La amnistía tuitera

Publicado por el Jun 16, 2015

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Creo que el problema con Twitter es un problema de respeto a la palabra escrita. Para mí, aunque a veces me relaje con algún signo ortográfico, tiene la cualidad del palimpsesto o de lo que se escribe en el agua, o en una ventana empañada. Ni siquiera la miro aún como una superficie indeleble. Pero es que incluso cuando escribo algo en la orilla, a esas horas en las que no hay nadie en la playa, tengo pudor. “Hughes ama a Angelines”, ¡y lo borraba de inmediato! ¡No me atrevía a verlo escrito!
Supongo que considero que lo escrito se acabará leyendo. ¿Si no por qué escribirlo? No es que vea la escritura como algo sagrado, es que hay cosas de mí que no me atrevo ni a escribir.
Siempre he tuiteado pensando que algún día seré ministro. Aún hoy lo pienso. Que una carambola biográfica y política me llevará a esa situación, tan necesaria para España. No quiero que encuentren tuits sectarios ni anticonstitucionales, una parte de mí sigue aspirando al centro. En realidad es que vivo atrapado en la corrección. Es horrible. Desde que salgo de casa y me cruzo con el vecino hasta que intento formular alguna conjetura sobre lo que sea. Incluso con Casillas me veo obligado a intentar ser justo.
La reciente y bárbara polémica con Zapata y compañía me ha provocado alguna incomprensión.
En primer lugar, quise separar, por una especie de generosidad pánfila de raíz católica, los tuits entrecomillados de Zapata, aquellos iniciales, de los demás. Creo que más grave que su caso es el de los otros concejales. Realmente acepto su entrecomillado como un lamentable y tonto ejercicio de humor negro. Niego (me asombra) que pueda ser un digno concejal de cultura, pero es que yo no lo voté. Hace meses que entendí que la comprensión de lo cívico, de la libertad o de la propiedad es, en algunos conciudadanos, tan distinta de la mía como para temer problemas en el futuro. Tenemos una constitución, pero no puedes ser constitucional un sábado por la noche. Estás condenado a una soledad muy triste.

Un ejemplo de incomprensión. En la reciente y valiente y estupenda entrevista de Ana Pastor a Carmena me llamó la atención cómo la juez se imponía a la alcaldesa. ¡Recurría a la visión judicial cuando debía proponer gestión! Un totum revolutum anti-higiénico, absurdo. Ponía en solfa la legalidad de procedimientos anteriores desde una perspectiva cenital.

Así que no entiendo la sorpresa por los tuits. ¿Dónde han estado todos este tiempo? ¿Acaso la gente sólo tiene en redes sociales a gente de su misma ideología? Los que vienen detrás de Zapata son peores que Zapata y habría que decretar una amnistía tuitera general para constituir ayuntamiento. ¡Una segunda transición basada en el perdón tuitero!

Ahora bien, titulares como “Zapata promueve el holocausto” me han parecido injustos e irresponsables. También esas personas que han salido llamándole nazi, filonazi o partidario del holocausto. Eso es confundir las cosas y banalizar el nazismo real. Es un exceso, como exceso es hablar de genocidio. Estos profesionales del sarpullido me irritan y en su banalizar el nazismo y el holocausto son ellos mismos un peligro público. ¿Si estos chicos, terroristas de ratón, son eso, qué les diremos a los del ISIS?
La renuncia a la comprensión, a la realidad, al matiz, me parece una estafa y además un coñazo soberano. Y me irrita porque la gente gana dinero con ello. También imponer la trampa de la literalidad. Ha habido deslices, efusiones y barbaridades extemporáneas que no se pueden considerar defensa del genocidio.

Cuando pienso en lo del humor negro me tengo que asombrar. Vigalondo perdió mucho con sus excesos, y este Zapata ya ha dañado su incipiente carrera política. Son unos mártires de su propia concepción ridícula del humor, víctimas de su propio morbo.Me los imagino quedando para repetir chistes del holocausto como parafílicos desesperados. No un festival del humor, un festival de los límites, como jackass de lo conceptual. En realidad hacen deshumor. ¡Son gente absolutamente negada para el humor! ¡Cerrados al humor, truculentos del humor sin gracia! El aspecto de Zapata, ese aire rusófilo, barbado y desesperado resultaba tan desangelado… ¿cómo puede tener gracia un hombre expulsado de su tiempo?

La frase “Buscaba los límites del humor” de tan tonta es conmovedora. ¿Quién les ha confirmado que eso es humor? No era humor y le buscaban los límites, como astronautas colgados de la sonda en el más allá de lo inteligente.
Pero la risa que provoca la incorrección es muy característica: es irrefrenable, pero se acompaña con un gesto de negación con la cabeza. Uno se ríe y a la vez niega o se lamenta de la ocurrencia del otro. Louis CK es un maestro en ello y lo hace a través de una cláusula maravillosa, genial: su “Yes, but maybe”. Concede y luego añade una delicada adversativa moderada adverbialmente a la que no puede uno negarse. Además, se ofrece a sí mismo en sacrificio.

Quizás es que aquí hay también, además, un problema de humor. Vivimos una hipertrofia de humor, una inflación de humoristas, un humor sectario vinculado a una determinada y muy reducida visión del mundo. El humor español del siglo XX tenía límites y jerarquías y con ello se desarrollaba. El humor pseudoamericano, absurdo, de un cinismo frío, repelente y vacío que se estila en España es espeluznante y, sobre todo, es un poco gilí. A mí me asombra cuánta gente se dice humorista o habla de “su humor”. ¡También era sagrado el humor! España es el país con más “humoristas inteligentes” del mundo. Hay más humoristas que inteligentes.

Pero todo esto es mucho más sencillo, en estos debates políticos funciona más que nada lo reversible: ¿qué hubiese pasado si un concejal del PP fuera autor de chistes machistas, homófobos y racistas? No le hubiera bastado con dimitir. Tendría que haberse metido en un monasterio o hacerse marino mercante. Y eso si sólo fueran chistes. Si fueran comentarios sería escracheado de por vida como un Paquirrín a las puertas de Cantora.

La corrección política es una emanación casi física del ordenamiento (¡miasmas constitucionales!). Hay limites en el aire, murallas fónicas, cosas que uno no puede pronunciar. Por un lado y por el otro. Es un rollo, sí, ¿pero no ocurre con todo? Convivencia es tabú.

Reconozco aquí que sí me reí con una sucesión de tuits de uno de estos concejales. La insistencia en guillotinar a no sé quién me pareció, de tan exagerada, necesariamente humorística. La guillotina para todo. Era como meter a Gallardón en una minipímer o en la termomix. Era obsesivo. La fidelidad al método homicida del revolucionario era tan autopárodica que me pareció forzosamente graciosa. ¿Era la intención del autor? Espero que lo fuera. Escuchada por la radio me provocó una carcajada inmediata y el café que me estaba tomando salió disparado.
Yo aceptaba su guillotina porque él me ofrecía, implícita, su propia caricatura. Me parecía un buen acuerdo para empezar a reír y a hablar.

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