Memorias perdidas

Publicado por el mar 19, 2014

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Hoy, por ser día del padre, le dedico esta historia al mío. Para ti, papá.

Nos encontrábamos en una estación de metro en Madrid. Era un día soleado y las calles estaban a rebosar de personas que deambulaban por las calles de aquella inmensa cuidad en la que el tráfico era d

evastador.
-Señores pasajeros, les informamos de que la línea 3 partirá en cinco minutos-comunicó una voz femenina por los altavoces.
-Vamos Santi- dije apremiando a un chico enjuto de catorce años, cabellos bermejos, piel blanquecina, ojos esmeralda y un prominente mentón, que, además, me guardaba cierto parecido, ya que éramos gemelos.
Entramos en el tercer vagón del metro y nos sentamos en dos sillas contiguas. De repente la gente empezó a correr de un lado a otro gritando histéricamente y con el único propósito de salir. Al ver lo que estaba pasando nos dirigimos hacia la salida y de pronto ¡bum!, el segundo vagón del metro estalló produciendo tanta energía que me desplomé contra el duro suelo de mármol, dándome un fuerte golpe en la cabeza.
Me desperté en la sala de un hospital. Las paredes eran níveas y no había muchos muebles, tan solo un pequeño armario donde guardaban las medicinas, una mesilla color blanco y un sillón para las visitas.
A mi lado había una enfermera que vestía una bata blanca.
-Informaré al doctor Martínez de que ya has despertado- afirmó la enfermera abandonando la sala.
La puerta se abrió y de ella salió un señor de mediana edad, alto, moreno y de ojos negros. Tenía una inmensa sonrisa que permitía ver sus blancos dientes perfectamente colocados.
-Buenas tardes, soy el señor Martínez. A continuación le haré unas preguntas sencillas para averiguar donde vive e informar a su familia de que está bien- indicó con voz grave y pausada.
– Bien, primero, ¿cómo te llamas?
-La verdad es que no lo recuerdo… ¿por qué estoy aquí?- respondí inseguro.
-Hubo un atentado en el metro de Madrid, en la calle Alcalá, pero… ¿de verdad no te acuerdas?- preguntó el señor Martínez.
-Pues… no. Me duele mucho la cabeza…
El señor Martínez abandonó la sala para luego volver con la enfermera que me había estado acompañando mientras dormía.
-Esta es Judith- afirmo el doctor presentándomela.
-Bien, ha sufrido una perdida de memoria, el problema es que no sabemos donde vive, quienes son sus padres y ni siquiera sabemos como se llama- explicó el doctor Martínez dirigiéndose a Judith – lo único que podemos hacer es esperar a que su familia llame al hospital o a que recupere la memoria. Cuando se recupere y tenga la fuerza suficiente como para salir del hospital llévele a dar un paseo, a ver si logra ver algo que le haga recordar.
Pasaron los meses, y cuando me recuperé por completo fui a dar un paseo para ver si conseguía ver algo que me resultara familiar, pero fue en vano.
Cada día dábamos paseos más largos. Hasta que un día me crucé con un chico alto, que se me parecía asombrosamente. Entonces recordé. Recordé las calurosas tardes de verano y los fríos inviernos junto a la chimenea, recordé las apuradas mañanas y las tranquilas tardes, recordé a Santi, mi único hermano, mi hermano gemelo.

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