La emoción trumpiana

Publicado por el nov 14, 2016

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Una de las frases más horribles e inevitables de este tiempo es: “Fulanito apela a los sentimientos del votante”. Esto es considerado algo atroz.
Más allá de la “yerta marianez”, del marianismo orgánico donde abreva gran parte del análisis español, habría que preguntarse si alguna vez una política fue enteramente “no populista”. Quizás en los momentos más tediosos de la tecnocracia.
En el postfranquismo dilatado, eternizado, lo de Trump es inadmisible, claro.
Y esto de la emoción es un argumento un poco abusivo. ¿Se puede no ser sentimental en una república con Nación y Dios?
¿Pero no tomamos decisiones constantemente sobre componentes emotivos?
Incluso Obama es fundamentalmente un populista sensual, chic, un emotivo, un ternurista de alto nivel.
Trump era un paso más allá. El problema es que verlo, o sentirse iniciado en su secreto, exigía una determinación muy valiente. Exigía “dejarse seducir”. Ponerse en algún momento la gorra roja del MAGA. Es decir, humildad y valor. Ser más “white trash” que élite. El riesgo estaba en ser algo mucho peor que “facha”.
Había que sentir dentro la “emoción trumpiana”. Ser un poco “hombre blanco sin estudios”.
Esto se hizo, por tanto, secretamente. El regocijo interior que su retórica provocaba se callaba. Pero dejarse seducir era la primera manera de comprenderlo. Las espontáneas conexiones de trumpistas, de iniciados en el secreto, fueron inolvidables. Había corrientes oceánicas de libertad, de información, sobre las que navegar. ¿Navegar? Trump defendió twitter en algún debate electoral. En 2012 dijo que era como tener tu propio periódico, pero sin las pérdidas.
El caso es que fueron pensadores de izquierda los primeros que, sobre la base del rechazo frontal, asumieron una cierta fascinación.
Zizek habló de su naturaleza adolescente. Y esto es importante no solo como nuevo modelo de masculinidad. Importa por otra cosa. Por lo que tiene de encapsulado. Como el Big de Tom Hanks. En Trump había algo “disruptivo”, casi brutal, rupturista pero inocuo, como de juguete, como televisivo. Algo familiar, ochentero, consumista y dorado que desactivaba sus consecuencias. Niño grande, abusón retórico, pero sentíamos que solo divertido, solo espectacular. Esto no se podía decir. No se podía “tomar a la ligera” su idea de la deportación. Pero el trumpiano no lo entendía literalmente, como ya se ha dicho.
No quiere “sin papeles”, pensamos. Aquí no se quiere, pero mentimos con un felpudo de “bienvenidos”. Él no, se permitía deshacer ese nudo hipócrita. Y eso liberaba energía…
Algo fundamental en Trump ha sido la energía. Algo digno de comentario en otro momento.
Y había en él algo no serio, no definitivo, una bien humorada inconsecuencia. Podíamos desmayarnos como Carlton Banks, de pura admiración, o protestar como la adolescente Ashley.
Trump no podía ser fascismo porque nos hacía reír. Muchísimo el día en que negó a McCain la condición de héroe. Y no podía ser fascismo porque había estado con Marla Maples. Y no podía ser fascismo porque Trump es neoyorquino.
Los fascistas son de Valladolid, o de Italia, de sitios así.
Pero en Trump había algo de ira, y un carisma inverso. Una apelación carismática casi autoparódica. Payasesca. Alguien le ha llamado “payaso”, incluso “payaso siniestro”. ¡Todo lo contrario! ¡Payaso diestro y además entrañable! Había algo cómico, marxiano, absurdo, dadá.
El carisma paródico de Trump es tan… ¿moderno? Exigía tanta tele, tanta inocencia, tanta seguridad en el mercado y en las instituciones.
¿Pero puede ser fascista algo que salga de los años 80?
Trump no podía serlo también por la misma razones que sus detractores descubrieron días después: porque la democracia estadounidense no lo permite. “Ojo, que hay checks and balances”, nos dicen ahora. ¡Pues claro que los hay, y no como aquí!
Y porque los hay no era fácil que Trump hiciera lo que sugería.
Esto estaba interiorizado por un votante que llevaba décadas viendo a Trump por la televisión.

