ABC

blogs

Blogs en abcdesevilla.es

La capilla de San Álvaro

«Virgen de la Caridad», el ancla de lo efímero

LaCaridad

Sólo con imágenes de Juan de Mesa, Ocampo y Roldán no se haría una Semana Santa. Sí, el Gran Poder, el Calvario y la Quinta Angustia pueden ser los cimientos del edificio, pero el cofrade con más inquietud se da un soberano cangrejeo delante de la Virgen de Gracia y Esperanza, del misterio de San Benito y de la serena belleza del Dulce Nombre y sabe que ahí también está escrita una buena parte de la verdad que ha hecho grande la Semana Santa, aunque sus autores volaran algo menos alto y, pese a que aportaron muchas cosas, no bucearan en los misterios del hombre con sus imágenes. Y he puesto ejemplos sevillanos para no herir la sensibilidad de nadie, que conste.

Con la música, y ahora estamos en Córdoba, pasa algo así. Hay marchas que casi darían para un tratado al asomarse a las fugas, contrapuntos y riquezas que encierran, pequeñas sinfonías escritas en compás binario donde el talento de quien escribía volaba por los límites de la forma, el ritmo y la duración. Otras tienen un carácter más artesanal y casi parecen caídas de una improvisación, pero hasta los cofrades que más se fijan en las claves y en las melodías se dejaron seducir por ellas y las hicieron suyas, quizá porque tenían el valor de lo único: la certeza de que sólo iban a sonar en unos cuantos momentos y había que estar allí no sólo para escucharla, sino para admirar cómo acompañaba a su imagen.

Cuando suenan los primeros compases de «Virgen de la Caridad» para muchos empieza un Martes Santo soñado, un atardecer en San Andrés, la suave cadencia del palio de cajón en los varales y la contemplación interminable de la imagen, a la que vuelan las notas como una oración o una letanía. Y es curioso, porque no la inspiró la incomparable Dolorosa. La marcha y la Virgen iban naciendo al mismo tiempo y conocieron la calle en el mismo momento, el Martes Santo de 1991. Miguel Herrero era entonces, y todavía es, un músico fundamental en el rico panorama del sur de la provincia de Córdoba. La banda municipal de Rute era una de las grandes en la Semana Santa de Córdoba de aquellos años y en aquel 1991 saludó a la Virgen de la Caridad con una nueva marcha, que iba a llevar la advocación a la que habían acompañado desde hacía algunos años, pero que tendría nueva imagen, la que se había bendecido unos días antes y que iba a ser la bandera, sin que nadie lo sospechara, de una nueva etapa en la Semana Santa de Córdoba.

«Virgen de la Caridad» es una marcha de estructura sencilla y donde se nota la influencia, siempre bien asumida, de Abel Moreno, que por aquellos años arrasaba con marchas de escritura simple y melodía pegadiza, aptas para las formaciones más humildes, pero no por eso exentas de calidad, y que marcaron, muchas veces para bien, la música de los años 90. No en vano, no fue la primera pieza que se tocó a la imagen a la calle, sino «La Madrugá», por expreso deseo de su autor, Miguel Ángel González Jurado, deslumbrado por esta obra como tantos cofrades andaluces entonces.

Se abre «Virgen de la Caridad» con una elegante llamada de los trombones que, tras repetirse, deja paso al dulce tema principal, una melodía escrita con tanta inspiración como encantadora sencillez, y muy bien desarrollada. Da paso un contundente y original fuerte de bajos, dominado por los trombones y con cierta evocación a las llamadas iniciales, que otra vez dan paso al tema principal, que se reexpone (no se repite) con variaciones. De ahí, como mandan los cánones de la forma tradicional, se llega al trío, muy de la época. Miguel Herrero opta aquí por una sección de gran dinamismo, que se apoya en la caja para tomar un ritmo muy del agrado de la gente de abajo, y que no deja de recordar en ese aspecto (aunque esta obra tenga una personalidad marcada y distinta) a lo que Abel Moreno ideó en «Hermanos Costaleros», que por entonces hacía furor. El trío se reexpone luego con toda brillantez y apoyado en la majestad de los trombones, para cerrarse con una pequeña frase que puede citar a la melodía principal de la marcha.

Como la misma extraordinaria imagen a la que acompaña desde entonces, la obra no arrasó desde el primer minuto. Le bastó con ser primero paisaje sonoro para quienes descubrían deslumbrados que la Virgen de la Caridad no era una imagen más y acudían a recibirla a San Andrés cada Martes Santo. Pronto descubrieron que se marchaban a casa tarareándola y algunos buscaron el disco de la banda del Cristo del Amor donde estaba, para no perderla entre un año y otro. ¿Sonó para otras cofradías cordobesas? Lo último que consta es el excelente concierto de la banda de la Esperanza ante la Virgen de los Dolores, en que la interpretación la dirigió el propio Miguel Herrero.

«Virgen de la Caridad» ha representado, como «Lágrimas y Desamparo», como «Reina de San Nicolás», como -¡ay! – «Virgen de las Angustias» la absoluta identificación y la propiedad indisimulada con una imagen, la música que suena a Martes Santo, a ojos verdes ocultando un enigma, al devoto que no se cansa de buscarle los perfiles, a la suave cadencia de las caídas rectas. Al que se agarra a la eternidad de la música como a un ancla para ensoñar lo que sólo se le da una vez al año, y hasta a veces se le escapa.

