Cruyff y el Madrid

Publicado por el Mar 26, 2016

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A la muerte de Cruyff, el Madrid sacó un comunicado que firmó directamente el presidente. Me resultó curioso; también el contenido. “Extraordinario jugador”. Sí, ¿pero y el entrenador? Porque Cruyff fue un jugador extraordinario, de los dos o tres mejores de su década, y uno de los diez mejores de todos los tiempos. Sin discusión. Pero es que fue, además, la condición superlativa de eso que, graciosamente, se llama “hombre de fútbol”.
Como Di Stéfano, cuando hablaba de fútbol rozaba extremos de absoluta genialidad. Una elocuencia cómica, que Sámano recordó el otro día, resumida, en el “gallina de piel” (genio, también, en el lapsus, del derecho y del revés).
Pero volvamos a la nota del Madrid. ¿Y el entrenador?
Se ha dicho, lo repite Quintano, que Bernabéu rechazó a Cryff por la cara, por una impresión. Intuición presidencial. No le gustaba su jeta. Fue un error mayúsculo. Pero no sólo, eso dejaba dos lecciones. La primera era el presidencialismo del Madrid, absoluto. La segunda marcaba una diferencia no pequeña entre el Barcelona y el Madrid. El Barça fue, desde la apertura del mercado futbolístico tras la autarquía ibérica, un coleccionista de joyas del extranjero, un olfato fino, un club más abierto. Su poder económico no era menor (desmintiendo tanto mito del maltrato franquista: y si no, miren la historia patrimonial y lo de los estadios), pero además fichó desde entonces con mayor criterio de novedad, con los ojos más abiertos a lo que pasaba fuera.
Eso pasó así hasta la llegada al Madrid de Florentino, que lo equilibró. El Barcelona fichó los mejores del extranjero: Schuster, Maradona, pero luego Laudrup, y la ristra interminable de genios brasileños.
El Madrid miraba el mercado interior. El que triunfaba dentro. El Hugo, el Zamorano…
Es algo conocido, mejor no seguir.
Cruyff, pese al sentimental 0-5 en el Bernabéu, si marcó diferencias como jugador en nuestra liga fue en ese sentido: en el de definir el mejor gusto, el mayor poderío económico y el mayor aperturismo del Barça, mientras que el Madrid, muy presidencialista, era también muy castizo y algo más conservador en los fichajes.
El Barcelona miró a Holanda, y el Madrid definió un gusto germánico.
Podríamos seguir hablando de la nota germanófila del aficionado blanco (oh, qué increíbles leyendas le contaban a uno sobre Stielike…), pero vayamos yendo al grano: el entrenador, la cuestión del Cruyff entrenador.
Si Cruyff jugador fue un error de Bernabéu, el Cruyff entrenador fue el gran acierto de Núñez, y el error sostenido, repetido, histórico del madridismo.
Ese Barça que ficha a Cruyff estaba en las últimas de filipinas. Sin sentido de juego, a décadas de distancia en el palmarés, resumido en los entrenamientos vespertinos de Menotti, en la incomprensión de Venables (como el Athletic, no pudo sustraerse a la tentación del entrenador británico), o en Aragonés manteniendo su código personal y deportivo en la crisis del nuñismo.
Así fue. El nuñismo, que había organizado la entidad, acertó al final con Cruyff. El prestigio de Johan fue lo que le salvó, sin embargo, porque otro quizás no hubiese aguantado las dos primeras temporadas.
La Quinta del Buitre llegaba a su techo, y luego, blindada contractualmente, decaería lánguidamente. Y en ese cambio de agujas, estalla su Barcelona. El Madrid pierde el norte, el club entra en crisis absoluta. Se apuesta por Maradonas adriáticos o de los Cárpatos, estrellas del mercado más barato, por Hagis o por Prosineckis. Dieces que no consiguen nada. Estrellas con otro lenguaje conviviendo con el fantasma de la Quinta. Algo heterogéneo, que no funcionaba. Quizás lo mejor de esa época, del 90 al 94 fuera Fernando Hierro.
En ese punto, fue importante Valdano, pero antes de Valdano, año 94, llegó el histórico bofetón del Barcelona.