Trump recibió la confianza apenas sin plan de negocio. Lo mismo que había conseguido como empresario hasta la fecha. Trump fue Paris Hilton muchísimo antes. Ser su propia garantía, su propia promesa.
La gente hablaba de los años 30, pero se olvidaba de los 80.
Podemos decir (nos oye poca gente) que Trump es un individuo genial. La construcción de una marca personal, de algo que se pone en cualquier objeto exige una versatilidad paródica, y la capacidad de variar, de ser posible en muchas cosas, sobre muchas cosas. Labilidad, liquidez. Convertirse en un gran ACME.
Y una marca siempre contiene ilusión.
El Trump marca se ha expandido sobre muchos grupos ideológicos. Apeló a la gran bolsa de voto blanco con elementos ya existentes en la tradición republicana y con una radicalidad cuestionable. Construyó un “otro” mixtificado, equívoco, cuyas huellas deberá ir borrando, ya ha empezado a borrar.
Tenía que llamar a un segmento que no podía “decirse”, y no como Hillary, con sus minorías todo el día en la boca. Trump invocaba algo “incorrecto”, que no podía decirse, de modo que ¿cómo hacerlo sin algún resorte emocional, irracional?
La inmaterialidad, precisamente lo poco “factual” de Trump, le permite transformarse en muchas superficies. Es su punto errático, indetectable. Poco previsible.

Trump ha liberado de la tiranía del hecho (Hillary era la “postmentira”) y de la literalidad a la que nos querían conducir los del NYT y todos sus publicistas de las corresponsalías.
O sea, que Trump no solo era “postfactual”, era postliteral. Y la literalidad es la gran herramienta de la Corrección Política.
Por eso Trump se veía, era sentido desde lejos como un liberador, como algo resfrescante.

La emoción o el instinto son formas económicas de reacción. La emoción contiene información y procesa decisiones muy rápidamente. La emoción es una herramienta evolutiva. Es algo mágico.
Y contiene ira. La ira y el orgullo son componentes del fascismo, lo fueron. Pero no necesariamente han de llevar a ello. Son emociones reivindicables.
La emoción trumpiana los contiene, pero no extremados. ¿Cómo lo sabemos? Lo sabemos.
En Trump está clara la idea de inconsecuencia.

La emoción ha servido a Trump para generar un movimiento, una alianza. Para implicar ideas a veces contradictorias. Va más allá del GOP.
Esto es el segundo momento interesantísimo que ojalá nos expliquen bien.
La Alt Right, el tea Party, los paleoconservadores, los libertarios, los votantes religiosos… Jamás hubieran alcanzado el poder sin él. No con la santurronería de Ted Cruz. Parodiable, pero no autoparódica.
¿Cómo podía llegar a todos esos grupos uno por uno?
En Trump hay ruptura (una divertida, infantil, corrosiva contestación) y también una síntesis. Y ese segundo momento positivo, aglutinante, de recnstrucción no se explica. Ahora se ve que sustituirá su ramalazo reaganiano, quizá por la tecla demócrata de la Great Society.

Su falta de atención a los hechos y al dato concreto, le permite movimiento, le permite no quedarse encerrado en una posición. Es lábil, flexible, manejable por cada cual, que reivindica el Trump que más les gusta.

Esta emoción ha permitido la epopeya libertaria más importante en décadas y ha propiciado una nueva derecha que le da al mundo una vuelta de tuerca geopolítica.
Su campaña es una hazaña.
Ahora ya lo van descubriendo nuestros aburridos analistas: Hasta el momento, Trump más que fascismo ha sido libertad.
Algo de lo que sabemos tanto como de country o béisbol.

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