Dicho esto

Publicado por el nov 1, 2016

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Vi en twitter hoy que un lector sacaba a colación este fragmento breve del último post:

“Iría más allá. La agresión verbal y no sé si con lanzamiento de botella (no nos libramos del arma arrojadiza) a Cantó y Villacís, paradigmas casi genéticos y fisiológicos del centrismo, fue algo desagradable, reprobable y condenable. Pero no se debió permitir la manifestación alrededor del Congreso. Las autoridades que lo permitieron contribuyeron a la escenificación del acoso.Había gran comodidad con la idea de un Parlamento asediado”.

Otro tuitero hizo al respecto un comentario que me interesó. Algo así como “Esa adversativa…”.

Iré luego a ello, pero me interesaba primero porque noto en mi una propensión muy grande al “pero”. Como propia reconsideración, introductor de matiz, funciona como el conector más frecuente. De alguna forma, un texto sería más interesante cuanto más peros contuviese. Hay una forma de tortura en el pero. Y eso hace que surja el vicio y su uso excesivo o impropio.

Pero volvamos al asunto, con la consideración y disculpa previa de mi ignorancia en asuntos lingüísticos.

El circunstancial lector algo objetaba a ese “pero”, dándole claramente un tono adversativo que, con la mezcla de sumariedad y enjuiciamiento moral de internet, podía llevar a pensar que yo negaba algo al primer enunciado.

Pongamos la lupa sobre el texto, o textillo:

fue algo desagradable, reprobable y condenable. Pero no se debió permitir la manifestación”

El punto, para empezar, era contrario a lo preceptivo. Debería ir una coma. El punto no pensaba tanto en el lector (su respiración) como en el autor (yo) que necesitaba detenerse a pensar un instante. Era puntuación urgente d quien aun distingue entre papel (pausa) e interne.

Salvado eso, vayamos al texto. Contiene dos elementos:

a) el lanzamiento de cosas a Villacís al salir del Congreso fue reprobable

b) No se debía permitir la manifestación

Entre el segundo elemento no hay vínculos lógicos claros. Permitirla o no no haría inocentes a los agresores. Pero sí los hay a nivel implícito. El primer elemento tiene una consecuencia: los malo son los que lanzaron, las, digamos brutalmente, “hordas podemitas”, en expresión ya clásica. Hablemos de Podemos.

El segundo elemento tenía su propia conclusión: además de la culpabilidad hubo, por negligencia, omisión o algo peor, una responsabilidad en quien permitió tal cosa. Esto acababa en la Autoridad. La Autoridad desembocaría, tarde o temprano, en el PP. Hablemos del PP.

Las consecuencias, por tanto, eran divergentes.Llevaban a sitios muy distintos. Como autor pretendía decir: “Habiendo hablado de Podemos, hablemos un momento del PP”.

El “pero” no oponía o restringía nada al primer elemento, sino a su conclusión argumental. Funcionaba como conector, pero no tanto restrictivo o limitativo del sentido del primer elemento como reorientativo. Porque sí había algo adversativo, adversativo en cuanto a su consideración en el conjunto de la discusión.

Aunque usado con una brutalidad casi oral, ese “pero” no era estrictamente adversativo, sino adversativo solo en lo explícito, asumiendo por completo lo implícito de la frase. Además, servia de conector y de elemento de contraste argumentativo.

Es decir, el observador incurría en el comportamiento habitual de la charla de internet: congelar lo explícito o lo literal. Así, consideraba, escandalizado o solamente impresionado, que el pero establecía una adversativa a lo dicho, que le restaba potencia, afirmación. Mi adversativa sería un enmienda subconsciente contra la propia consideración del sentido de la primera frase, esto es: el lanzamiento de objetos como algo reprobable.

Esto no se negaba. Lo que se negaba era que fuera “lo único” reprobable.

Pero esto, ya lo vemos, sería una interpretación al nivel implícito del texto. Ese pero no atenuaba nada de lo explícito. No era un peno atenuante.

Dicho esto, merece la pena pararse a pensar, antes de seguir, en la naturaleza de la conversación cibernética. ¿De dónde sale esa pasión por lo explícito o literal? ¿Se daría ese malentendido en una forma oral? Probablemente no, la gestualidad y la voz le permiten al hablante reapropiarse, reconducir mejor el sentido de lo que dice. En lo escrito, el texto, desgajado del resto de lo escrito, y lejos ya de su autor, puede ser interpretado con gran cicatería. Así, sucede algo muy extraño: internet, que es lenguaje escrito, lleva el entendimiento a un plano más bajo que el oral. Leos de ir más lejos, produce formas de conversación degradadas, empobrecidas, suborales, más pobres de sentido.

Volver a lo oral es como salir a la superficie del agua. Como recuperar el oxígeno de la comprensión.

Pero sigamos con el “pero”. Ese “pero” me fascina por varias cosas.

En primer lugar, porque no me lo quito de la cabeza. Me sale el pero automáticamente, como conector casi por defecto.

Además, por ser un pero riquísimo, positivo en unos aspectos, pero restrictivo en otros. A distintos niveles.

El pero, ya he dicho, no atenuaba. ¿Pero por qué, si entre el segundo elemento y el primero no había una relación directa, era necesario introducirlo?

