El burkini como artefacto

Publicado por el Aug 29, 2016

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El debate de estos días ha sido apasionante. Los primeros días fueron un brain storming de mucho cuidado. La resolución del Consejo de Estado francés sobre la prohibición del burkini ha ido luego aclarando posturas, perfilando posicionamientos, y ha habido también mucha maniobra de distracción. Hablar, por ejemplo, de las piruetas de las feministas que se han quedado cazando micromachismos sin mirar a la gran “derecha” fundamentalista islámica.
Seamos aquí generosos, el feminismo lo queremos o lo pensamos universalista y el nuestro, como casi todo lo nuestro, es de andar por casa.
Igual que nuestro republicanismo. La complejidad de la sociedad francesa ni la entendemos. Tocamos de oído.
El asunto es tan fantástico, tan complejo que todo lo que se le acerca acaba en claroscuro. Por ejemplo, es verdad que las feministas, muchas, quedan en evidencia, pero a la vez se cumple una de sus grandes denuncias: la mujer como constante sujeto pasivo de control y codificación.
Pero no sólo las feministas han mostrado sus contradicciones, ha habido mucho contrario sistemático al Islam esgrimiendo valores republicanos, por ejemplo. Valores que abandonará cuando se trate de su religión. Mucho Don Pelayo disfrazado de jacobino, vamos.
Es una cuestión en la que se está entre dos grandes acusaciones: relativista y islamófobo. Y las dos acusaciones son injustas, pero las dos existen. Parece peligroso levantar ciertas generalizaciones con un grupo humano formado por miles de millones de personas. Atreverse, digamos, a apearlos de la historia. A veces se parece a pontificar sobre todos los zurdos del planeta.
Pero la cuestión del burkini, específicamente del burkini, es apasionante. Dejémonos de las motivaciones de cada cuál, de sus incoherencias y debilidades, todos las tenemos. Vayamos al burkini, ese objeto extraordinario por lo que tiene de ARTEFACTO.
En primer lugar, de burka no hay nada. Es más bien un chador. El rostro se ve. Y no es lo mismo, ni las conclusiones son las mismas. Salvo que se quiera, claro, ir tirando, como cuando nieva, sacos y sacos de sal gorda.
Hablemos de sal gorda: ¿se ha entrado en la justificación jurídica del veredicto del Consejo de Estado?
Una precisión sobre el orden público que la prenda ni mucho menos alteraba. Pero sobre esto habrá que volver. La razón jurídica se desatiende aquí con absoluta barbarie. ¡Vaya republicanismo de pandereta!
El burkini, con su ingeniosidad, ha forzado una vuelta de tuerca en la interpretación del orden público en Francia.
El burkini no es un objeto ajeno a nosotros, es una invención occidental. La historia es conocida: una mujer musulmana de Australia se las ingenió para, con ello, hacer posible piscina y religión. Ya se percibe (y quizás es poco) un puente de “diálogo” zapateresco de civilizaciones cuando ellas, las mujeres musulmanas, hablan de elegir. El falso lenguaje de la elección. “Elegimos discreción”, dijo Aheda Zanetti sobre su costumbre de cubrir las formas de su cuerpo (esas que nos ha quedado claro que le gustan a Arcadi… A mí ni siquiera las formas, eso es erotismo, refinamiento parisién …¡yo voy al bulto femenil! ¡Siempre he ido al bulto!).
Pero no me quiero desviar. He de ser serio.
Esta invención es un portento. Porque crea un objeto occidental que explora en las fallas, en las posibilidades y costuras occidentales. Todos estos días, leyendo a unos y a otros, me sentí seducido por las dos posturas. Los puntos de vista que se iban consolidando me convencían. “Sí, esto no se puede tolerar”. Y al rato: “Desde luego, ha de permitirse”.
Los dos tenían mucha razón.
¿No es el burkini un objeto contradictorio? ¿Una realidad contradictoria? Recordé lo que nos enseñaban de marxismo. Este burkini era una cosa y la contraria. Su contradicción íntima es maravillosamente capitalista. Era el motorcillo dialéctico de las cosas funcionando otra vez. De esa unión de opuestos tenía que salir algo.
¿No fuerza el burkini a un colapso lógico (libertad prohibiendo) del sistema? Como las antinomias de la razón. Las dos partes tenían y no tenían razón. Aquí se cortocircuitaba el argumentario republicano. Le temblaban las rodillas juridico-políticas a “los enfants de la patrie”.
Se enfrentaban dos estratos, dos niveles distintos de libertad y de derecho.
Los defensores esgrimían el derecho de la mujer a vestir como quisiese. Reconozcamos, porque es verdad, que: 1) Es un concepto muy ligero de derecho que olvida su mediatización previa, y 2) es un concepto muy superficial, liviano, de libertad (la libertad de hacer lo que quiera cuando quiera mientras no moleste). Hay que reconocer que, en muchos casos, esta libertad y este derecho no se sustentaban en cosas profundas, sólidas, en pilares, sino en algo así como el gusto, capricho o decisión de mujer (y habrá que volver a esto: la necesidad de fundamentar con mayor solidez estas libertades. La libertad exige líricos más entusiastas, no funcionarios tristes y medrosos).
Por otro lado, los que se oponían, en su versión más depurada y pensante hablaban del burkini como “marcador politico”. No como una prenda, sino como algo parecido a una esvástica. Algo que les ofende en lo más profundo.
