Reliquias de una Diosa

Publicado por el oct 23, 2014

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Me encontraba frente a la más antigua de las siete maravillas, la pirámide de Keops, una de las tres pirámides de Guiza, a las afueras de El Cairo. El gigantesco monumento se extendía sobre mi cabeza esperando a ser explorado.

Hacía una semana que había llegado a El Cairo y me había asentado en el hotel Mena House Oberoi un lujoso hotel de cinco estrellas desde donde se podía admirar el esplendor de los paisajes de Egipto. Desde pequeño había soñado con visitar aquel país de donde nacían esas historias de tumbas, pirámides y trampas donde los intrépidos arqueólogos arriesgaban sus vidas a cambio de las riquezas que se encontraban en las tumbas de los faraones.

Mi misión era muy concreta; tenía que adentrarme en las profundidades de la pirámide y llegar a una cámara subterránea en donde supuestamente se encontraba lo que sería el mayor hallazgo arqueológico en la historia de la humanidad: la gata sagrada de Bast. Una antigua leyenda decía que esa pequeña estatua contenía la esencia de Bast, la diosa gata, también conocida como Bastet, la cual al ser derrotada por un androesfinge, animal mitológico de cabeza y torso de hombre y cuerpo de león, quedó paralizada y convertida en piedra bajo la forma de una gata.

Esta era la razón por la que ningún arqueólogo se había esforzado nunca en intentar encontrarla; no creían en mitos o en cualquier otra cosa que no hubiesen visto con sus propios ojos. Yo, por suerte, era todavía un joven inexperto en la profesión de arqueólogo y estaba convencido de que esas historias eran algo más que mitos o leyendas. Nada más descubrieron los pergaminos antiguos que testificaban la leyenda, me puse en marcha.

Me adentré en la pirámide y me invadió un hedor a humedad. Bajé por unas escaleras de piedra escuadrada ya desgastadas por el paso del tiempo, sin advertir que unos  pasos furtivos se acercaban lentamente por mi espalda. Según avanzaba, la luz iba dejando paso a una oscuridad tenebrosa e inquietante.

Llegué a lo que parecía ser una cámara funeraria, decorada con pinturas que representaban el paso hacia el inframundo. En el medio de la sala reposaba un sarcófago y a su derecha se exhibía una pintura que no cuadraba con las demás. Representaba a Bastet con un gato en sus brazos y a su lado yacía la pintura de una puerta.

Golpeé la pared con suavidad, para ver si estaba hueca. Así era. Acerqué la mano a lo que parecía ser el pomo de la puerta y apreté.

La pared se derrumbó y descubrí maravillado la cámara subterránea donde yacía la gata sagrada de Bast. Me aproximé lentamente con la mano extendida, ya iba a rozarla con mis dedos cuando…

-¡Basta!

Un señor de avanzada edad y cabellos cenicientos esbozaba una retorcida sonrisa que no auguraba nada bueno.

Me apuntó con una pistola, y yo, con un acto reflejo, levanté las manos. El hombre estiró el brazo, y con sus huesudos dedos levantó la estatua de su pedestal.

Una luz resplandeciente iluminó la sala y de repente un rugido desgarrador hizo temblar las paredes de la cámara.

-¿Cómo osas interrumpir mi eterno descanso?- preguntó una mujer de rasgos felinos y una deslumbrante belleza.

El misterioso hombre huyó despavorido, tan asustado que no se dio cuenta de que no se aproximaba hacia la entrada, sino que se adentraba cada vez más en la pirámide.

Las paredes empezaron a temblar, y yo corrí hacia la salida. Al salir de la pirámide unas rocas taponaron la entrada y el hombre que me había seguido quedó sepultado.

Nunca llegaré a saber cuáles eran las intenciones de ese hombre, probablemente sólo tenía interés en la gata y quería saber si la leyenda era cierta.

Al final no obtuve la gata, pero conseguí algo más importante. No todos los días se está en presencia de una diosa.

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"Historias desde la luna" recoge los relatos imaginados por su autora con el fin de entretener a los lectores, y atrapar en los mundos imaginarios de sus historias a todos los que quieran adentrarse en ellos. Más sobre «Historias desde la luna»

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