Las aguas susurrantes

Publicado por el ene 25, 2015

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Me llamo Sam y soy hijo de un zapatero. Mi padre ya tiene mi vida planeada: heredaré el negocio para que después lo hereden mis hijos, y mis nietos y así sucesivamente. Pero él no tiene en cuenta mis planes o pensamientos. A mí simplemente me encanta la poesía.

Desde pequeño he sentido admiración por los juglares. Me impresiona su capacidad de contar historias, la forma en la que miran al público y en la que transmiten palabras con la mirada. En los ratos en los que no estoy trabajando en la zapatería escribo poesía. Son poemas que relatan momentos de la vida cotidiana que a veces pasamos por alto, ya sea por las prisas o porque sencillamente no los percibimos. El olor que emana de la panadería por las mañanas, las coloridas hojas que cubren el pavimento en otoño o su murmullo cuando saludan al viento.

Vivo en un pequeño pueblo cerca de la costa. Aquí el paisaje es espectacular. Al amanecer el cielo se tiñe de colores cálidos, rosados y amarillos. Es lo que más me inspira. Eso y Carol.

Carol es la chica más guapa del pueblo y soy consciente de que nunca se acercará a un pueblerino como yo. Ella pertenece a la nobleza y su padre no lo aprobaría.

La puerta se abrió, y se oyó el familiar sonido de la campanilla que anunciaba visita. Era Carol.

-Buenos días, vengo a recoger los zapatos que mi padre había encargado hace una semana para la fiesta de esta noche.

-Eh… sí claro, aquí los tienes- respondí tendiéndole los zapatos.

-Gracias.

Y tal como había entrado, salió por la puerta principal.

Impulsado por algo inexplicable, abandoné la estancia y corrí tras ella.

En poco tiempo la alcancé y me puse a su lado.

-¿Carol?- pregunté titubeando.

-¿Si?

Sus ojos brillantes me miraban expectantes.

-Eh… solo quería desearte feliz cumpleaños, ¿es hoy verdad?

-Si… gracias.

Parecía desilusionada.

-Sam, ¿vendrás a la fiesta de esta noche?- preguntó.

-No creo que pueda, tengo mucho trabajo y además, no creo que esté permitido…

-Por favor, hazlo por mí

-Está bien, allí me veras.

-Gracias- respondió lacónicamente.

Y se alejó mientras yo me preguntaba si solo había sido un sueño o había sucedido de verdad.

Aquella noche me vestí con mis mejores ropas y me dirigí al castillo del gran duque.

Al llegar noté que todas las miradas se posaban en mí, y, de repente, allí estaba; vestida con un radiante vestido color rosa pastel y una hermosa sonrisa que, sorprendentemente, iba dirigida a mí.

Bailamos durante casi una hora y cuando ya no sentía los pies, nos sentamos en un banco de piedra y empezamos a hablar.

El murmullo de los invitados dificultaba nuestra conversación, así que le cogí la mano y la dirigí a mi lugar preferido en todo el pueblo. Atravesamos un frondoso bosque y al fin llegamos.

El mar se extendía como un manto color añil, mientras el sol se sumergía en sus profundas aguas y el cielo se cubría de colores.

Nos sentamos en unas rocas cerca del acantilado y retomamos la conversación. Cuando descubrió mi pasión por la poesía, quiso que le leyese un poema. Por suerte, allí guardaba mi cuaderno de poesía, lo cogí y empecé a susurrarle todos aquellos poemas que había compuesto para ella y no había podido recitarle.

Se nos había hecho tarde, y nos dimos cuenta de que si no volvíamos a la fiesta, alguien acabaría enterándose.

Cada atardecer, nos reuníamos en el acantilado para contemplar la puesta de sol, hasta que un día esperé toda la tarde, y gran parte de la noche, pero no se presentó.

A la mañana siguiente pregunté por todo el pueblo, para ver si la habían visto, pero no había rastro de ella. Al fin el panadero me informó de que partía en barco hacia un país lejano para casarse con un príncipe. Mi corazón estalló en pedazos; sabía que lo hacía en contra de su voluntad, pero no podía soportar la idea de perderla.

El cielo mostraba indicios de tormenta, y el barco ya había zarpado; aun así decidí no darme por vencido y con una pequeña embarcación a remos, me adentré en las turbias aguas.

Las olas rugían acompañadas por el viento y yo luchaba por mantenerme a flote. Ya podía ver el barco y grité con todas mis fuerzas.

-¡Carol!

Pero las olas ahogaron mi voz y arrastraron mi embarcación al fondo del mar.

Ahora sabéis el porqué del murmullo de las olas al dirigirse a tierra. Es el amante que susurra poemas a su amada.

 

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