El sur no es para mí

Publicado por el ago 7, 2015

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histericaJuro que he puesto todo mi empeño. Más que nada porque, entre otras cosas, es bueno para mi matrimonio y el bien (tan preciado) de la familia. Pero es superior a mis fuerzas. No puedo, me supera, saca lo peor de mí y, lo que es peor, me aplatana. No se me asusten, sólo estoy hablando de las diferencias entre el Norte y Sur. Soy de Norte y por mucho que un fandango me pueda llegar a emocionar, a mí lo que de verdad me gusta es el norte y todo lo que ello conlleva. Incluido el verano. ¡Qué le vamos a hacer! Tiene que haber gente pa to.

Estoy en el Sur, en un determinado lugar de la costa del Sol donde hace un calor que “paqué” Mi Él, como diría mi compañera de ABC, Marta Barroso, feliz. Yo, de los nervios. No es que no soporte el Sur, a mí de España me gusta todo. Es que no soporto el calor. Es superior a mis fuerzas. Lo odio. Detesto llevar el pelo en coleta (me hace cara de bollo) pero estos días yo por mis gomas del pelo MA-TO. No me quiero maquillar, con lo que soy yo. ¿Para qué? Si esto es un chorreo de sudor. No quiero salir a la calle ni a tomarme un blanco bien frío, ¿para qué si son todo empujones y guiris requemados y con estilismos imposibles? No, no, me niego. Prefiero quedarme en casa (además sin tele, bueno, con tele en la que funciona sólo la 1, la 2, TVE 24 horas, Clan y nada más) con lo que tengo la excusa para poder leer.

¿Ir a la playa? Sólo encontrar aparcamiento lleva una media de una hora con las constantes protestas de las niñas:

-¿Y  po qué no apacamos? ¿y po qué no vamos a la playa? ¿y po qué no nos bajamos? (Mofletes Prietos, 2 años y medio) (Esto hay que repetirlo una media de 30 veces)

verano1Luego, cuando por fin ya aparcas, sales del coche y un golpe de calor te da en todo tu cuerpo bajándote la tensión (con lo bien que estaba yo en el coche con el aire acondicionado fresquito a 21 grados dando vueltas para aparcar) Y bajas toda la parafernalia: cubos, manguitos, bolsa, agua, toallas…y cuando ya lo tienes todo encima la pequeña decide que, por sus santos xxx, ella no anda. Así que, hala, cógela en brazos. Llegas a la playa después de quemarte los pies y resulta que todas las tumbonas están llenas….bueno, hay una libre…en tercera línea y, obviamente ahí mi señor marido no se sienta ni de coña, total, a él lo que le gusta es estar en la orilla con las niñas…y yo, que soy la peor de las madres, ya que voy a la playa prefiero tumbarme con mi música a descansar. Sí, así lo confieso públicamente. ¡Si es que a mí NO-ME-GUS-TA-LA-PLA-YA! 

Vale, tumbona conseguida. Y ahora que estoy tumbada me doy cuenta de que el señor de la tumbona de al lado está más cerca de mi cuerpo que el de mi marido por la noche ¿pero esto qué es? Bueno, me voy a relajar un rato con mi musiquita mientras miro a las niñas con su padre. ¡Qué ricas! Oh, oh, que viene Mofletes Prietos corriendo.

-¡Mamáaaaaaaaaaa, quiero hacer caca! Y echas una visual y te das cuenta de que el baño más cercano está a tomar viento pero claro, no se va a hacer la niña caca en medio de la playa, claro. Coges pareo que yo no soy Gisele Bundchen para pasearme en biquini por la playa y a mí no me ha calado la idea cansina de que todos los cuerpos son bellos, que no digo que no lo sean pero yo prefiero para irme al chiringuito a llevar a la niña al baño taparme un poco las carnes.

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Por supuesto el chiringuito no tiene aire acondicionado. ¿Para qué, verdad, si está en medio de la playa? Pero es que resulta que ese cuarto de baño, así como de madera, es lo más parecido a un sauna sueca que yo conozco y Mofletes Prietos ha decidido que va a realizarse (hacer caca) con toda la parsimonia del mundo mientras a su madre le caen gotones de sudor. Quiero llorar. Mientras escribo esto veo que mi colega Cecilia Jan se ha desahogado en su blog hoy y ¡cómo la entiendo!

Volvemos a la tumbona y, de nuevo, la señorita no quiere caminar así que sobre la arena, descalza (se me han olvidado las chanclas con la prisa) y con un sol de justicia, me echo sobre los hombros los 16 kilos que pesa mi querida hermosura. Ya llegamos a la orilla para devolverla con su padre y hermana.

-Mamá, ¡báñate con nosotros!, dice Doña Tecla (casi 5 años)

-Que no, que no me apetece

-Venga, un chapuzón, no seas sosa (este es mi marido)

mmmm

Y al final accedo por aquello de que las niñas tengan recuerdos felices de su infancia en compañía de su padres (mecagoentodo) Y hala, chapuzón en agua calentorra y vuelta a la toalla y ahora sí creo que me voy a relajar. Pues no, empieza a picarme la piel por la salitre (soy así de delicada, qué le vamos a hacer) y la ducha de agua dulce está así como a tomar viento. Me aguanto. No les sigo relatando el resto de la tarde, ya se hacen ustedes una idea. El caso es que la vuelta a casa no es mejor porque los atascos son la norma. Eso sí, en el coche servidora está en la gloria con el aire acondicionado. Llegar a casa y quitarme por fin el potingue de la salitre, arenas y crema es para mí la bendición. ¿Salir ahora a tomar algo su padre y yo cuando los angelitos duermen? ¿Para qué? Yo lo que quiero es sentarme en la terraza en silencio si puede ser a poder relajarme después de cenar y cuando ya la chicharra ha disminuido al menos un poco.

