ABC

blogs

Blogs en abcdesevilla.es

La capilla de San Álvaro

Vanidad de vanidades

Que nadie piense que la noticia de que la Junta de Gobierno de la hermandad de Jesús Nazareno de Aguilar de la Frontera quiere que el paso del Señor vaya a costaleros al estilo sevillano es poco relevante ni anecdótica. Con polémica o sin ella, la cofradía, y quizá toda la hermosa Semana Santa de esta localidad, se enfrenta a lo que puede terminar en un cambio de modelo, quizá a mudar su esencia tradicional y popular, basada en el arraigo, en la devoción y en aquello que pasa de padres a hijos, a otra cosa distinta en la que empiece a ganar sitio el espectáculo, en la que el protagonismo empiece a estar en cómo se mueve el paso en lugar de en la imagen que va encima.

En principio nadie se ciñe una faja ni se echa la tercera parte de su peso encima por la efímera fama de un vídeo, igual que nadie dejará de rezar al Señor por el cambio de la forma de andar. El problema es otro. Hasta ahora, Jesús Nazareno salía a la calle al alba del Viernes Santo y para moverse necesitaba tracción humana. Se encontró el sistema en la forma tradicional de casi todo el sur de la provincia de Córdoba: sobre un solo hombro, el más sencillo de todos, el mismo que cualquier parihuela. El costalero, que así se le dice aunque no lleve costal, es entonces un medio, un hermano que cumple con la función de trasladar el paso, y con él al Señor, de un lugar a otro.

También en Sevilla había que llevar los pasos por las calles y se generalizó otro modelo, igual de válido, con trabajaderas transversales cargando sobre las cervicales. Primero los llevaban cuadrillas de personas acostumbradas al trabajo físico que hacían su labor de forma profesional en el mejor sentido de la palabra, y luego a base de hermanos y devotos en algunas cofradías y de aficionados al deporte sacro en muchas de las demás, a las que sacan del apuro. En principio los dos eran lo mismo, pero no es difícil comprender que el que plantea un cambio no sólo piensa en el hecho de mover el paso, ya resuelto en el sistema actual, sino también en dar satisfacción a personas con querencia por el mundo del costal. Son los que quieren darse el gusto de ver a la imagen de más devoción de su pueblo andando de esa forma, los que quieren meterse ellos mismos debajo del paso por ser la forma que prefieren para llevar a las imágenes, y, en el caso de algunos, los que quieren ponerse un traje negro e improvisar letanías medio profanas antes de darle el último golpe al martillo.

Desde luego que habría quien se metiera bajo la trabajadera con devoción y con oraciones sinceras y sintiera en el corazón las plegarias de quienes le enseñaron a querer al Señor, pero casi todos temen más la cara B: el paso que empieza a destacarse por la forma de andar en lugar de por la belleza de la imagen que está entronizada, el capataz que asume el mando como un actor recitando un monólogo para pasar a la posteridad de Youtube y por supuesto el perfecto compás con la música como si las cornetas fuesen en realidad para los que van debajo. Se daría entonces una paradoja: los que ahora llevan al Señor, que van por fuera y a rostro descubierto, serían mucho más anónimos y humildes que los que tapan con los faldones y no enseñan la cara. Justo lo contrario de lo que dicen quienes defenderán el voto afirmativo en el cabildo general.

En 2006 pasé en Aguilar de la Frontera la mañana del Viernes Santo y conocí una Semana Santa arraigada y honda, de saetas de hombres que llevaban corbata negra y se santiguaban después de cantar, de largas filas de nazarenos, de oraciones que se bisbiseaban en las aceras. El Señor, bellísima imagen de la escuela granadina que movía al encuentro y a la devoción, recorría las calles con la lenta sobriedad de una forma de andar que no admite ni cambios ni más técnica que el acompasarse al pie izquierdo, porque lo importante era que estuviera en la calle, no cómo lo hiciera.

Años antes, en mi pueblo de Fernán Núñez, había llevado, también de esa forma, a Jesús Caído, y aprendí bajo sus varales, mirando los rostros de emoción de las gentes y la sencilla religiosidad con que elevaban los ojos, que el poco de esfuerzo que se pone de buena fe se vuelve ridículo si quiere darse algún mérito –«Vanidad de vanidades», está escrito- cuando El que va arriba puede tantísimo. Quizá ahí esté parte del secreto en estos años de misterios, cascos y plumas: el Nazareno de Aguilar, el de La Rambla, el Caído y tantísimas otras imágenes de los pueblos (y de Córdoba) no necesitan más que ponerse ante la mirada de un alma sensible para arañar el corazón. En su capilla, con costal, en parihuelas o a ruedas.