La cáscara del vacío

Prisa

¿Tienen gracia estos montajes de los nazarenos metiendo prisa al rey Baltasar para tomar el escenario? A mi modo de ver, ninguna. Pueden ser como espejos del Callejón del Gato que provocan risa por lo que deforman, o exageraciones con las que poner en cierto ridículo la enfermiza impaciencia de algunos. Al final de todo, sin embargo, las alegorías que removieron Facebook con Twitter y fueron de móvil en móvil a partir del 5 de enero no hacen más que confirmar que se ha perdido el sentido del tiempo y de la espera, que la Semana Santa y su ritual de días no llegan cuando tienen que llegar ni cuando cuadran ciertas lunas, sino que saturan casi desde el mismo momento en que terminan.

Antes el cofrade era una persona que se tomaba interés por la Semana Santa y por las hermandades, pero que entretenía sus días en muchas cosas: se dejaba caer por el fútbol los domingos por la tarde, y con el berrinche del Córdoba se le olvidaban las cuitas de la hermandad; trabajaba y no tenía tiempo para saber si cierta jornada de agosto o noviembre era el día de la semana en que salía de su cofradía; cuidaba a sus hijos y los llevaba de excursión, y hasta a veces, en casos extremos, se entregaba a la lectura de una novela o iba al cine. Y en ocasiones, sólo en la oración de la noche, o al abrir la cartera para pagar, se le venían al corazón las imágenes que sin embargo nunca le abandonaban.

Ahora se le ha perdido el gusto a la espera. El olor de las flores de mayo, las siestas de junio, el Señor desafiando a la canícula en el Corpus, los oasis de sombra en el verano inclemente de Córdoba, el venero puro del Carmen y el castizo del Tránsito, septiembre recuperando los colores oscuros cuando la luz no es tan blanca, la dulce llegada del otoño al lado de la Virgen del Socorro, las tardes de conversación y mesa camilla, noviembres con castañas, la espera de la Navidad y hasta la claridad insobornable de los eneros fríos como este ya no tienen nombre: no son más que un descuento de días hasta la Semana Santa, una recopilación de nostalgias engañosas como todas las nostalgias. Quizá de ahí venga tanta afición por las procesiones extraordinarias en estos años, porque hay muchos sectores en este mundo de las cofradías que no pueden vivir sin ver un paso en la calle (aunque no tenga el escalofrío íntimo de las cosas que llegan a su hora) y otros muchos que tienen que ejercitarse llevándolo encima. Las fotos son una tontería que es síntoma de un vacío, de la cáscara hueca de una afición sin creencias que se hace fanática precisamente por no tener otra inquietud vital, y mucho menos espiritual, que la complete o equilibre.

Lo pensaba cuando mis compañeros de Pasión en Sevilla mostraban el sobrecogedor texto de Francisco Robles sobre el Señor de Pasión caminando hacia su altar de novena, y más con las estupendas fotos de David Rodríguez Arellano. Y pensé que también dentro de las cofradías hay jornadas grandes y emocionantes con nombre, que no pasan por ensayos de costaleros ni calles abarrotadas, sino por la consumación de los ritos íntimos y la relación directa y entrañable con unas imágenes que sólo pasan unos pocos días encima de un paso y muchos más esperando en la tranquilidad de sus capillas y altares. ¿Quién en el Salvador va a contar días para verlo en la calle si tenerlo tan cerca es como besar el cielo?

15874952_374830992876375_1166873690025516084_o

Con todo, lo más sarcástico es poner en esas fotitos a los nazarenos metiéndole prisa a la trasera de Baltasar. Todavía ellos son quienes acuden a su hora a las casas de hermandad a por las papeletas de sitio y no pasean por la calle Alfonso XIII los capirotes de cartón o rejilla hasta que no está bien entrada la Cuaresma. Como si fueran ellos quienes están haciendo igualás en noviembre.

Glosario de eufemismos

¿Tópicos en Semana Santa, dice usted? No hay que olvidar que muchos, antes de serlo, fueron hallazgos, metáforas improvisadas en cualquier bulla o en el ánimo de un capataz a su gente. Sí, hubo una vez que sonó «Al cielo con Ella» y no fue un tópico, sino casi un himno mariano a lo popular, salido de un corazón que amaba. La clave, como siempre, está en equilibrar y en que las ideas manidas salgan por ajustarse a la realidad, y no por falta de mejores argumentos.

Otras veces, sin embargo, hay frases que parecen tópicos, pero que en realidad son eufemismos. Son ideas que, lejos de no significar nada, sirven para tapar con la pompa de las palabras, conceptos negativos que no se quieren citar por su nombre. En la Semana Santa abundan la crítica ácida y el sarcasmo, que a veces saben como un zumo de pomelo agrio, pero también hay quien es piadoso, quien se tiene que morder la lengua por conveniencia, por estrategia o por simple convencimiento de que todo se hace por amor y hay que respetarlo. Con todo, cada vez que se escuche o lea una de estas frases seguramente querrá decir sólo lo que dice. Lo demás será pura coincidencia.

