Una descomposición del feminismo

Una descomposición del feminismo

Publicado por el Feb 16, 2018

Compartir

Owen M. Fiss, un profesor de leyes de Yale, escribió hace unos años un artículo sobre el feminismo. Qué es el feminismo, se preguntaba. El artículo se preocupaba por su dimensión jurídica. El autor distinguía dos corrientes: el feminismo como teoría acerca de la igualdad y el feminismo como teoría sobre la objetividad del derecho. En algún momento surge el conflicto entre ambas, señalaba, entre el feminismo igualitario y el feminismo como epistemología radical.
Pero huyendo de esas profundidades, había en ese artículo algo muy luminoso que ayudaba a entender las dos caras y la evolución del momiviento. Para Fiss, las feministas recorrieron un camino teórico paralelo al de la lucha por los derechos civiles. Su inicio fue lo que se conoce como el feminismo liberal: un ataque contra la discriminación. Que un hombre se llevara un cargo por el hecho de ser hombre, por ejemplo. Pedían que no hubiera discriminación por razón de sexo, y proclamaron con ello “una regla unívoca para ambos sexos”. Ese feminismo liberal era hegemónico en los años 70.
Pero eso evoluciona, como en el resto de movimientos por los derechos civiles, hacia otra cosa. Una preocupación por las jerarquías (y esto nos hace recordar las simpáticas langostas de Peterson). La preocupación fundamental ya no sería la discriminación sino lo que el autor llama el principio de antisubordinación: la condena de las prácticas, costumbres o actitudes que mantienen en una posición de subordinación social a unos grupos determinados.
Con esto, el feminismo se bifurca. Sigue manteniendo una voz antidiscriminatoria, pero además tiene otra, de más largo aliento, preocupada por la subordinación de la mujer como grupo.
La lucha contra la discriminación se mantiene aún como estrategia retórica porque suena mejor a nuestros oídos, pero muchas veces camufla otros objetivos.
El principio de antisubordinación es el que anima las propuestas de trato preferencial a la mujer. A la hora de revocar criterios de mérito en unas pruebas selectivas, por ejemplo, el principio de antidiscriminación no sirve, pues se concentra en la equidad con la que se trata a dos individuos, y esto iría contra cualquier rechazo a un hombre de mérito probado por favorecer a una mujer sobre la base del género.
La antidiscriminación falla como principio a la hora de “primar” el acceso a las mujeres, el trato preferente, y es entonces el principio de antisubordinación el que se esgrime. Es perfecto para estas pretensiones porque alcanza a cualquier actividad en la que la mujer se encuentre en desventaja. Sirve en todo caso.
Esta descomposición de las aspiraciones feministas en las estrictamente antidiscriminatorias y las contrarias a la subordinación parece obvia, pero es muy útil.
Un ejemplo clara en el que colisionan es cuando se trata de trabajos que se considera reducen a la mujer a la categoría de “objeto sexual”. Las chicas de la parrilla de la Fórmula Uno, por ejemplo. La “cosificación” degradaría la posición social de la mujer, subordinándola al placer sexual de los hombres. Aunque una chica que trabajara en ello podría objetar lo contrario, incluso podría aceptar ser tratada como tal.

El principio de antisubordinación continúa el camino de los movimientos por los derechos civiles. Se trata de modificar las estructuras sociales que ordenan a los individuos. Fiss señala que la cuestión feminista hereda aquí parte de los atractivos y parte de los problemas o limitaciones que ya encontró la lucha a favor de los negros.
Una dificultad es que el punto de vista es de grupo, no de individuo. El caso recién comentado lo ilustra: una mujer podría estar de acuerdo en posar medio desnuda, en “cosificarse”, pero la negativa vendría establecida por una consideración de grupo, de comunidad. Esto es contrario a una perspectiva individualista.
La otra dificultad que señala Fiss es que esta lucha contra la jerarquía supone alterar instituciones fundamentales como la familia y el mercado y eso exige un papel activo del Estado. Este feminismo contra la subordinación (el único contra la meritocracia y el único capaz de legitimar el trato preferente) precisa un activismo del Estado. En ocasiones, una imposición del Estado sobre el individuo. Por eso ha sido señalado como un desafío al liberalismo desde dentro del liberalismo (y a veces con la libertad y el liberalismo en los labios). Este feminismo más allá del feminismo liberal aspira a una nueva teoría del Estado, comprometido activamente con la igualdad.
(Este artículo de Fiss, además de por esa descomposición, resulta interesante porque de algún modo presagia un cisma dentro del feminismo. Su desarrollo llevaría, como en casi todo, a un punto de contradicción)

Compartir

Siguiente

ABC.es

Columnas sin fuste © DIARIO ABC, S.L. 2018

Columnas sin fuste. Ni careo.Más sobre «Columnas sin fuste»

Etiquetas
Calendario
febrero 2018
M T W T F S S
« Jan   Mar »
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728