Piedad celular

Publicado por el dic 21, 2013

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Sin entrar en los argumentos de la hipocresía moral (vidas privadas versus ejecutorias públicas, aspecto este de la “integridad” en el que espero que jamás nos pidan cuentas a ninguno de nosotros, reivindico el derecho a la hipocresía más absoluta y a la libertad de no alcanzar nunca una posición íntegra y coherente en la vida- ¡coherente conmigo mismo!-), y sin entrar tampoco en qué intereses electorales o ideológicos hay detrás de los, así llamados, “sectores retrógrados”, la asociación del rifle moral, que eso es otro asunto, qué me importa a mí el Foro de la Familia o el Foro de la Disfamilia, me enfrento personalmente a la ley con algo de asombro, un asombro, cómo diría, íntimo y creciente a medida que leo.

 

Tengo un asombro nasciturus.

 

Este asunto es un trampantojo. Algo que tiene dos visiones posibles en la misma trama. Basta un clic neuronal, un parpadeo, cambiar la óptica mental para entender una o la otra.

 

Puedo entender los argumentos del gobierno. Es feo, queda muy feo, el aborto eugenésico. Pero estrictamente hablando, el supuesto del riesgo psicológico irreparable para la madre me parece que no nos libra de la sospecha nazi. Es más, es una eugenesia chiquitina. Así que, con esa lógica, golpes de pecho morales tampoco. Desde su punto de vista, han de enfrentarse a que seguiremos en una sociedad nazi. Dormir así por las noches, con esa certidumbre moral, tiene que ser horrible, como cenar siempre demasiado. Un espanto.

 

Desde determinado punto de vista, el deseo de niños de todo tipo no es distinto al deseo de niños de uno u otro tipo.

 

Hay aquí un imperativo religioso que adopta el ropaje de lo biológico.

 

Y entiendo que los argumentos de los antiabortistas combinan un espíritu religioso con unas precisiones muy científicas hasta llegar a una forma de piedad celular que nos resulta extraña. Impostada, narcisista. Lo siento mucho, pero yo me conmuevo, me surge lo cristiano de mi ser ante lo humano con forma humana o vagamente humana o apuntando hacia lo humano. Por eso no me parecía en sí misma tan aberrante la ley de plazos. La consideración de lo que nos parece humano, la forma humana, lo antropomorfo y lo antropoformo, la evidencia de lo ya gestado y desarrollado que nos conmueve.

 

¡Por algo Dios se hizo hombre  y no cigoto!

Pero claro, es que aquí se junta la religión (su extracto moral) con una óptica de precisión científica. Esto es nuevo. En este punto, los, así llamados, partidarios de la “cultura de la vida”, juegan con dos barajas temibles: la Biblia y el microscopio.

 

Me cuesta participar de una piedad celular. Esto es un refinamiento ético envidiable, pero no es común, general. Es una vanguardia moral. Ojalá todos llegásemos a ese punto. Pero uno va por la calle y no ve gente así. Es una élite moral. Yo no creo que sean extrema derecha. Yo creo que son gente admirable por encima de nosotros, lo más de lo más de lo ético.

Deberían dejarnos algo de tiempo a los que no somos capaces de conmovernos con el cigoto. Porque lo de la cultura de la vida no acaba de estar claro. Vida es lo más difícil de definir del mundo.

 

Mi feminismo tampoco entiende pacíficamente que el cuerpo de la mujer nunca terminará de ser completamente libre, que de alguna u otra forma siempre será terreno político. Pero soy propenso a exigir la libertad del cuerpo, la absoluta libertad en el ámbito de lo humano mío.

 

Tiendo a un conservadurismo feminista que me tiene con la cabeza hecha ciscos y que va en el camino (cuadratura del círculo o, mejor, cuadratura del triángulo sexual decisorio femenino) de un liberalismo en sentido amplio que asuma difícilmente que el Estado se inmiscuya en procesos celulares que se producen en el interior del cuerpo humano. No soy entera y radicalmente feminista porque el cuerpo de la mujer siempre será objeto político, pero aquí la mujer pierde todo el poder sobre lo que sucede en ella.

Ha de entender la mujer que no será nunca libre biopolíticamente, pero ahora no lo es en absoluto. Pero claro, es que con absolutos morales es complicado llegar a transacción alguna.

 

La izquierda venía creando derechos en la barra libre de ZP. La derecha los crea, pero siempre en un juego de suma cero. Alguien pierde para que otro gane. Su realismo. Se los da al nasciturus, pero a costa de las mujeres ya nacidas, esto es, de las mujeres (ahora ya hay que hablar así: la mujer-ya-nacida). Siempre nos dejan dudando, con algo de admiración, las decisiones contraelectorales. Los kamikazes electorales. Porque aún no sabemos, claro, si los concebidos no nacidos beneficiados por esta ley acabarán votando al futuro PP.

De las derivaciones costumbristas de la contrarreforma mejor no hablar.

 

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