Los dos círculos de Trump

Publicado por el Oct 26, 2016

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Algo fascinante hay en Trump, por extraño que parezca esto a nuestro exquisito gusto en personajes. Casi se diría que de alguna forma pulsa la tecla del carisma de Max Weber. Un líder carismático, aunque algo “clownesco”, autoparódico. Su acento y sus gestos son fácilmente imitables. A las “élites” intelectuales les permite reírse de él, pero con el resto se produce un rápido contagio. “Soy demasiado perfecto, no tengo defectos”, no suena tanto a Berlusconi como a un Berlusconi riéndose de sí mismo.

En sus discursos, como se ve en la foto, destaca ese gesto con la mano derecha, el sube y baja un círculo formado con el índice y el pulgar.
A su lado, la boca, como un esfinter sonoro, forma otro círculo perfecto, casi de idéntico tamaño. La verdad es que se hace extraño. Es como el ósculo de un pez. El uno junto al otro además de dar risa al cabo de un rato hipnotizan, son como el símbolo del infinito. Se produce además una cierta tensión gravitatoria. El planeta es la boca, y a su alrededor la mano va y viene como un satélite.
Los círculos han de tener una simbología que seguro hace efecto en nosotros. Sobre todo el de la mano, a cuyo alrededor los dedos forman como un ala. El círculo alado significa algo (no sé muy bien qué) desde los egipcios y a mí me recuerda al águila americana (¡Chrysler! ¡Industria golpeada de la automoción!).
El caso es que esos gestos de Trump atrapan sin querer, y son como otro par de ojos, que no nos miran, sino a los que miramos. Los dos círculos de Trump son una dualidad, algo tienen que encerrar.
Los dos círculos activan algo recursivo, de recurrir uno al otro, de reiteración que no se sintetiza en otra tercera cosa. El nacionalismo y el aislacionismo tendrían algo que ver. La gente no quiere progreso. Quiero dentro-fuera, bien y mal.
Pero lejos de esoterismos, Trump es mucho Trump. Es el chollo para un imitador, como ha demostrado Baldwin, o para un caricaturista.
Por no hablar de la onda dorada de su pelazo de Rey Midas, o de las extrañas proporciones secretas, a veces casi infantiles, de su cuerpo. Hay algo de prodigalidad en su blandura que “desactiva” al “magnate” (palabra que casi se utiliza exclusivamente para él).

A continuación, dejo un artículo que escribí en agosto de 2015. Aunque no lo escribiría actualmente (su oferta política da para mucho más), y aún estaba lastrado por la carga del “populismo” omniexplicativo, creo que es más ilustrativo (por justo) que mucho de lo publicado sobre el personaje. Cosa, por otra parte, no muy difícil dado el nivel circundante.

 

 

 

 

AL acabar sus estudios, Donald Trump tenía claro que quería dedicarse a la promoción inmobialiaria, pero que no lo haría como su padre, en Brooklyn y Queens; quería conquistar Manhattan. No conocía a nadie, así que no paró hasta ser admitido en el exclusivo Le Club. Allí se introduciría entre la gran sociedad ayudado por alguien que de inmediato vio su potencial. Esa persona era Roy Cohn, polémico abogado de mafiosos, de los Yankees o de los dueños de Studio 54; el responsable de que los Rosenberg hubieran sido ejecutados; el ayudante de McCarthy tras recomendación de J. Edgar Hoover; el posterior consejero de Nixon y Reagan. Cohn moriría de sida antes que Rock Hudson, y, junto al nixoniano Roger Stone, amigo y ex asesor de Trump, traza una genealogía política a tener en cuenta.
Trump es considerado por la izquierda como una especie de amenaza hollywoodiense a la paz mundial. Para la derecha europea es un populista, una amenaza tóxica al sistema.
Le adornan atributos nacionales espectaculares: el optimismo retórico, el egocentrismo, una simpleza fascinante («El Planeta Tierra sigue siendo un inmueble. Sé gestionarlo»), el oro de sus edificios y pelo, el águila del despacho, o la abstinencia, cuya prédica antialcohólica está en el origen de cierta retórica pionera. Trump es también la capitalización de la celebridad antes de Paris Hilton.
Pero a la vez, es un populista raro que no da la mano («Es bárbaro, se pilla de todo»), y presume de triunfador y sustituye el populismo de los virtuosos (los ejemplares) por el de los triunfadores.
Trump reinterpreta el populismo americano, que, según Michael Kazin, permite protestar sin cuestionar el sistema entero. Cada vez que aparece escarba más hondo en la identidad y en los valores americanos, protesta reafirmando lo inmutable, al contrario de lo que sucede aquí.
Trump recurre a dos conceptos conocidos: el «Make America Great Again» de Reagan y la «Mayoría Silenciosa» de Nixon, pero comparte elementos populistas reconocibles desde los años 50.
McCarthy, con su anticomunismo paranoico, ya se situaba, ayudado por la televisión, frente a los intelectuales y la clase política. O Nixon y el concepto Middle América, bajo el que subyace siempre una apelación cristiana, cultural, incluso racial: los valores en riesgo de la mayoría que no se queja frente a las minorías sobreprotegidas. Eso estaba en Reagan (The people vs. Special Interest), también el discurso antielitista. Esa dicotomía la aprovecha Bush (¡y Clinton!) y llega a Ross Perot, candidato independiente a la presidencia, que edifica un populismo sobre el cansancio de la retórica de Washington. Trump está siendo más hábil al hacer ver que, como empresario, paga un precio cada vez que dice algo políticamente incorrecto, un tributo igual que cuando se contamina.
Pat Buchanan ha situado a Trump en el contexto de un Nuevo Nacionalismo: todo lo que dice se traduce en aranceles, muro, fronteras. Es el más preciso rasgo del populismo trumpiano, que coincide con muchos de sus detractores: la reacción antiliberal a la deslocalización. Con ello nos está hablando de un nuevo orden, con una apelación que nos concierne («Vosotros, europeos, ¿qué vais a hacer?», dijo esta semana). Lo mismo que Putin.
Trump recicla el populismo republicano con el proteccionismo de Perot, pero es mucho más que Perot. Pensando en España, nos lleva a considerar la posibilidad de revaluar el concepto de populismo. Porque vivimos en la época de lo viral, de la reproducción simplificada de una complejidad creciente. Quizá no se pueda formar una mayoría política sin la persuasión populista.

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