Europa Mortier

Publicado por el Mar 10, 2014

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Europa es tan fascinante que no se le acaban las naciones. Hoy he aprendido la de Transnistria y Rutenia. La UNPO, que se parece a una asociación de enfermedades raras, de naciones raras, seguro que tiene más. Luego, lo de Ucrania me parece como señor español normal algo muy estimulante. En primer lugar, quizás para aceptar el nacionalismo como parte viva del plasma ideológico europeo. No darle la razón, pero sí entenderlo como inevitable. Algo con lo que hay que lidiar, diagnosticar y someter a procedimiento porque es inacabable, una auténtica muñeca rusa. No dejarán de aparecer identidades colectivas. ¿Se llegará a una entropía regional? Después, la cuestión europea, crucial en la actualidad y, en tercer lugar, algunos aspectos de higiene personal sobre el valor de las movilizaciones en la calle. Porque no vale que el Maidán sí, pero Sol no. Aunque no sean comparables, ya sé que Caracas no es Barcelona, pero todas o ninguna. Gomá dice que necesitamos la calle, carnalizar la experiencia política, tan pantallizada en la actualidad. Hay que homogeneizar el tratamiento que se le da a la expansión callejera, a la representación informal. No se legisla en la plaza, pero tampoco se puede despachar con un manotazo displicente la reunión cívica, como si fueran ganaderos cruzando una cañada real.

Y luego está la cuestión europea. A mí me parece un milagro que mi billete de veinte euros me sirva en Albacete y en Düsseldorf y sólo me preocupa su capacidad relativa y su poderío. A menudo se habla de Europa en términos de cansancio y desaliento, ¿pero no es la unión económica una empresa fascinante? Muere Mortier y leo que se trataba de un delicado experto en la alquimia de la colaboración, casi con esas palabras, y me parece todo una magnífica metáfora para Europa, que ya de por sí es una realidad política comisariada cual exposición, en constante tratamiento y relectura de lo antiguo, de la tradición. Europa como un fastuoso teatro operístico, cima del espíritu, ensemble de matizada transformación de lo tradicional. Me canso de leer y escuchar a gente cansada de Europa, gente que parece que solo admite una ciudadanía imperial, el yugo del señor que entra a caballo o en tanque. Soberanía sin sangre sería Europa, acuerdo del Espíritu. Coordinación delicada y orgullosa de Mortier. Entre grandes naciones imperiales está Europa, proteica, multiforme, imposible en su neurastenia identitaria. Burocracia, lamentan, pero la burocracia es el florecimiento del derecho. A mí me parece que como europeo la alternativa al nacionalismo es una Europa imparable y blanda, democrática, burocratizada e inevitablemente lenta porque está realizando una empresa inmensa. Lejos de mirarla con desesperanza, empiezo a asombrarme de Europa, a profesar un europeísmo casi fanático. Cada día me admira más este continente-museo, regional, difícil, aritmético que parece que aspira a contraimperio, a gran orquestación debilitada, a Shangri-La igualitarista. Cuando se demuestra débil es cuando yo, españolísimo me temo, amo más su idea. Federación feliz de exasperados regionalismos. La gran utopia. Qué logro sería, mil veces más fascinante que cualquier Imperio.

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