El lobo de Scorsese

Publicado por el feb 5, 2014

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La película de Scorsese es extraordinaria. Para empezar, su habitual ritmo de rise and fall, que con el tiempo empieza a verse como el ritmo de una cogorza o un subidón con su bajada. Esa sensación de saldo, de montaña rusa que tiene lo tóxico (que comparte la ebriedad con la biografia del boxeador, que el boxeo tiene esa verdad de decaer). El consumo de tóxicos convierte la vida en una factura. Desde ese punto de vista, la droga es capitalismo puro. Luego, escenas de celebración de la ebriedad corporativa, que es lo que mueve el mundo, y que actualizan las fiestas empresariales de El Apartamento. La empresa encierra el instinto humano. El león, el rugido, en su forma más intensa el dinero conecta con las regiones cerebrales del sexo. Es un canto a favor de los aspectos más carnívoros del capitalismo. El capitalismo, su libertad, mantiene vivo un componente dionisiaco.

 

Punto más alto de la vis cómica de Di Caprio, fabuloso, más divertido que nunca. Di Caprio se ha convertido en el actor capaz de encarnar al héroe americano, que es una cosa que aquí no tenemos. Aquí no hay héroe español. Bueno, sí, El Cid. O Nadal ahora. Con sus manos heridas de santo o de ecce homo. Di Caprio es tan grande que acabará teniendo su adjetivo.

 

Pero Scorsese cada vez está más claro que nos habla de la droga. La droga, la coca sobre todo, es su Beatriz. Habla como quien la adora, quien piensa mucho en ella, pero se la tiene restringida. No del todo, me parece. “La vida sobrio es horrible. Me aburro tanto que me mataría”. En realidad, habla de ella con auténtico deseo. Con frustrado anhelo. La droga es para Scorsese lo que las rubias para Hitchcock.

El primer polvo y el último entre Di Caprio y la rubia son el mismo. Realidad del sexo para el hombre. Tensión, introducción, obertura. Y hay una coreografía de pies, un erotismo que parece un anuncio de Peusec. Pinreles álgidos, pinreles vencidos.

 

La paranoia. La resolución de la investigación en lo más alto del colocón.

 

La escena de las pastillas de efecto retardado es, junto a Tarantino, lo mejor del cine de las últimas décadas. Popeye pegándose los tiros de espinacas. Di Caprio babeando ante unos escalones Potenkim.

 

Scorsese apenas envejece. Eso es prodigioso, que diría Garci. Sólo en la digresión familiar se le nota la edad.

 

Ritmo de rayas, que hacen el papel de los tragos del cine antiguo. Conversaciones telefónicas que se resuelven como un diálogo de tiros. Y Pedro J. despidiéndose de los suyos (“Te quiero tío”. “No, no, yo te quiero más a ti”) con la escena del reloj de Di Caprio en la oficina.

Se podría hablar horas de la película. Pero siempre he pensado que si fuera psicópata empezaría por los organizadores de cine-fórums.

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