que Dios quiera, al acercarnos a una cofradía somos sobre todo memoria, costumbre. No aquello que se ha recibido como la rutina que se impone y se acepta sin pensar, sino tradición activa que se asume con conciencia, se hace propia y se revive cuando pasa y también cuando se recuerda.

Lo aprendimos de jóvenes, y ahora ya no se olvida, y cuando algo sucede, el corazón es capaz de adelantar el rito, escrito con la certidumbre de una catarata de gozos. Sucede en el momento en que el martillo hace subir el paso, y entonces el corazón empieza a imaginarse los flecos de las caídas que saltan y caen, las flores que bailan en el breve vuelo hasta posarse en su quieta inestabilidad, los varales que se quedan congelados un momento a la espera de tomar el compás preciso. En la memoria suenan unos cuantos instantes de granadera, cada vez menos en estos tiempos de ansiedad y afán de perfección de vídeo. La cera rizada del palio alegre tiembla y ya cantan las cornetas, que evocan la alegría, pero no callan a los clarinetes ni a las maderas. Pronto se escucharán en primer plano, ofreciendo una melodía de apariencia sencilla, pero pulida como un verso de pocas sílabas que tiene que medir las letras para hacerse notar a la primera.

A Pedro Morales, que acaba de cruzar el umbral de una eternidad que se ganó en la tierra ayudando a muchos a rezar en Semana Santa con el aire imprescindible de su música, le han llorado sobre todo, y quizá sólo ellos, los cofrades, porque ellos mejor que nadie saben que sus obras cimentaron una buena parte del ser en la calle de las cofradías que conocieron y amaron. La de sus marchas alegres es la Semana Santa popular y sencilla de las hermandades de bulla que casi siempre tuvieron claro que su alegría no era la de una fiesta celebrativa, sino la de una esperanza contenida. ¿Un artesano? Quién sabe dónde está la frontera, pero sí que fue un autor siempre tocado por la gracia, como un metro de poesía popular brilla a veces con los quilates purísimos de lo preciso y lo hondo. Por eso en estos días me vienen a la memoria la Virgen de la Merced ganando metros camino de su barrio, la candelería ya gastada y bella, con Virgen de los Negritos, y también, todos los años, a la Candelaria en Diario de Córdoba con la sutil y elegante disonancia de Virgen de Montserrat, y por supuesto la Esperanza con aquella marcha que le escribió como un romance popular y redondo. Cuando Antonio Varo le hizo en 2008 la entrevista que encabeza este artículo se debió de dar cuenta de que estaba hablando con una leyenda.

Quien hubiera pensado en una cofradía de barrio para la Estrella seguramente estaba prefigurando cómo este año avanzaba la Madre por calles de su barrio, nuevas para Ella, con Virgen de la Paz, que deja en el aire el triunfo de una fiesta grande y la pena de que se marcha para buscar la Catedral y no queda más que la melancolía en el recuerdo que flota en el trío. Tal vez aquí estuviera el mayor acierto de Pedro Morales: el haber perfeccionado, a base de inspiración, técnica y pellizco el canon de la marcha procesional brillante y, como otros hicieron con las túnicas de los nazarenos y la hechura de los palios, fijarla en el corazón de los cofrades para que la amaran para siempre como parte de su piel y de su tradición. Casi siempre directo a la emoción, fuera con trío cantarino y sutil o con la majestad espeluznante de sus contadas y excepcionales marchas fúnebres.

Llegará una nueva Semana Santa y en alguna esquina estará esperando quizá Señorita de Triana –«Volverán las oscuras golondrinas»- para consolar a una Virgen que llora ante una candelería recién encendida, pero el corazón, tan caprichoso, guardará en el cofrecito más precioso, como un azahar delicado que se arruga al cogerlo, aquello que no será otra vez o regresará ni se sabe cuándo: Esperanza Macarena al ver abrirse el cielo sobrecogedor y verde una tarde insólita de mayo, Amparo en un crepúsculo delicado de otoño y La Soledad, que se quedó –«esas no volverán»- prendida en una túnica de ayer.