Pedro Morales, quilates de poesía popular

Quizá algún día, ya lejano, viésemos la Semana Santa como una gran novedad, como la revelación de un rito que se iba pegando a la piel, al afán de trascendencia, al oído, al olfato y a la vista, y que nos daba el presentimiento de que iba a condicionar una parte de la vida. Pero eso fue en la infancia, y en esos días la frontera entre la realidad y la fantasía tiene la inconsistencia brumosa y difícil de un ensueño. Desde entonces, y cada año que pasa un poco más, y así hasta que Dios quiera, al acercarnos a una cofradía somos sobre todo memoria, costumbre. No aquello que se ha recibido como la rutina que se impone y se acepta sin pensar, sino tradición activa que se asume con conciencia, se hace propia y se revive cuando pasa y también cuando se recuerda.

Lo aprendimos de jóvenes, y ahora ya no se olvida, y cuando algo sucede, el corazón es capaz de adelantar el rito, escrito con la certidumbre de una catarata de gozos. Sucede en el momento en que el martillo hace subir el paso, y entonces el corazón empieza a imaginarse los flecos de las caídas que saltan y caen, las flores que bailan en el breve vuelo hasta posarse en su quieta inestabilidad, los varales que se quedan congelados un momento a la espera de tomar el compás preciso. En la memoria suenan unos cuantos instantes de granadera, cada vez menos en estos tiempos de ansiedad y afán de perfección de vídeo. La cera rizada del palio alegre tiembla y ya cantan las cornetas, que evocan la alegría, pero no callan a los clarinetes ni a las maderas. Pronto se escucharán en primer plano, ofreciendo una melodía de apariencia sencilla, pero pulida como un verso de pocas sílabas que tiene que medir las letras para hacerse notar a la primera.

A Pedro Morales, que acaba de cruzar el umbral de una eternidad que se ganó en la tierra ayudando a muchos a rezar en Semana Santa con el aire imprescindible de su música, le han llorado sobre todo, y quizá sólo ellos, los cofrades, porque ellos mejor que nadie saben que sus obras cimentaron una buena parte del ser en la calle de las cofradías que conocieron y amaron. La de sus marchas alegres es la Semana Santa popular y sencilla de las hermandades de bulla que casi siempre tuvieron claro que su alegría no era la de una fiesta celebrativa, sino la de una esperanza contenida. ¿Un artesano? Quién sabe dónde está la frontera, pero sí que fue un autor siempre tocado por la gracia, como un metro de poesía popular brilla a veces con los quilates purísimos de lo preciso y lo hondo. Por eso en estos días me vienen a la memoria la Virgen de la Merced ganando metros camino de su barrio, la candelería ya gastada y bella, con Virgen de los Negritos, y también, todos los años, a la Candelaria en Diario de Córdoba con la sutil y elegante disonancia de Virgen de Montserrat, y por supuesto la Esperanza con aquella marcha que le escribió como un romance popular y redondo. Cuando Antonio Varo le hizo en 2008 la entrevista que encabeza este artículo se debió de dar cuenta de que estaba hablando con una leyenda.

Quien hubiera pensado en una cofradía de barrio para la Estrella seguramente estaba prefigurando cómo este año avanzaba la Madre por calles de su barrio, nuevas para Ella, con Virgen de la Paz, que deja en el aire el triunfo de una fiesta grande y la pena de que se marcha para buscar la Catedral y no queda más que la melancolía en el recuerdo que flota en el trío. Tal vez aquí estuviera el mayor acierto de Pedro Morales: el haber perfeccionado, a base de inspiración, técnica y pellizco el canon de la marcha procesional brillante y, como otros hicieron con las túnicas de los nazarenos y la hechura de los palios, fijarla en el corazón de los cofrades para que la amaran para siempre como parte de su piel y de su tradición. Casi siempre directo a la emoción, fuera con trío cantarino y sutil o con la majestad espeluznante de sus contadas y excepcionales marchas fúnebres.

Llegará una nueva Semana Santa y en alguna esquina estará esperando quizá Señorita de Triana –«Volverán las oscuras golondrinas»- para consolar a una Virgen que llora ante una candelería recién encendida, pero el corazón, tan caprichoso, guardará en el cofrecito más precioso, como un azahar delicado que se arruga al cogerlo, aquello que no será otra vez o regresará ni se sabe cuándo: Esperanza Macarena al ver abrirse el cielo sobrecogedor y verde una tarde insólita de mayo, Amparo en un crepúsculo delicado de otoño y La Soledad, que se quedó –«esas no volverán»- prendida en una túnica de ayer.

