Ni llave, ni cerradura

Publicado por el Mar 10, 2014

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-Era una fría mañana de otoño y el cielo estaba tintado con una tonalidad cenicienta que auguraba lluvia. Aun así, Paul había decidido salir de casa para dar su paseo matutino. Empezaron a caer las primeras gotas de lluvia, pero siguió andando hasta llegar al parque donde iba todas las mañanas. En un banco, a la sombra de un cedro desnudo, vio una hermosa caja de música color rosa, con dibujos de flores. En el centro tenía dibujada una preciosa hada vestida con flores y con unas alas cristalinas, como si por sus hombros cayeran cascadas. A la derecha, una manivela hacia sonar una melodía hechizante que atraía y cautivaba a quien la escuchaba. Paul decidió cogerla para que no se estropease y la llevó a casa.

Cuando llegó, lo primero que hizo fue entregársela a Sandra, su hija, una niña de cabellos brunos, piel blanquecina, ojos avellanados y con un sinfín de pecas que cubrían su rostro. Ésta esbozó una alegre sonrisa al recibir tal regalo.

El tres de agosto de 2006, Paul tuvo un accidente de coche y murió en el acto. Sandra, que ya había cumplido quince años, se fue a vivir con su tía Rosa, una mujer un tanto extravagante que siempre vestía colores vivos y vivía en un caserón abandonado. Además, era pitonisa.

A Sandra nunca le había disgustado vivir en aquel caserón lleno de polvo y telarañas. Es más, le gustaba vivir allí. La habitación de Sandra estaba situada en una pequeña buhardilla que daba a un balcón desde donde se podía admirar la ciudad de París. Desde pequeña le había fascinado aquella hermosa ciudad, llena de gente y altísimos rascacielos que combinaban con las antiguas casas que antaño habían pertenecido a nobles y caballeros.

La casa escondía muchos secretos, que ni siquiera la propia dueña del caserón sabía que existían. Había una puerta cerrada, pero sin llave ni cerradura, de la que emanaba una extraña fuerza sobrenatural. Solo la tía Rosa sabía como abrirla, pero no disponía de los medios necesarios para conseguirlo; en cambio, Sandra sí.

Desde pequeña le había atraído aquel desván, y le había preguntado a su tía Rosa qué había dentro, pero siempre le respondía que los espíritus le habían dicho que escondía un objeto que emitía una fuerza sobrenatural, y que solo una hechizante melodía podía abrirla.

Años después, Sandra descubrió a lo que se refería, la caja de música abría aquella puerta, y dentro, descubrió un libro de hechizos, que servía para invocar espíritus. Desde aquel día, con ayuda de su tía Rosa, invocaba al espíritu de su padre cada vez que se sentía sola, y ya nunca volvió a estarlo.

-¿Te ha gustado el cuento, Sandra?- me preguntó mi padre.
-Claro que sí, papá-respondí haciendo girar la manivela de la caja de música que encontró mi padre aquella mañana de otoño.

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Historias desde la luna © DIARIO ABC, S.L. 2014

"Historias desde la luna" recoge los relatos imaginados por su autora con el fin de entretener a los lectores, y atrapar en los mundos imaginarios de sus historias a todos los que quieran adentrarse en ellos. Más sobre «Historias desde la luna»

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