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La capilla de San Álvaro

Impaciencia arrinconada

La Virgen de la Merced, junto a la fuente de Colón en su procesión extraordinaria. FOTO: ÁLVARO CARMONA / ABC

¿Por qué hay un momento en que no echamos de menos a la Virgen cuando se va? La idea de la belleza de ver a un paso de palio alejarse, que formuló Antonio Burgos, está un poco manida, pero es cierta, y tiene un poco de providencial. Sucede que el alma está delante de la imagen, presa en la arquitectura exacta de su paso, y, si tiene suerte, hará casi eterno el momento de llegar, de ver moverse el pañuelo de la mano y temblar las luces de la candelería. Si la calle es ancha, ordenará al cuerpo que vaya acompañando, siempre por los costeros y nunca delante, y caminará con algo de prisa buscando el lugar en que esperarla de nuevo, incluso buscando el otro perfil. Será entonces como si hubiera pasado un año entre una vez y otra, porque parece que el paso de Virgen está pensando para que todas las veces sean la primera.

Si el lugar es tan estrecho que sólo se puede hacer una vez, o si llega el momento de marcharse, quedará en el alma la nostalgia invencible de lo que se ha marchado: el momento en que se disfruta del perfil de la Madre, el microsegundo en que se mira el rosario que pende de la mano, el hachazo de oscuridad cuando el manto se traga el rostro, la hora en que sólo se pueden mirar las borlas y el pegar del terciopelo contra los varales, y al final, la mirada al manto, que tantas veces es como una sombra luminosa de la belleza de María.

Y sí, queda la dulzura del recuerdo, la despedida que se puede acompañar con música, pero también un cierto sentido de la medida, de que ninguna procesión se disfruta más con muchas horas y de que los sabores que perduran en el paladar no tienen por qué ser las de aquellos platos en los que se tripite. Así quedó el alma en estos días, cuando en la lejanía la Virgen de la Merced, un resplandor de luz blanca en la noche todavía veraniega, traspasaba la fuente azul de los jardines y luego salía como tras un cortina transfigurada. Ninguno de los que cangrejeaban delante, como si no se pudiesen perder ni un minuto o como si fuesen tan importantes que no podían quedarse a un lado, veía aquel momento en que el rostro de la Virgen, radiante de lágrimas, seguía presente en el corazón y Ella se alejaba dejando una estampa inolvidable con las luces encendidas en la oscuridad que le prestaban los árboles.

La Virgen del Rosario, en su camino desde San Pablo a la Catedral de Córdoba. FOTO: ÁLVARO CARMONA / ABC

Así quedó el alma en la tarde del domingo, presa para siempre de un momento de patios en otoño, como si la Virgen del Rosario hubiera sido una aparición entre la cal de la calle estrecha, y las cornetas de la marcha la explosión inevitable y necesaria para aquel momento. Pudo ser sólo un momento, pero permanece eso tan parecido a un beso que queda del segundo en que está delante de la Madre. Como si sólo pudiera ser así, como si la breve presencia evangélica de María obligase a dejarla en breve y quedarse con el testimonio de su «Haced lo que Él os diga» escrito en el llanto o de la fortaleza al pie de la cruz. Como si el recuerdo de unas benditas horas de otoño que todavía parecía verano nos sirviese para arrinconar la impaciencia.

