Paliza a seis manos

Publicado por el Dec 8, 2015

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La mayor oferta política del multipartidismo quizás tenga un efecto paradójico: hay más donde elegir, pero es más complicado encontrar una satisfacción completa. Pasa con todo.
Podemos puede revitalizar la izquierda, pero a qué precio; y Ciudadanos tiene aún varias zonas de indefinición que han de escamar al votante de derechas.
En estos debates de cuatro, por otro lado, cada uno le habla a un grupo de votantes, así que quizás no se trata de buscar a un ganador, sino al perdedor.
En eso, coincidencia general: lo de Pedro Sánchez fue dramático.
Comenzó el debate agresivo, yendo directo a por Rivera:
-Tú eres derecha.
-Y tú vieja política
Pero cuando iba a por Rivera se dejaba un flanco sin proteger y entraba Iglesias, que le atizaba casi con sadismo. Primero, partiendo de una falsa coincidencia de origen, ese “Tienes razón, Pedro”, que parecía le estaba colocando la carita con mimo con una mano para arrearle mejor el sopapo posterior: “… Pero mandas poco”.
Pablo Iglesias sonreía como el Billy Bob Thornton de Fargo, lo estaba disfrutando. “Pedro, no estás a la altura”. Y cuando no fue él, fue Soraya, que si brilló fue contra Sánchez. El divertido pasaje de la Constitución e Internet o el “Gobiernos de pagar y gobiernos de deber”.
Mientras todo esto se producía, Sánchez sonreía como en las teletiendas, y a veces, para mayor riqueza, remataba la sonrisa con un mohín a lo Velencoso. Era la misma táctica que usábamos en las disco lights, que nos tirábamos todo el sábado por la tarde riendo y acartonando la cara.
Era su sonrisa defensiva, pero luego tenía la otra, la ofensiva, cuando Soraya hablaba y él interrunpía. “Jaja, madre mía”.
A la incapacidad del líder, el PSOE une una indefinición preocupante. Realmente, la única propuesta, la única firmeza del partido es la paridad.
Hubo un momento memorable y atroz. Se hablaba de pensiones y la propuesta socialista se sustanció en crear un impuesto. Frente a eso, hasta Podemos, con el I+D+I y el crecimiento, sonaba sensato.

Podemos tiene fogonazos. Está construyendo algo. Iglesias tuvo momentos de un disparatado populismo, pero luego medidas concretas y arranques apasionados. Ya lo dijo Ferreras al final. “Este plató, santuario sagrado de la pasión política”. Iglesias supo engarzar las generaciones: que los abuelos voten pensando en la calidad laboral de los nietos; habló de proporcionalidad, y dejó clara su postura en Cataluña, el derecho a decidir.
Acabó como el Langui, pidiendo sonrisas con un toquecito en la patata.
Hasta a los disparates de Iglesias nos acostumbramos con cariño. Ya le perdonamos que le sude la sobaquera o que se invente un referéndum andaluz de independencia. O el House Water House Cooper, en el que mezclaba una firma auditora con una empresa de publicidad de Mad Men.
Hubo un momento de diálogo con Rivera en el que concentraron el plano. Parecían eso que se llama una “centralidad”. En los costados, Sánchez y Soraya quedaron marginales, superados.
Fue un instante.