La exclusividad del Corpus

corpus

Faltan pocos días para el Corpus Christi y las cofradías se están ya preparando para llenar el cortejo que acompañará a Jesús Sacramentado, a Dios mismo. Contaba José Antonio Luque en su pregón de la Semana Santa de 2005 que una vez preguntó a un joven de las cofradías si iría al Corpus y que éste le zampó que no, que para qué, «si no iba ningún Cristo ni ninguna Virgen». Ahora las hermandades insisten desde sus redes sociales en que sus hermanos acompañen al cortejo, y bien que hacen, porque es el deber de los cristianos que viven su fe de forma tan pública.
Y después de todo, parece que la procesión es suya. Nadie les ha reconocido a las hermandades que, junto con la Adoración Nocturna, acompañen corporativamente ni hagan que la procesión sea catequesis a través de la estética; pocos han ensalzado los altares, llenos de simbología, que se ponen al paso del Señor, y que testimonian fe y también dotes para convertir el arte en una predicación sin palabras. Algún año llega a los periódicos una carta diciendo que sí, que están las cofradías, pero no los jóvenes, que sí van a otras cosas. Vaya por Dios: habrá que hacer representaciones bien compensadas de edad y sexo para que nadie proteste.

Lo cierto es que es una pena que las cofradías sean el único movimiento de laicos que puede asistir al Corpus Christi y llenar las calles. Qué pena que los demás tengan en sus estatutos no dejarse ver. Así pasó en aquellos años incomprensibles en que la procesión era por la mañana e iba por calles vacías, sólo con el cortejo de las hermandades y nadie en las aceras. En Las Tendillas sólo se vieron en aquellas jornadas los estandartes de las cofradías, nadie de ningún movimiento más ni casi cristianos rasos, y no había más que ver las fotos.

Urge quitar entonces el corpus a las hermandades, o al menos la exclusividad, y entregarlo a esos nuevos movimientos que gustan de la liturgia propia, invitar a quienes miran a la Semana Santa por encima del hombro por pensarse superiores y por considerar que los cofrades están todo el día jugando a los pasitos. Es responsabilidad de los párrocos invitarlos a ir, y no dejarlos en su misita del domingo; los directores espirituales tienen que llevarlos al Corpus Christi aunque sea de la oreja.

corpus2

Aunque no tengan estandartes ni boato, bien pueden organizarse, tomar su cirio y acompañar, o estar en las calles cuando pase el Señor (y es el Señor, no un trozo de madera pintado y bendecido). Sería bonito que todos esos que se reúnen en torno a Cristo y actúan cumpliendo su palabra también lo vean pasar consagrado en la Custodia, ya que alguna vez se han visto obligados a dejar las calles limpias por el intrusismo de los cofrades. Las procesiones de Semana Santa pueden ser opinables en un momento dado, pero cuando parece que las cofradías y la Adoración Nocturna son las únicas que creen la transubstanciación y en la presencia real de Cristo en la Eucaristía quizá haya que empezar a preocuparse.

El péndulo

Beso

Desconfío de las frases redondas que aparecen en las redes sociales sobre la educación. Unas cuantas son melifluas y por lo tanto esconden cosas ineficaces; otras directamente son perjudiciales y las que prometen el paraíso a cambio de un trato riguroso y espartano nunca se las aplican quienes las escriben. La que más se repite es la que dice que educar significa poner límites, que no hay una formación sólida sin un poco de frustración que ayude a aprender que todos los deseos no pueden ser satisfechos. A esta todavía se le pueda dar la oportunidad de hacerle caso, aunque para llevarla a cabo hace falta un difícil equilibrio. El poder emborracha tanto que se puede abusar de él. Hay quien disfruta dando negativas y haciéndose valer, como si la permanente severidad le reforzase, y eso es malo, pero tampoco es buena la permisión constante.

El periodista recuerda por eso aquella mañana de finales de primavera en que subió a un piso del Sector Sur y allí conoció a dos imágenes bendecidas a las que habían echado de su parroquia: el Señor de la Divina Misericordia y la Virgen de las Aguas. Y no ha olvidado el íntimo dolor de quienes tenían que verlo. Hace casi 16 años de aquel día y en la vecina parroquia de Santa Isabel de Hungría, donde se habían bendecido y donde la hermandad quería echar raíces, todavía no tenían la suerte de haber encontrado a un sacerdote cofrade, como ahora. El Obispado no quería oír hablar de que hubiera más cofradías en Córdoba y cortó con dura autoridad todos los proyectos que llegaban heredados del crecimiento de los años noventa. La hermandad del Beso de Judas, allí o en la Consolación, donde tampoco dejaron estar a aquellas imágenes de Manuel Luque Bonillo, no era más que un ejemplo.