Eufemismos

 

Andar sin concesiones: Hay pasos que a mudá van más despacito.
Muy de barrio: Lindando con lo directamente hortera.
Exorno clásico: Aburrido y obvio.
Banda de sonoridad potente: Desafinan, aunque revienten tímpanos.
Cortejo compacto y ordenado: Escaso.
Un regreso heterodoxo y popular: Desordenado.
Sorprendente: Fallido.
Silencio natural: Claro, apenas había gente.
Paso sencillo: ¿Quién les ha prestado la parihuela de ensayos?
Fiel a su estilo: Mal, pero están orgullosos.
Estampa inmutable: Inmovilista.
Tocado muy llamativo: Echad al vestidor.
Altar de cultos con todo el protagonismo para la imagen: Con la ley del mínimo esfuerzo.
Muestras de cariño popular: ¿De verdad hacían falta los chillidos y los oles?.
El pregón que pide el mundo de hoy: Doctrinario y nada cofradiero.
Fue una salida emocionante: En el marco están las muescas que han dejado los varales.
Un pregón para leer en casa: Porque no me he enterado o porque me he dormido gracias a la amenidad del disertador.
Marcha que invita al recogimiento: Aburrida y plana.
La cuadrilla de costaleros demostró pundonor: Faltaba uno por palo.
El besamanos destacó por la valentía del montaje: Ah, pero ¿estaba la Virgen?
Cofradía entrañable: Hace demasiado tiempo que esperamos algo bueno de ellos.
Las imágenes son el patrimonio más valioso de la cofradía: Y tanto, apenas tiene otra cosa.

Llanto de la Magdalena

Misericordia

¿Puede la Semana Santa de Córdoba prescindir de la plaza de la Magdalena? Un par de generaciones de cofrades no pensaron nunca en ella como un lugar asociado a las hermandades. Sí, sabían que de allí salió la Misericordia en algunos de sus primeros años, que incluso en una capilla rapiñada, la del Sagrario, se veneró al Cristo, pero a partir de 1956, cuando la iglesia se cerró y la cofradía de los nazarenos blancos se estableció para siempre en San Pedro, la Semana Santa miraba a otros lugares. La carrera oficial seguía en el Centro, las cofradías que estaban más cerca apenas se acercaban y todo el mundo empezaba a mirar a la Catedral.

La plaza de la Magdalena era para entonces uno de tantos lugares desaprovechados en una ciudad que parecía llevar a gala que sus cada vez mejores cofradías tenían que pasar por calles anchas, repetidas o de escaparates. Seguro que muchos pensaron en ella al pasear en cualquier tarde de primavera, descansar en los bancos y reparar en la insólita armonía de casas bajas, en la paz cantada por el agua de la fuente, en el jardín como de miniatura entre el empedrado del suelo. En 1999 la hermandad de la Esperanza la atravesó ya de vuelta, camino de su casa de hermandad, y cruzó ante la vieja ermita del Santo Crucifijo, que tantos Jueves Santos, casi en la noche de los tiempos, vio salir al que hoy se llama Cristo del Amor con su cofradía. Pocos saben que allí estuvo un lugar de bullas en las Semanas Santas anteriores al decreto de Trevilla, cuando el Santo Sepulcro, por entonces con sede en el Carmen de Puerta Nueva, se detenía ante el convento de Santa Inés, del que hoy apenas quedan unos restos arqueológicos, y las monjas cantaban el «Miserere» gracias a una prestigiosa capilla con 18 voces e instrumentos de cuerda y viento.

0001

En este tiempo, la plaza de la Magdalena es un lugar de paso, uno de esos sitios para redescubrir Córdoba y para conocer una ciudad que el paseante sólo encuentra en Semana Santa cuando va de un sitio a otro, atrochando por Abéjar, por Duque de la Victoria, por Beatas y el bello dédalo de Santa Marta por el que un día la Virgen de los Dolores visitaría a las monjas jerónimas. Casi imposible parece disfrutar en la Magdalena a una cofradía, tanto como esas calles misteriosas de su barrio (Isabel II, Ancha de la Magdalena, Encarnación Agustina), inaccesibles o recónditas (plaza de las Tazas, Santa Inés, Costanillas), demasiado estrechas (Céspedes, Rey Heredia, Cabezas, San Eulogio, Candelaria, Tornillo), incomparables pero imposibles (la plaza de Jerónimo Páez por la que algún año pasó la Virgen de la Presentación) laberínticas como las que están entre Lineros y la Ribera o rivales de otras más poderosas, como el sugestivo eje por el compás de San Francisco, Huerto de San Pedro El Real y Hernando Colón por el que algunos años la Expiración volvía a San Pablo.