Complicarse la vida

En estos tiempos en que el ego de quienes no tienen nada que hacer se infla con un par de retuits, puede pasar que el nacimiento de una obra maestra se oscurezca con una polémica de hermanos mayores pagados de sí mismos y tertulias opositoras que se embarcan en lanchas que no son capaces de pilotar. Yo no voy a entrar en lo que pasó o dejó de pasar porque de esa hermandad de Huelva ni siquiera conozco el rostro de su titular, pero sí que me pareció muy amargo que tanto ruido haya borrado el interés en una pieza magistral que se ha hecho en Córdoba, y en la que su autor se ha empleado tan a fondo que ha excedido con mucho lo que le iban a pagar por ella.
Sí, lo confieso. Aunque hace más de veinte años que sigo su trabajo y le tengo por uno de los mejores bordadores de Andalucía desde Esperanza Elena Caro (y no le quito el «uno de los» por respeto a otros, no muchos) la túnica de Francisco Pérez Artés me dejó con la boca abierta, desde las hojas vegetales tan movidas que parecen tener vida individual propia hasta el finura de la cenefa y el abanico multicolor de piezas que se reparten por todo el terciopelo aunque también hubiera peleas con el color. Por suerte en Córdoba cada vez hay más y mejor bordado en oro fino, pero sólo él, y ahí está la túnica del Señor de la Sentencia, es capaz de semejante nivel, de esa arquitectura de cartulinas, hojillas y puntadas para convertir su honrada artesanía en el arte de un creador auténtico. Dice el bordador que la interpretación superaba en más de un tercio el presupuesto para la túnica, pero que lo hacía ilusionado por ser su primer trabajo para Huelva, la ciudad en la que nació aunque ya le tengamos por cordobés. También en la voluntad de aquello que el pintor Antonio Povedano llamaba saltar por encima de su propia sombra, es decir, de superarse a sí mismo, de hacer una que sienta que le hace justicia al arte aplicada del bordado. La voluntad de no conformarse con cumplir.
Y en realidad todo es profundamente triste. En tiempos en que la mucha demanda de cofradías de todas partes ha generado una industria con una estupenda gama media, los que se salen de la norma, los que buscan en el ingenio y se complican la vida aunque sepan que nadie les recompensará como se merecen, se ven en la injusticia de que no hay muchos que sean capaces de apreciar la grandeza de lo que hacen. Porque igual que una pieza al alcance de muy poquitos, si es que está al alcance de alguien, ha pasado ensordecida por una polémica garbancera, tampoco faltarán ojos que no sean capaces de distinguirla de un bordado aliviado o hasta de un vulgar tisú.
Me pasa algo parecido con el compositor pontanés Antonio Moreno Pozo, un espíritu creador indomable que se empeñó en caminar por senderos vírgenes en cada marcha y que si tiene aplauso es minoritario y selecto, de oídos bien educados que saben lo que escuchan y lo agradecen. Las cofradías, que un día ya muy lejano se subieron a la ola imprevisible de las innovaciones, siguen girando con los caminos comerciales más trillados, como si la tradición sirviese para vestir de oropeles a los ídolos del conformismo y la pereza mental.
La historia, fuera y dentro de las cofradías, está llena de estas incomprensiones. Cuando se habla de la Virgen de las Angustias hay quien recordará aquellas décimas grimosas y copiadas de algún lado, y ni por asomo de Federico García Lorca, pero nadie habrá reparado en la sobrecogedora Quinta Angustia, que sí escribió para Ella Pablo García Baena con tanta emoción como perfección poética. ¿Cuánto tiempo estuvieron las marchas de Germán Álvarez Beigbeder amarilleando sin que acercasen a ella más que algunas bandas militares? Todavía hoy ese corpus de obras inaccesibles sigue más como una colección de museo que como algo que debe emocionar en la calle.


Quizá sea que el artista sólo lo es cuando avanza tanto que no se puede apreciar su grandeza y hay que distanciarse, como le debió de pasar a Juan de Mesa en su época en que su obra era una vanguardia, pero al menos habrá que dar gracias si tanta bajeza de miras no les hace desistir. Todavía será honroso lo minoritario si eso es signo de que el autor ama a su trabajo por encima de la aceptación popular.

Trofeos de caza

Hace años quienes hablaban de contratos en verano eran los futbolistas que buscaban equipo y los clubes que querían reforzarse. En los rituales de apareamiento en que un futbolista se ofrece, otro dice que no pero que ya veremos y un agente levantaba un rumor con portada de periódico deportivo a ver si se llevaba una comisión se echan los meses en que no hay competición deportiva, si es que así se le puede llamar a la tan desigualada Liga española y la cacareada Champions League, indigna heredera de la vieja Copa de Europa en la que casi todos eran capaces de dar un susto.

En este julio con las procesiones extraordinarias todavía lejos, sin igualás y con las elecciones ya terminadas, también los cofrades y sobre todo los músicos andan entretenidos con un mercado de las bandas y poco faltará para que se hagan apuestas de a dónde va cada una. Antes eran las cofradías las que buscaban a la formación musical que tenía que ir con sus imágenes; ahora se ofrecen ellas. Lo normal es que las hermandades pusieran fin a la relación, ahora son ellas las que se van en busca de un equipo mejor, y si se dice equipo algo tendrá que ver lo deportivo.

