Estados delincuentes, Estados preocupantes y Estados anómalos

Estados delincuentes, Estados preocupantes y Estados anómalos

Publicado por el 13/12/2017

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“Reputación y generación de valor en el siglo XXI” (LIBRO) por Jorge Cachinero en libros.com

La finalización de la Guerra Fría hizo surgir Estados y gobiernos que estaban dispuestos a cuestionar la estabilidad internacional con comportamientos irracionales e inesperados.

A comienzos de los años 90, se acuñó en los Estados Unidos (EE.UU.), durante la presidencia Clinton, el concepto de “Rogue State” o, como se le conoce en castellano, Estado gamberro o Estado delincuente.

Esa definición de Estado delincuente se utilizó en los EE.UU. para cualificar a esas naciones que perseguían desarrollar armas de destrucción masiva –Weapons of Mass Destruction (WMD), en inglés- y financiar y apoyar el terrorismo internacional.

Ese término fue utilizado políticamente por los EE.UU. para señalar a aquellos países con los que ningún gobierno debería buscar ningún tipo de relación diplomática.

Sin embargo, el gobierno Clinton tuvo que abandonar su uso cuando pensó que sería posible negociar un entendimiento con dos de las naciones más claramente señaladas como Estados delincuentes por el gobierno estadounidense: Irán y la República Popular Democrática de Corea, es decir, Corea del Norte.

El gobierno Clinton acuñó, entonces, el concepto “States of Concern” –Estados preocupantes– para que esta nueva denominación evitara los problemas diplomáticos o políticos internos que cualquier negociación con aquellos pudieran causar.

Tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 –9/11 para los estadounidenses- contra el territorio de los EE.UU., el nuevo gobierno del presidente George W. Bush y sus ideólogos neoconservadores llegaron a la conclusión de que el problema de esas naciones -ya fueran calificadas como Estados delincuentes o como Estados preocupantes– era que sus comportamientos nunca iban a poder ser influidos, ni, mucho menos, cambiados, ni a través de la negociación, ni a través de la coerción.

Por lo tanto, el presidente G.W. Bush acuñó, para definir su estrategia para evitar ataques como el de 9/11 por parte de ese tipo de naciones, el término “regime change”. Si esos regímenes -entonces agrupados por el gobierno Bush entorno al llamado por éste como Eje del Mal o Axis of Evil, en inglés- no podían, ni querían cambiar, la solución era cambiarlos a ellos.

La justificación intelectual estaba construida por el gobierno de Bush hijo para la intervención militar de los EE.UU. y de sus aliados en Iraq para derrocar el régimen de Saddam Hussein y en Afganistán para derrocar el gobierno de coalición en el que participaban los talibanes. Las consecuencias de haber tomado la decisión de llevar a la práctica aquella estrategia de “regime change” todavía duran dieciséis años después.

Los fracasos en Iraq y en Afganistán dejaron al presidente Bush Jr. atrapado políticamente al no saber cómo lidiar con los llamados Estados delincuentes sin repetir los errores cometidos en Iraq y en Afganistán en un momento en el que la clase política dirigente en la capital de la nación y la opinión pública estadounidense mostraron sobradamente que no tenían estómago para otros Iraqs u otros Afganistáns.

La fátiga provocada por la estrategia de “regime change” se había adueñado del país.

La victoria electoral de Barack Obama trajo una nueva formulación estratégica para gestionar los conflictos que naciones como Corea del Norte o Irán estaban generando al mundo.

La nueva definición de “Outlier States”-o Estados anómalos– utilizada para estos dos últimos le permitió al presidente Obama intentar, una vez más, buscar una solución diplomática a la necesidad de que ambos cumplieran con los tratados internacionales sobre no proliferación nuclear. Esta solución se basaba en la idea de “Strategic Patience” -o “Paciencia Estratégica”-, un concepto complementario al anterior, que reconocía el hecho de que no había atajos rápidos para solucionar dichos conflictos.

En términos prácticos, esto significó que los EE.UU., por un lado, se resignara a que Corea del Norte se hubiera convertido en potencia nuclear en 2006 y a abordar, por otro lado, las negociaciones con Irán, a través del Grupo 5+1 -EE.UU., RusiaChinaReino Unido, FranciaAlemania-, centrándose en el establecimiento de un límite temporal de 15 años para que el gobierno iraní no utilizara uranio altamente enriquecido para fabricar armamento y para que redujera el número de sus centrifugadoras de 19,000 a 5,000.

El acuerdo fue transaccional, Siria o Hizbollah no formaron parte de la agenda de las negociaciones y, en opinión de los críticos del mismo, no fue transformacional -por mucho de que el presidente Obama quisiera presentarlo como tal- porque no sólo no cambió la naturaleza del régimen iraní, sino que la reforzó.

El régimen de Corea del Norte tomó nota, sin duda, como precedente para sus propias aspiraciones, de las implicaciones que la política de “Strategic Patience” tuvo para Irán.

Años después, con la llegada de Donald Trump a la presidencia de los EE.UU., se vuelve a utilizar la expresión de “Rogue State” en la Casa Blanca -el general McMaster, asesor de seguridad nacional del presidente, y éste mismo lo han hecho- y, por implicación, se ha dejado sobreentendida la voluntad de provocar un “regime change” en Corea del Norte.

El mundo espera que, en los próximos tres años, nadie se acerque al presidente Trump con la recomendación de intervenir militarmente en Corea del Norte con el objetivo de decapitar su régimen político. Sería hacer realidad el peor de los escenarios posibles.

 

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