La exclusividad del Corpus

corpus

Faltan pocos días para el Corpus Christi y las cofradías se están ya preparando para llenar el cortejo que acompañará a Jesús Sacramentado, a Dios mismo. Contaba José Antonio Luque en su pregón de la Semana Santa de 2005 que una vez preguntó a un joven de las cofradías si iría al Corpus y que éste le zampó que no, que para qué, «si no iba ningún Cristo ni ninguna Virgen». Ahora las hermandades insisten desde sus redes sociales en que sus hermanos acompañen al cortejo, y bien que hacen, porque es el deber de los cristianos que viven su fe de forma tan pública.
Y después de todo, parece que la procesión es suya. Nadie les ha reconocido a las hermandades que, junto con la Adoración Nocturna, acompañen corporativamente ni hagan que la procesión sea catequesis a través de la estética; pocos han ensalzado los altares, llenos de simbología, que se ponen al paso del Señor, y que testimonian fe y también dotes para convertir el arte en una predicación sin palabras. Algún año llega a los periódicos una carta diciendo que sí, que están las cofradías, pero no los jóvenes, que sí van a otras cosas. Vaya por Dios: habrá que hacer representaciones bien compensadas de edad y sexo para que nadie proteste.

Lo cierto es que es una pena que las cofradías sean el único movimiento de laicos que puede asistir al Corpus Christi y llenar las calles. Qué pena que los demás tengan en sus estatutos no dejarse ver. Así pasó en aquellos años incomprensibles en que la procesión era por la mañana e iba por calles vacías, sólo con el cortejo de las hermandades y nadie en las aceras. En Las Tendillas sólo se vieron en aquellas jornadas los estandartes de las cofradías, nadie de ningún movimiento más ni casi cristianos rasos, y no había más que ver las fotos.

Urge quitar entonces el corpus a las hermandades, o al menos la exclusividad, y entregarlo a esos nuevos movimientos que gustan de la liturgia propia, invitar a quienes miran a la Semana Santa por encima del hombro por pensarse superiores y por considerar que los cofrades están todo el día jugando a los pasitos. Es responsabilidad de los párrocos invitarlos a ir, y no dejarlos en su misita del domingo; los directores espirituales tienen que llevarlos al Corpus Christi aunque sea de la oreja.

corpus2

Aunque no tengan estandartes ni boato, bien pueden organizarse, tomar su cirio y acompañar, o estar en las calles cuando pase el Señor (y es el Señor, no un trozo de madera pintado y bendecido). Sería bonito que todos esos que se reúnen en torno a Cristo y actúan cumpliendo su palabra también lo vean pasar consagrado en la Custodia, ya que alguna vez se han visto obligados a dejar las calles limpias por el intrusismo de los cofrades. Las procesiones de Semana Santa pueden ser opinables en un momento dado, pero cuando parece que las cofradías y la Adoración Nocturna son las únicas que creen la transubstanciación y en la presencia real de Cristo en la Eucaristía quizá haya que empezar a preocuparse.

El péndulo

Beso

Desconfío de las frases redondas que aparecen en las redes sociales sobre la educación. Unas cuantas son melifluas y por lo tanto esconden cosas ineficaces; otras directamente son perjudiciales y las que prometen el paraíso a cambio de un trato riguroso y espartano nunca se las aplican quienes las escriben. La que más se repite es la que dice que educar significa poner límites, que no hay una formación sólida sin un poco de frustración que ayude a aprender que todos los deseos no pueden ser satisfechos. A esta todavía se le pueda dar la oportunidad de hacerle caso, aunque para llevarla a cabo hace falta un difícil equilibrio. El poder emborracha tanto que se puede abusar de él. Hay quien disfruta dando negativas y haciéndose valer, como si la permanente severidad le reforzase, y eso es malo, pero tampoco es buena la permisión constante.

El periodista recuerda por eso aquella mañana de finales de primavera en que subió a un piso del Sector Sur y allí conoció a dos imágenes bendecidas a las que habían echado de su parroquia: el Señor de la Divina Misericordia y la Virgen de las Aguas. Y no ha olvidado el íntimo dolor de quienes tenían que verlo. Hace casi 16 años de aquel día y en la vecina parroquia de Santa Isabel de Hungría, donde se habían bendecido y donde la hermandad quería echar raíces, todavía no tenían la suerte de haber encontrado a un sacerdote cofrade, como ahora. El Obispado no quería oír hablar de que hubiera más cofradías en Córdoba y cortó con dura autoridad todos los proyectos que llegaban heredados del crecimiento de los años noventa. La hermandad del Beso de Judas, allí o en la Consolación, donde tampoco dejaron estar a aquellas imágenes de Manuel Luque Bonillo, no era más que un ejemplo.