Las noticias se celebran como éxitos y dejan la sensación de que para muchos de los que pertenecen al mundo de las bandas, que aunque tenga cosas en común no es exactamente el de las cofradías, o de lo que deberían ser las cofradías, las imágenes a las que acompañan (o los pasos, con más propiedad) no dejarían de ser trofeos de caza, sitios que uno se apunta en el pasaporte, plazas fuertes que se conquistaron, mujeres muy guapas que uno se llevó a la cama. Y, como hizo Luis Miguel Dominguín con Ava Gardner, eso hay que contarlo, y que a uno lo feliciten, porque no importa tocar ni hacer la mejor música, sino hacerlo en el mejor sitio, allí donde más se va a brillar.

Una rescisión sin destino fijo es el comienzo de larga serie de apuestas y quienes están en una Junta de Gobierno saben que una salida extraordinaria es como un concurso público al que tienen que optar muchas empresas, digo bandas, interesadas en coger como sea la actuación. Igual que los constructores de obra pública, aunque se digan liberales, piden a los Gobiernos que inviertan y liciten, no se descarta que las bandas se asocien y antes de sacarse las asaduras a navajazos de cahicuerna pidan a los Obispados y Agrupaciones que hagan magnas para tener carga de trabajo. Los ritos de apareamiento pueden durar años y a veces hasta rozan el acoso sexual, por eso conviene no bajar la guardia nunca ni para tomar un café como amigos y en presencia de otros. De ahí a que alguno piense que se acabará con un revolcón o una convivencia de cuatro años no hay más que unas elecciones mal llevadas.

No hace mucho me contaron que una cofradía de la provincia de Córdoba tiene que cambiar de banda de cornetas y tambores casi cada año porque su paso va al estilo malagueño, con varales por fuera, y por lo tanto no hay vídeos con muchos likes en los que se alabe la conjunción entre la cuadrilla y la música. Las bandas se van a otros lugares. No he comprobado si es verdad, pero sin duda me parece verosímil. No basta con ir detrás de una imagen de incomparable unción e impacto, ni siquiera con hacer lo que a uno le gusta. La música, que en su estado natural es tan bella como austera, más honda cuanto más vacía de artificios, hermosa por sí misma incluso aunque el auditorio sea indiferente, se tiene que poner al servicio de una forma de andar. Y claro, lo siguiente que deje de sonar si el paso se detiene, porque para los que tocan y los que contratan deja de tener sentido.

Es el sino de los tiempos. A mí me gusta una banda que suene bien y entone con la cofradía a la que acompaña, pero echo de menos a aquellos viejos músicos que si no eran cofrades tenían respeto reverencial por el noble arte que practicaban, y por eso eran honrados con la cofradía que les pagaba. Y si eran cofrades también tenían la decencia de asumir que no por cualquier cosa ellos van detrás de la imagen y los que tantas veces condicionan los cambios de bandas y los repertorios de marchas, debajo.

‘Virgen del Amor entre naranjos’, cuando lo exótico se hace complementario

La Virgen del Amor, en su paso de palio, el Miércoles Santo. FOTO: ÁLVARO CARMONA

Hay marchas que son hijas de su tiempo y otras que tienen valores que las hacen eternas. Las hay que parecen escribirse como anillo al dedo a las cofradías a las que se dedican, y por lo tanto pueden tener algo de previsible, y otras que aunque parezcan extrañas a la naturaleza de las cofradías, ajenas a la forma en que se les percibe en la calle, terminan encajando con la naturalidad de lo que gusta por ser complementario.
En el año 2008, cuando las cofradías empezaban a recobrar el gusto por tener música propia y por interpretarla en la calle, y además en los momentos más señalados, la hermandad de la Pasión recibió una composición que parecía exótica por su época y por su origen, y que se hizo enseguida cordobesa en la elegancia formal y también en la forma de calar entre los oídos con mejor gusto. Sin sonar en los móviles forrados con estampas de imágenes, no faltaba detrás de la Virgen del Amor. Sin vídeos en la Campana, la pidieron muchas bandas del interior de Andalucía, de esas con directores que saben lo que piden y lo que ofrecen.
Virgen del Amor entre naranjos la escribió, para la Dolorosa de San Basilio, el compositor Pablo Antonio García Sánchez (Toledo, 1980) todavía bastante joven, pero que en los años anteriores había decidido desatar su creatividad y llegó a la decena de obras antes de cumplir los treinta años. En unos tiempos en que un señor que nazca en el reino de León o en el noble campo castellano es capaz de ensartar bulerías y tonás flamencas como si comiera cada día en la Venta Vargas, Pablo Antonio García Sánchez fue fiel a su estilo, más próximo al magisterio de Emilio Cebrián y a la música levantina que a las marchas andaluzas, con unas maderas muy cuidadas y apoyada más en los metales graves que en los brillantes.
Esta marcha fúnebre para una cofradía de barrio se abre con una solemne llamada de las trompetas y los trombones, que tras la respuesta de los clarinetes se repite, con una rica ornamentación del oboe. Sus características formales son las de una marcha lenta que avanza con una marcialidad muy acusada, y que desarrolla en el tema principal lo que ya las llamadas de los metales han esbozado. Los clarinetes relatan una melodía tan solemne como dolorosa, que emociona pronto al oyente y que crece con el breve contracanto puntual de las trompetas.
Llega luego a un fuerte de bajos muy inspirado, en forma de algo parecido a una fuga, ya que las trompetas toman el camino que han empezado los trombones. Será también muy original, ya que entre su primera aparición y la segunda el compositor deja un breve intermedio de las maderas, que después conducirá, también con un desarrollo muy natural y armónico, hasta el trío. Aunque tenga personalidad propia, durante toda la marcha y en especial en el trío es imposible no recordar al maestro Ricardo Dorado y a su excelsa Mater Mea. Los saxos y clarinetes exponen una melodía de honda tristeza, muy bella, punteada primero por las flautas y que después realiza un elegante crescendo para reexponer el tema apoyado en la percusión, y con la emoción a flor de piel. En un alarde original, el autor opta por dar una cierta simetría y son los metales quienes cierran con una breve fanfarria esta marcha solemne.

