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La capilla de San Álvaro

«Nuestro Padre Jesús de la Sangre», la escuela cordobesa

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Si no estaba recién duchadito, se le había ido la mano con la gomina de esas que dan efecto de pelo mojado. Llevaba camisa de manga larga, impecable, aunque hacía bastante calor, y en la espera del paso, que en Córdoba puede ser cansina no por las bullas, sino por el ritmo lento de las hermandades, aleccionaba a su contertulio. «La hermandad del Císter, pese a su juventud, es una de las que tienen un patrimonio musical más rico de Córdoba, por cantidad y por variedad, con grandes maestros de varias épocas». Y al rato escuché como enumeraba «Ángeles del Císter», de Pedro Gámez Laserna; «Ángeles, Reina», de José de la Vega, «una marcha de gran originalidad y coherencia interna», y por último «La Sangre y la Gloria», de Alfonso Lozano, que «en poco más de un lustro ha conquistado por su pujanza y sonoridad una gran popularidad en toda Andalucía, llegando a sonar tras la Esperanza Macarena en la plaza de San Francisco». El gerundio de posterioridad, tan querido en las cofradías, es literal, que conste.

Llevaba razón este cofrade que entretenía la espera haciéndose el listo, pero se quedó corto. La cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Sangre tiene una relación de marchas tan excelentes que incluso sufre el «mal» (si es que lo es) de que algunas de sus piezas maestras eclipsen a otras, no tan cimeras, pero meritorias. Por eso todo el mundo conoce las que figuran en el primer párrafo, pero no se han parado a escuchar otras que serían las reinas del archivo musical de cualquier otra hermandad. El compositor Castro Contreras (1919-1997), cuya obra merece una mirada en profundidad para darle el valor que corresponde, escribió en 1979 «Nuestro Padre Jesús de la Sangre en el Desprecio del Pueblo». Eran los primeros años de una hermandad que había empezado a revolucionar a las cofradías con acciones muy innovadoras, con especial atención al guion procesional y que también quería tener música propia, cuando otras, igual que hoy, despreciaban abiertamente este aspecto. Formó parte del legendario disco de la desaparecida Banda Municipal de Córdoba y más tarde la grabó también el Carmen de Salteras.

La marcha se abre con una introducción fúnebre, que enseguida cambia de color con la aparición de las llamadas de los trombones, que caracterizan toda la pieza. Tiene personalidad propia, pero se nota la mano y la influencia del gran Enrique Báez, que la instrumentó y revisó. Desde ahí avanza una imaginativa melodía llevada por las maderas y que va ganando en color. Otro exquisito tema, en el que luego se basará el trío, da paso a una fanfarria basada en la marcha real de las cornetas, con rica ornamentación. La pieza, breve pero llena de enjundia termina con un trío de notable dulzura y dinamismo, primero, y de brillantez más adelante. Quizá al conocer esta marcha sea verdad que existe en Córdoba una pequeña escuela de compositores, con señas de identidad propias, con maestros que influyen y autores que primero siguen su senda y luego forjan personalidad propia, aunque en tantas partes siga la pelea por colar el patrimonio propio y no los estándares que estén de moda. Un tesoro en el que mirar tranquilamente, tras deslumbrarse con Gámez y Báez y seguir por Contreras, Cea, Melguizo y José Timoteo, entre otros. Una música de sabor cordobés para que al cerrar los ojos sepa uno en qué ciudad está. ¿O no suenan esta melodía seductora y la majestad de los trombones a Cristo de los Faroles, cal de Bailío, naranjos de la calle de la Feria o torre de la Catedral al fondo?

Velad

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«Alma feliz por siempre, pues lo fuiste un instante»
Pablo García Baena

¿Quién se acuerda hoy del parón entre la Reina de los Mártires y la Oración del Huerto, quién de los problemas en las sillas de la carrera oficial de un día que aspira a serlo para siempre, quién de las cofradías que fueron un rato solas por el camino de vuelta a altísimas horas? El olvido, piadoso como cantó Serrat, sólo se llevó la mitad de aquel día de hace ahora tres años y dejó para siempre el andar triunfal de un palio por Torrijos arriba, la fila de tulipas encendidas en la calle de la Feria y el aire dichoso de un sueño al regreso, cuando parecía que las cofradías habían querido hacer un cielo para aquellos que las aman.