Aquel mismo año a la hermandad de la Sagrada Cena se le aplicó la literalidad de un decreto para que en su entonces nueva sede de la parroquia del Beato Álvaro de Córdoba sólo pudiesen estar sus titulares, no los apóstoles (¿repararía alguien en que todos menos uno son santos?) , algunos sacerdotes trataban a los pasos de «estorbos» en Semana Santa, las reglas volvían con correcciones fuertes o se atrancaban durante meses en Palacio y un altar de cultos generoso era el que se dejaba montar junto al presbiterio y no directamente en la capilla propia. Por la Catedral se permitía pasar a cambio de compartir gastos, y se decía que la carrera oficial de la Semana Santa tenía que pasar por allí, pero se decía en abstracto. Algunas de aquellas cofradías a las que no dejaron nacer en aquellos años incluso pidieron iglesias abandonadas, como la ermita de la Consolación en la calle Armas, pero ya entonces el Camino Neocatecumenal podía presumir de un músculo que podía ser menor en número, pero era mucho más fuerte en el compromiso y sobre todo en las preferencias de aquellos tiempos.

Como pasó tras los años 60 y 70, ahora el péndulo ha oscilado a la otra parte, quizá porque quien tiene que educar piensa que debe tener contentos a esos hijos. Las cofradías necesitan algo más que imágenes y un camino más largo antes de que sus reglas se aprueben, pero terminan llegando y hay un día en las vísperas de la Semana Santa para que vayan aprendiendo antes de llegar a la Catedral. Las procesiones de gloria se fomentan sin necesidad de que ningún cofrade piense en que son necesarias y las magnas llegan desde arriba, así que no hay que pedir autorización ni denegarla, como aquella –vaya por Dios- que también se frustró en Palacio para 1999.

Siempre es mucho más agradable que las hermandades tengan culto, capilla, reglas y vida que ver a las imágenes bendecidas refugiadas en una casa como si no fuesen dignas de una iglesia, pero llenar las calles para distraer del vacío de las iglesias no es más que tapar con flores las candelerías malas, porque el destino de las flores, por bonitas que sean, es marchitarse, y encima las calles no siempre se llenan.

Fuera de casa

orfandad

En la difícil edad en que se adquieren los valores y la personalidad se forma, nadie lo logra si no es mirando a otra persona, a un adulto al que se admira y del que se reciben enseñanzas y ejemplos. En condiciones normales, nadie mejor que los padres para mirarse. Si son personas decentes, y padres y madres lo son en un porcentaje tan abrumador de los casos que apenas cabrían las excepciones, los chicos tienen que aprender de ellos: admirar lo que hicieron con sus vidas antes y después de que ellos nacieran, imitar algunas de sus buenas decisiones, aprender de los errores sin reprochárselos y agradecerles los infinitos desvelos.

Algunos psicólogos, que tratan de revestir su ciencia con palabras solemnes que eliminan las verdades del afecto y la naturalidad, llaman a todo esto los referentes paternos, y de la solidez que tengan dependerá el desarrollo afectivo y social del chico. Las más de las veces, bastan para conseguir un adulto solvente y más o menos maduro, pero de vez en cuando fallan, o la referencia que ofrecen no es la adecuada. La criatura ahí tiene pocas alternativas: o sale a sus padres, y por lo tanto de él se puede esperar poco más que la supervivencia propia a toda costa, o bien se consigue un referente no tan próximo pero sí cercano. Un tío, un abuelo, algún hermano mayor que siguiera un camino distinto al de los padres, un profesor, o hasta un ídolo deportivo o musical al que querer parecerse.

No lo hacen todos, pero muchos se han hecho personas de provecho buscando fuera de casa. Puede ser dejadez, o incapacidad, o simplemente las circunstancias que se van haciendo perpetuas. «El culpable es la sociedad, no el individuo», repiten quienes gustan de diluir las responsabilidades propias más de la cuenta. El caso es que sin padre y madre en quien fijarse, hay gente que consigue salir adelante y se labra un porvenir a base de seguir a los que admira.

Las cofradías de Córdoba, salvo excepciones puntuales y casos del todo incorregibles, se van haciendo mayores y se parecen a aquello que soñaban cuando eran niñas. Algunas ya son estupendas cofradías de bulla, con sus capas, su cera rizada y sus misterios bien dorados. Otras, menos, se han hecho hermandades de negro, con nazarenos altos, estricto sentido del silencio y profundidad en los símbolos, respetables y hondas. Muchas tienen sus pasos de misterio terminados y al verlos avanzar con toda la plenitud muchos recuerdan los duros años 80 en que nunca pensaran tanta emoción y tanta calidad.

Otras van creando excelentes pasos de palio con bordados, orfebrería y candelerías, y a la luz de la noche hay que pedir que nunca terminen de entrar en sus templos para seguir emocionándose con la Virgen. Los más críticos dirán que han aprendido en Sevilla, que han renunciado a buscar en la ciudad propia y que se han estandarizado. Pero eso ser estricto y no ensalzar a quienes se han hecho algo en la vida como huérfanos reales que, ya que no conocieron a sus abuelos más que por unos cuantos detalles, superan a su padre y a su madre tras comprender que, aunque en el interior tuvieran algo de lo que aprender, en realidad no podían enseñarle nada.

