Mundo Hermida

Publicado por el Jun 8, 2017

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Es muy cargante la figura del “feminista para pillar”. Pillar votos o ligues. También existe en el periodismo. La mujer es lectora (esto suena como diría El Fary lo de “granujilla) y queda bien y popular convertirse en feminista. Impostar una preocupación así. En eso hay un poquito de hipocresía porque, a menudo, el varón en situación de crítico feminista sobrevenido aprovecha muy bien las ventajas de ser hombre. Pese a los “progresos”, sigue observándose una división de funciones en los periódicos. Las periodistas suelen quedar para las secciones de Sociedad, Gente, Corazón o Cultura. A veces pienso que no es ni siquiera deliberado. Simplemente sucede. Si la mujer escribe opinión o aspira a ello, le resulta aún más difícil (salvo que se adscriba a algún modelo de femineidad oficial). Hay una inercia real que la expulsa hacia las últimas páginas del periódico. Lo frivolón, o lo tierno. Tienen mucho mérito las que pueden superar esa especie de fuerza gravitatoria, de resistencia. La política, “lo serio”, queda reservado porque sí para hombres que en bastantes ocasiones no acreditan estudios, lecturas, experiencia ni una especial sagacidad. Simplemente, se trata de algo propio de ellos y que les corresponde en tanto hombres.
Si lo digo no es por tener yo una marcada sensibilidad para lo feminista, sino por haber sufrido personalmente algo similar.
Para las mujeres creo que existe la tentación reciente de escalar hacia esas zonas “serias” o nobles de los medios a través del subgénero de la denuncia feminista. Funciona casi como una forma de cuota. La mujer se especializa en hablar de feminismo, pero al hacerlo también se está especializando en hablar como mujer de su experiencia de mujer. Es una forma de reclusión, y se parece mucho a un consultorio, pues no deja de tratar las relaciones hombre-mujer, solo que desde otra óptica.
Por eso lo de los micromachismos a veces me recuerda a Elena Francis (dicho sea con todos los respetos).

Hay otra tendencia en los medios y en general en la vida española que se entiende con solo mirar la composición de los consejos de administración, donde las mujeres son una minoría anecdótica. La pasta es muy mora todavía. Pero esto se da cada vez más. La mujer escala posiciones y ocupa puestos en la universidad, la empresa, los medios, los partidos… pero el poder sigue siendo masculino. El resultado son organizaciones curiosas: cúspide masculina, escalón superior y medio femenino. Es un modelo Hermida. Me recuerda a los programas de Hermida. Todo lleno de valiosísimas (y también hermosísimas) mujeres, y arriba, inalcanzable, el varón minorizado pero omnipotente.
¿No es un ideal absoluto ser el único hombre entre mujeres y encima ser el que manda, ser el Alfa en el Gineceo? Creo que el feminismo a cuentagotas ha dado lugar a unas formas sociales que son como el paroxismo del mandar macho. Una cosa como de jeques, una última pirueta del patriarcado, que es muy listo.
La estructura Ángeles de Charlie o Mundo Hermida es un feminismo cosmético, una realización femenina algo falaz, y una última e inteligente forma de protección de ciertas élites masculinas. Inteligentísimo cortafuego, diría yo.

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