Con todo hubo algunas tardes en que volvió a oler a incienso por la vieja plaza, y no con devociones menores ni artificiales. En 2001 estuvo en la desacralizada iglesia el Cristo de Gracia, para la exposición de Crucificados mexicanos, y de allí salió el Miércoles de Ceniza para presidir en la Catedral uno de los Vía Crucis más arropados que se recuerdan, favorecido por la circunstancia de ser 28 de febrero. En octubre de 2004 llegó allí la Virgen de las Angustias para la exposición «Gratia Plena», por uno de esos caminos hermosos a través de Juan de Mesa y la calle de La Palma, y regresó una mañana de diciembre. Y allí volvió el Viernes de Dolores de 2012 el Cristo de la Misericordia, y pasó a su vieja iglesia, fría y sin vida después de tantas desgracias, perdido ya para siempre si retablo barroco de los espejos, para siempre reflejado en su cruz de guía. En el Vía Crucis Magno, el Señor de las Penas también la atravesó en un rodeo hermoso en aquellas horas inolvidables.

Desde entonces esperan la plaza y su iglesia gótica. En 2016 la incluyó el Rescatado en su camino a la Catedral para el Domingo de Ramos, pero la lluvia impidió la estampa. Cuando este 2017 pase por allí la Esperanza, y si alguna otra quiere algún día cambiar velocidad por belleza, quizá pese menos el gozo primaveral de ver a una hermandad en aquel lugar que el pesar por haber desperdiciado los rincones íntimos y antiguos de Córdoba en tantos años por Gondomar, Cruz Conde y hasta Ronda de los Tejares.

«Señor de la Caridad», el sueño de lo imposible

caridad

La idea de que una marcha procesional pierde interés si no se puede interpretar en la calle ante la imagen a la que se dedica tiene una vida corta. Por supuesto que el compositor escribe para que su obra se difunda, y que la forma natural de hacerlo es durante la estación de penitencia, mejor fuera del templo, y que casi siempre lo fácil es que la marcha se interprete para la corporación dedicataria. A veces la comunión entre las notas y la imagen es alta y parece que ambos nacieron de una misma revelación, y la hermandad asume la pieza como una joya de su patrimonio. Otras veces la marcha tiene una fuerza tan alta que trasciende de los límites de una cofradía para empapar a muchos lugares. ¿Cuántas hermandades de Andalucía recuerdan momentos grandiosos de sus titulares mientras sonaban «Amarguras», «Virgen del Valle», «Nuestro Padre Jesús» o alguna de las perlas macarenas?

Por esas extrañezas de su ser singular, Córdoba enseñó hace ya muchos años que se podían escribir marchas excelsas para imágenes que nunca, o casi nunca, las escucharían en la calle. «Es un honor, pero somos de silencio», cuentan que le dijeron en la Buena Muerte a Pedro Gámez Laserna cuando llevó los papeles de «Saeta cordobesa» y «Salve Regina Martyrum». Hubo inolvidables días en que las dos obras sonaron para la Dolorosa de San Hipólito, pero la severidad de su Madrugada no impidió que en toda Andalucía las aclamasen (sobre todo a la primera) como monumentos musicales desde mucho antes.

No todos lo saben, pero también la hermandad de la Caridad, asociada a una música muy concreta, tiene dos marchas excepcionales, y quizá la más grande no sea la de un Gámez todavía primerizo aunque con todo su genio a cuestas, sino la de Francisco Melguizo. «Señor de la Caridad» es el título de una marcha que llegó en una década portentosa para la música procesional de Córdoba: entre 1949 y 1958 escribió Dámaso Torres «Misericordia, Señor», Gámez Laserna «Saeta cordobesa» y «Salve Regina Martyrum», Melguizo «Lágrimas y Desamparo» y «Paloma de Capuchinos», y Enrique Baéz «Virgen de las Angustias» y «Jesús Caído». Que se dice pronto. Y otras menos conocidas que deberían serlo más: José Timoteo brindó «Santísimo Cristo de las Penas» y «Jesús Rescatado», y Luis Bedmar «Vida de un alma».

En 1956, cinco años después del vínculo de la Caridad con el Tercio Gran Capitán de la Legión, escribió Francisco de Sales Melguizo Fernández (Córdoba, 1915-Sevilla, 1998) una de sus obras más personales, una marcha fúnebre en toda la extensión de la palabra, que si por su concepción es un misterio, como pieza musical merece un sitio en muchos repertorios. Se abre con un lúgubre tema en las tubas y metales graves, que poco a poco va ascendiendo. Dos elegantes de llamadas de los trombones abren paso al tema principal, en el que ya es protagonismo es de los clarinetes. Aquí la obra adquiere cierto tinte romántico, aunque será por poco tiempo: vuelven los trombones en un fuerte de bajos muy original y dramático, que va ofreciendo una escala ascendiente que llega a recordar en ciertas cosas a la actual «Subida al Calvario», para luego tornar al tema de apertura y a las llamadas de los trombones, que dan paso a otra sección, esta vez el tema de la marcha real, presente ya en las dos primeras marchas del autor, ahora con rica ornamentación.