Ese Barça de Cruyff fue el equipo que más me ha asombrado. Sí, la Holanda de Van Basten, o el Milan de Sacchi. O incluso el invencible de Capello. El Ajaz de Van Gaal, o los posteriores Barcelonas… Pero ese equipo fue muy especial. Fue lo que no habíamos visto. Si, antes estuvo Michels, pero no lo habíamos visto desarrollado tan cerca, a un nivel tan alto y de modo tan devastador y fascinante.
Era un equipo que la tenía, pero que además jugaba en largo. En corto y en largo, rápido y lento. Algo asombroso. Una defensa de tres, los pases de Koeman, que establecían una relación directa con los extremos. El juego muy abierto por bandas, la posición de Bakero, de espaldas, sin regatear, sólo como un punto de apoyo. No comprendíamo ese fútbol. ¡Bakero no regatea! ¡Guardiola no sabe hacer casi nada! Y sin embargo era una maravilla verlo. Sufrirlo.
No es casualidad que Cruyff eligiera a Pep Guardiola en el once de todos los tiempos (junto con Charlton, Di Stéfano, Garrincha, Maradona y Pelé). La velocidad de Guardiola estaba en otro sitio. Salía al campo saltando. No había que pisar del todo el césped. Pep era un metrónomo, un metrónomo vivo sobre el piano brillante de ese Barcelona.
Flipábamos mucho con la posición del extremo, que lograba el aclarado del baloncesto. El uno contra uno. Revolucionaba, le daba un punto más al maravilloso juego por las bandas del Madrid, de Gordillo y Míchel. Esto era aún mejor.
Y luego estaba la inteligencia de Beguiristain, o los pases al hueco de Laudrup. Los espacios se abrían mágicamente. De nuevo: era superar la mágica pared de Butragueño y Míchel. Ellos lograban un espacio de otro modo. Se lo fabricaban entre dos, una inteligencia entre dos. Pero el juego al hueco del Barcelona, esos balones de Laudrup a un vacío, resultaban trepidantes y sorprendentes. Ahora veo algo de la Quinta y ya parece fútbol antiguo.
Lo moderno, lo actual, empieza con ese Barcelona. Esa superior velocidad del juego que por momentos obtenía.
Es revelador, define el ritmo que tomó el Madrid, que le comprara a Milla en cuanto despuntó. El Madrid compró a Milla y Cruyff sonrió: tengo a Guardiola.
¿Algún madridista podrá olvidar el terror que sintió cuando apareció De la Peña, que parecía una síntesis de Guardiola y Laudrup?
Ese Barcelona ganó con suerte. Con suerte y algo más en Tenerife, con suerte y crueldad ante el Dépor. Pero era justo campeón. Eso le dio mayor lucimiento y dramatismo, euforia a ese Barcelona, un efecto pirotécnico al final.
Era un equipo asociado a la Barcelona transformada de la Olimpiada. Un equipo de vacas gordas. De una época delirante, apasionante.
No era un equipo invencible. El Milan machacó a ese Barça en Atenas de un modo humillante. Zubizarreta perseguía el balón de Savicevic como si cazara moscas. Fue el final.
Se producen ahí simetrías estupendas. El Madrid ficha a Valdano. En Madrid se desarrolla el discurso del “buen juego”, incipiente, mediático. El verbo de Valdano suena como una incipiente pedagogía. Y el argentino ficha a Redondo, que había que explicarlo en el Bernabéu, que llegó a ser pitado, y a un Laudrup viejo y con los dos y Raúl le devuelve a Cruyff el 5-0. Y Cruyff se va. Atenas y el 5-0. Y sus fichajes absurdos. Es el final.
Pero igual que el Madrid, tras su otro 5-0 (la historia del fútbol gira a manitas, a sopapos) quedó grogui y persiguiendo el “modelo milanista”, el modelo milanello, y por ahí llega Floro, el Barcelona no pierde el sitio, lo pierde muy poco tiempo. Seguirá después con una línea conocida. Las estrellas las tenía. Fichar a Ronaldo le sale natural. Tiene el gusto abierto y el dinero. “El dinero no está para tenerlo en el banco”. El Madrid tenía menos de las dos. Pero ya tiene modelo, estilo, en fin, esas palabras de las que se abusa. Llegan jugadores del filial que juegan parecido, y el Barça se queda con la pelota. Ya será suya, y hasta hoy.
