Oporto

Publicado por el ago 17, 2015

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En el viaje a Portugal, que más que viaje es escapada, tenía un propósito doble.
Uno era no volver con toallas en la maleta. Fracaso parcial, pues le compré a mi madre un mantel. El insuperable mantel interpeninsular.
El segundo era observar, sin caer en absurdos iberismos, lo que, no siendo mío, ni tampoco gallego, me resultase familiar. Esa sustancia que queda, el alma portuguesa (estas pomposidades están permitidas hablando del otro), algo distinto, pero apropiable. Esa propensión lusa (y lúser).
Qué barbaridad, dicho así: Portugal es un lirismo nuestro.
Huir de lo español estando tan cerca, de la sonora cordialidad y de la luz inclemente, ¿no es la perfecta vacación? Darse un respirito de españolidad.
Como la peor especie humana, la del turista con libro, me dirigí hacia la dualidad del carácter portugués, lo serio y lo suave.
Al aterrizar ya se nota: la influencia atlántica, la luz distinta. La triste luz viril, que dijo un poeta. La consanguinidad del granito con la luz matizada, eso es Oporto.
Conocida Lisboa, hay que visitarlo. El escritor Miguel Torga lo explica: “Lisboa es un muestrario (…) de una parte aventurera de nuestra sangre, un muelle para que embarque y desembarque esa prisa que recorre el mundo. Pues bien, a mí Oporto me parece más una seria y tranquila citania lusitana, cercada por nuestra altivez de labradores”.
El que llega, de inmediato queda prendado del Duero y del contraste entre su fluencia y la mole urbana, “inmensa, troglodita, ambiciosa”, pero rica en delicadezas.
La Iglesia de San Francisco, por ejemplo, con un atisbo de manuelino, ese último gótico recargado, y un resto de barroco y pan de oro.
Junto al orgulloso, burgués, casi protestante Palacio de la Bolsa, está la estatua dedicada al Infante Don Enrique, que con un dedo señala ultramares o dispone nuevas empresas igual que nuestro Colón en Barcelona. Inevitable acordarse del Pessoa nacionalista (perdone el lector la pobrísima traducción): “Un imperio ganó para Castilla/ para sí la gloria merecida/ la de grande lejos de los mares conquistados/ pero no ganó la gloria de haberla comenzado”. “Otros tendrían lo que habríamos de perder”. La gloria española aureolada con una luz prestada.
Pero aunque Pessoa se nos venga a la cabeza y en las tiendas de souvenirs aparezca su silueta inevitable, en Oporto no nos debe interesar. Hay que ser turista y echar muchas fotos con encuadre de catedral. Y cuesta, después de tanta autofoto con el móvil. Hay que ver el hito urbano de la Plaza de la Libertad, la Avenida dos Aliados, de un majestuoso y amplio modernismo (los dinerales de la exportación de principios de siglo), que llega hasta la Iglesia de la Trinidad. Y al salir de la estación de tren de Sao Bento, con su historia de azulejos (“Nuestra miopía”, dijo alguien), pasear, muy cerca, entre terrazas que ofrecen petiscos, vinhos, natas, por la Rua das Flores hacia la Iglesia de la Misericordia para disfrutar de las cualidades de lo burgués bien dispuesto.
En la rua do Carmo, donde está la Iglesia de las Carmelitas -más azulejo azul y filigrana- se tiene la sensación de haber cruzado el océano. Hay algo americano ya en este lugar, con su palmera testimonial, que es como la palmera del penúltimo sur. Una sensación que no es propia de Oporto, que más bien quiere remontarnos hacia el interior, Duero arriba, siguiendo la vida de su vino, que nació en el valle y bajó en los barcos (rabelos) hasta la ciudad, donde recibió nombre y destino comercial.
Oporto desprende un aire burgués, enraizado, civil, pero la ensoñación americana surge a veces, quizás por sugestión del infeliz turista.
La gastronomía portuense es contundente. Nada de melindres: callos y francesinha, un sandwich cárnico bañado en salsa y queso. Además, la omnipresente variedad nacional de bacalaos, las sardinas y las típicas natas a los postres.
El peor momento del viajero quizás llegue cuando, en un restaurante junto al Duero, caiga a su lado un turista compatriota que, con elevado tono de voz, relate andanzas de empresarial quijotismo infame. En ese momento, agradecerá estar comiendo bacalao. Sus enormes raspas, armas blancas, pueden ser un recurso amenazante.
Se come mucho allí, enormes raciones, pero parece mejor el vino. La alternancia entre el vinho verde, nacional, y el Oporto embriaga la estancia. El Oporto, dulce, tiene unos rotundos efectos sentimentales en la conversación, con el riesgo real de acabar cantando fados a quien se deje. ¿Nos entenderían? Nosotros nos comemos las consonantes, ellos las vocales.

