Dejad que los niños se acerquen a mí

Publicado por el nov 2, 2015

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Mother And Little Blond Caucasian Daughter In Church

Soy creyente de la fe católica y practicante, algo difícil hoy día dadas las pocas similitudes que la vida cristiana pretende y las que sociedad ofrece. Nací, como casi tantas personas en España, en una familia católica y, a pesar de que mis padres no son prácticamente nada creyentes, fue mi abuela paterna la que me trasmitió esa fe que, a día de hoy, goza de bastante buena salud. Mis hijas reciben esa fe por mi parte y poco más, ya que ni en mi familia ni en la política se practica demasiado y, además, acuden a un colegio de educación francesa y laico. Por lo tanto si quiero que crean, y la verdad que me gustaría, la única manera que tienen hoy por hoy de conocer la fe es a través de mí.

Child praying in church

Poco a poco les voy contando, no sin cierta dificultad en qué consiste la Fe,…y cada noche desde que nacieron siempre rezamos. Es un momento de recogimiento entre las tres, de intimidad, asociado a prepararnos para dormir. El IPad, como para otras cosas, es también un gran aliado para esto de la Fe ya que hay dibujos animados que narran la vida de Jesús, explican el catecismo y cuentan cosas que no son sencillas de explicar pero, al hacerlo a través de la imagen, resulta mucho más fácil de comprender en la mente de un niño. Cuestiones como ¿por qué está “morido” Jesús? (en la cruz) o ¿qué comes? (comulgar), ¿dónde está Jesús?  son difícilmente explicables antes cerebros tan pequeños de 3 y 5 años. Pero, la fuerza de la costumbre hace mucho y el ejemplo de otros niños y adultos yendo a Misa, ayuda. Mucho.

Bartolomé_Esteban_Perez_Murillo_008

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sin embargo ayer me pasó algo triste, bochornoso y, por desgracia, cada vez más normal en nuestra sociedad: comprobar que los niños, por el mero hecho de serlo, molestan. También en Misa. Como lo leen. Aquella frase de “dejad que los niños se acerquen a mí” más de uno parece haberla olvidado. Fuimos a Misa como cada domingo y ambas estuvieron buena parte de la misma sentadas en el suelo, a mis pies, jugando el ABSOLUTO SILENCIO, con unos caballos pequeñitos de juguete. Cuando había que levantarse así lo hacíamos y ellas dejaban de jugar, pero en la homilía, por ejemplo, ellas jugaron siempre en silencio y siempre bajo mis pies, sin molestar en espacio ni haciendo ruido. Pretender que comprendan las palabras de un sacerdote se me hace bastante lejano con estas edades. Las llevo sabiendo que no entenderán nada pero con la certeza de que aquello que hacemos de pequeños no es más sencillo de comprender conforme vamos creciendo. Justo después de la misma nos levantamos y, no sé cómo, Doña Tecla resbaló con el banquillo dónde se apoyan las rodillas cayéndose hacia atrás y dándose con la nuca en el banco. Fueron nanosegundos en los que temblé por la terrible posibilidad de que fuese un mal golpe seco mortal o qué sé yo lo que por mi cabeza pasó. Rápidamente la cogí en brazos para consolar su llanto y comprobar si tenía sangre o alguna herida. No parecía ser nada grave más allá del susto y un golpe que le dolió bastante. Pero cuál fue mi sorpresa al comprobar que nadie a mi alrededor, ni los de a la derecha, ni la señora de mi izquierda, ni la gente de atrás movió una pestaña para preguntarme si podían ayudarme, si la nena estaba bien…algo de compasión, empatía, humanidad. Nada. Bueno, miento. En honor a la verdad sí hubo reacciones de esa gente y fueron todas en la misma línea: miradas de reprobación, fastidio, malestar y mal humor. ¿Por qué? Porque les molestó de manera profunda que mi hija llorase por haberse caído y haberse dado un golpe en la cabeza. Pregunté al señor que chasqueaba constantemente la lengua cuál era el motivo de su malestar y él y su esposa con miradas iracundas me contestaron al unísono: este no es lugar para los niños, para ellos está destinada la parte de arriba.