Y por eso el olvido del “entrenador” en esa nota del Florentino es tan extraordinario. ¿Lapsus? ¿El subconsciente¿ ¿Omisión de lo que no queremos reconocer?
Cruyff metió al Barcelona en el curso de la historia. Del que la hace. Y le dio sentido, un norte. Las estrellas las tenía, le faltaba lo otro. Era antimadridismo y cracks. Fobia, paranoia y genios.
Obtuvo con Cruyff lo otro. Y llegó a trasplantar Holanda con Van Gaal, que, generoso, le dejó un Xabi, un Pujol
Florentino, que quería ser Bernabéu, le dio al Madrid estrellas, resonancia exterior, pero nada, absolutamente de lo otro, del juego. Es más, se disolvió el sentido colectivo: el casticismo y el germanismo, Stielike y los sobacos sudoríparos de Camacho.
Así, el hombre que inventó el “perfil bajo” en el banquillo juzga y canta y llora a Cruyff. Ironías del “fúrbol”.
El Madrid, con perfiles bajos, Queiroces; y el Barcelona con reverberaciones del perfil único de Cruyff, que fue la redimensión del entrenador. El entrenador lo es todo. No es un señor acogotado y con la camisa bien planchada que se sienta en el banquillo, es otra cosa. Es un general moderno, con algo de diseñador, es un publicista y un político, es un hechicero y un charlatán, es un geómetra y un filósofo de sobre de azúcar.
Por eso es asombroso que Florentino evalúe a Cruyff. Porque esta dibujando el perfil de todo lo que no tiene el Madrid, y que no tiene desde que La Quinta, pura generación espontánea, los 80, más sociología que método, todo lo subió en ese globo conmemorativo de las 25 ligas.
¿Recuerdan esa fiesta? 1990. 25 ligas. Y un globo, ¿era un globo? en el centro del Bernabéu.
Pues con ese globo se fue la primacía, y se la quedó el Barcelona de Cruyff.

Cruyff era irritante. Una semana antes de visitar cualquier campo, la prensa barcelonesa tocaba a la estrella local. Bruins Slot sacaba la manita, a Koeman le tuvo que poner en su sitio Luis Aragonés (“Cintura como la rueda de un camión”). Pero algo tenia. Con su gabardina, con la compañía de Rexach, que, qué maravilloso era ese Rexach, como un mediterráneo perfecto, hedonista, bien humorado, le daba proporción a todo, y matizaba la genialidad cosmopolita del otro (la genialidad siempre lo es, supongo), con una dimensión paisana perfecta. Rexach era el cruyffismo hecho hombre, explicado al catalán, hecho catalán disfrutón, encarnado un poco en el simpático Charly.
Era un equipo fulgurante, novedoso, ganador y además lleno de humor.
Y para mi no estaba en Romario, estuvo en Koeman y en Guardiola, en la circulación del balón y en los extremos, y en la velocidad distinta, desconocida, que alcanzaba la pelota.
En fin, no aburriré más con ese recuerdo.
Vayamos a la cuestión final. “Una de esas personas que merecen no morir”, dijo hace un rato Florentino, caballeroso, al desplazarse a Barcelona (curioso status ese, por cierto, el de personas que alcanzasen la inmortalidad, como héroes. Florentino piensa en un mundo poblado de semidioses efectivamente inmortales, seres superiores que trascendiesen el tiempo, dotados, por sus hazañas, de la condición eterna del héroe. ¡Hablaba de una inmortalidad real! ¡Cuánto de eso ha tenido su Madrid helenizado, kitsch, con su delantera de semidioses de blanco griego! Cruyff, lacónicamente, lo dijo de otro modo: “Ya soy, probablemente, inmortal”).
Cruyff es el responsable de todo. Pero no sólo. Hay algo en Barcelona que supo entenderlo y respetarlo. El catalanismo ful de Laporta, al final, retoma a Cruyff y asume el floretinismo birlándole a Ronaldinho. El catalanismo futbolero hace suyo a Cruyff, lo hace carne de escritura, corpus político, filosofía de salones y restaurantes. Cultura menor. Todos los maravillosos excesos retóricos que conocemos.
