El rol de Irán en el Próximo Oriente

El rol de Irán en el Próximo Oriente

Publicado por el 07/03/2018

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“Reputación y generación de valor en el siglo XXI” (LIBRO) por Jorge Cachinero en libros.com

La caracterización que se hace desde Irán sobre la situación actual en el Próximo Oriente recuerda a un verdadero estado de naturaleza de guerra de todos contra todos.

En primer lugar, se reconoce la pérdida de influencia de las grandes potencias en la zona. Todo ello, a pesar de la contribución que ha tenido la intervención militar de Rusia, desde 2015, en Siria y la de la coalición internacional, liderada por los Estados Unidos (EE.UU.), en Irak, respectivamente, en la derrota de Daesh.

Como consecuencia de lo anterior, la influencia de los jugadores regionales -Irán, Arabia Saudí o Turquía- o de los actores no estatales – por ejemplo, Hizbollah en toda la región o los rebeldes hutís en Yemen- crece en un entorno de estados fallidos o en riesgo de convertirse en uno de ellos, el impacto del terrorismo se extiende por toda la región y, por lo tanto, se genera una situación cada vez más inestable, fluida y de difícil predicción.

Ante este escenario y para gestionar esta situación, Irán trata de ofrecer su propia combinación de soluciones, no exentas de contradicciones y de dificultades.

Por un lado, Irán llama “al respeto, a la flexibilidad y al realismo” como principios para encontrar alternativas no militares a los retos actuales de la seguridad regional, en las que ninguno de los actores regionales deba ser ignorado -especialmente, Irán, por supuesto-, la escalada de compra de armamentos se frene y exista una cooperación sincera entre todos los estados frente al terrorismo.

Sin embargo, la realidad es que Irán no confía en la política del presidente de los EE.UU., Donald Trump, hacia la región -al que caracterizan como sesgado en favor de su rival regional, es decir, Arabia Saudí-, y señala a Israel como su enemigo fundamental, mientras argumenta que su política de defensa no está dirigida contra sus vecinos.

Con todo y con ello, Irán quiere ser percibido en la región y en el mundo como un socio confiable, comprometido con la democracia, el diálogo y la diplomacia; deseoso de construir sistemas de seguridad locales y regionales que sean independientes y estables; y como una potencia no sectaria porque, al ser el chiismo una minoría en el mundo musulmán, Irán cree que no sería en su interés favorecer el sectarismo porque éste, entre otros, suele cebarse con las minorías.

De nuevo, éste es un reto enorme de política exterior y de diplomacia pública para Irán cuando, simultáneamente, por citar un caso, se sigue oyendo a algunos de sus líderes reiterar el deseo de destruir el Estado de Israel.

La lista de problemas y, por lo tanto, de áreas de posible cooperación entre los actores regionales es larga.

La crisis humanitaria y de refugiados fruto de años de conflictos en diversas jurisdicciones de la región, la reconstrucción nacional en países como Siria o Yemen, el tráfico de drogas o la seguridad asociada al terrorismo figuran en esa lista pendiente de abordaje regional.

En el caso del terrorismo, en particular, tras la satisfacción inicial por la derrota aparente del Estado Islámico (EI) en Siria e Irak, el mundo observa con inquietud cómo habría que gestionar esta victoria dado que el marco cultural e ideológico que provocaron la gestación, el nacimiento y el desarrollo del EI sigue estando vigente.

Los escenarios considerados sobre el futuro de Daesh, por parte de los países de la zona como por aquellos desde los que salieron voluntarios para unirse a sus filas, son el cambio de nombre de la organización –rebranding completo para distanciarse de la derrota sufrida-, el regreso de muchos de sus combatientes a sus países de origen en los que continuarían con su actividad terrorista o el mantenimiento de su presencia, como la hemos conocido hasta ahora, aunque sin Califato, en el Próximo Oriente.

Incluso, también, un escenario realista podría darse, total o parcialmente, con la combinación de los tres anteriores.

Irán prefiere no ser considerado como ganador de los conflictos en Irak, en Siria o en Yemen porque dice no ser amigo de los juegos de ganador-perdedor. Lo cierto es que Irán está reclamando el reconocimiento al papel fundamental que Hizbollah ha desempeñado en la derrota de Daesh en Irak y Siria. Todo ello, a pesar de las críticas que recibió Irán, al comienzo del conflicto, por parte de la comunidad internacional, por involucrarse en la guerra de Siria y por apoyar, allí, también, al propio Hizbollah.

Irán argumenta, interesadamente, que, sin dicha participación, Erbil, Bagdad y Damasco hubieran caído en manos de Daesh y que este hecho hubiera extendido la guerra al Líbano y, por lo tanto, hubiera creado un escenario de pesadilla para la región, para Europa y para el mundo.

Es incontestable el hecho de que el papel de Irán -“somos un actor responsable”, se reclama desde el gobierno- está creciendo en la región.

En cambio, la influencia de Europa en la zona parece haber disminuido. El error que cometió la Unión Europea (UE) en su día fue, quizás, precipitar el cierre de las embajadas de sus países miembros en Damasco, con la excepción de la de la República Checa, nada más comenzar la insurrección contra el gobierno de Assad en 2011. La recuperación de un rol protagónico para la UE en la zona llevará tiempo.

 

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