Quizá para hacer honor a su título, la Virgen del Amor la llevó casi todos los años en el Patio de los Naranjos y desde la Pasión esta marcha solemne, quizá ligeramente militar y de impronta de Viernes Santo castellano, exótica estos años en la Semana Santa andaluza, pasó a bandas de las ocho provincias y la grabó a Asociación Musical Ortiz de Villajos, de Adra (Almería). Siempre la forma cordobesa de lo que se filtra con naturalidad, sin hacer ruido, pero sin detenerse.

Glosario civil

Hubo un momento en que la Semana Santa de Córdoba, o una gran parte de ella, perdió el contacto con su raíz, como si se hubiera desgajado de un tronco y hubiera que plantarla a toda prisa en otra parte incluso a riesgo de que perdiera su ser original. Debió de ocurrir cuando tuvo que renacer, en el siglo XIX, después de perder casi toda la memoria en treinta años, o quizá en la década de 1970, cuando había quien se apuntaba a una hermandad como estaba en un sindicato o en una asociación de vecinos, porque entonces todo se llevaba.

Repetía Fernando Lázaro Carreter que en español no hay sinónimos, y eso quería decir que aunque parezca que dos palabras significan lo mismo siempre las diferencia un matiz, y en cofradías los matices son importantes y casi gigantescos. Por eso en Córdoba cantan las palabras, trasplantadas a veces no de la tierra de las cofradías, sino de un lenguaje civil y administrativo, con ecos de las peñas y alguna resonancia del ejército. La que más chirría es estatutos, que son las normas por las que se rigen las cofradías y que desde el siglo XVI siempre se llamaron reglas, como las de las órdenes religiosas. Las cofradías antiguas las elevaban al Obispado para que las aprobasen, las de ahora tienen estatutos como comunidades autónomas o peñas del Real Madrid, pero, curiosamente, todas llevan en el cortejo un bonito libro de reglas, bordado o en plata, y ninguna un libro de estatutos.

Como las comunidades de vecinos en las que se discute sobre el calibre de las bombillas del rellano, hay cofradías que no tienen cabildos, que es la palabra que se empleaba antiguamente, sino que celebran juntas generales, y otras en las que el máximo responsable de la estación de penitencia se dice de desfile, como si los nazarenos tuvieran que avanzar acompasando el pie izquierdo al redoble. En muchos sitios están los pabilos, que son los niños, lleven o no el hilo para encender la vela de los nazarenos. Hay palabras de reciedumbre digna y hasta eufónica, como gualdrapa en lugar de faldón y cubrerrostro por antifaz,  que siempre fue cosa del pagano carnaval, pero lo de tesorero suena también a asociación de amigos del farol fernandino, por decir algo. Fiesta de regla no desentona en vez de función principal de instituto, pero no se llama fiesta de estatuto. Todavía.