Ucronía anacrónica de un secreto

sepulcro

En vano ha corrido la hermandad a frenar la noticia. ¿Quién es capaz de reunir las plumas de una gallina cuando se han echado al viento? El gran estreno de la Semana Santa de Córdoba de 2017 ya no es un secreto y no se conocerá en la fecha de su presentación, o al menos no se conocerá del todo, porque algo se ha visto. A pesar de que el celo que la hermandad del Santo Sepulcro ha mostrado a la hora de que se difundieran públicamente imágenes de su nuevo paso, la indiscreción de uno de los visitantes a uno de los talleres ha permitido que se desvele uno de los detalles de este trono, en concreto de casi todo el respiradero frontal, ya terminado.

La cofradía no había cerrado las puertas de los distintos puntos en que se realizaba el paso a ciertos cofrades que pretendían conocerlo, pero siempre con la prohibición expresa de tomar imágenes y difundirlas. Pero en estos años de redes sociales hay cosas que no se pueden guardar. Uno de los visitantes, el acompañante de un grupo que para la corporación era de fiar, tomó una imagen con su teléfono móvil mientras los miembros de la Junta de Gobierno explicaban las fuentes iconográficas de las piezas.
Según las primeras versiones, en apenas cinco minutos lo compartió en su perfil de Facebook. «Este es el respiradero del nuevo paso del Santo Sepulcro». Diez minutos después había más de 50 compartidos y la noticia viajaba con retuits vertiginosos por la red social del pajarito. En apenas una hora nadie recordaba quién era el autor de la instantánea, pero en cambio todo el mundo distribuía la imagen y muchos comentaban si el proyecto les gustaba o no.

Al día siguiente, otro cofrade que también había conocido la hechura del paso publicó un fragmento del cuerpo superior y más adelante todavía se pudo ver uno de los muy originales faroles. La hermandad había anunciado acciones legales contra el autor de la primera fotografía, aunque la multiplicación de autores y la falta de horizontes a la hora de conseguir un resarcimiento algo más que simbólico han hecho que ahora se lo replantee.

Con todo, el hermano mayor asegura que la complejidad y riqueza del proyecto, que se ha ido perfilando en los últimos meses, hacen que lo que se ha visto ya no suponga más que detalles del total, que se presentará muy poco antes de la Semana Santa, y que irá mucho más allá de la suma de distintas partes. «Son los tiempos que vivimos, donde una foto puede estar en internet en ese mismo momento y se puede retransmitir en directo con un teléfono móvil. Quizá si lo hubiésemos hecho hace diez años sí habríamos podido mantener el secreto», dijo.

Costaleras y tomatazos

Costaleras

Mala cosa es cuando a la Semana Santa miran quienes no le prestan atención nunca. Si un medio de comunicación la quiere ver desde Madrid, pueden pasar dos cosas: que se limite a repetir una sarta de tópicos falsos o superficiales (si es que no ayuda nadie que sepa de verdad) o que haya un asunto desagradable en torno a las cofradías. En Córdoba pasó hace justo diez años, cuando media España, o menos de media pero con un altavoz estupendo, se preocupó por la suerte de dos personas que se habían quedado sin trabajadera.

Pasaron muchas cosas en 2007, hace ahora diez años. Llovió casi todos los días y se estrenó un paso que dejó a todo el mundo con la boca abierta, pero para esos profanos, de las afueras físicas o intelectuales, fue el año de las costaleras de la Virgen de los Dolores. La historia es conocida: hasta 2006, en las trabajaderas del paso hubo varias mujeres que compartían hueco con los hombres. Desde el año siguiente, con la llegada de la nueva Junta de Gobierno que presidía Manuel Herreros, se quiso evitar una cuadrilla mixta y se invitó a las costaleras a que hiciesen un grupo exclusivamente femenino, que se alternaría con los hombres. No quisieron o no pudieron, y se quedaron sin sitio. El asunto se movió con astucia por los medios de comunicación, saltó pronto a donde podía tener más eco y durante varios días los magazines matinales de la televisión, y también las opiniones de quienes nunca habían visto un paso ni en fotos y el coro estridente de eso que se llama opinión pública, quisieron entrar a arreglar del desaguisado, a frenar el machismo patriarcal, a reparar la injusticia con dos devotas a las que se les privaba de su “derecho” a salir de costaleras por el simple hecho de ser mujeres. Qué morbo, qué carnaza, qué filón.