 

The Sermon on the Mount Carl Bloch, 1890

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No exagero si les digo que sentí unas profundas ganas de llorar. No podía comprender cómo alguien, en el interior de una iglesia, puede comportarse con esa ausencia de empatía, caridad, amor al prójimo.De repente me sentí muy niña, muy vulnerable, bloqueada y sin saber qué decir o hacer y tan solo acerté a balbucear qué buenos cristianos parecían ser (de manera irónica, claro) Doña Tecla seguía llorando sin consuelo, bajito, eso sí y Mofletes Prietos se había contagiado de la tristeza de su hermana y también comenzó a llorar. Ambas reclamaron brazos de mamá y como pude las aupé. Treinta kilos encima por calmar el susto. Pero alrededor seguían murmurando que había que ver cómo se me había ocurrido tener a mis hijas ahí en medio de la misa. Como si de un after lleno de humo y drogas se tratase. Justamente ayer fue día de todos los Santos y el Evangelio es una de las maravillas que más me conmueven de mi religión: las bienaventuranzas. Siempre que las escuchó no puedo evitar emocionarme con ese mensaje de amor profundo que trasciende todo lo demás. Las bienaventuranzas es, con casi toda seguridad, uno de los mensajes más potentes que jamás una religión ha podido enviar nunca, entre otras cosas porque entronca con una idea de un Dios misericordioso, lleno de bondad, afecta, amor hacia el hombre y, sobre todo y para muchos lo más importante, porque en sus enseñanzas está la idea de un Padre que te protege pase lo que pase.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

(Mt 5,3-12)

Praying Christ

Desde mi viaje a Israel hace 4 años, cada vez que escucho la lectura del Evangelio en misa, cierro los ojos e imagino la escena que sea leída ese domingo dentro de los paisajes que en mi retina se han quedado grabados de Tierra Santa. A mí no me da vergüenza alguna reconocer que me gusta ir a Misa. La disfruto en todas su partes pero sobre todo en la lectura del Evangelio, en la Eucaristía, en la Comunión. Ir a Misa supone para mí, además, recordar a mi amada abuela paterna, es como volver a cogerla de la mano, es como volver a recordar cómo cantaba y cómo rezaba. Ir a Misa para mí supone un bálsamo de paz a mi alma. Como es bueno para mí trato de enseñárselo a mis hijas. Que justamente el domingo tocasen las bienaventuranzas y a mi lado me tocase vivenciar justo lo contrario a la caridad, hizo que estuviera todo el domingo triste.

Estaba tan mal que tomé la decisión de marcharme. Mientras nos íbamos por el pasillo Mofletes Prietos lloraba diciendo: no me quiero ir de Jesusito de mi vida (así es como ella llama a la Misa) Al salir las monté en el coche y tuve una magnífica ocasión de hablar con ellas. Entre otras cosas porque la mayor, Doña Tecla, al verme llorar (sí, reconozco que lloré de impotencia) me dijo: “nunca más quiero ir a misa, mamá, ahí hay gente muy mala” Y aproveché, decía, para explicarles que en la vida siempre nos encontraremos con gente buena y gente menos buena. Y que a esta última hay que tenerles compasión porque, en el fondo, les dije, que un niño te moleste significa que estás muy cansado de la vida. Le dije que ir a misa seguía siendo algo bonito y un acto de amor hacia Jesús y que seguiríamos haciéndolo.