Aquel mismo año a la hermandad de la Sagrada Cena se le aplicó la literalidad de un decreto para que en su entonces nueva sede de la parroquia del Beato Álvaro de Córdoba sólo pudiesen estar sus titulares, no los apóstoles (¿repararía alguien en que todos menos uno son santos?) , algunos sacerdotes trataban a los pasos de «estorbos» en Semana Santa, las reglas volvían con correcciones fuertes o se atrancaban durante meses en Palacio y un altar de cultos generoso era el que se dejaba montar junto al presbiterio y no directamente en la capilla propia. Por la Catedral se permitía pasar a cambio de compartir gastos, y se decía que la carrera oficial de la Semana Santa tenía que pasar por allí, pero se decía en abstracto. Algunas de aquellas cofradías a las que no dejaron nacer en aquellos años incluso pidieron iglesias abandonadas, como la ermita de la Consolación en la calle Armas, pero ya entonces el Camino Neocatecumenal podía presumir de un músculo que podía ser menor en número, pero era mucho más fuerte en el compromiso y sobre todo en las preferencias de aquellos tiempos.

Como pasó tras los años 60 y 70, ahora el péndulo ha oscilado a la otra parte, quizá porque quien tiene que educar piensa que debe tener contentos a esos hijos. Las cofradías necesitan algo más que imágenes y un camino más largo antes de que sus reglas se aprueben, pero terminan llegando y hay un día en las vísperas de la Semana Santa para que vayan aprendiendo antes de llegar a la Catedral. Las procesiones de gloria se fomentan sin necesidad de que ningún cofrade piense en que son necesarias y las magnas llegan desde arriba, así que no hay que pedir autorización ni denegarla, como aquella –vaya por Dios- que también se frustró en Palacio para 1999.

Siempre es mucho más agradable que las hermandades tengan culto, capilla, reglas y vida que ver a las imágenes bendecidas refugiadas en una casa como si no fuesen dignas de una iglesia, pero llenar las calles para distraer del vacío de las iglesias no es más que tapar con flores las candelerías malas, porque el destino de las flores, por bonitas que sean, es marchitarse, y encima las calles no siempre se llenan.

Fuera de casa

orfandad

En la difícil edad en que se adquieren los valores y la personalidad se forma, nadie lo logra si no es mirando a otra persona, a un adulto al que se admira y del que se reciben enseñanzas y ejemplos. En condiciones normales, nadie mejor que los padres para mirarse. Si son personas decentes, y padres y madres lo son en un porcentaje tan abrumador de los casos que apenas cabrían las excepciones, los chicos tienen que aprender de ellos: admirar lo que hicieron con sus vidas antes y después de que ellos nacieran, imitar algunas de sus buenas decisiones, aprender de los errores sin reprochárselos y agradecerles los infinitos desvelos.

Algunos psicólogos, que tratan de revestir su ciencia con palabras solemnes que eliminan las verdades del afecto y la naturalidad, llaman a todo esto los referentes paternos, y de la solidez que tengan dependerá el desarrollo afectivo y social del chico. Las más de las veces, bastan para conseguir un adulto solvente y más o menos maduro, pero de vez en cuando fallan, o la referencia que ofrecen no es la adecuada. La criatura ahí tiene pocas alternativas: o sale a sus padres, y por lo tanto de él se puede esperar poco más que la supervivencia propia a toda costa, o bien se consigue un referente no tan próximo pero sí cercano. Un tío, un abuelo, algún hermano mayor que siguiera un camino distinto al de los padres, un profesor, o hasta un ídolo deportivo o musical al que querer parecerse.