En aquella infernal semana hubo que escuchar a quien defendía a las famosas costaleras al mismo tiempo que criticaba con saña a las cofradías, se vertieron opiniones en tertulias con toda ignorancia pero con el cuajo del que está bien informado y hasta alguien temió que hubiera debate en el Congreso de los Diputados. Fueron días de algo que todavía no se llamaba “feminazismo”, pero que tuvo ya bastante de la vara de medir perversa y asimétrica con que actúa esa ideología capciosa y retorcida: los mismos (y las mismas) que criticaban que hombres y mujeres no pudieran compartir espacio a la vez debajo de un paso aplaudían que las costaleras de la Virgen de la Encarnación, pioneras heroicas de verdad en los años 80, tampoco estuviesen dispuestas a admitir a un varón.

Como pasa con el champán, la espuma subió muy rápido y desapareció enseguida. Las cámaras de las televisiones privadas no han vuelto a querer filmar la decisión de un Cabildo de Gobierno ni a buscar cabezas femeninas debajo de un costal un Viernes Santo en Córdoba, pero en ese poco rato hubo muchos que se retrataron. Hubo quien puso a su cofradía a recibir tomatazos por darse otro sorbo de la siempre adictiva trabajadera, quien compró los tomates sin pensar en que se iba a manchar las manos y quien se alejó temblando del escenario para que no le manchasen el negro inmaculado.

0001

La Cuaresma como paraíso artificial

Nazareno

Si el cristiano triste es una paradoja para la fe, la Cuaresma tampoco puede ser infeliz. Distinto es que uno mire hacia dentro y se examine, que le saque a los cultos todo el jugo que pueda y que los Vía Crucis los viva rumiando las estaciones y saboreando los padrenuestros, pero eso no quiere decir que deba vestirse de saco ni plañir un arrepentimiento. Lo dice el Evangelio de San Mateo cada Miércoles de Ceniza: «Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

En las hermandades de hoy, quizá por el fetichismo de esos kofrades que igual se ponen una insignia y un lazo morado que una cruz de ceniza en la frente, hay quien se cogió el rábano por las hojas y pensó que la Cuaresma consistía en estrenar camisas fresquitas y dobladas en el sitio justo, lucir gafas de sol y pasarse los domingos de culto en culto, por supuesto sin misa, y dejarse caer por algún concierto. Sí, quizá detrás del «Feliz Cuaresma», que cada Miércoles de Ceniza se repetirá como si se estuviera celebrando la Resurrección con 50 días de adelanto y desde luego sin comprender nada de lo que este tiempo significa, haya mucho del espíritu impaciente de estos días, de los muñecos de nazarenos metiéndole prisa al camello de Baltasar, de las «igualás» en noviembre y del proclamar el gusto por las procesiones sin necesidad de que ningún remoto argumento espiritual las sustente.

Aquí el tiempo lo pone difícil, porque son los días de la anticipada y mejor primavera, que se deja caer ya en los últimos días de febrero y primeros de marzo, y hay algo en el ambiente de esas tardes alargadas y de esa tibieza de difícil equilibrio que obliga a salir a la calle y disfrutar de lo que es efímero por naturaleza, como una flor del azafrán que enseguida fuese a evaporarse sin remedio. Parece que algunos se aplicaron, por supuesto que sin leerla, a lo que de Sevilla dijo Santa Teresa –«Aquí con no pecar basta»- y vendieron una Cuaresma superficial de jubileo de la pestaña y fotografías sin nada dentro, de cervecitas a la sombra de una terraza mientras suena cualquier solo bien largo y vacío.

La preparación para la Semana Santa es entonces más bien un entrenamiento: nada de mirar a los titulares de la cofradía de uno y después verse a uno mismo; mucho menos homilías más largas ni de lecturas que dejan pensando; limosnas, con lo que cuestan las papeletas de sitio, ya veremos; y ayuno, entre tanto esfuerzo bajo las trabajaderas, lo vamos a dejar. Es más bien un descontar de días entre fotos que se despellejan en las redes sociales, ensayos hasta las tantas después regados a lo espirituoso y besapiés que no se visitan con el corazón desnudo del mundo, sino vestido de los oropeles de la acidez y los anteojos de criticar teniendo en cuenta el nombre del autor.

A nadie extraña que cuando lleguen los días últimos de Vía Crucis se vaya mucho más a hacer fotos que a tomar un cirio y meditar las estaciones, y que cuando por fin acabe la feliz Cuaresma, los impacientes pasen entre las filas de nazarenos buscando el giro, la marcha, la cruceta, la levantá al destrozo o a pulso, el repertorio, el solo, el sobre los pies, el cambio, el encaje y el bordado. Aquello que echarán de menos cuando la Semana Santa acabe y, con todo lo que han tenido delante de los ojos y del alma, no les haya quedado nada más que empezar una cuenta atrás de más de trescientos días. Quizá sea verdad que la Cuaresma les parezca feliz, aunque sólo sea un paraíso artificial, ante el vacío del resto del tiempo.