Pues porque la “condena” era una obligación política en el texto. No podía no escribirla. En algún lugar, y el mejor era el inicio, había de señalar lo condenable del acto de lanzar algo a alguien. Esta “condena” tan básica, llevaba aparejada, ya hemos visto, su conclusión argumental y política: los radicalismos antisistema, etc.

Pero lo que yo quería hacer era hablar de otra cosa. Entonces debía, tras señalar lo anterior, pasar a otro asunto, relacionado, pero distinto. Necesitaba reorientar argumentalmente el texto, señalando, no la superioridad del segundo elemento (la negligencia o interés de las autoridades), sino la oportunidad y pertinencia de su introducción en el debate.

El “no obstante”, el “sin embargo”, o el “pero” son utilizados a menudo para eso. Valdría mejor quizás un “Dicho esto”. Pero la funcionalidad como conectores de lo anterior supongo que se impone. ¿Qué fórmula utilizar? El aunque, concesivo, debía evitarse. Porque aunque puede valer por un “pero”, su sentido concesivo podría mover a confusión.

Es decir, aquí se trata de algo concreto, de una dificultad concreta. Llamaremos a ese primer elemento de la frase la “condena”, la “cláusula de condena”, que es como el salvoconducto para seguir polemizando o entrar en una discusión sin tener que salvar posteriormente dicha objeción. Es como un trámite moral. Y reproduce en algo los diálogos de la época del terrorismo (como herencia en nuestra forma de hablar): condene primero, hable solo después.

Bien, pues… ¿cómo se salta de esa “cláusula de condena” a la exposición?

Colocarla sin más, como un preámbulo, o seguida por un “dicho esto” deja el texto ortopédico y va contra el deseo básico de ligazón del juntaletras.

¿Y cómo saltamos de la cláusula a nuestra exposición? No es disyuntiva, ni explicativa, ni copulativa porque se trata de “reorientar” para llegar a otras conclusiones finales. El “pero” sale con facilidad porque es la primera conexión cuando queremos acotar el sentido del primer elemento. El salto lógico del segundo elemento debería dejar claro que no su sentido primero, sino sus consecuencias. El pero aquí es un elemento de ordenación del discurso de un modo más amplio que quiere conceder, aseverar y proseguir por otro lugar. Es un pero jerárquico.

Esto es importante: hay que reivindicar un “pero jerárquico” jerarquizante, no meramente adversativo.

Y es un “pero” político porque sigue a un texto cláusula y tiene algo “impuro” pero natural en beneficio de la fluidez del texto. Porque quizás lo suyo debería ser “para proseguir”.

Aquí el “pero” es el precio que la fuidez/oralidad (vicio del juntaletras de tipo palabrero caudaloso o verborreico), paga a la pulcritud gramatical.

Por tanto, si hay que introducir “cláusulas políticas” en cuanto de alguien se puede decir que es víctima (y esto es una histeria retórica en España), y puesto que lo mejor, para evitarse problemas, es colocarla de entrada, la cuestión que se plantea es cómo salirse de ella hacia otro argumento que, sin negar la condición de víctima, pretenda dirigir la atención a otro lugar más allá de la simple relación culpable-víctima. El matiz o la introducción de responsables de otro tipo, provoca un hiato, un bache en el texto que… ¿cómo se salva?

Estamos hablando de zanjas, de trampas morales, muy difíciles de salvar con conectores normales si uno quiere proseguir.e

Ya hemos visto que el simple pero (“pero vamos a otro asunto”)es malinterpretado pues se coge su puro sentido adversativo.

En un memorable monólogo sobre la corrección política, Louis CK introducía sus matizaciones subordinadas a la primera sentencia “correcta” con un “yes, but maybe”, que afirmaba pero introducía una posibilidad de reconsideración.

En este caso no hay eso. El primer elemento no se niega, ni se restringe siquiera. Se acepta en su sentido completo. Lo que no se admite es su preponderancia en el discurso. Por ello, ese “pero”, mi “pero”, funciona de elemento jerarquizante.

Pero, querido lector, ya casi tan improbable que le puedo llamar “amado lector”: ¿usted ha visto, en miniatura, lo que yo?

El autor de cualquier texto sobre lo público y hacia o público encuentra, en el momento en el que hay una víctima, o puede considerarse que alguien admite llamarse tal, o es digna de ese nombre, que debe introducirse una cláusula de condena.

Pero no solo eso. Para cierto lector, no solo es necesaria la cláusula, sino que ha de salirse de ella con un conector que no sea “adversativo”, es más, que no tenga contenido adversativo alguno con el fin de no contaminar la literalidad. Debería saltarse mediante un conector discursivo expreso más argumentativo que adversativo. Se me ocurre que lo mejor es “dicho esto”, que sigue teniendo de malo resaltar, subrayar la existencia de la “cláusula de condena”. El conector lingüístico tiene algo de postizo, de unidad invariable de palabras que, tras la cláusula, salpica el segundo párrafo (la libertad del texto expositivo) de más escayola.

El escrúpulo finolis, en cualquier caso, al “pero” es una invitación más a no rechistar. El pero gusta poco cuando hay fuertes componentes de autoridad en el discursivo. Pero es pero. Pero sobre todo: pero no siempre es pero.

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