No lo hacen todos, pero muchos se han hecho personas de provecho buscando fuera de casa. Puede ser dejadez, o incapacidad, o simplemente las circunstancias que se van haciendo perpetuas. «El culpable es la sociedad, no el individuo», repiten quienes gustan de diluir las responsabilidades propias más de la cuenta. El caso es que sin padre y madre en quien fijarse, hay gente que consigue salir adelante y se labra un porvenir a base de seguir a los que admira.

Las cofradías de Córdoba, salvo excepciones puntuales y casos del todo incorregibles, se van haciendo mayores y se parecen a aquello que soñaban cuando eran niñas. Algunas ya son estupendas cofradías de bulla, con sus capas, su cera rizada y sus misterios bien dorados. Otras, menos, se han hecho hermandades de negro, con nazarenos altos, estricto sentido del silencio y profundidad en los símbolos, respetables y hondas. Muchas tienen sus pasos de misterio terminados y al verlos avanzar con toda la plenitud muchos recuerdan los duros años 80 en que nunca pensaran tanta emoción y tanta calidad.

Otras van creando excelentes pasos de palio con bordados, orfebrería y candelerías, y a la luz de la noche hay que pedir que nunca terminen de entrar en sus templos para seguir emocionándose con la Virgen. Los más críticos dirán que han aprendido en Sevilla, que han renunciado a buscar en la ciudad propia y que se han estandarizado. Pero eso ser estricto y no ensalzar a quienes se han hecho algo en la vida como huérfanos reales que, ya que no conocieron a sus abuelos más que por unos cuantos detalles, superan a su padre y a su madre tras comprender que, aunque en el interior tuvieran algo de lo que aprender, en realidad no podían enseñarle nada.

Ucronía anacrónica de un secreto

sepulcro

En vano ha corrido la hermandad a frenar la noticia. ¿Quién es capaz de reunir las plumas de una gallina cuando se han echado al viento? El gran estreno de la Semana Santa de Córdoba de 2017 ya no es un secreto y no se conocerá en la fecha de su presentación, o al menos no se conocerá del todo, porque algo se ha visto. A pesar de que el celo que la hermandad del Santo Sepulcro ha mostrado a la hora de que se difundieran públicamente imágenes de su nuevo paso, la indiscreción de uno de los visitantes a uno de los talleres ha permitido que se desvele uno de los detalles de este trono, en concreto de casi todo el respiradero frontal, ya terminado.

La cofradía no había cerrado las puertas de los distintos puntos en que se realizaba el paso a ciertos cofrades que pretendían conocerlo, pero siempre con la prohibición expresa de tomar imágenes y difundirlas. Pero en estos años de redes sociales hay cosas que no se pueden guardar. Uno de los visitantes, el acompañante de un grupo que para la corporación era de fiar, tomó una imagen con su teléfono móvil mientras los miembros de la Junta de Gobierno explicaban las fuentes iconográficas de las piezas.
Según las primeras versiones, en apenas cinco minutos lo compartió en su perfil de Facebook. «Este es el respiradero del nuevo paso del Santo Sepulcro». Diez minutos después había más de 50 compartidos y la noticia viajaba con retuits vertiginosos por la red social del pajarito. En apenas una hora nadie recordaba quién era el autor de la instantánea, pero en cambio todo el mundo distribuía la imagen y muchos comentaban si el proyecto les gustaba o no.

Al día siguiente, otro cofrade que también había conocido la hechura del paso publicó un fragmento del cuerpo superior y más adelante todavía se pudo ver uno de los muy originales faroles. La hermandad había anunciado acciones legales contra el autor de la primera fotografía, aunque la multiplicación de autores y la falta de horizontes a la hora de conseguir un resarcimiento algo más que simbólico han hecho que ahora se lo replantee.

Con todo, el hermano mayor asegura que la complejidad y riqueza del proyecto, que se ha ido perfilando en los últimos meses, hacen que lo que se ha visto ya no suponga más que detalles del total, que se presentará muy poco antes de la Semana Santa, y que irá mucho más allá de la suma de distintas partes. «Son los tiempos que vivimos, donde una foto puede estar en internet en ese mismo momento y se puede retransmitir en directo con un teléfono móvil. Quizá si lo hubiésemos hecho hace diez años sí habríamos podido mantener el secreto», dijo.

Más blogs en ABC