Dos compases de caja y los platos dan paso al trío, con una melodía muy inspirada, rico contrapunto y aire otra vez de marcha fúnebre romántica, que al reexponerse se vuelve más brillante, con llamadas de las trompetas que conectan con las que ya se habían escuchado. Precisamente esta música va tomando protagonismo hasta quedarse en el oído cuando la pieza ha terminado. «Señor de la Caridad» deja un gran sabor de boca y la pregunta de por qué la escribió su autor. Su hijo, Cayetano Melguizo, no sabe la respuesta, pero sí insiste en que no fue un encargo, sino una decisión personal. ¿Amistad con alguno de los hermanos mayores que tuvo en aquel momento la cofradía de San Francisco, y que a su vez también tenían relación con la parroquia de San Pedro y con la hermandad de los Santos Mártires? Tal vez tuviera que ver el canónigo Félix Romero Mengíbar, luego obispo de Jaén y arzobispo de Valladolid, muy vinculado a la cofradía del Jueves Santo. O quizá siempre vocación personal, porque, como bien recuerda, Francisco Melguizo tuvo devoción sobre todo por la excepcional Dolorosa que va a los pies del Crucificado. Aporta además el dato de que la instrumentó Enrique Báez, y bien que se nota.

Lo cierto es que «Señor de la Caridad» volvió a sonar ante la imagen que la inspiró recuperada por la banda de la Esperanza, en un concierto por Santa Cecilia. Será complicado que lo haga en la calle, aunque las cofradías de vez en cuando se abonan a lo insólito y lo imposible llega, pero no es nada que exima a las cofradías con buen gusto y a las bandas con criterio de incorporarla a sus carpetas, como hacía la Virgen del Mayor Dolor del Calvario al volver de la Catedral frente al arco de San Francisco, presa la luz alta de la candelería entre los naranjos. Más de una marcha excepcional sigue sonando, gracias al buen gusto de cofradías y bandas, aunque ya no pueda ofrendarse a su dedicataria.

Las preguntas del Silencio

silencio

El que de verdad crea no puede hablar de casualidades ni rachas de fortuna. Quizá la mano de Dios sea sutil y escurridiza de ver en ocasiones, pero siempre deja la firma para quien se pregunta por qué pasan las cosas. La firma de Dios se llama Providencia y al descubrirla es como una luz que disipa tinieblas y da color y sentido a lo que no eran más que sombras. La Divina Providencia, dijo Alberto Villar, era la que había querido que Córdoba se asomase al abismo del Cristo de la Universidad ya en aquella primera mañana de primavera en que ni siquiera estaba bendecido. Pero Dios había querido que viniera, y con Él la controversia, el escándalo para unos y la necedad para otros, la reflexión y el asombro, la sangre y el dolor con que se pagó la redención de los seres humanos.

Para entonces hacía veinte años en que la Providencia había querido que la ciudad recibiese a otra de sus joyas contemporáneas, y Dios había querido escribir con renglones torcidos para que llegase al Cerro. No hay que quedarse en la admiración ni en pensar en la firma de escultor que faltaba: Nuestro Padre Jesús del Silencio en el Desprecio de Herodes hizo un camino largo y tortuoso, lleno de dolor y de zonas oscuras, para que cualquier Domingo de Ramos, o quizá mejor en una tarde como esta de sábado, el cristiano cofrade lo mire y piense mucho, porque este noviembre de atardeceres dulces y frío sobrevenido, eco de una maternal devoción siempre cercana, invita a recogerse y mirar dentro.

Es en el momento en que se adivina el perfil abatido, la boca más cerrada que nunca, pero también los ojos de tristeza más por los humanos que por el miedo pasado y por el dolor que se avecina. Quizá este Señor del Silencio tenga algo que contar sin palabras a los cristianos de hoy, que a veces no consiguen que se les oiga aunque chillen y otras veces tienen que callar porque de verdad piensan que será mejor que les tomen por locos o introvertidos a que se tomen a chufla las verdades en las que creen. Con la túnica morada o con la oprobiosa blanca del Domingo de Ramos, habrá que buscar, por Beato Henares o por la plaza de Santa Teresa, quizá en la melancolía del cantar del Guadalquivir cruzando el Puente Romano, a este Cautivo, siempre de mirada perdida en los fieles que lo esperan en la calle, y preguntarle por el papel de los cristianos cofrades en la vida de hoy, cuando el mundo ha preferido entregarse a los lujos absurdos y la decadencia en que vivía aquel que le preguntaba cosas absurdas y al que Jesús ni siquiera juzgó digno de entregarle la majestad de su palabra para contradecir sus estupideces.

Ahora que no es Domingo de Ramos, ni hay trajes nuevos ni calles llenas, al encontrar al Señor del Silencio habrá que callar como Él, desnudar el alma y escuchar, que Dios habla sin abrir la boca y si quiso que su imagen llegara a Córdoba, tras aquel Vía Crucis de problemas y negativas, era para encontrarlo en tardes así. Es la hora en que ya están reducidos los cristianos a un grupo pequeño que no sabe si callar como Él no habló ante un interlocutor incapaz de entender, chillar en mundo hostil o mirar a las manos del Señor y pensar en el bien que harían esos músculos tensos si un día rompieran la cuerda y estuvieran libres, como están las de quienes lo miran, aunque ni lo sepan.