Tres años después los problemas se han olvidado y las fotos ponen en la cara una sonrisa a la que no se asoman las sombras de ningún mal recuerdo. Aunque la Catedral pareciese por dentro un campo de refugiados descansando contra las columnas, aunque los hermanos mayores vivieran al borde de la deshidratación y los sufridos cofrades de cirio soñasen con el momento de volver a casa, desde aquel 14 de septiembre de hace tres años la vida nunca volvió a ser igual. Todo lo que soñaron los cofrades cordobeses desde chicos se hizo verdad: respiró la ciudad por el único pulmón de sus hermandades, en las aceras quienes miraban sabían lo que tenían delante y se comportaban, los de fuera se marcharon con la admiración de haberse asomado a tesoros que sólo conocían por fotos, incluso de haber visto joyas que nunca esperaban, y los complejos de toda la vida callaron con la boca tapada por un sano orgullo.

En realidad nada había nacido aquella tórrida noche de septiembre; más bien se puso en la calle el trabajo de muchos años. Las cofradías que habían creado pasos excelentes granito a granito los enseñaban así todos los años, pero quizá hasta que no se vieron todos juntos y los de fuera no dieron el sobresaliente, y muchos lo dieron, y entre los más exigentes, había costado incluso darse cuenta de lo mucho bueno que ya había. Desde aquel día inigualable, más hermoso conforme más vaya pasando el tiempo, vive la Semana Santa de Córdoba con el impulso de alcanzarlo de nuevo, como si una vez que se ha probado la delicia que se gozó ya fuese imposible vivir sin ella.

Hasta la carrera oficial que está naciendo viene marcada por la añoranza de aquel día, cuando habrá que felicitarse por saber que se ha conseguido, pero también caer en la cuenta lo antes posible de que no habrá otro 14 de septiembre como aquel, ni en Domingo de Ramos ni en Jueves Santo ni en ningún día. Más bien habrá que trabajar para que la belleza y la calidad sigan creciendo, como se trabajó en los años anteriores sin que nadie imaginara siquiera que un Vía Crucis Magno era posible. «Velad, porque no sabéis el día ni la hora en que vendrá vuestro Señor». El instante feliz no volverá, aunque vengan otras dichas y al fin y al cabo de la memoria siempre hay que desconfiar un poco. Como dijo Sabina, «no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió».

 

La carrera oficial y el reparto de papeles

El misterio de la Redención, por Torrijos en el Vía Crucis Magno
FOTO: RAFAEL CARMONA

Lo peor de un debate largo no es que se prolongue y aburra incluso a las hojas de papel encargadas de soportarlo, sino que de tanta insustancialidad como soporta termina con el riesgo de cerrarse en falso. Córdoba es una ciudad donde se habla muchísimo y se hace muy poco, donde se dicen los plazos con la frescura del que sabe que no los va a cumplir y donde la siesta de cualquier proyecto parece tan natural como saber que al salmorejo hay que echarle tomate. Cuando después de tanto como se escribe y se parlotea se percibe un final, más de uno tiene que frotarse los ojos, como si no creyera que está a punto de terminarse la discusión y que si no hay solución habrá por lo menos un último punto. Se terminará un nudo tan difícil como el que coge el cable de los auriculares después de demasiado tiempo en el cajón. Así llega el famoso pleno que tiene que reunir a las cofradías el próximo septiembre, a la vuelta de las vacaciones, como si no fuese verdad que la carrera oficial melindrosa y pequeñoburguesa que tantos años se vendió como única posibilidad de verdad esté a punto de arrumbarse en el trastero de la historia.

Quien más quien menos imaginó muchas veces el momento en que las cofradías decidiesen por fin que su carrera oficial tenía que estar cerca de la Catedral y dentro de ella, y seguro que contó muchas veces los votos: aquellos que irían con la papeleta del «sí» en alto por ser los más convencidos; aquellos que se sumarían a última hora para no desentonar, los que negociarían el apoyo para tener alguna pequeña compensación después de todo comprensible, y por supuesto aquellos que morirían con las botas puestas, clamarían por el no y al año siguiente, que conste, se plantarían en la antigua Mezquita sin contemplaciones.