Cargo es palabra que parece de consejo de administración antiguo, exclusivamente masculino y con olor a puro, y más se asocia a una capa o llevar cualquier bandera en la calle. Se usa más que oficial, que también tiene pedigrí antiguo pero parece que tiene también resonancias marciales, y no faltan ánforas, que las palabras esdrújulas siempre son más sonoras, en vez de las jarras de toda la vida. Quizá no sea importante, pero cualquier día se colará una con socios y socias, junta directiva o asamblea horizontal y proclamará un glosario de palabras antiguas de las que hay liberarse. Total, si todo el mundo llama eucaristía a lo que antes era una misa, y casi siempre más solemne.

Cuaresma sin ceniza

Antes todo estaba claro al comienzo de la Cuaresma: «Polvo eres y en polvo te convertirás». Memento homo. Todo es pasajero y hay que vestirse de ceniza para recordar que algún día se parará la respiración y habrá que rendir cuentas, y nadie tiene garantizado ni un solo segundo más allá de aquel en el que vive. Convertirse, mirar hacia adentro, volver al Evangelio, poner la palabra en práctica, no es una opción, no es aquello para lo que hay que buscar un hueco entre un concierto y un ensayo, sino la obligación del que entienda a las imágenes que tiene delante.

Quizá si hubiese conciencia de que no dejamos de ser muertos a la espera de conocer el día en que llegaremos al sudario, la Cuaresma dejaría de ser un tiempo de felicidad, un descontar de días mientras la luz crece de una forma tentadora y hay algo que empuja a pisar las calles y disfrutar de ellas. En algún momento pudieron unirse las dos cosas: la oración en la iglesia y el momento en que se espía el atardecer sin final, los cultos llamando poderosos a la reflexión y el despojarse de los abrigos con el presentimiento de una resurrección hacia la vida.

Estos años son de una espera que no es paciente, sino anticipada, que no confía en que llegue, sino que sale a buscar y al no encontrar lo remedia con sucedáneos, con las cornetas al sol de un domingo, con una iglesia que sólo se visita para un besamanos, con una papeleta de sitio que nunca se pondrá al lado de una túnica, porque la desprecia. Es el tiempo de los que dicen feliz Cuaresma, de los caminos por los besapiés como si más que búsquedas espirituales fuesen las rutas de una gymkhana, exposiciones que hay que mirar con el gesto avinagrado de un crítico de arte y no de quien por la estética asciende a la divinidad.

Seguramente llevarán razón los que evitan mirar a nada que no sea su propio hedonismo, los que no entienden que alguna vez sus cuerpos jóvenes tendrán la consistencia volátil de la ceniza. La preparación para una Semana Santa que se vive cruzando entre las filas de nazarenos, chismorreando delante de los pasos, mirando a las imágenes a través de las pantallas y buscando las esquinas donde suenan las marchas del momento quizá no se puede hacer más que con esa feliz Cuaresma de parihuelas sin nada encima, conciertos repetidos y besamanos de los que uno se escapa en cuanto empieza la misa.

Los renglones largos de Dios

La Virgen de la Soledad entra en la Catedral el Viernes Santo de 2004

El camino más largo empieza por un simple paso. Es una frase de meme de internet pero es verdad. Seguramente no lo dieron ellos, pero los cofrades que se reunieron para hablar de la Catedral en marzo de 1986 estaban dando uno de los primeros, cuando nadie adivinaba que al final de la calle esperaría la gloria de conseguirlo. Pensaban en unos obstáculos que serían imposibles de salvar y cayeron como hojas de otoño con la simple comprobación empírica, pero no se les pasaba por la cabeza que habría que luchar contra otros que en aquel tiempo les hubieran dado risa.

Fue en un programa que emitió la desaparecida Radio Mezquita el 11 de marzo de 1986, presentado por Antonio Varo y Ángelmaría Varo. Estuvo gente de su generación, como Leopoldo Tena, Benito García, Rafael Tena y el mítico, porque lo es según lo que cuentan todos de él, Guillermo Giménez de la Linde. También hablaron algunos más veteranos entonces, como José Murillo, a punto de ser hermano mayor de las Angustias, y Manuel Pineda. Hablaban de llevar la carrera oficial a la Catedral en un tiempo en que aquello parecía tan lejano como que en Córdoba se cayese el viaducto que partía la ciudad o que hubiera casas más allá de Gran Vía Parque.

Antonio Varo ha digitalizado la charla y la ha puesto al alcance de todo el mundo en internet. Quizá la voz que con más fundamento habla de la necesidad de que las cofradías fuesen a la Catedral era la de Miguel de Santiago Losada, cofrade de Jesús Nazareno, que andado el tiempo se posicionó con quienes decían que el monumento tenía que ser público y daban la tabarra con la inmatriculación. En sus palabras, de argumentación brillante, no decía nada de que en aquel momento fuese propiedad pública, como ahora dice.