Diálogo de teoría política

nazareno

- A ver, tú que conoces más por dentro que yo el mundo de las hermandades, ¿qué pasa para que ahora la Iglesia esté rechazando a candidatos a hermanos mayores?
- Mira tú mismo las notas, ahí lo dice. Se puede leer en sentido literal o entre líneas, y la verdad es que no sabe qué puede ser más interesante. Para empezar me llama la atención una de las frases, la de que los aspirantes no cuentan «con el respaldo, respeto y colaboración mayoritaria de los hermanos». Tiene más importancia de lo que parece, porque suena a que, y no sé si pasa en estas candidaturas, sí ha habido en otros lados hermanos mayores que han ganado elecciones y después se han visto solos al frente del barco después de que quienes les empujaran desaparecieran.
- Pero eso no puede ser, si ganan elecciones es que se les vota. ¿Dónde están quienes los apoyaban?
- Esa es la cuestión: delante de la urna pueden pasar cientos y no se les pregunta por qué lo hacen. Pueden querer, vale, lo mejor para su hermandad, pero también atender a un compromiso o, mucho me temo, votar según la forma de pensar de un grupo que forma parte de la hermandad, pero que tiene sus propios intereses.
- Bueno, eso bien no está, pero aun así extraña que se esfumen.
- No se esfuman, aparecen para lo que tienen que aparecer, que es poco antes de la Cuaresma, se preparan, hacen lo que se les pide, tienen su momento de protagonismo que a muchas hermandades les gusta recordar, y se marchan. Y cuando son hermanos, votan, y suelen votar para lo suyo.
- Y los hermanos mayores en cuestión, ¿no se dan cuenta?
- Je. Para proyectar y hacer castillos en el aire todo el mundo hace muchas promesas. En el mundo de las cofradías las promesas las suelen hacer los cargos intermedios y los que animan: «Vamos a hacer», «te vamos a apoyar». Cuando pasan tres representaciones en procesiones hasta las tantas, una asamblea de la Agrupación y algún altar de cultos, van desapareciendo. Y claro, se queda el que no se puede escaquear.
- Pero volviendo al tema de los candidatos que se rechazan, ¿esto es de ahora? ¿No había antes gente poco apropiada?
- Pues me temo que sí, claro. Y casos hubo de candidatos que se rechazaron y que eran más que idóneos, y que después, andado el tiempo, fueron estupendos hermanos mayores, como no podía ser de otra forma. En el último caso, el de la hermandad de la Esperanza, el consiliario dice que ha habido un deterioro poco propio de una asociación de Iglesia y establece un tiempo de «oración y reflexión» hasta que se celebren las elecciones en el momento adecuado para ello.
- Pero estos problemas que dices supongo que no serían cosa de un día. ¿Nadie se daba cuenta de eso?
- Tenemos mentalidad de encontrar culpables por todas partes, y eso no es sencillo. Si te refieres al consiliario, ha actuado ahora, pero me pregunto si la labor de los sacerdotes es estar apagando conflictos entre adultos como si fueran chiquillos que se pelean en el recreo. Y casi lo mismo en eso que dice de que son cosas poco propias de la Iglesia. ¿El que se mete a dirigir una cofradía no sabe dónde está, no escucha lo que le pide el Evangelio, no tiene la suficiente formación como cristiano? Que sí, que todo el mundo se equivoca, que somos pecadores, pero habrá formas de hacer entrar en razón, soluciones menos dramáticas.
- Pero vamos, que la película ya se dio el año pasado, ¿no?
- Sí, en la hermandad del Amor. El consiliario rechazó a dos candidatos por frecuentar poco la práctica religiosa, decía él, y nombró a una gestora al frente de la cual estaba un cofrade que había perdido elecciones frente a ellos.
- El mundo al revés.
- Sí, pero ahora tienes que por primera vez en mucho tiempo la cofradía de verdad parece una hermandad, una asociación de Iglesia, tanto en cultos como en caridad, formación cristiana y presencia. Es la cruel paradoja de todo esto: que hay hermandades que funcionan bien con lo que la jerarquía impone y mal con lo que eligen sus hermanos. Esto sí que es una teoría política sugerente y no lo de Trump. Te dejo que saques las conclusiones, aunque te van a dejar triste.

Más de 6.000 días

00010001 (2)

¿Cuántos tópicos se han disuelto desde una noche de invierno en que un periodista muy joven, que ni siquiera ha cubierto una Semana Santa en primera línea, entrega una doble página, visada y corregida, para que se imprima? ¿Adivina el que firma cuánto falta para que tenga que volver sobre lo escrito y admirarse de todas las torres que han caído, menos con el estrépito de los ladrillos que con el ruido sordo de los prejuicios vacíos? Habían pasado menos de quince días desde que salió el primer número de ABC Córdoba, y la Semana Santa que se avecinaba, la del año 2000, iba a ser mala para muchas cofradías, con lluvia del Domingo al Martes, y poco agradable para casi todas las hermandades con lo que estaba pasando en la calle del Lodo. Estrenaba la ciudad carrera oficial que se adivinaba tan desechable como una máquina de afeitar barata, y era aquella de los giros por García Lovera, Alfonso XIII y Diego de León, y entre tanta tensión malamente enterrada, había quien seguía hablando de la estación de penitencia en la Catedral, en las cofradías y en la prensa.