Pues sí, parece que va a ser en septiembre y que en 2017, dentro de un poco más de ocho meses, el palquillo de entrada estaría en la Puerta del Puente, el giro más lucido sería bajo la monumental construcción de Hernán Ruiz III y luego hacia el Triunfo y Torrijos, y el punto culminante estaría en la estación de penitencia en la Catedral. Un Vía Crucis Magno primaveral, con nazarenos, sin retrasos y para siempre. Pero en realidad lo que puede pasar se parece bien poco a lo que se había amasado en la imaginación en estos años. El cansino debate de la segunda puerta se ha callado por un tiempo, ahogado en la burocracia interminable y prejuiciosa de la Unesco, y la Agrupación de Cofradías ha creado un proyecto que pinta muy bien, tan sencillo que parecía raro que nadie lo hubiera visto antes incluso en esta ciudad de incuria y modorra crónica.

Puede haber carrera oficial sólo con la Puerta de las Palmas sin la famosa rampa en «L» que parece que tardará en verse en el Patio de los Naranjos, pero en estos días de escuchar a todo el mundo sorprende que el reparto de papeles sea en algunas partes al contrario del imaginado, como si en esta ópera ficticia el tenor que tenía que dar el do de pecho se haya trasmutado en bajo ingrato, al barítono de pronto se le haya aclarado la voz y enamore a todas las señoronas de los palcos, y la soprano, lista para arrancar los aplausos en el número culminante, cante con voz de contralto mientras le deja el papel de prima donna a la mezzosoprano. Todo un lío que no pasa por lo fundamental, sino por lo accidental y sin embargo muy importante del trazado para ir a la Catedral y sobre todo para salir de ella.

El Señor de la Coronación de Espinas, en el interior de la Catedral
FOTO: RAFAEL CARMONA

Cualquier carrera oficial en cualquier lado beneficia tanto como perjudica, según la distancia de las cofradías a la entrada y a la salida, y así más o menos queda un saldo apañado, pero lo que puede ser letal es que el voto se dirima entre quienes están cerca de un palquillo y otro y aquellos a los que ambas cosas pillan a trasmano. Nadie podía imaginar que la vieja calle Deanes, escenario de gestas costaleras con la torre vigilante al fondo y lugar en que se derribaron como castillos de arena los prejuicios más sólidos, se fuese a quedar más o menos desierta después de haber ayudado a tantas cofradías en los años en que a los catedralistas los tomaban por locos. No se le ha podido anotar debe alguno en la hoja de servicios a esta calle tan maltratada por el pésimo comercio turístico, cuyas piedras se tenían que reír por lo bajo mirando a los escépticos, tan cansinos como poco rigurosos, tropezarse con las muchas evidencias.

Aún queda tiempo y se puede hablar: si la solución de la entrada y salida por la misma puerta era tan sencilla todavía queda margen para convencerse, en un parpadeo de inspiración, de que este camino por Torrijos y final en la esquina de Cardenal González es de verdad lo que trae más cuenta, o hasta para aceptar alguna sugerencia, que en eso consiste también la primacía de la asamblea. Pero, como les pasa a las cofradías cuyos pasos no caben y no ven tan mal lo de quedarse en el arco mientras nadie les urja, tendrá que hacerse sin prisas y sin recurrir a la cifra mágica de los 19 votos a favor, el 5 raspado que nadie desea y que después de todo está muy cerca del crudo suspenso. Después de muchos años de relatos y argumentos repetidos, lo más cruel sería que el debate terminara con una conclusión precipitada.

«Al Cristo de los Faroles», llega la contracultura

Siempre vi muy injusto que en el mundo de las bandas de música, la exquisita marcha que Emilio Cebrián le escribió a la Esperanza Macarena se tuviese que conocer no por su título, sino por el añadido del apellido de su autor. «Macarena», sin más, era la de Abel Moreno, y para referirse a aquella composición inspiradísima en la que Carlos Colón intuía una como copla que se escucha por la ventana, se decía «Macarena de Cebrián». Y es curioso, porque se escribió casi medio siglo antes, su calidad es muy superior y andado el tiempo, diría que también se toca más, o al menos en los sitios más exigentes que la del maestro onubense, digna y agradable al oído, pero nada comparable a la finura regionalista de su homónima.

