Deshumanización en la Plaza Mayor

Publicado por el Mar 16, 2016

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“Las estaban deshumanizando”. La respuesta del héroe de la Plaza Mayor que se enfrentó a los hinchas del PSV de repente me pareció estúpida, casi cómica. No debería, porque fue un ejemplo de civismo, pero había algo fácil y exagerado en esa palabra. Desproporcionado. “Las vejaban, las humillaban”, hubiese sido mejor.
Pero esa palabra parecía un lapsus, algo que revelaba un heroísmo cívico de corte humanitario, humanitarista.
Es cierto que las “animalizaba” un poco, en tanto que iban y venían por la plaza como palomas tras el grano.
Pero a mí la impresión que me dio es que ellas ya lo estaban (si es que lo estaban), y que él corría un velo. Fue darles la moneda y seguir a lo suyo, ávidas. Su estándar de humanidad era otro, desde luego, pero no se estaban “deshumanizando” tanto ellas como ellos. Se sentía una fuerte impresión ante el inhumano cinismo de esos individuos.
Ellas no se arrastraban obligadas, era algo voluntario. Podían conseguir más monedas en otro lado, muchas más haciendo una felación o robando, qué sé yo. Pero consideraban que nada de ellas se perdía por arrastrarse un poco por el suelo. O quizás es que esa, digamos, dignidad ya la habían perdido.
Ellas lo aguantaban, nuestros ojos no.
En las mendigas había algo muy chocante. No hablaban. Eran, como tantos mendigos, personas mudas que sólo querían el dinero. La suspensión de funciones morales o intelectuales en el acto de obtenerlas es sólo una cuestión de grado.
Por eso digo que ellas no estaban siendo “deshumanizadas”, palabra campanuda que usó el héroe cívico.
Ellos quizás sí. Renunciaban a la caridad, a la empatía (versión light del psicologismo actual), a la piedad… Se estaban divirtiendo. Estaban haciendo de la mendicidad un espectáculo. No hacían caridad; daban el dinero a cambio de algo. Una pirueta, una flexión.
Era una performance anticaritativa, en realidad. Estaban reventando la caridad. Atentando contra el acto mismo de la caridad. Eso era lo peor, la demostración de que no la compartían en absoluto.
(Frente al espectáculo de la moneda, el señor, nuestro héroe, dio la suya apenas sin mirar a las mujeres. Porque así realizamos nosotros siempre el acto de la caridad, apenas sin mirar, como algo íntimo, hacia nosotros, muy pudoroso, sin querer apreciar el estado del socorrido, sin reconocimiento ni juicio. Había hay dos mundos opuestos en la misma plaza, en la misma moneda entregada).
Y la actitud del héroe cívico me pareció un poco decepcionante. Lo único satisfactorio, plenamente satisfactorio, hubiese sido irse a por los holandeses, pero el acto de darles dinero a las mujeres para evitar que siguieran arrastrándose no corregía nada, sino que evitaba el espectáculo. Era, en realidad, algo puramente higiénico, una medida antiséptica en la Plaza Mayor. Les estaba dando un dinero para ahorrarles, ahorrarse y ahorrarnos el espectáculo de la abyección.

El “las están deshumanizando” me pareció otra fase electrizante. Revela un sentido muy concreto de lo que se entiende por humano, quizás muy particular, muy nuestro. Y exige una restitución, una “rehumanización” que realmente no se produjo.

El acto del héroe de la Plaza Mayor -profesor de filosofía, no por casualidad- era de un humanitarismo muy actual. Ellas seguirían a lo suyo, y ellos también, pero todos nos evitaríamos el espectáculo. La escenificación de la desesperación y el abuso.
Lo que quedaba era el arrebato de indignación higienizante del señor (¡los quitamanchas actuales de la balleta moral!), que no soportaba la realidad brutalmente exhibida.

Ese “las están deshumanizando” me pareció de una considerable bobaliconería. Tenia que decir más bien: “¡Parad, que nos estáis haciendo daño a los ojos! ¡Nos estáis obligando a actuar! ¡Nos estáis revelando vuestra naturaleza y su naturaleza!”. El acto de los holandeses, humillante y vil, estaba aflorando, como en una despiadada obra artística, un potencial de degradación latente que sabemos que existe. Que existe, para empezar, en nosotros.

Y que revela, por ejemplo, el estatus concreto de esos inmigrantes en la mendicidad, personas que parecen mudas, ajenas, bestiales a veces, que ni se preocupan en tratarnos, resignados desde el principio, y a los que nosotros sólo concedemos la indiferencia. Personas de las que no podemos explicarnos qué vida tendrán, más allá de la existencia un clan familiar. Eso lo estaban revelando los holandeses con su maldad “años 40”. No era su objetivo, claro, pero nos intranquilizaban.

Me pareció muy simbólica y muy actual la naturaleza humanitaria, es decir, fundamentalmente hipócrita, del acto del señor cívico.

La humanidad, tal como la entendemos, no está generalizada. No podemos sostener nuestro concepto de lo humano. La hipocresía total y estos heroísmos y concienciaciones de cinco minutos son todo lo que hay.

La Embajada Holandesa, que condenó lo sucedido, me sorprendió aún más cuando, a renglón seguido, y en tono de compensación, recordó el “gran partido” (¿gran?) jugado en el Calderón. Como si el fútbol restituyese el buen orden de las cosas.

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