En aquellos años quien hablara de que era posible la carrera oficial junto a la antigua Mezquita se tenía que enfrentar a muros de prejuicios y razones que se pretendían irrebatibles: las puertas que no dejaban acceder a muchos pasos, la ratonera de la calle Deanes, lo difícil de hacerlo compatible con Claudio Marcelo y Las Tendillas, el camino casi industrial por la Ribera y lo imposible de hacer una carrera oficial con hermandades que tenían que entrar y salir por la misma puerta. Once hermandades, dice el texto, iban a hacer estación en aquel año, aunque finalmente Ánimas se cayó del cartel. En 2015 ya eran dos tercios.

Al cabo de más de 6.000 días, también con el cierre encima, el periodista volvió a pulsar la tecla de grabar y mandó otra doble página, visada y corregida, para que se imprimiera. Se contaba el adiós a Las Tendillas y la aprobación de una carrera oficial con corazón en la Catedral y llegada por la Puerta del Puente y Torrijos. Desde aquel invierno de 2000 hasta el otoño de 2016 había tenido que escribir mucho sobre la iglesia madre de Córdoba: la inocencia esclarecida, pero cierta, de un pregonero de la Juventud que en 2002 dijo que era posible y andados los años pondría de su parte para conseguirlo, el Prendimiento, el Calvario y las Angustias pasando de la anochecida a las primeras horas de la tarde porque no querían dejar de ir, la Puerta del Puente que se renovó como pensada para hacer posible el milagro, la tarde en que la Virgen de los Dolores quitó las vendas tercas de los ojos, las primeras veces que se escribió «segunda puerta», el ensayo de Humildad y Paciencia en la calle Deanes y el del Cristo de Gracia por la Puerta del Perdón, la confianza desatada del Vía Crucis Magno y la respuesta digna con la que se decidió que todas las hermandades pasasen por la Catedral costase lo que costase, entre otros muchos días.

Incluso en la ciudad en la que discutir es un deporte y dejar que un asunto se pudra una actitud ante la vida quizá hayan sido más de 6.000 días demasiados entre una fecha y otra. A lo mejor se pudo abreviar de alguna forma, pero más tiempo estuvo el muro de Berlín alzado y hoy las razones parecen tan lejanas como los prejuicios, los «no se puede» y los bufidos de pereza de los que decían que eran ilusos quienes ahora lo han conseguido.

0001 (3)

Una frase hecha, por caridad

Flores

Con las frases hechas y los argumentarios pasa lo mismo que con los subsidios de desempleo y las subvenciones a fondo perdido: que quien puede se siente bien criticándolo, pero ayudan a salir adelante a mucha gente que lo tendría crudo. La paguita del paro y lo que se recibe por otro lado pueden parecer un incentivo a la pasividad, pero ayudan a no caer en los pozos sin fondo del hambre y lo marginal; lo mismo pasa con el pensamiento prestado por quienes saben más, que ahorran tener que discurrir a las meninges atrofiadas que no tienen demasiada costumbre de pensar, llegar a conclusiones y equivocarse. Una ayudita para quienes viven en la indigencia intelectual, por caridad.

En el mundo de las cofradías, que tantas veces confunde la fe con la ceguera, la comunión con el seguidismo y la lealtad con el hacer de borrego, hace mucho tiempo que han triunfado las frases de argumentario y las ideas prestadas que no se comprenden muy bien, pero que han servido para que alguno se salga con la suya. Estimulan la pereza y ayudan a la pobreza mental, pero tienen muchos beneficios para el que inventa los eslóganes, que se asegura que los que están debajo (bastante abajo, a veces) hacen lo que quiere, y estos últimos, que sin comerlo ni beberlo se ven con una responsabilidad casi siempre mayor de las que sus pobres entendederas pueden soportar, se encuentran blindados por un argumento que ellos entienden incontestable y que les hace parecer hasta respetables y coherentes. Aunque no entiendan lo que dicen.

La lista de frases es bastante larga y los hay en todas las casas. Los mismos que ahora se ponen en la portada del féisbuc una foto de su cofradía en la Catedral decían que la carrera oficial que en paz descansará, la de Claudio Marcelo y Las Tendillas, era «la mejor de las posibles», lo cual podía revelar o bien una perrera como un demonio o no haberse parado a pensar ni a medir nada, sobre todo si se mira lo que vino después. Una de mis favoritas fue siempre aquella decía que la Agrupación de Cofradías «no puede ser una hermandad más». La escuché unas cuantas veces en la Cuaresma de 2008 y muchas más en la primavera de 2012, en labios seglares y consagrados. Lo curioso es que siempre pensé que no significaba gran cosa para quienes lo decían, aunque nunca nadie les puso en el apuro de explicarlo. Cosas de la vida, poco después la asamblea de hermanos mayores decidió que la Agrupación siguiera teniendo su titular mariana con una procesión que había que organizar entre todos.