Porque ésa es otra. A mí, que me rechifla salir a dar un paseo y tomarme un vino o un GT que para eso estamos de vacaciones, hacerlo en lugares así, llenos de gentío, de música y colores chillones, de doscientos bazares de ropa en venta rechamante altera mi armonía y búsqueda de paz interior, que una también tiene su lado zen aunque no lo parezca. Sentarse en una terraza en la costa del Sol a ver pasar a la gente es un espectáculo. Si no lo ha hecho nunca, hágalo, tiene su aquél y entretiene. Lo más interesante es ver qué rápido se descubre una nacionalidad por cómo van vestidos. Ni media opinión sobre cómo, sólo decir que a leguas se vislumbra un inglés de un español y no te digo nada si te fijas en los niños.

Las mesas en las terrazas están igual de cerca que las hamacas en la playa y puedes perfectamente escuchar la música de tu chiringuito y la del de al lado. El calor, impertérrito y mi coleta, igual. Por supuesto, antes de que se haya ido el camarero después de servirte el vino, éste ya está calentorro. Ya me dirán. Y el chunda chunda de las terrazas colindantes a la tuya, más la tuya, ahí, animando el cotarro.

Y luego está el tema de hacer ejercicio. Que me piden mis piernas ir a pasear pero con este calor ¿a dónde me voy a ir? ¡Como no me ponga el despertador a las 5 am que es cuando más o menos se está agradable…!

Zumaia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué quieren que les diga? yo no soy de Sur y se me nota. Oiga, con todos mis respetos a los andaluces que majos son un rato grande y Andalucía me encanta… pero para el invierno. Para Agosto es una chaladura. Al menos para mí. Por el calor insoportable y por la masificación de la gente. Y estoy contando los días para subir de nuevo al norte (ya hemos estado en Galicia en casa de mis padres) y ahora iremos a Euskadi porque tenemos una boda en Zumaia y ya que vamos…pues nos quedaremos unos días. 

Ya el año pasado les conté aquí lo que es el norte y miren, seguro que alguno o alguna que me lee, me entiende. Para empezar, no tengo que llevar mi coleta, de hecho el pelo sirve para dar calorcito por la noche si sales a tomar unos zuritos porque refresca a 19 graditos. La playa yo ni la piso, ¿para qué si no hace día de idem? Mejor nos tomamos el café en una terraza leyendo el periódico (ni rastro de música machacona de chiringuito de al lado, de hecho no hay chiringuito) Así como a la una, el aperitivo con los amigos en lo viejo, calles con sombra, sin estridencias ni cientos de personas. De hecho hay espacio entre mesas. Unos pinchos enormes y ricos, ricos con los que ya comes. Luego la siesta, con pijama, persiana bajada y edredón. Después paseo, andando o en bicicleta, o caminata por el campo (sin sudores) y sobre las ocho de nuevo aperitivo, un chacolí, una caña o un agua, lo que quieras, pero ya con el jersey a mano. Sin esos calores que te dejan sin fuerzas para los restos, sin esas aglomeraciones de gente, sin todo eso que al Sur le sobra y el norte no conoce (Hago una aclaración, en el sur sí hay lugares con poca gente y es justo que lo diga pero son la excepción y cuestan un Congo, en el norte esos espacios son la norma y son públicos y, por lo tanto, gratuitos)

imagenes101aOtro paseo mientras comes pipas o te sientas en el pollete del paseo marítimo y a casa a las once o doce a dormir. Las niñas pueden corretear que ahí todos nos conocemos.  Y en la parte más frívola, ver los estilismos sin estridencias de las señoras del norte que, ya se imaginarán, nada tienen que ver con lo citado anteriormente. Ni rastro de vestidos de licra amarillos sobre tacones blancos con plataforma y de 10 centímetros. Aquí más bien el jersey de rayicas, vaquero y bailarinas. Otro estilo, vaya.

Pues nada, creo que queda claro que el Sur no se ha hecho para mí. A todo esto yo no estoy de vacaciones porque como soy autónoma no me puedo permitir ese lujo que una cosa es que me guste mi trabajo y otra que no haya un sólo día de los 365 que tiene el año que me pueda permitir el lujo de apagar el móvil.

A mí me van ustedes a perdonar si ofendo a las buenasmadres pero yo estoy deseando volver a mi rutina que, of course, incluye la vuelta al cole. Hala, ya está, ya lo he dicho. Yo no he nacido para tanto aguante. Y, por cierto, el verano que viene yo quiero irme de vacaciones a los fiordos noruegos.

Por ejemplo.

 

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Madre no hay más que una © DIARIO ABC, S.L. 2015

No es posible entender la historia de la humanidad si no atendemos a la historia de la familia, de la crianza de quienes la protagonizaron. Cómo nacemos y cómo somos criados importa demasiado. Sin amor y ternura en la infancia, sin una familia que contenga, proteja y quiera se hace difícil ser un adulto mentalmente sano. Este blog es un espacio de reflexión sobre todo lo que nos afecta como seres humanos desde el momento en que somos concebidos. Nada es por casualidad y casi todo tiene un porqué en lo que nos sucede relacionado con nuestra infancia. ¡Bienvenido! Más sobre «Madre no hay más que una»

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