Hace ahora veinte años se escribió una marcha para agrupación musical que desde el primer momento parecía condenada al rincón de los pocos oídos educados, que entonces eran muchos menos que ahora. Y poco después, también le cayó encima otra con el mismo título y para el mismo género, que fue muy popular en la segunda mitad de la década pasada y que sin ser gran cosa al menos no desmerecía tanto como la oleada flamenca que vino después. Sí, hay que recordarlo, en 1996 se terminó una marcha que se tituló «Al Cristo de los Faroles», que no tiene nada que ver con la que luego hizo Miguel Ángel Font basándose en la tonadilla de la película de Antonio Molina, y que también superó a la más famosa, aunque nunca haya salido de ser algo así como un lanza contracultural en un mundo acostumbrado al éxito fácil.

«Al Cristo de los Faroles» la firmó en 1996 Francisco Javier González Ríos y la entregó a la banda de la Estrella de Córdoba, ya empeñada en ser bandera de la elegancia y la primacía de lo musical. Se estrenó en la Cuaresma de 1997, en la presentación del primer disco de la formación, «¡Estrella!». El disco se agotó por dos veces, hoy es de coleccionista, aunque todo el mundo miraba más a la que le daba título al disco, toda una transgresión hoy emblemática, y a la muy dulce «Oración», y las dos serían estandartes de la banda. «Al Cristo de los Faroles de González Ríos», o «Al Cristo de los Faroles de la Estrella» fue una premonición, doce años antes, de Viernes Santos que estaban por venir, de la entonces transgresora marcha fúnebre para agrupación musical, la muestra de que se podía acompañar a un Cristo con la solemnidad de la tarde de la hiel y la sábana, que dijo el poeta. No por otra cosa se dedicaba al Cristo de la Clemencia y a esa silueta que reproduce en movimiento a la imagen de piedra de la plaza en la que reside la Virgen de los Dolores.

Como su hermana «¡Estrella!», la marcha se abre en unos compases sin percusión, y con una elegante llamada de las trompetas, a las que después se unen el resto de instrumentos. Las llamadas se repiten periódicamente para dar paso a las distintas variaciones de temas, unos con un carácter más solemne y otros más luminosos, y en ocasiones con la elegancia del canon, que habla de las inquietudes artísticas de un músico, Francisco Javier González Ríos, que poco antes había iniciado una revolución en su banda de las Cigarreras con marchas como «Amor de Madre» y «Pasión, muerte y resurrección». Las trompetas, ayudadas por las cornetas, llevan el peso melódico, pero el vibrar de las tubas hace recordar que es una marcha de Viernes Santo.

La última de las llamadas concluye a un final en que se van recapitulando abreviados los distintos temas con los que ha evolucionado la obra. ¿Luminoso y triunfal, como presagiando la resurrección? Eso parece en un principio, pero el compositor tiene todavía un naipe guardado, y otra vez llegan los bombardinos y trombones a llamar a la tragedia, que acaba entre elegantes disonancias y variaciones con ecos a música cinematográfica bien entendida. Un colofón sugerente pone fin a esta pieza que sólo empezó a ser una pequeña joya cuando se le sumaron unas cuantas hermanas para conseguir que el Cristo de la Clemencia, siempre a la sombra de su Madre, tuviese la música más bella de cualquier imagen del Señor en Andalucía.

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El miedo a la trascendencia en la era de Twitter

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In illo tempore, las páginas web de las cofradías, cuando las había, no hacían más que volcar contenidos que todo el mundo sabía, caducaban cuando el encargado se dormía en los laureles, las noticias iban camufladas en los boletines, y todavía al llamar había quien se hacía el interesante y soltaba que primero lo tenían que conocer los hermanos. Twitter y Facebook existían, pero en el mundo de las cofradías no debía de haber ningún avanzado que los usara, y mucho menos que intuyera la importancia brutal que habían de tener. Sí existía el blog, que a muchos todavía le siguiera sonando a ese cuaderno pequeño y anillas que se usaba para tomar notas rápidas, pero en internet no había tantísimas fotos a buena calidad que rapiñar y el paro todavía no había hecho del ocio afición ni de la ingenuidad soberbia.

