La “mediterraneización” del Caribe

La “mediterraneización” del Caribe

Publicado por el 04/06/2018

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“Reputación y generación de valor en el siglo XXI” (LIBRO) por Jorge Cachinero en libros.com

La situación en la cuenca del Caribe está a punto de experimentar un cambio fundamental que obligará a abordar sus retos de geo-estrategia y de seguridad desde un enfoque regional y no, nacional, país a país, como siempre ha solido ser habitual.

Lo que está sucediendo en el Caribe tampoco es excepcional porque está ocurriendo en otros mares interiores del mundo como son el del Sur de China o el Mediterráneo.

En el mar Mediterráneo, por ejemplo, se conjugan una serie de fenómenos, que, mutas mutandis, podrían asimilarse a algunos de los que empiezan a aflorar en el Caribe: envíos de ondas de inseguridad desde su ribera sur a su ribera norte, flujos crecientes de migración ilegal desde, de nuevo, el sur hacia el norte o dificultades enquistadas para que los países de ambas orillas puedan hablar y negociar de forma sostenida en el tiempo y dentro de marcos respetados por todas las partes involucradas.

En el Caribe se está produciendo una combinación de factores que se superponen con el crecimiento demográfico o con la transformación tecnológica aceleradas en la zona, que están afectando, por igual, a estados y a actores no estatales.

Dichos factores tienen que ver con la crisis de estabilidad y, por extensión, de seguridad que se vive en Venezuela y con la necesidad de dar solución definitiva a la pacificación completa de Colombia.

Además, aunque el viejo paradigma, más propio de la era de la Guerra Fría, de confrontación ideológica y política se derrumbó en la zona, como en otras jurisdicciones del mundo, se ha exacerbado la polarización de la política y, así, se manifiesta al alza en Venezuela, en Colombia e, incluso, en México, por igual.

Por otra parte, la expectativa de la reducción del cultivo de la coca en Colombia no se ha cumplido tras el acuerdo de paz entre el gobierno y las que se autodenominaban como fuerzas armadas revolucionarias de Colombia (FARC).

Durante los dos últimos años, se estima que la superficie ocupada por los cultivos ilegales de coca en Colombia aumentó de 188,000 hectáreas (ha) a 230,000 ha y que la producción total anual de coca cruzó ya el umbral de las 1,000 toneladas métricas (Tm).

Dados esos volúmenes de producción, por el lado de la oferta, bastaría señalar, a modo meramente indicativo y para poder entender la dimensión que ha cobrado el comercio ilegal de la coca en el mundo, que, por el lado de la demanda, el kilo de cocaína en el mercado se paga en Miami a USD$10,000 y que los ingresos estimados anuales del comercio de la cocaína en el mundo son de USD$10Bn.

Esta cifra compara con el presupuesto de defensa de Colombia: USD$4.5Bn anual.

Por último, en estos momentos, se produce, también, la presencia de otros actores estatales extra regionales, cuyas aspiraciones de presencia y de influencia en la zona del Caribe eran desconocidas, hasta ahora, en la dimensión y en la forma en la que se están manifestando en la actualidad.

Por una parte, China, como sucede en el resto del espacio latinoamericano, está intentando capitalizar y convertir en influencia política la significativa entrada que ha hecho en el área de Caribe como socio económico y comercial -en algunos casos, estratégico- de muchos de los países a lo largo de la ribera del Caribe.

Por otra parte, Rusia está haciendo sentir su presencia, sobre todo, en las áreas de seguridad y de defensa, para mostrarle a los Estados Unidos (EE.UU.) que el estado deteriorado de su relación bilateral tiene implicaciones globales.

Toda esta situación se ha hecho aún más singular por el repliegue de EE.UU. en el Caribe.

Éste es un hecho fundamental y no parece que sea pasajero.

Este cambio contrasta con la concepción que EE.UU. tuvo de ese área durante décadas -especialmente, a partir de la revolución comunista en Cuba (1959) y de las crisis políticas en el continente durante los años 70, fruto de la inestabilidad causada por los vaivenes dramáticos entre el guerrillerismo y las intervenciones militares- como territorio de competencia estratégica frente a la Unión Soviética, como zona de intervención militar -durante los años 90- para evitar que Colombia se convirtiera en un “Estado fallido” o como espacio de control -a comienzos del siglo XXI- por razones de seguridad.

Este desentendimiento de los EE.UU., sin embargo, no es de ahora.

Comenzó con el presidente Bill Clinton, cuando anunció la retirada de EE.UU. del Canal de Panamá -el presidente Bush Jr. intentó volver a Latinoamérica, pero los atentados del 11 de septiembre de 2001 le obligaron a cambiar sus prioridades estratégicas-, y continuó con el presidente Barack Obama, que optó por un repliegue generalizado en Latinoamérica, simultáneo al de muchas otras partes del mundo.

No parece que el presidente Trump vaya a hacer sentir significativamente la presencia de los EE.UU. en la Región. Continuará con la política de despego de su predecesor, que prefería el que los países de la zona se ocuparan de resolver sus propios problemas.

¿Podrá EE.UU. convivir con este nuevo Caribe a la vez que mantiene su distanciamiento?

 

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