De Rivera recordó su colaborador Páramo al principio que era “campeón de España de debates”. Es verdad. Los afronta con una capacidad deportiva. Incluso su nerviosismo, su manojo de tics, su frotamiento continuo de manos, parecen deportivos. No le tiembla la voz, no afectan a su frescura. Son los tics del corredor antes de salir, o el frotamiento de manos del gimnasta cuando se las embadurna de polvos de magnesio. Le falta hacerse a sí mismo un masaje o hacerse sonar los nudillos. Pero de alguna forma revaloriza el nerviosismo, el tic. No es algo malo, grotesco, sino casi algo sano, natural.
Luego apela claramente al concepto Segunda Transición (la de Iglesias es una renovación falsamente rupturista, pero no heredera). “Una segunda transición más ciudadana”. Fue el único en mencionar a los antepasados, algo que quizás sea una apelación subconsciente a la Nación.
Cuando pensábamos que era el único sin lapsus evidentes, soltó lo de los aliados. “Derribamos el nazismo”.
Rivera, sin embargo, tiene zonas del discurso muy difusas. Sus propuestas políticas acaban muy pronto en el “pinchar la burbuja política”. Incluso Iglesias, con su promesa de subida del IRPF para el tramo entre los 60.000 y 300.000 euros, suena más concreto.
Hasta en lo de Cataluña, su punto fuerte, donde su poderío escénico se hace abrumador (se le va hinchando la caja torácica como si nadara. ¡Eso es! Rivera acaba los debates como un nadador, congestionado, torácico y relajado, como si renaciera del agua. Sus tics iniciales son las contorsiones del nadador antes de lanzarse mientras escucha en el ipod a Leo Harlem: es el candidato nadador). Incluso en el tema de Cataluña peca de misterioso. Esa Nueva Transición, Nuevo Impulso, ¿qué es? ¿Sólo un conjunto de propósitos retóricos?
Hay un ámbito donde las diferencias y rasgos se ven claros: la Ley Electoral. El PP no propone grandes cambios, Sánchez habló de paridad, Podemos de proporcionalidad, y Ciudadanos de una doble votación de partidos y personas. Es decir: continuidad, paridad, ruptura clara y algo intermedio, difuso y de corte ideológico impreciso.

Es curioso lo de Sánchez. Le pregunten de lo que le pregunten, sale con la paridad. El PSOE es el partido de la paridad. Primero dejaron de poder hablar igual a los votantes de todos los territorios; ahora empiezan a hacerlo con los sexos. No tienen un mensaje integral.

Gusten o no, Rivera e Iglesias hablan de futuro, pulsan una tecla vibrante, tratan de aglutinar. Sánchez era Schz y ahora es Schchchchzzz (de estornudo losantiano a refresco que pierde el poco gas que tenía), y Soraya habló de pasado sin querer. Un todo defensivo, de justificación. De temor a una España “incierta”. No estuvo mal, tampoco muy bien. Le tembló la voz, y tuvo esa salida delirante dirigida a las adolescentes. “No os dejéis controlar el móvil” (¡Ni las teles! debió soltar alguien). El conjunto del debate le viene bien porque se vio muy claro que Rajoy se ahorraba el mal trago de la corrupción que tuvo que afrontar ella. Quizás sea el precio del pacto posterior.
A la imagen personal de Rajoy le vino bien no asistir, pero al partido no. En los momentos fuera de plano, el PP se convertía en AP. Si Soraya hubiera pegado un resoplido fraguista hubiera sido terrible.

El resultado más claro del debate es la paliza a seis manos que se llevó Sánchez, que queda tembloroso y al borde del KO para enfrentarse a Rajoy. Allí la sensación de dominio y superioridad del presidente será absoluta. Es una campaña perfecta, pero de invernadero. Como salir de simulacro, de safari. Se ve el león, pero no se está realmente frente a él. El debate ante Schz es la apoteosis de eso: es un debate ante un candidato grogui. Ante nadie. Un sparring.
Rajoy habrá terminado la campaña ante Bertín, los ciudadanos ful de La Sexta y el Roque III del PSOE paritario.

Ayer no fueron poco importantes los periodistas. Vallés no se notó, lo que es perfecto. A mitad del debate alguien reparaba. ¿Qué es esa sensación de orden lógico y de educada proporción? ¿Qué bien va todo, no? ¡No parece Nueva Política! Era Vallés. De hecho, Vallés funcionó de reglamento parlamentario. Fue la lógica y el orden. Debería seguir el resto de la campaña.
Ana Pastor, sin embargo, tiene otro efecto. “Le ha lanzado un zasca”, dijo en algún momento. Pero sobre todo estuvo mal cuando interrumpió abruptamente a Soraya a mitad de debate, como una candidata más. Su periodismo enfático fue menos efectivo que el de Vallés.
Como anécdota final, quede un instante anterior al debate. Cuando hablaba el inolvidable Euprepio Padula (homenaje a la italianización de la política española), entraban los candidatos, y Ferreras describió la indumentaria de Soraya como “traje negro”. Recibió un mensaje de manera inmediata. Era del equipo de Soraya, corrigiendo. “Me dicen que no es negro, es azul noche”.

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