¿El ocaso de Francia?

Publicado por el 10/12/2016

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“Reputación y generación de valor en el siglo XXI” (LIBRO) por Jorge Cachinero en libros.com

 

A medida que se acercan sus próximas elecciones presidenciales de primavera de 2017, Francia se aproxima a un cruce de caminos.


Las escuelas de pensamiento sobre el diagnóstico del momento presente del país oscilan entre los que creen que Francia se pasea peligrosamente sobre el filo de la decadencia y entre los que piensan que Francia disfruta de un estatus desproporcionado a la auténtica realidad de la nación como herencia de protagonismos más propios del siglo pasado. Entre el ocaso y la arrogancia.


Los franceses mismos son los alumnos más aventajados de esa primera corriente de opinión.


Independientemente de estas opiniones, y sin dejarse atrapar por la tentación maniquea que éstas plantean, es bien cierto que Francia reclama seguir definiéndose como “una nación independiente con vocación universalista” a la vez que reconoce que debe redefinir su proyecto nacional -en medio de una crisis política, una crisis del Estado y una crisis social- si quiere adaptarse con éxito a un nuevo mundo, híper-conectado y con nuevas jerarquías internacionales, es decir, a un “mundo apolar”, en palabras de Laurent Fabius, ex primer ministro socialista, ex presidente de la Asamblea Nacional y ex ministro de finanzas y de asuntos exteriores de Francia.


La realidad es que Francia -por su economía, por su demografía, por su estatus internacional, por su capacidad de proyección de su fuerza militar y por su presencia global- debe seguir siendo considerada como una potencia regional europea con alcance internacional.


La población de Francia, cercana a 67 millones de habitantes, es una de las más dinámicas de un continente envejecido y su tasa de crecimiento vegetativo se sitúa en torno al 2%. Se estima que dicha población superará los 72 millones en 2050.


El producto interior bruto (PIB) de Francia es el quinto más grande del mundo -sólo por detrás de los de los Estados Unidos (EE.UU.), Japón, China y Alemania, superior al de Brasil o al de la India y dos veces el de España-, sufrió exclusivamente un año de crecimiento negativo durante los años de La Gran Recesión y su economía ya es un 4% mayor de lo que era en 2007.


Además, Francia es miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, es una potencia militar en posesión de armamento nuclear y con capacidad de proyección internacional de su fuerza, por mucho que, en estos momentos, como se reconoce desde la propia Francia, ésta se encuentre “al límite de nuestras posibilidades” en razón de su participación en diversos conflictos en África y en el Próximo Oriente.


Por último, Francia hace valer su presencia global, también, en el sur del continente americano, al ser fronteriza con Brasil -linde de más de 700 kilómetros de largo y que es, a la sazón, su frontera terrestre más extensa-, en el Caribe – donde es vecina de Cuba y, por eso, muy directamente interesada en competir en el nuevo marco de inversiones y comercial recientemente abierto en la isla- y en el continente asiático.


Sobre la base de estas realidades nacionales, Francia define los tres pilares de su política exterior actual y para el futuro inmediato -resultante, como no podía ser de otra forma, de sus valores, de sus alianzas y de sus intereses- en torno a la paz y a la organización de la nueva multilateralidad, a la organización y a la preservación del planeta y a la reorientación de Europa.


Para ello, Francia parece apostar por cambiar el modelo y las estructuras de la gobernanza mundial -incluyendo el más arriba mencionado Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional-, que están siendo sometidas a la presión de la irrupción de las nuevas potencias emergentes en el escenario internacional y a su correspondiente reclamo de mayor protagonismo en el gobierno del mundo, de forma y manera que éstas obtengan un peso y, por ende, una responsabilidad mayores en su gestión.


Todo ello, en un momento excelente -a pesar de algunas discrepancias, como ha sido en los casos de Siria o de las negociaciones del Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP, por su acrónimo en inglés)-, en las relaciones económicas y comerciales bilaterales entre Francia y España – con flujos importantes de inversiones en ambas direcciones: €45.000 millones de una a otra y €15.000 millones en sentido inverso- y una cooperación antiterrorista ejemplar entre las dos naciones que hace que Francia esté reasegurada de que los riesgos para su nación “no provienen del sur”, es decir, de África, a través de España.


Sin embargo, este diseño no parece tener en cuenta los efectos del cisne negro -aunque, después de los resultados del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, del referéndum sobre el proceso de paz en Colombia, de las elecciones presidenciales en los EE.UU. o del referéndum constitucional en Italia, éste ya no sea ni tan negro, ni tan cisne- del populismo, que, también, acecha a Francia de forma inmediata.


De cómo los franceses decidan el resultado de sus elecciones presidenciales de la primavera del próximo año dependerá si Francia tendrá la ocasión de intentar cumplir con esta ambición de “redefinir” su proyecto nacional adaptado al nuevo mundo o si el virus del descontento anti sistema hará saltar por los aires este diseño tan brillantemente ideado.

 

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El blog de @Jorge_Cachinero © DIARIO ABC, S.L. 2016

Estrategia. Liderazgo. Transformación. Reputación y Diplomacia Corporativa. En un mundo Volátil, Incierto, Complejo y Ambiguo. Director Ejecutivo del Senior Management Program y Profesor de @IEbusiness y Miembro del Consejo Científico del @rielcano. Lo que no se lee. Lo que no se oye.Más sobre «El blog de @Jorge_Cachinero»

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