¿Y Madrid? No es solo Cruyff. Hay algo propio que lo explica. El Madrid ficha a Valdano, que le devuelve el 5-0, y dura unos meses. Y después vinieron los tumbos. Mano dura, mano blanda. Entre los Molowny y los Manu Militari. Una prensa que prohíbe a Capello pero que tampoco pide la genetización de los Iniestas. No implacable a todos los Benítez, pero tampoco un sí a los Guardiola. ¿Qué queda? El diálogo imposible y aburridísimo entre el florentinismo y las Viejas Glorias (de Del Bosque a Casillas).
Florentino llega en su Segundo Advenimiento. Y llega con Valdano y Pellegrini. Y ficha a Alonso y Granero, pero vende a los holandeses. Y el equipo queda con dos mediocentros y a lo mejor tres interiores. No puebla el mediocampo. No le roba el balón al Barcelona.
¿Por qué no copiar? ¿Por qué no imitar? En Madrid, donde manda la filosofía de la ejemplaridad. Es como la regla socialdemócrata común en el mundo laico de derecha aburrida e izquierda conocida y ya sin capacidad crítica. La ejemplaridad. ¡Pero eso es imitación! La imitatio como institución.
¿Por qué el Madrid no le hace el mejor homenaje posible a esa figura “efectivamente” inmortal e imita a Cruyff?
¿Por qué no se atreve a un fútbol radical, hermoso, rápido, distinto? ¿A una armonía que junte lo individual y lo colectivo, a Romario con el equipo?
¿Por qué, si al final la Liga no se va a ganar, no se pierde hermosamente? ¿Por qué se dice sí a lo bonito pequeño, a la virguería del futbolista, pero no a lo bonito con mayúsculas de ese fútbol?
¿Por qué los cracks y no la aspiración del fútbol total? ¿Por qué no se supera ese fútbol indvidualizado, de súper héroes descoordinados, y se intenta, por una vez, la orquestación, es decir, por qué solistas sin afinación, en lugar de orquesta y figura?
Un efecto de Cruyff, el mayor, atroz, fue hacer que el Madrid, refunfuñado, enfadado, contrariado, se alejara de lo bueno, de lo hermoso, de lo mejor, de lo que es sencillamente mejor, sólo porque era de Cruyff y era del Barcelona.
Y se quiso hacer milanista, e italiano después de Catenaccio, y se quiso luego sudamericano, apaisado, lento, o fulgurante en las contras con Mourinho, como un Atleti a estas alturas, pero nunca lo que tenía que hacer. “Buscamos la excelencia”. Falso. El Madrid huyó de ella porque estaba ocupada, y era del rival.
El homenaje sería copiar a Cruyff. Quitárselo al Barça. Primero, porque no es suyo, es universal. Existió antes, lo tuvo Holanda. Y porque además lo hacen todos. Selecciones y clubes, que lo imitan.
En los 80, antes de Cruyff, el Madrid, con la Quinta, tuvo a Bennhakker, discípulo y amigo de Michels, y no era un genio, tulipán menor. Pero ya hubo con él una semilla, un antecedente estimable de fútbol similar.
¿Por qué no imitarlo con la humildad de un filial?
Para el Bernabéu no vale Benítez, pero no puede un Guardiola. ¿A qué sucedáneo está condenado?
El Madrid, por no mirar a Cruyff, ha intentado todo menos lo mejor, y ha perdido también sus señas de pundonor “garcía”, de germanismo, de constancia algo roma, si se quiere. Del mejor fútbol ibérico, castizo, que ya no tiene sentido después de la España campeona de todo.
Si hasta Del Bosque, que era un Molowny castellano, se subió al Babieca del toque.
Pero el Madrid no. Ahí sigue. En la espectacularidad de las estrellas (Florentinismo puro).
El Barcelona completó su “identidad”. Se hizo redondo, entero, uno. Eso se lo dio Cruyff. Y el Madrid, sin embargo, perdió la suya. Convertido en la interpretación personalista, florentinista, de los años 50.
Por eso, cuando el presidente del Madrid homenajea a Cruyff, yo no sé si sabe bien que podría haber un homenaje mucho mejor. Para el propio genio, para él mismo, y desde luego, para su club.

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