Me niego a admitir que en una parroquia los niños sea enviados a una habitación donde no molesten a la comunidad. ¿Qué puede ser lo próximo? ¿Una habitación aislada para los ancianos que tienen poca movilidad e impidan a los demás comulgar con agilidad?, ¿quizás otra habitación para la gente que sea pobre para que no se note su pobreza? ¿A qué se debe ese “apartheid” en la iglesia con los niños? ¿Le molestan? Sería conveniente recordar que la Biblia lo dice claro en la famosa frase de Jesús: Dejad que los niños se acerquen a mí , ya que en aquella época los niños eran sumamente despreciados porque no eran conocedores de la Ley y, por supuesto no la practicaban.  El conocimiento y el respeto a la multitud de normas de comportamiento que los fariseos y doctores habían marcado, señalaba el grado de dignidad de cada persona y cada grupo social. Por eso despreciaban a los pobres, a las mujeres, a los enfermos crónicos, a los extranjeros y también a los niños. Y si se les despreciaba, por supuesto, no se les bendecía, imponiéndole las manos sobre la cabeza (catecismo de la Iglesia) A la frase de Jesús pidiendo que los niños se acerquen a Él le siguió aquella de “porque el Reino de los cielos pertenece a los que son como ellos” (Mateo, 19, 13-15)

También tiene Mateo más frases en su Evangelio sobre la afrenta a los niños: `En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis. Mateo, 15:40

Jesus washing feet of modern man wearing jeans

Y tal y como me señaló una amigo creyente, profesor universitario, “es muy posible que haya olvidado lo que hizo Jesús en la Última Cena, que es el momento fundacional de lo que ahora llamamos la Misa: se levantó de la mesa dónde celebraba la Pascua con los Apóstoles, se ciñó una toalla y se puso a lavarles los pies a todos y a cada uno, recordándoles que ellos hicieran lo mismo, en memoria suya y del sacrificio inminente de su vida, cuando ellos serían los continuadores de su Buena Nueva” Es decir, el que más sabe (el adulto) debe servir al que menos sabe (el niño) quitarse el manto es depojarse de su investidura y ceñirse una toalla, es prepararse para servir. Para lavar los pies de otra persona no es posible sin arrodillarse. Metafóricamente el que sabe tiene paciencia con el que no. El adulto tiene paciencia con el niño puesto que es un gran ignorante de todas las cosas.

Mucha gente no lo sabe pero la vida de Jesús estuvo llena de detalles hacia los niños, las mujeres, los pobres y los enfermos, las personas menos consideradas por la sociedad de la época. Que hoy, dos mil años más tarde, digamos que los niños siguen siendo igual de mal recibidos en buena parte de la sociedad, no es una noticia. Que sean mal recibidos en la casa de Dios resulta, ciertamente, bastante contrario al mensaje fundacional de una iglesia en la que sigo creyendo, pero que cada día es más difícil de defender en la vida rápida que busca la complacencia inmediata de los sentidos. Incluido el del silencio. ¿Busca la Iglesia permanecer? Si sabemos que el futuro pasa siempre por la infancia no tiene ningún sentido recluirla. Me niego a acudir a parroquias donde los niños sean aislados del resto porque son molestos. Si esta parroquia de la que hablo no deja que mis hijas compartan banco donde yo elija sentarme, entonces habrán perdido 3 feligresas. Seguiré buscando las que acepten con los brazos abiertos a cualquier esperanza de futuro en la tierra: los niños. Porque la Iglesia que yo quiero, defiendo y en la que creo no puede despreciar de esa manera a nadie, mucho menos a los más inocentes.

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Las fotos que acompañan a este texto han sido compradas en el Banco de Imágenes Bigstockphoto, excepto el cuadro de Murillo de la Sagrada Familia que es una imagen libre de derechos.

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Madre no hay más que una © DIARIO ABC, S.L. 2015

No es posible entender la historia de la humanidad si no atendemos a la historia de la familia, de la crianza de quienes la protagonizaron. Cómo nacemos y cómo somos criados importa demasiado. Sin amor y ternura en la infancia, sin una familia que contenga, proteja y quiera se hace difícil ser un adulto mentalmente sano. Este blog es un espacio de reflexión sobre todo lo que nos afecta como seres humanos desde el momento en que somos concebidos. Nada es por casualidad y casi todo tiene un porqué en lo que nos sucede relacionado con nuestra infancia. ¡Bienvenido! Más sobre «Madre no hay más que una»

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