En la Cuaresma de 2008, un grupo de periodistas e informadores de cofradías (Antonio Varo, Jesús Cabrera, Paco Pérez, Rafael Fernández Criado y Rafael Carlos Mendoza), se reunió en la redacción de ABC para hablar de lo singular de este trabajo que suele tratar con personas vuelcan honrosamente su tiempo libre en algo que no les reporta más recompensa que el gusto por el trabajo bien hecho, cuando lo hay, y que, por esa misma noble ausencia de profesionalidad, también necesita manejarse con unos códigos especiales. «Miedo a la trascendencia», dijo Jesús Cabrera en los primeros compases de aquella charla para hablar de los pies de plomo, o a veces de granito pegado al suelo, con que se manejaba la información de las cofradías.

Ocho años después de aquella charla, alguna lectura superficial dirá que se ha obrado la revolución y que ahora las cofradías comunican con la fluidez y la celeridad del rayo. El que quiera estar al loro no tendrá más que reunir a todas las hermandades en una lista de Twitter y por allí se enterará en primicia de los cambios de banda, del capataz decapitado que hará correr ríos de condolencias y mensajes, de la igualá que esperan como agua de mayo los incondicionales de la coreografía y hasta, si queda tiempo, de los cultos que se ofrendan a Dios y a la Virgen María representados en las imágenes sagradas. Incluso hay cofradías que se atreven con la formación y con los comentarios diarios del Evangelio, con, cosas de la vida, menos éxito de tuits que el contrato de una banda en un pueblo nunca nombrado.

Casi sin notarlo, en pocos años se ha pasado del telefonazo y del miedo al hablar a todo un fiestón de luz y taquígrafos, de decisiones de cabildos de gobierno a horas intempestivas y de fotos preciosas en las que se van descontando días hasta Semana Santa, para que nadie se olvide de cuál es la obsesión cierta. Y sin embargo, quizá en esta dinámica de comunicación compulsiva, en estos tiempos en que la trascendencia ha dejado de ser una enfermedad peligrosa para ser una colega con la que tomar medios en la taberna, a lo mejor tampoco hay tantos cambios. La supuesta noticia va de retuit en retuit y se evalúa con la lógica pastelosa y compulsiva de los «likes» de Facebook, pero la verdad, que es cosa distinta, se sigue contando en corrillos y mentideros, se deforma de teléfono en teléfono, y cuando alguien quiere darse cuenta de que se ha desmadrado hace mucho rato que es tan difícil de arreglar como la famosa historia de la gallina cuyas plumas el viento ya repartió por todo el pueblo. No se sabe si es torpeza, ligereza, incapacidad o el piadoso manto de silencio del que hablaba Umberto Eco, pero el miedo a la trascendencia no ha hecho más que enmascararse.

La madurez del melón

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De todas las frutas, ninguna me gusta tanto como el melón. Consuelo de los días de verano, regalo para el paladar, caricia de la garganta y premio en el estómago, abrir esta obra de arte natural es siempre extraordinario, desde el ruido que hace el cuchillo al sajar la carne apetitosa hasta la esperanza con que siempre se piensa que será el mejor del verano. La desnaturalización de la agricultura ha creado el triste paisaje de que casi todas las frutas estén en las tiendas casi todo el año, y hasta en diciembre se ofrecen. No pico: el buen melón, el que siempre deja con las ganas de cortar un trozo igual de grande, va desde julio hasta no demasiado avanzado septiembre. El que se adelante será un puñetazo en la barriga, y el que se pase de las fechas suele saber a pegamento. En su estacionalidad y en que no se le pueda aborrecer está una de las grandezas de este manjar del campo.

Hace un cuarto de siglo, Ángel María Varo, en un pregón de la Semana Santa que con justicia permanece en la memoria por haber dibujado el perfil exacto del cofrade, pronosticaba que algún día la Semana Santa pasaría entera por la Catedral, pero eso sería «una fruta madura que tendría que caer por su propio peso», y la premonición se fue cumpliendo: cada año la pieza cogía tono en el árbol, ganaba peso y de hecho si todavía no ha caído es porque unos cuantos burócratas con mala sombra no han querido y han mandado a la segunda puerta a un laberinto de trámites delirantes y absurdos.