«Virgen de la Caridad», el ancla de lo efímero

LaCaridad

Sólo con imágenes de Juan de Mesa, Ocampo y Roldán no se haría una Semana Santa. Sí, el Gran Poder, el Calvario y la Quinta Angustia pueden ser los cimientos del edificio, pero el cofrade con más inquietud se da un soberano cangrejeo delante de la Virgen de Gracia y Esperanza, del misterio de San Benito y de la serena belleza del Dulce Nombre y sabe que ahí también está escrita una buena parte de la verdad que ha hecho grande la Semana Santa, aunque sus autores volaran algo menos alto y, pese a que aportaron muchas cosas, no bucearan en los misterios del hombre con sus imágenes. Y he puesto ejemplos sevillanos para no herir la sensibilidad de nadie, que conste.

Con la música, y ahora estamos en Córdoba, pasa algo así. Hay marchas que casi darían para un tratado al asomarse a las fugas, contrapuntos y riquezas que encierran, pequeñas sinfonías escritas en compás binario donde el talento de quien escribía volaba por los límites de la forma, el ritmo y la duración. Otras tienen un carácter más artesanal y casi parecen caídas de una improvisación, pero hasta los cofrades que más se fijan en las claves y en las melodías se dejaron seducir por ellas y las hicieron suyas, quizá porque tenían el valor de lo único: la certeza de que sólo iban a sonar en unos cuantos momentos y había que estar allí no sólo para escucharla, sino para admirar cómo acompañaba a su imagen.

Cuando suenan los primeros compases de «Virgen de la Caridad» para muchos empieza un Martes Santo soñado, un atardecer en San Andrés, la suave cadencia del palio de cajón en los varales y la contemplación interminable de la imagen, a la que vuelan las notas como una oración o una letanía. Y es curioso, porque no la inspiró la incomparable Dolorosa. La marcha y la Virgen iban naciendo al mismo tiempo y conocieron la calle en el mismo momento, el Martes Santo de 1991. Miguel Herrero era entonces, y todavía es, un músico fundamental en el rico panorama del sur de la provincia de Córdoba. La banda municipal de Rute era una de las grandes en la Semana Santa de Córdoba de aquellos años y en aquel 1991 saludó a la Virgen de la Caridad con una nueva marcha, que iba a llevar la advocación a la que habían acompañado desde hacía algunos años, pero que tendría nueva imagen, la que se había bendecido unos días antes y que iba a ser la bandera, sin que nadie lo sospechara, de una nueva etapa en la Semana Santa de Córdoba.

«Virgen de la Caridad» es una marcha de estructura sencilla y donde se nota la influencia, siempre bien asumida, de Abel Moreno, que por aquellos años arrasaba con marchas de escritura simple y melodía pegadiza, aptas para las formaciones más humildes, pero no por eso exentas de calidad, y que marcaron, muchas veces para bien, la música de los años 90. No en vano, no fue la primera pieza que se tocó a la imagen a la calle, sino «La Madrugá», por expreso deseo de su autor, Miguel Ángel González Jurado, deslumbrado por esta obra como tantos cofrades andaluces entonces.

Se abre «Virgen de la Caridad» con una elegante llamada de los trombones que, tras repetirse, deja paso al dulce tema principal, una melodía escrita con tanta inspiración como encantadora sencillez, y muy bien desarrollada. Da paso un contundente y original fuerte de bajos, dominado por los trombones y con cierta evocación a las llamadas iniciales, que otra vez dan paso al tema principal, que se reexpone (no se repite) con variaciones. De ahí, como mandan los cánones de la forma tradicional, se llega al trío, muy de la época. Miguel Herrero opta aquí por una sección de gran dinamismo, que se apoya en la caja para tomar un ritmo muy del agrado de la gente de abajo, y que no deja de recordar en ese aspecto (aunque esta obra tenga una personalidad marcada y distinta) a lo que Abel Moreno ideó en «Hermanos Costaleros», que por entonces hacía furor. El trío se reexpone luego con toda brillantez y apoyado en la majestad de los trombones, para cerrarse con una pequeña frase que puede citar a la melodía principal de la marcha.

Como la misma extraordinaria imagen a la que acompaña desde entonces, la obra no arrasó desde el primer minuto. Le bastó con ser primero paisaje sonoro para quienes descubrían deslumbrados que la Virgen de la Caridad no era una imagen más y acudían a recibirla a San Andrés cada Martes Santo. Pronto descubrieron que se marchaban a casa tarareándola y algunos buscaron el disco de la banda del Cristo del Amor donde estaba, para no perderla entre un año y otro. ¿Sonó para otras cofradías cordobesas? Lo último que consta es el excelente concierto de la banda de la Esperanza ante la Virgen de los Dolores, en que la interpretación la dirigió el propio Miguel Herrero.