En 1986 hacía mucho tiempo que ninguna cofradía pisaba el templo. Estaba reciente la mala experiencia de los años 60, pero para aquel año dos hermandades iban a llevar allí sus nazarenos. La Misericordia salió el Miércoles Santo desde el monumento por primera vez tras el cierre de San Pedro, y aún estaría hasta 1997. El Santo Sepulcro quiso hacer estación de penitencia ya en 1985, pero no le dejó la lluvia. Tuvo que esperar hasta ese año, y Guillermo Giménez de la Linde contaba el sentido de cómo lo harían, plasmado después por Antonio Benítez como diputado mayor de Gobierno. «El pueblo de Córdoba podrá entrar», contó, y en verdad que lo hizo en aquel momento (el cartel de Semana Santa del año siguiente fue el testigo) y durante bastantes años después.

Aquel día se hablaba incluso de si los pasos cabrían por las naves y todavía faltaba mucho. No sabían entonces que tendrían que luchar contra muchos prejuicios, los primeros de los cofrades, que durante muchos años miraron a la Catedral con la incomodidad de lo que pillaba a contramano. Parecía que por Deanes no sería capaz de atravesar ni el Vía Crucis, se cuestionaba que hubiera cofradías que cupiesen al completo en la Catedral y hasta habría que ver si había pasos que no se atrancarían en las naves, aunque algún ejemplo hubiera luego.

La audición es digna de saborearse, porque tiene perlas. Por ejemplo, aquello que cuenta Pepe Murillo de la procesión que se hacía desde el Campo de la Verdad con la Cruz Guiona (y la barbaridad de que entonces tuviera ¡un Crucifijo!) a hombros de horquilleros sería digno de recuperarse quizá al mediodía del Viernes Santo, antes de los Oficios. Todos lo pensaban posible, pero ninguno sabía que las cofradías terminarían pasando bajo la Puerta del Puente, entonces hundida en el suelo, y que unas obras de la Junta de Andalucía dejarían la Ribera esperando a las hermandades. Nadie soñaba entonces con un Vía Crucis Magno organizado en pocas semanas, ni se pensaba en que hubiera que apelar a la Unesco para una celosía que entonces estaría todavía oliendo a barniz, de tan nueva.

El caso es que cayeron todas las torres posibles y las cofradías terminaron llegando y disfrutando de una carrera oficial a la altura de la historia de la ciudad. Incluso con una sola puerta se hubieran apañado aunque al final estuvieran las dos. No lo vio con los ojos de este mundo Guillermo, que murió aquel mismo año, y tampoco Pepe Murillo, que antes que tenerla en la Catedral soñaba con contemplarla otra vez en San Agustín. Entre 2014 y 2015 lo miraría desde el palco del cielo. Dios escribe derecho con renglones torcidos y bastante largos.

El fin de la inercia

En las cofradías, sobre todo en las de Córdoba, está difusa la frontera entre la tradición y la inercia. Los que sostienen que una cosa no debe cambiar, aunque dé más vergüenza que respeto, suelen apelar a la tradición, que no deja de ser aquello que se va transmitiendo de una generación a otra, sea bueno o malo. Quienes dudan demasiado terminan por dejar sin tocar las cosas no por convencimiento, sino por una falta de criterio que les hace incapaces de distinguir entre lo que merece conservarse y lo que tiene que terminar para que deje de hacer daño.

La hermandad de Jesús Rescatado ha brindado la noticia más trascendente de la Semana Santa de Córdoba desde la nueva carrera oficial. La importancia de su decisión va mucho más allá del jardín del Alpargate, porque rompe con una inercia y, cuando el próximo Domingo de Ramos salga bien, enseñará a muchas otras cofradías que no tienen motivos para seguir aferradas a arcaísmos y costumbres rancias. El titular siempre tiene que ser que el Rescatado recupera el orden natural de sus pasos, con el Señor delante, pero merece la pena una lectura detenida del comunicado para comprender que la decisión de la Junta de Gobierno está muy bien fundamentada.

Para empezar, se preocupa por los hermanos de la cofradía que visten sus hábitos nazarenos y quieren acompañar al Señor «tanto delante como detrás de Él». Sólo Dios sabe la devoción, la fe y la autenticidad de las promesas que todos estos años lo han seguido, pero la hermandad que procura su culto y hace el esfuerzo de ponerlo en la calle no tiene que perder el sueño por personas que rara vez son hermanos, y por lo tanto no están comprometidos, muchas veces tienen una edad óptima para ponerse una túnica y siguen sus pasos de una forma muy poco espiritual que no incluye ni las privaciones, ni el sacrificio ni el silencio. Nunca he escuchado una palabra más inexacta que la de «penitente» para ellos y ellas.