El vino de oporto, además de ser relato, biografía del Duero, es demostración de la influencia inglesa. Por no ser españoles, seamos ingleses. ¿Se les puede culpar? Las bodegas, iluminadas por la noche, enseñan en Gaia sus apellidos británicos.
Es fácilmente visible la influencia extranjera. Siendo Oporto meridional, tiene algo de ciudad portuaria del norte. Brumosa en invierno, en verano se disuelve en una calígine delicada cerca del mar. Se percibe en la pujanza comercial que su patriciado enseña orgulloso, con estuco y presunción, en el Palacio de la Bolsa, o en las rotundidades modernistas de su centro urbano; en la inspiración neogótica de la Librería Lello (la de Harry Potter) o en la obra de Nasoni, el arquitecto italiano que allí hizo fortuna. También en los zancos ingenieriles sobre el Duero.

Ya nos vamos acercando al propósito: Atlántico y Europa.

Oporto se eleva en la Torre de los Clérigos. “Si me haces subirla vamos a tener un espectáculo pulmonar”. Sorprende lo que no se ve desde arriba; el Oporto metropolitano es enorme, muy populoso. La otra elevación singular de la ciudad es el puente de Luis I, el mejor de los seis que cruzan el Duero. Hierro, técnica y esplendor decimonónicos en el arco que enmarca la Ribeira.

Porque la postal de Oporto es la Ribeira. Después del azul y el gris, de piedra oscura y azulejo, sólo roto por un rosa de camelias, allí surge el color en su retablo de fachadas. Al otro lado del río, Gaia; de éste, Oporto. Un pasatiempo es cruzar los puentes para ir disfrutando de ambas perspectivas. Pero lo mejor, después de haber andado, es sentarse en la Plaza da Ribeira, o junto al puente Luis I, y observar cómo desde su primera altura, tras persignarse. los niños se tiran al río cumpliendo un rito de iniciación.
Es el puente más hermoso y aéreo. El de María Pía, de la firma Eiffel, un poco más allá, parece hecho con pequeñas torres parisinas, como si el arquitecto hubiera usado en todo el mismo principio constructivo.
El Duero no es el mismo bajo cada puente (¿Cuándo pasa el río, que lo quiero ver?), mejor caminar un poco hacia Miragaia, pobretona y multicolor. Las portueneses cuelgan su ropa, abre las ventanas y se asoman al río. Estragos de la humedad en las paredes. Adivinar allí si el viento viene del mar o sopla hacia él, y quedarse observando el capricho de las gaviotas, que, como los patrones de barcos para turistas, se agrupan en cierto sitio y se dejan llevar por la corriente hasta que dicen basta y echan a volar. ¿Qué secreto conocimiento de la ciudad guardan para sí?
En esa inercia de río, vientos y gaviotas se pasa el tiempo. También es fácil entretenerse con los gatos, que abundan y reciben el cuidado de los habitantes. Oporto es ciudad felina.
Pero hay que seguir bajando hacia la playa, Foz de Douro, y descubrir, sin aviso alguno, la apertura de la ciudad al océano. Adiós granito, adiós Oporto.
En ese límite, en alguna plaza de humanidad nostálgica y humilde, el visitante, inflamado de suposiciones, con un Portugal íntimo y seguramente falso, y quizás con algún vino, empezará a considerar, viendo lo pasado y comprendiendo un futuro que no conocerá, si era eso, por fin, la saudade del vecino.

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