Ahora bien, con trampas o sin ellas, y con toda la razón del mundo, ahora mismo es cuando hay que preguntarse si la fruta está madura. El melón nace pegado a la tierra y no pende de un árbol, pero ¿va a ser el momento de comérselo? Quizá haya muchas ganas de hincarle el diente y de llenarse la boca con su sabor, pero si grande es el placer de disfrutarlo, bastante mayor es la decepción de dejarlo a la mitad y tirarlo por saber que del sabor ácido y desabrido o del aroma de lo que ya no es comestible no se podrá sacar nada bueno.

El asunto de la posible, por ahora no probable, nueva carrera oficial, es de esos que tienen muchos colores, a lo mejor incluso 37, desde el que no quiere melón en absoluto hasta a aquel al que tampoco le importa la dieta de los demás porque la tiene a mano y se toma su buena parte todos los años y desde el primer día. Sí está claro que el que hay encima de la mesa ahora mismo tiene muchas papeletas de irse otra vez a la cocina para que traigan otro, y ya que no podrá ser todavía el mejor posible, al menos habrá que conseguir un poco de sacrificio y, aunque parezca más difícil de lo que en realidad es, poner de acuerdo los horarios para que puedan probarlo todos de la misma forma. Porque no se sabe si va a estar peor el melón malo o seguir toda la vida con el melocotón en almíbar.

«Soledad en Jueves Santo», una prefiguración

soledad

¿Quién quería salir con una marcha propia teniendo «Encarnación de la Calzada», «Hermanos costaleros», la adaptación de «La Saeta»? ¿Dónde iba uno con una marcha cordobesa que no se grababa en los discos ni pedían los costaleros? «Soledad en Jueves Santo» estuvo doblemente a la sombra, aunque a veces se tocara. No eran muchos años en aquellos años quienes se fijaban en las marchas de Córdoba, pero los pocos que lo hacían, al pensar en San Cayetano se acordaban de la marcha cenital que Enrique Báez le había escrito al Señor, con la inigualable saetilla y las trompetas cantando las casi lágrimas de Jesús Caído.

Francisco Conde Magán (Córdoba, 1925-2007) fue uno de aquellos músicos vocacionales que dio al arte de los sonidos muchas horas de su vida sin esperar a cambio más que la íntima satisfacción del trabajo bien hecho, la tranquilidad de cumplir con el deber. Trabajó en la banda del Cristo del Amor, en la época en que era la única formación de plantilla completa de la ciudad y le brindó cuatro marchas. Este año ha cumplido veinte «Soledad en Jueves Santo», quizá la más hermosa e inspirada de todas ellas. Se abre con poderosas llamadas de los metales y poco después cede la voz a las maderas, porque a una Virgen de palio negro hay que cantarle con suavidad, y la marcha lo hace con una melodía tan clásica como apropiada para una marcha que ni cae mal en un palio de barrio ni desentonaría un Viernes Santo, con un encantador aire decimonónico a lo Eduardo Lucena. El fuerte de bajos evoca un poco más a Cebrián, como la transición hacia el trío. Y la obra acaba con una melodía dulce y sentida, enriquecida luego con el contracanto de la flauta para terminar en un final triunfal.

Justo es decir que la banda del Cristo del Amor hizo lo posible para que sonara, y que la Esperanza, en cuanto comenzó a ir tras Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad, la sigue tocando cuando el Jueves Santo nace en la cuesta de San Cayetano. Cuando escribió Francisco Conde «Soledad en Jueves Santo», quizá ni la mitad de las cofradías tocaban sus marchas propias, «Saeta cordobesa» podría aparecer tres o cuatro veces y no sólo es que Abel Moreno sonara más que Enrique Báez, sino que tampoco había el menor interés por pensar en que las cofradías de Córdoba tuvieran un patrimonio musical de verdad y que hasta pudiesen lucirlo en los lugares más importantes del recorrido. Quién sabe si la Virgen de la Soledad inspiró al autor para pensar no en su época sino en el momento, veinte años después, en que todas las cofradías irían a la Catedral y casi todas se pedirían marchas propias en el Patio de los Naranjos.