Tampoco se aparta del Rescatado a todos los que no sean hermanos o no paguen una papeleta de sitio. Bien dice el comunicado que los de «promesa obligatoria», y aquí las comillas pueden tener todos los sentidos que uno quiera, pueden ir con el Señor en el vía crucis del Viernes de Dolores, apenas un par de días antes. Siempre estará la túnica nazarena, que es un privilegio infinitamente más hermoso y hondo que una bulla caótica y tumultuosa más propia de una manifestación que de una estación de penitencia. Ojalá el Rescatado premie a los suyos con unas filas nazarenas bien nutridas.

Igual que otras decisiones de hermandades enseñaron el camino a las demás, la valiente determinación de la cofradía debería hacer saltar la tapa de los miedos a muchas otras, que dicen como trémulos timoratos que son tradiciones lo que no son más que inercias apolilladas y prescindibles. El que hibrida a un nazareno con un acólito, el que para quien carga con la cruz (o el cirio) para seguir o abrir camino a Jesús bajo la anónima dulzura e intimidad mística de la piel espiritual de la túnica tiene el mismo tratamiento (o peor, casi siempre) que para quien se pone de punta en negro, se pinta como una puerta y presume de tipo o taconazos, quizá esté equivocado de sitio y equivocando a los demás.

La túnica como fe de la piel

Los mejores atributos son los que alguien dice sin pensar en lo que está definiendo. Con todo lo que he pensado acerca de la túnica, ahora más amada que nunca por haberla perdido, el otro día encontré una frase que me descubrió una dimensión nueva y me la hizo todavía más grande. No sé si Karen Armstrong, historiadora de las Religiones entrevistada por la revista Mercurio, conocerá el ritual de meterse en esa segunda piel, pero sus palabras sí que explicaron con transparencia la trascendencia de vestir el hábito nazareno. «La religión siempre ha estado acompañada del ritual, de la acción de aprender a través del cuerpo: cuando los hinduistas unen las manos o cuando un musulmán se pone en dirección a La Meca para rezar y se inclina, es una expresión corporal, el cuerpo enseña más allá de lo racional lo que significa someterse a Dios, en lugar de estar erguidos y mirar hacia uno mismo. Es necesario no solo leer las Escrituras, sino hacer lo que dicen».

Dio en el clavo: el cofrade aprende por el cuerpo, por el momento en que un adulto le ayuda a enfundarse en la túnica, le ciñe el cíngulo, por el momento en que, ya algo crecido, se cala el cubrerrostro, busca el acomodo de los ojos y –«Silencioso es el rito, no aprendido, sino heredado, yéndole en la sangre»- se lleva la mano a la cara para sujetarlo. Muchos no sabrán expresarlo con palabras, pero en el momento en que pisan las calles en el anonimato de su hábito están a solas con Dios, que les ha brindado un instrumento para aislarse del mundo, y por eso más que nunca dan ganas de rezar. Si van camino de la iglesia, ya están con la imagen titular, que les ha entregado la túnica como en los cuadros alegóricos en que la Virgen da el hábito a un fundador. Al pisar la calle, aunque hagan de fiscal de horas, el nazareno vive como en la intimidad de oración de una tarde cualquiera, como si en la iglesia sólo estuvieran su Cristo y él y no hicieran falta las palabras para desnudar el corazón y las inquietudes.