«Virgen de la Caridad» ha representado, como «Lágrimas y Desamparo», como «Reina de San Nicolás», como -¡ay! – «Virgen de las Angustias» la absoluta identificación y la propiedad indisimulada con una imagen, la música que suena a Martes Santo, a ojos verdes ocultando un enigma, al devoto que no se cansa de buscarle los perfiles, a la suave cadencia de las caídas rectas. Al que se agarra a la eternidad de la música como a un ancla para ensoñar lo que sólo se le da una vez al año, y hasta a veces se le escapa.

La cáscara del vacío

Prisa

¿Tienen gracia estos montajes de los nazarenos metiendo prisa al rey Baltasar para tomar el escenario? A mi modo de ver, ninguna. Pueden ser como espejos del Callejón del Gato que provocan risa por lo que deforman, o exageraciones con las que poner en cierto ridículo la enfermiza impaciencia de algunos. Al final de todo, sin embargo, las alegorías que removieron Facebook con Twitter y fueron de móvil en móvil a partir del 5 de enero no hacen más que confirmar que se ha perdido el sentido del tiempo y de la espera, que la Semana Santa y su ritual de días no llegan cuando tienen que llegar ni cuando cuadran ciertas lunas, sino que saturan casi desde el mismo momento en que terminan.

Antes el cofrade era una persona que se tomaba interés por la Semana Santa y por las hermandades, pero que entretenía sus días en muchas cosas: se dejaba caer por el fútbol los domingos por la tarde, y con el berrinche del Córdoba se le olvidaban las cuitas de la hermandad; trabajaba y no tenía tiempo para saber si cierta jornada de agosto o noviembre era el día de la semana en que salía de su cofradía; cuidaba a sus hijos y los llevaba de excursión, y hasta a veces, en casos extremos, se entregaba a la lectura de una novela o iba al cine. Y en ocasiones, sólo en la oración de la noche, o al abrir la cartera para pagar, se le venían al corazón las imágenes que sin embargo nunca le abandonaban.

Ahora se le ha perdido el gusto a la espera. El olor de las flores de mayo, las siestas de junio, el Señor desafiando a la canícula en el Corpus, los oasis de sombra en el verano inclemente de Córdoba, el venero puro del Carmen y el castizo del Tránsito, septiembre recuperando los colores oscuros cuando la luz no es tan blanca, la dulce llegada del otoño al lado de la Virgen del Socorro, las tardes de conversación y mesa camilla, noviembres con castañas, la espera de la Navidad y hasta la claridad insobornable de los eneros fríos como este ya no tienen nombre: no son más que un descuento de días hasta la Semana Santa, una recopilación de nostalgias engañosas como todas las nostalgias. Quizá de ahí venga tanta afición por las procesiones extraordinarias en estos años, porque hay muchos sectores en este mundo de las cofradías que no pueden vivir sin ver un paso en la calle (aunque no tenga el escalofrío íntimo de las cosas que llegan a su hora) y otros muchos que tienen que ejercitarse llevándolo encima. Las fotos son una tontería que es síntoma de un vacío, de la cáscara hueca de una afición sin creencias que se hace fanática precisamente por no tener otra inquietud vital, y mucho menos espiritual, que la complete o equilibre.

Lo pensaba cuando mis compañeros de Pasión en Sevilla mostraban el sobrecogedor texto de Francisco Robles sobre el Señor de Pasión caminando hacia su altar de novena, y más con las estupendas fotos de David Rodríguez Arellano. Y pensé que también dentro de las cofradías hay jornadas grandes y emocionantes con nombre, que no pasan por ensayos de costaleros ni calles abarrotadas, sino por la consumación de los ritos íntimos y la relación directa y entrañable con unas imágenes que sólo pasan unos pocos días encima de un paso y muchos más esperando en la tranquilidad de sus capillas y altares. ¿Quién en el Salvador va a contar días para verlo en la calle si tenerlo tan cerca es como besar el cielo?

15874952_374830992876375_1166873690025516084_o

Con todo, lo más sarcástico es poner en esas fotitos a los nazarenos metiéndole prisa a la trasera de Baltasar. Todavía ellos son quienes acuden a su hora a las casas de hermandad a por las papeletas de sitio y no pasean por la calle Alfonso XIII los capirotes de cartón o rejilla hasta que no está bien entrada la Cuaresma. Como si fueran ellos quienes están haciendo igualás en noviembre.

Más blogs en ABC