Cuando el arte cobra vida

Publicado por el Nov 20, 2013

Compartir

Me levanté y me desperecé lentamente; todavía medio dormido, me dirigí a la cocina y me preparé una buena taza de café con leche; después fui al salón y encendí la televisión. En aquel momento, Ronni, mi bóxer color canela, se abalanzó sobre mí empotrándome contra los cojines del sofá. Entonces fue cuando miré el reloj, eran las nueve y media y llegaba tarde al trabajo; yo era el director de un museo de arte muy famoso en Nueva York, el Art Center.

Salí de casa, me metí rápidamente en el coche, y a los quince minutos ya estaba frente a la entrada del moderno museo.

Caminé por los pasillos de la galería examinando cada uno de los cuadros detalladamente, después pasé por la sala de esculturas y por fin llegué a mi sala favorita: la sala de los anónimos; era una pequeña sala en la que se exponían cuadros y esculturas de todos los géneros y tamaños, todos diferentes y todos con algo en común: no se conocía el nombre del autor; y en una solitaria pared se exponía mi cuadro preferido:

Destino.

Sí, así se llamaba, era un nombre que le venía perfecto, el cuadro representaba dos bosques separados por un tabique de color negro que se situaba justo a la mitad de la pintura; los dos eran semejantes, tenían los mismos árboles, las mismas nubes e incluso los mismos detalles en la corteza. Pero una parte era verde y soleada, con los arboles cubiertos de hojas amarillas, color ámbar y verdes; parecía sacado de un cuento. Y la otra era gris y negra, con los árboles desnudos, y una fuerza que inspiraba maldad, tristeza y sufrimiento.

Atrapado por la fuerza del cuadro alargué la mano para tocarlo, y en las yemas de mis dedos noté pintura, todavía fresca, que iba trepando por mi brazo como si se tratara de gelatina. Lo miré con una extraña expresión; entonces, me desmayé.

Me desperté con la cabeza dolorida y me incorporé rápidamente, mire a mí alrededor y vi el extraño escenario que aparecía en la parte soleada de la pintura, me froté los ojos pensando que debía de ser un sueño, o que me había dado un golpe muy fuerte en la cabeza y sufría alucinaciones, pero nada más los volví a abrir me encontré cara a cara con un precioso conejo color gris. Retrocedí atemorizado, pero enseguida me di cuenta de que él estaba mucho más asustado, entonces fue cuando extendí los brazos para cogerle y el animal desapareció por completo dejando un charco gris que se mezcló con el verde de la hierba.

-Qué extraño…-pensé.

En aquel momento di un paso al frente, y sobre lo que parecía ser briznas de hierba se formó un charco, salpicando pintura verde, que enseguida volvió a su forma original, la de los detallados filamentos verdes; después me aproximé a un árbol, y lo rocé con las yemas de mis dedos, y estos se me quedaron salpicados de pintura marrón ocre y en el árbol un diminuto surco que tras unos instantes volvió a recuperar su imagen.

Seguí andando sin rumbo fijo, convencido de que solo era un mal sueño del que me despertaría rápidamente. Entonces me encontré en frente de una extensa pared de color negro y se me ocurrió una idea, me miré la yema del dedo para comprobar si la pintura seguía ahí, y en efecto, no estaba; en ese momento cerre los ojos y atravesé el tabique color negro, cubriéndome de pintura negra que desapareció al instante.

Me di cuenta de que el paisaje había cambiado, ya no me encontraba en la parte soleada del cuadro, sino en la oscura y tenebrosa, continué andando con una extraña sensación de temor, y tras un cuarto de hora aproximadamente llegué al final de la pintura, o eso parecía, porque era como si hubiese una pared casi imperceptible que me impidiera avanzar. No sabía que hacer, pero opté por hacer lo mismo que había hecho unas horas antes, así que aproxime el brazo hacia el muro y…

Me desperté con el sonido de una ambulancia, y noté un fuerte dolor en la cabeza, con lo que me volví a dormir. Cuando me desperté del todo me encontraba en la sala de un hospital y a mi derecha, en una silla, se encontraba mi mejor amigo, Derek.

-¡Alex!-exclamó con voz preocupada-¿Estas bien?

-Si…-murmuré-¿Qué ha pasado?

-Te he encontrado desmayado en el suelo de la galería de los anónimos, y por si acaso he llamado a una ambulancia-respondió.

-Gracias…-afirmé todavía mareado, levantándome de la camilla.

-Y ahora vete al baño y lávate el brazo, que lo tienes lleno de pintura-dijo con una sonrisa plasmada en su rostro.

-¿Qué?-pregunté extrañado.

Y en efecto, me mire el brazo y vi que lo tenía cubierto de pintura gris y negra, formando pequeños surcos alternados, como si se tratara de un cuadro abstracto.

Destino es una palabra de la que no muchos saben el significado; y ese cuadro lo representaba perfectamente, tu destino puede ser desagradable o hermoso, pero sea como sea, tienes que hacértelo tú, no está escrito.

Compartir

ABC.es

Historias desde la luna © DIARIO ABC, S.L. 2013

"Historias desde la luna" recoge los relatos imaginados por su autora con el fin de entretener a los lectores, y atrapar en los mundos imaginarios de sus historias a todos los que quieran adentrarse en ellos. Más sobre «Historias desde la luna»

Categorías
Etiquetas
noviembre 2013
M T W T F S S
    Jan »
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930