Sonó mucho también que a la Catedral no se podía ir «por imposición o por narices», como si alguien les estuviera poniendo una pistola en la cabeza a las heroicas cofradías que llevaban la contraria a la corriente mayoritaria que decía que era imposible. Era una frase tan vacía y recurrente como los que decían que «a San Agustín sí, pero no así» y cinco años después todavía hay quien espera que le aclaren la frase. Ahora que ha llegado el momento de retratarse y llevar la carrera oficial a la Catedral florecen las frases vacías. «Hasta que no haya dos puertas nosotros no vamos», dicen incluso quienes están solos en su día sin explicar qué les molesta tanto del Arco de Bendiciones. Otros están con que «hay que evitar Deanes» y a lo mejor alguna vez se buscaron un sitio allí para ver pasar seguidas a las cinco del Viernes Santo sin demasiados achuchones.

Si uno pregunta sobre el proyecto alternativo, el que busca evitar una carrera oficial redonda, la consigna es que «no beneficia más que a algunas hermandades», como si la otra opción significara que todas tienen recorridos lógicos y no hay que hacer sacrificios de ninguna clase. Pararse a pensar, estudiar las ventajas de uno y de otro, incluso dibujarse en la cabeza horarios y órdenes de una y otra opción ya sería un ejercicio de abstracción y trabajo mucho más incómodo que una frasecita que va en un mensaje de whatssap y le vale a todo el mundo. Se admiten apuestas para lo que pasará dentro de muy poco tiempo, pero es de esperar que muchos pasen del «no ir por imposición» al «este es el mejor momento», a un «la asamblea ha decidido y no hay más que hablar» y sobre todo a un «yo ya sabía que lo íbamos a conseguir tarde o temprano». Las charlas de bulla o de barra todavía no han pasado a las hemerotecas.

«Nuestro Padre Jesús de la Sangre», la escuela cordobesa

viacrucissangre

Si no estaba recién duchadito, se le había ido la mano con la gomina de esas que dan efecto de pelo mojado. Llevaba camisa de manga larga, impecable, aunque hacía bastante calor, y en la espera del paso, que en Córdoba puede ser cansina no por las bullas, sino por el ritmo lento de las hermandades, aleccionaba a su contertulio. «La hermandad del Císter, pese a su juventud, es una de las que tienen un patrimonio musical más rico de Córdoba, por cantidad y por variedad, con grandes maestros de varias épocas». Y al rato escuché como enumeraba «Ángeles del Císter», de Pedro Gámez Laserna; «Ángeles, Reina», de José de la Vega, «una marcha de gran originalidad y coherencia interna», y por último «La Sangre y la Gloria», de Alfonso Lozano, que «en poco más de un lustro ha conquistado por su pujanza y sonoridad una gran popularidad en toda Andalucía, llegando a sonar tras la Esperanza Macarena en la plaza de San Francisco». El gerundio de posterioridad, tan querido en las cofradías, es literal, que conste.

Llevaba razón este cofrade que entretenía la espera haciéndose el listo, pero se quedó corto. La cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Sangre tiene una relación de marchas tan excelentes que incluso sufre el «mal» (si es que lo es) de que algunas de sus piezas maestras eclipsen a otras, no tan cimeras, pero meritorias. Por eso todo el mundo conoce las que figuran en el primer párrafo, pero no se han parado a escuchar otras que serían las reinas del archivo musical de cualquier otra hermandad. El compositor Castro Contreras (1919-1997), cuya obra merece una mirada en profundidad para darle el valor que corresponde, escribió en 1979 «Nuestro Padre Jesús de la Sangre en el Desprecio del Pueblo». Eran los primeros años de una hermandad que había empezado a revolucionar a las cofradías con acciones muy innovadoras, con especial atención al guion procesional y que también quería tener música propia, cuando otras, igual que hoy, despreciaban abiertamente este aspecto. Formó parte del legendario disco de la desaparecida Banda Municipal de Córdoba y más tarde la grabó también el Carmen de Salteras.

La marcha se abre con una introducción fúnebre, que enseguida cambia de color con la aparición de las llamadas de los trombones, que caracterizan toda la pieza. Tiene personalidad propia, pero se nota la mano y la influencia del gran Enrique Báez, que la instrumentó y revisó. Desde ahí avanza una imaginativa melodía llevada por las maderas y que va ganando en color. Otro exquisito tema, en el que luego se basará el trío, da paso a una fanfarria basada en la marcha real de las cornetas, con rica ornamentación. La pieza, breve pero llena de enjundia termina con un trío de notable dulzura y dinamismo, primero, y de brillantez más adelante. Quizá al conocer esta marcha sea verdad que existe en Córdoba una pequeña escuela de compositores, con señas de identidad propias, con maestros que influyen y autores que primero siguen su senda y luego forjan personalidad propia, aunque en tantas partes siga la pelea por colar el patrimonio propio y no los estándares que estén de moda. Un tesoro en el que mirar tranquilamente, tras deslumbrarse con Gámez y Báez y seguir por Contreras, Cea, Melguizo y José Timoteo, entre otros. Una música de sabor cordobés para que al cerrar los ojos sepa uno en qué ciudad está. ¿O no suenan esta melodía seductora y la majestad de los trombones a Cristo de los Faroles, cal de Bailío, naranjos de la calle de la Feria o torre de la Catedral al fondo?

Más blogs en ABC