El buen cofrade sabe que el dolor de cabeza del capirote de cartón no dura más de cinco minutos y no justifica aliviarse con el de rejilla. Al cabo de poco rato todo lo ocupa la compañía que queda mientras el mundo mira una aparente soledad. Allí acuden convocados y puntuales quienes un día enseñaron al nazareno a ceñirse con dureza la faja de esparto, los que le alisaron la capa cuando salió camino de la iglesia, los que nunca se pusieron una túnica pero estuvieron presente en esas oraciones que no se formulan, sino que salen del corazón cuando se les recuerda amorosamente en el palpitar del penitente de cruz al hombro. Igual que el adorador cuando se arrodilla y se queda en blanco, como quien vuelve de comulgar y permanece en silencio por dentro a la espera de que el Espíritu le ilumine, como la que pasa ante una hornacina devota y se santigua por conocer el valor de lo sagrado. Lo hace el nazareno sin pedir para sí ningún aplauso, pues entendió el Evangelio del Miércoles de Ceniza – «Y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará»- y sabrá que lo tiene mucho más fácil que los que dicen a todas horas que rezan con los pies aunque lo primero sea contestar con voz de arriero que la trasera está. El nazareno no necesita saber las implicaciones de lo que hace aunque note el bien que le hacen. La entrevistada recuerda a los neurofísicos y advierte lo mismo que ellos: «Estamos metiendo la religión demasiado en la cabeza y eso hace que pierda sentido». Los que se dicen cofrades y andan buscando trajes negros o credenciales de colores para escapar de la túnica, los que se pasean de paisano mientras otros que querrían lo tienen imposible, no serán muy diferentes de los que escuchen la Pasión pensando en si Jesús tenía 33 ó 35 años cuando lo crucificaron.

La lluvia en el desierto

Los programas de actos de los aniversarios de imágenes y cofradías se suelen leer como las sentencias judiciales: por el final. En estas lo primero es conocer el fallo, que es lo último de todo. Cuando se tiene claro si hay que celebrar o lamentarse, se miran los fundamentos y los hechos probados que han llevado a la consecuencia de condenar o de absolver. En las cofradías se mira también a lo último, que suele ser la procesión extraordinaria, se comprueba si cuadran las fechas y se mira la banda a ver si gusta. Después habrá que caminar hacia atrás para reparar en los cultos extraordinarios y apuntarse sólo el besamanos o besapiés, y quizá la exposición conmemorativa. Pocos de los que empiezan leyendo por el final, buscando algún concierto extraordinario o la edición de un DVD que pedirán para grabárselo en el disco duro, se detendrán en las conferencias.

El Cristo de Gracia saldrá el próximo año en procesión extraordinaria, más que justificada si se están celebrado los cuatro siglos de la llegada a Córdoba de su Crucificado con más devoción, pero antes su hermandad está ofreciendo a los cofrades, o a esa pequeña parte de los cofrades que se interesan por algo más que por igualás y cornetas, una serie de intervenciones que amplían el campo del conocimiento. Lo hizo por ejemplo Fuensanta García de la Torre al recordar todas las etapas del viaje de la imagen desde Puebla de los Ángeles, y también la mesa redonda en la que Enrique León y María José Escribano realizaron una aportación extraordinaria: el estudio de las imágenes que acompañan al Cristo a sus pies y su atribución al escultor valenciano Venancio Marco a finales del siglo XIX, todo con el apoyo de la documentación de David Pinto, Rafael León y Francisco Román. No pocos, de Gracia y de otras hermandades, agradecerán saber un poco más de la Virgen de los Dolores y Misericordia, San Juan y Santa María Magdalena, que formaban, decía Rafael Cantueso, el gran paso de misterio de la vieja Semana Santa de Córdoba.

La historia de las cofradías muchas veces se cuenta a base de clichés, de frases que cruzan los años repetidas sin que ni unos ni otros tengan mucho interés en comprobarlo. Los cofrades aprenden de jovencitos fechas y autorías como si fuesen las sagradas escrituras. De vez en cuando, espíritus inquietos, gente que ha pasado por la Universidad y sabe que las cosas no son verdad sólo por escribirse en los libros, se empeñan en remover, pensar por sí mismos y buscar documentos para que lo que era anónimo deje de serlo.

Su historia, y la de muchas de estas conferencias, debería pasar a la nobleza del libro, para que allí quede constancia y se pueda consultar y leer. Otra hermandad que celebró sus 75 años con intervenciones de gran nivel fue la Caridad, que de allí sacó incluso la atribución de sus dos excepcionales imágenes en estudios más que serios y creíbles que sin embargo nadie recuerda. Es una paradoja que en estas cofradías de redes sociales en que todo se actualiza tan rápido nadie (salvo ABC) haya tenido tiempo de recoger cómo estas y varias imágenes más (algunas hace más de diez años) han dejado de ser anónimas gracias al estudio. Los que se cuestionan por la historia y el arte que laten en las cofradías se felicitarán de leer y escuchar a quienes les cuenten cosas nuevas, pero pensar que este trabajo exquisito de tantos investigadores vaya a calar como la lluvia hacer fértil la tierra es engañarse: el mundo de las hermandades de hoy es demasiadas veces un desierto en el que se predica a gritos mientras casi todos escuchan con cascos marchas con solos y se recrean en levantás líricas.

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