La Caja de la memoria

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En este tiempo en que cualquiera puede captar imágenes y compartir lo que hay delante de su dispositivo, la Semana Santa parece peor contada que nunca, más parcial y menos comprendida, como si aquellos vídeos e imágenes con las que se inunda el universo virtual, más que relatar la fiesta la desvirtuaran o la mostraran enmascarada y parcial, más a gusto del medio en cuestión que de la propia esencia de un rito poliédrico y siempre complicado.

Veinte años después de haberse despedido, con la Virgen de la Presentación en su clausura de cera y tul en la calle Castelar, el cofrade ha vuelto virtualmente a rodearse de Semana Santa de Sevilla y ha visto cómo la mirada de la cámara y el criterio del que sabe cómo ponerla y dónde son capaces de contar algo parecido a la verdad y a la casi totalidad de la fiesta. La Caja de la Semana Santa no defrauda a nadie, porque se aproxima bastante con imágenes a la verdad y al interior de una fiesta siempre mejor contada que vivida, siempre dada al estremecimiento hondo y también a la decepción sonada. El cofrade que ya sólo se puede acercar a la ciudad hermana cuando los pasos están detenidos, cuando las jarras esperan las flores y la cera parece temblar de esperar la llama, vuelve al fragor de la calle, mira otra vez cruzar los pasos, encuentra miradas al cielo que le pararon el reloj en las noches inifinitas del Lunes Santo, escucha silencios en la vigilia y siente que la Semana Santa allí vista es la misma que amó y la misma a la que echa de menos, no la que se cuenta en vídeos de proezas costaleras y pulmones corneteros.

Por eso el cofrade tiene que recomendar acercarse a esta Caja de la Semana Santa y dejarse envolver por su proyección multipantalla en 360 grados, encontrarse, como cualquier día de Semana Santa, ante la sensación de no saber dónde mirar. Las imágenes de alta calidad de Antonio Casado y José Carlos Guerra-Librero miran a las imágenes cara a cara, hacen un besamanos virtual y valiente de cada paso en la calle y hasta se meten en el respiradero o miran a la Virgen por encima de la malla del techo de palio, y los textos de Diego Jesús Geniz cuentan una Semana Santa y una ciudad real y no tópica, pausada y reflexiva, sin pregones baratos y con mucho de Núñez de Herrera, Cernuda, Montesinos y por supuesto Antonio Machado en «La rama verdecida» que da título a la edición de este año.

Quizá desde Gutiérrez Aragón no se viera en la pantalla una Semana Santa tan idealizada y esencial, tan ensoñada y por lo tanto tan real, porque es la del corazón y la memoria, no la que se desangra de fallos tantas veces en la calle. El cofrade que ya no visita la ciudad amada en estos días especiales y el que sí lo haga y quiera sentir otra vez la emoción, que no dude en entrar en La Caja de la Semana Santa, en mirar, en sentir, en añorar lo que vivió y en imaginar cómo será lo que todavía no ha visto y, ya que son cosas de la fe, en echarse en brazos de la Virgen para años futuros, que no en vano todo termina con el sabor dulce y ascendente de la Esperanza.

Conversión

(Escrito y leído para el programa «Paso a paso», de Canal Sur Córdoba, en la Cuaresma de 2013, inspirado por el Via Crucis Magno de Sevilla)

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Y qué ganas, Señor, de coger la cruz. Me invitaban los ojos que esperan sin desmayo, la voz que sólo puede pronunciar dulzuras. El mundo era un ágora de prisas, un camino donde importaba más el número de puertos que lo que cada lugar dejara en el alma. En el trajín atareado de este tiempo, Señor, hasta tu Cuaresma la vivimos como un descuento frenético de días. La cruz de tu ceniza, la promesa de que algún día nos llamarás, si lo merecemos, a la plenitud de la Vida, todavía quemaba en la frente. Convertíos a mí de todo corazón. A veces pasas por la Cuaresma como en un paisaje, como el protagonista, desde luego, de un cuadro lleno de belleza. Como si estas tierras de atardeceres y tibiezas que se pegan a la piel fuesen siempre como decía Santa Teresa. Aquí, con no pecar basta. Pero en este mundo que atruena con ruidos, siempre te haces oír con el silencio.

