La barba de Conchita

Publicado por el May 17, 2014

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Lo que ha hecho Conchita Wurst es una genialidad. Ya se dijo que la adopción de la barba por parte de los metrosexuales lucetabletas generaba un extraño y desasosegante efecto travestí. Pues llega ella y se apropia de la barba. La hace suya y culmina con ello el proceso de pérdida de la condición de atributo viril. Proceso que ya comenzaron los «osos», tribu gay que se apropia de lo muy macho, de lo hetero. Después, la metrosexualización y ablandamiento hipster de la barba (una barba realmente blanda, como manoseada, puesta en remojo) vuelve sobre lo mismo. La barba se convierte en cosa de barbilindos, morbidez narcisista del hombre blandengue.

Conchita no es una mujer barbuda, sino una mujer con barba. No es lo mismo, como diría Elena Valenciano, ser persona discapacitada que persona con discapacidad.

Conchita coge ese atributo varonil y lo hace unisex. Si en el siglo pasado la barba fue característica del prohombre, ¿no podría la mujer dirigente llevarla con propiedad? ¡Imaginen a Elena Valenciano con barba contra un Cañete atribulado, paralizado en su no-querer-ser-machista! ¿No se rubalcabizaría absolutamente Soraya Rodríguez con barba?

Creiamos haberlo visto todo. Hombres femineizados, travestis perfectos, mujeres «butch» muy masculinas pero nos faltaba la genialidad de la mujer con barba. Desexualizar los atributos, eso consigue Conchita. Explotando la barba femenina, la Moda podría ser puerta hacia ese tercer estado gaseoso. Ya fantaseó con ello Alaska cuando fue desplegable transexual en portada. En algunos países se reconoce el tercer sexo como una realidad médica con consecuencias administrativas. En Australia surge como paralización en el proceso de hormonación. Un hombre que a mitad de camino de ser mujer se queda ahí, varado en el justo no ser ni una cosa ni la otra. ¡Qué alegría poder inventárselo todo! (Es curioso, por cierto, cómo este hombre/mujer se parecía a los Bosé). Porque existe este futurista tercer sexo y existía la indefinición angélica (obsesión se Lucía Bosé fueron siempre los ángeles, ojo) y luego hay una androginia por falta de definición clara, en la que cuesta determinar qué es mujer, qué es hombre. Pero lo de Conchita es algo nuevo, es una salida por la vía de la suma de atributos. «Me pongo tetas, me dejo barba». No quitarse, ¡ponerse!

Parecía que Eurovisión era una simple broma gay, un guateque mariquita, pero quizás tenga mayor profundidad. ¿Por qué Europa ha acabado en esa especie de redoma kitsch? ¿No puede extraerse una lección de la performance de Conchita? La construcción de una identidad por adición, por suma de atributos. No superación de identidades, sino acumulación. Ser hombre y conseguir ser mujer y luego querer ser otra cosa. Es decir, sobre la mera disolución postmoderna, la adición, la suma de capas identitarias. ¡Seamos Conchitas políticas! Asumamos, sobre nuestra catalanidad, una españolidad y una posterior europeidad.

La barba de Conchita es la definitiva desvirilización de la barba (lo más parecido era un Bee-gee cantando en falsete, las tetas de Tiresias quizás) y la invitación a construir una identidad aditiva, abigarrada. ¡Europa travestí contra la uniformidad lampiña e imperial de Putin!

 

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Gracias a la portentosa memoria de Ignacio Ruiz-Quintano, caigo en la cuenta de que la barba de Conchita fue antes el bigote de Beatriz Preciado, biomujer que se colocó un bigotito que ya quisiera Ruano, antecedente nuestro de la barba eurovisiva. El sábado, por cierto, en la celebración colchonera pude ver más de una y más de dos muchachas con barba dibujada en el rostro. Estaban igual de guapas. Ya puede decirse eso de que a mí, la mujer hasta con barba.

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