La fenicia

Publicado por el Oct 11, 2016

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Pasó algo desapercibida la intervención en “sede judicial” (el placer de escribir esto es mayor que la conciencia de su incorrección) de María Antonia Munar, la expresidenta del gobierno balear.
Ante el juez, confesó y se arrepintió de lo cometido.
Ese arrepentimiento tenía una fuerza grande, pero lo que me interesó, lo llamativo, no era tanto esoo como una confesión previa: “Después de toda una vida intentando creer en la igualdad, no tengo libertad y estoy muerta política, económica y socialmente…”.
“Intentando creer en la Igualdad” (¡le pongo mayúscula desde ya!)… La Igualdad como creencia. Realmente, era extraño. Primero, porque a la vista está que la Igualdad de la señora Munar era extravagante y desde luego nada práctica. Se referiría, seguro, a una Igualdad teórica a la que ella intentó consagrar su vida.
¿Se quiso ella, en tanto política, sacerdotisa de la Igualdad?
La frase parecía revelar un enorme sentimiento de fraude: después de tanto esfuerzo, dónde me veo.
El “intentando creer” llevaba también a una cierta idea de agonía. De lucha unamuniana. ¡Encima!
Munar, al arrepentirse, arrastraba una confesión aún mayor: el fracaso de una creencia, como si fuera una apostasía judicial.
Parecía preguntarse: ¿Existe la Igualdad, y si existe, dónde está, por qué no hace nada?
Sin Libertad, y sin Igualdad… le hablaba a la Justicia ¡Qué triángulo perfecto!
Este convertir el principio de igualdad en “creencia”, en deidad, sólo se ha visto en la literatura y hay que remontarse mucho. En “Las Fenicias” de Eurípides, Yocasta habla de la igualdad en los mismos términos que María Antonia Munar: “¿Por qué te abandonas a la peor de las diosas, hijo mío, a la Ambición? Es injusta esa divinidad (…) Es mejor lo otro, hijo, honrar la Igualdad”.
Aquí viene la cosa fascinante, porque cualquiera diría que Munar en su vida había seguido más bien la Ambición que la Igualdad. Pero ella se acordaba otra vez de ella… No era una apostasía, ni una renuncia, no, lo que estaba haciendo era invocarla, ¡invocar a su diosa, recordarle los servicios prestados! Y lo estaba haciendo ante la Justicia. Aquí, además de un error de instancia, había otro error en la valoración de las fuerzas: ¿No está la Justicia por encima de la Igualdad?
Esto me parece una cosa fascinante. La confesión, pero ya no sólo la confesión, sino ese recurso último a lo igualitario como razón (divina) de vida y como suprema cantinela política, como total excusa ideológica.
Al final del camino, a punto de escuchar el mazazo definitivo del juez, ¡aún intentaba invocarla suplicante!

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