Ah, sensibilidades. Mezclan aquí algunos, a la pata la llana, el terrorismo y la Tercera Guerra Mundial para mejor explicarse. De esta guerra a la que nos convocan, por cierto, ¿se van a preocupar alguna vez de aclarar los bandos e integrantes? Como mínimo, antes de llevar la IIIGM a las playas que se aclaren todos los bandos, naciones e intereses en juego. Hay una sensación de conflicto enmadejado del que no nos llega el fondo ni el origen.
Volviendo a los defensores de la prohibición. Para ellos no es prenda, sino objeto intolerable. Como una esvástica. Bien, esto exigiría, para empezar, la declaración como tal en el ordenamiento francés, y suponemos que aquí toparía la operación con dos principios: la libertad de vestimenta, y, sobre todo, la libertad religiosa. O la propia imagen y la libertad de conciencia.
Si se considera “esvástica” el burkini, es decir, el pañuelo piscinero de una mujer tendida frente al mar, se fuerzan los límites de muchas libertades.
Bien, dígase. Háblese con claridad. Estas cosas se evitan con gran caradura. Total, aquí no hay millones de musulmanes, y no se atreven nunca a llegar al fondo de las cosas.
Identificar “pañuelo” y esvástica (por entendernos) supondría una clara limitación a la libertad religiosa y de conciencia. El concepto de “espacio público” del laicismo prohibicionista es curioso y crítico. Su entendimiento de lo que es “orden público” se degrada e identifica terrorismo, guerra santa con casi cualquier forma musulmana aparente. No digo que no puedan tener razón, pero las conclusiones de lo que sostienen son evidentes.
A lo que quiero llegar: cierto laicismo, el que se nos traduce a España, es claramente anti-islámico, pero sin decirse. Dígase. Nadie se va a escandalizar. Y alarguen sus supuestos y conclusiones, que son dos (y no se dicen nunca): el cierre de fronteras, y los presupuestos culturales cristianos de lo valores republicanos.
Pero sigamos con el burkini y sus efectos. Esta prenda tan fea, y tan rara, este querer tener los dos mundos, ha conseguido llevar los llamados “valores republicanos” a una polémica sobre su precisión por haber despertado una reacción de sensibilidad en lo público. Ya no es libertad de imagen y conciencia, sino proselitismo. En algunos republicanos partidarios de la prohibición se percibe una voluntad de cerrar así la República, de blindar sus valores. De cerrar el sistema. Y este burkini tiene algo de godeliano, como el teorema del genio matemático, Godel, que demostraba las limitaciones de los sistemas cerrados. ¿No hace algo parecido el burkini? La negación del burkini, legítima y razonada, REDUCE AL ABSURDO de la foto y de una prohibición absoluta e inaplicable. Quiero decir, que de alguna forma se debilitan sus argumentos lógicos y jurídicos, y también políticos. Lo laico se fuerza hasta atacar una libertad religiosa. La “sensibilidad” del otro en lo público se histeriza.
Esta naturaleza provocadora, contradictoria y cortocircuitante del burkini ha sido, es fascinante.
Lo es tanto, en tal medida, que me acabó intrigando más que nada, pese a su SUPERFICIALIDAD. Acabé fijándome en la energía que la producía. ¿Qué la originaba? Una mezcla de libertad e indagación, de evolución y atraso (un pequeño paso para una mujer, un gran paso atrás para los demás), de postmoderna mezcla y de cosa medieval.
Occidente da la libertad a alguien que pudiera ser considerado enemigo íntimo para que, queriendo disfrutar lo que ofrece, obligue a ampliarse, a moldearse, hasta forzar sus limites y entendimiento. De la creatividad comercial sale un reto político y cultural. El capitalismo suicida y adaptativo.
Los republicanos quieren hacer de la República algo cerrado y remachado. Pero sale un burkini como artefacto que desvela (perdón) algunas debilidades lógicas.
¿No es la libertad otra cosa? ¿No es la nuestra una sociedad clara y expresamente ABIERTA?
Aquí hablamos de economía, de libre iniciativa, no ya de marmóreos valores republicanos.
Lo abierto, por definición, es poroso, está en riesgo, es mutable, cambiante. Nadie nos garantiza la pureza de nuestro mundo.Igual arriesgamos una evolución houelebecqiana.
El burkini (ingenio y trampa que occidente se hace a sí mismo, producto occidental, australiano como el traje del surfero) alumbra el fallo lógico de toda voluntad de cerrar la sociedad. No se podrá. No es posible.
Somos lo abierto, y eso tiene otras reglas. Lo que no significa claudicación, ni buenismo ni candor.
Y volvamos a esa libertad liviana, superficial, que esgrimen los defensores feministas del burkini. “Ah, es que si ella quiere”.Es verdad.
Pero vayamos un poco más allá: hacia la libertad movilizadora y compleja, absoluta, divina, tormentosa, puñetera y creadora que lleva nuestro mundo. Tras la que vamos.
Un entendimiento de la libertad lleno de riesgos, que no intenta cuadrar el círculo, cerrarlo, sino que ofrece una promesa de evolución positiva, optimista. También por contagio.
Cómo decirlo (y perdonen la encendida ridiculez del texto): hay una libertad real, superior al miedo, que permite ir paso a paso y no convertir la primera playa en Normandía.

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