En el vértigo de los relojes se pararon las manecillas y otra vez sonaron tus palabras aliviando todos los agobios y refrescando todos los cansancios. Me agarraste por la mirada que perdona. La mirada que ama hasta el final de las afrentas y no las tiene en cuenta. La mirada que dice que en la balanza el arrepentimiento pesa más que mil pecados. La mirada que repite que tu yugo sólo se entiende con la humildad y la mansedumbre. La mirada que se baja a la soledad del hombre y le acompaña. La mirada que ata con el hilo invisible y consolador de la ternura. La que me dice, Señor, que en esta Cuaresma no te cansarás de invitarme a una honda y dulce Conversión.

«El Mayor Dolor», verdad sin complejos

Todo había empezado quizá un poco antes, pero cristalizó el Miércoles Santo de 2007. El Calvario salía aquel año de San Pablo por las obras de San Lorenzo, pero a punto de estuvo de quedarse sin hacerlo. Chispeó a primera hora, la Pasión y el Perdón, con el recuerdo fresco de la tormenta del año anterior, se quedaron en casa, y las otras tres se lo pensaron mucho. Si hubo un momento en que la música procesional de Córdoba se sacudió los complejos y explotó de autoestima fue aquel día, en la calle Capitulares. Pocos pudieron escuchar los compases lejanos que llegaban del interior majestuoso del templo cuando la Virgen del Mayor Dolor avanzaba, pero muchos abrieron la boca con lo que pasó después, al salir: «Virgen de las Angustias», de Enrique Báez, hasta entonces marginada; «Expirando en tu Rosario», de Pantión, y «Lágrimas y Desamparo», de Melguizo.

Se había terminado la época en que daba vergüenza tocar marchas de Córdoba y había comenzado el momento en que podían sonar las propias y las ajenas cuando se quería hacer un homenaje. Alfonso Lozano, que entonces tenía 23 años, fue uno de los responsables de aquel paso decisivo que muchas cofradías siguieron después, y quiso dejar para la intimidad de San Pablo, porque el Calvario siempre fue de tocar marchas en el templo para los suyos, quizá la obra que más le importase. Era «El Mayor Dolor», su primera marcha, dedicada a la titular de su cofradía y ofrendada entre la devoción y el afán de aprender en cada nota. Por allí andaba también aquella noche Rafael León, que en aquellos años se desvivía para que los cordobeses apreciasen el patrimonio de sus cofradías y perdiesen el miedo a tocar marchas de Córdoba.

«El Mayor Dolor» la había estrenado la Oliva de Salteras esa misma Cuaresma y no subió a Youtube enseguida, porque tampoco era la época de que todo se grababa y colgaba, aunque quien quiso ya le puso la oreja. Quizá sea una obra primeriza, como su autor ha reconocido alguna vez, pero qué duda cabe de que entendió perfectamente el carácter de su cofradía. Lo hace en el sencillo primer tema, que se expone una vez de forma íntima y otra con la majestad que evoca quizá a Ricardo Dorado y que al oírlo ya hace pensar en el palio de cajón golpeando contra los varales o en la piramidal candelería. El tono meditativo, entre lo triste de las lágrimas de la Virgen y lo lírico, vuelve en el delicioso trío, con una melodía tan inspirada y profunda como bien desarrollada. Quizá sea el momento en que consigue que el oyente se decida a escucharla otra vez, cuando la marcha termina sin efectismos, cerrada en el silencio y a la espera del tambor ronco que acompaña a la Virgen.

A pasos lentos y tranquilos, como la propia marcha, «El Mayor Dolor» se hizo un hueco, su autor ganó la confianza para seguir adelante y hasta sonó detrás de la Virgen de las Angustias algunos años con tanta naturalidad como hermosura y sabor a Córdoba. La banda de la Esperanza ganó contratos todos los días y consiguió que las marchas de la ciudad sonasen. Luego vendría la sonoridad irresistible de «La Sangre y la Gloria» y la magia que hace que las obras se filtren de una banda a otra y lleguen a todas partes. Pero todo tiene un principio y de vez en cuando está bien volver a esa marcha tan sencilla como atinada que suena tanto a la cofradía del Calvario como a las ilusiones de quien no se conforma con soñar, sino que se arremanga para hacer las cosas.

El Mayor Dolor

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