Las heridas de la maternidad

Publicado por el sep 26, 2014

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mirando_el_marEl 26 de enero de 2010, en una revisión ginecológica rutinaria, la doctora se mordió el labio mientras miraba el ecógrafo.

-¿Qué pasa? -le dije asustadísima

Hubo un silencio de varios segundos que me parecieron eternos

-Pues…mmmm que estás embarazada. No sé si lo sabes.

No, no lo sabía. Y no, tampoco lo había buscado (al menos no de manera consciente) Pero en aquél momento, y después de esos segundos que me parecieron siglos, que me dijera que estaba embarazada no me pareció en absoluto una mala noticia. Y no me lo pareció porque, en honor a la verdad, lo que primero se me pasó por la cabeza es que había visto un cáncer.

Sí, yo soy así de tremendista.

Tenía 35 años. Y no había previsto quedarme embarazada pero, a pesar de que mi situación personal no era la más idónea (un trabajo inestable y sin pareja) decidí que tendría ese hijo. Porque ya era mi hijo. Estaba de 5 semanas. Me vestí y nos sentamos en su despacho. Cogió esa regla redonda que tienen los doctores y me dijo. La fecha probable de parto será más o menos el 26 de septiembre. Y, a continuación, abrió un cajón y sacó unas pastillas. “Tómatelas, es ácido fólico, previenen la espina bífida”

Cuando salí de esa consulta ya sabía dos cosas que hasta ese momento no había jamás escuchado: fecha probable de parto, que se dice la FPP y ácido fólico. Las dos primeras palabras de una larga retahíla de conceptos y aprendizajes varios sobre todo lo que tiene que ver con ser madre y que comenzaron justo ese día. Y es que eso es la maternidad: constante aprendizaje.

No quiero entrar en detalles de mi vida personal porque sólo me competen a mí pero ya todo el mundo sabe que, al final, Doña Tecla, porque ese garbanzo era ella, al final me trajo lo que siempre quise: una familia. Con un padre que la asumió como hija propia (con apenas unos meses de edad) cuando se enamoró de mí y, por consiguiente de ella,  y otra hija más que luego ambos decidimos tener. Felicidad completa. Bueno, no se crean, también hay sombras. Aquí no somos siempre happy aunque pueda parecerlo.

Doña Tecla nació justamente el día que al doctora predijo, es decir, el 26 de septiembre. Ella es así de cumplidora. El primer aprendizaje que tuve aquel domingo gris fue que la felicidad puede ser un instante. Y al siguiente puede sobrevenir una desgracia. Las cosas se complicaron tanto que nació por cesárea. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que nació en parada cardiorespiratoria. No me voy a extender demasiado en esto porque, al fin y al cabo tuvo un final feliz pero sí quiero confesar la vulnerabilidad tan grande que sentí cuando llegué a la habitación y me comunicaron que mi hija estaba en la UCI muy grave. Extremadamente grave. En ese instante creí morirme de rabia, dolor, impotencia. Acababa de ser madre pero me sentía una niña desprotegida. Sola. Perdida. Y además, en silla de ruedas (por la anestesia de la cesárea).

Las cesáreas duelen mucho. Lo sé por la segunda que tuve porque de la primera no recuerdo absolutamente ningún dolor. A las 8 horas, como nadie venía a buscarme con una maldita silla de ruedas le exigí a la enfermera que me quitara la sonda para ir yo andando a ver a mi hija a la UCI. Me dio igual ir doblada, no sentía dolor físico. Sentía dolor en el alma. En realidad lo que sentía era pánico a ver a mi hija morir. Y como no estoy acostumbrada a que no me den la razón estaba inmensamente enfadada con la vida, con Dios, con todos. No quería aceptar esa maldita realidad que me parecía un mundo. Luego todo pasó pero en los primeros momentos no se sabía qué podría suceder. Mi hija no era la más grave en aquella planta pero a mí eso no me consolaba en absoluto. Yo quería tener a mi hija en mi habitación, en su cuna. No en una urna llena de cables donde no podía tocarla.

No puede cogerla en brazos hasta que cumplió cuatro días. Cuatro días que me parecieron eternos. Además estaba sola. Estaban mis padres, cierto. Pero estaba sola. El día que me dieron el alta y tuve que dejarla allí, en la UCI, fue, sin duda, el peor de toda mi existencia. Me pareció tan cruel que me obligaran a separarme de ella que la doctora vio en mis ojos la auténtica mirada del odio. Recuerdo cómo tuve ganas de abalanzarme sobre ella como si eso solucionara el problema. Eché de menos también humanidad en sus explicaciones. En realidad esperaba que, tras el diagnóstico, me abrazara y me dijera lo que suplicaba escuchar: no te preocupes porque se a a poner bien. Pero no, los médicos ni te abrazan ni te mienten. No les culpo.

Derrotada abandoné el hospital. Recuerdo que me encontré con una vecina con la que apenas había hablado tres o cuatro veces. Me preguntó por Carmen y, llorando, se lo conté. Vi cómo a ella se le llenaban los ojos de lágrimas (a ella le había pasado algo parecido con su primera hija) y en ese momento entendí la increíble solidaridad que se establece con una madre que ha pasado exactamente por lo mismo que tú. Entré en casa, sin hija, sin barriga y vi su cuco vacío y me derrumbé. No había consuelo. Y eso que mi hija estaba viva. Pero creo que el dolor era más miedo a que muriera que a su estado en sí. Era pánico.

No pegaba ojo en toda la noche, deseaba con todas mis fuerzas que pasaran las horas para poder estar en la UCI a las 9 de la mañana entrar a verla. El día que la cogí en brazos, de manera instintiva me la puse en el pecho y comenzó a mamar. A partir de ese momento y viendo cómo respondía al tratamiento (había aspirado meconio) empecé a sentirme mucho más tranquila. Pero detestaba ese hospital. Deseaba con todas mis fuerzas llevarme a mi niña a casa. Las enfermeras, mujeres tremendamente humanas, me dejaron estar con ella el tiempo que quería aunque estaba prohibido, algo que hizo mitigar muchísimo mi dolor. Está prohibido por algo que no entiendo. Supongo que al verme tan sola les di lástima. Por primera vez me alegré de que aquella circunstancia tan dura me sirviera para algo. Al menos podía estar con Carmen haciendo piel con piel todo el día, desde las 9 de la mañana hasta las 9 de la noche. Y dándole el pecho. Cada vez que mamaba yo pensaba: con esto se recuperará más rápido. Es impresionante cómo te aferras a todo.

Vi morir bebés de las incubadoras de al lado. Y el recuerdo del llanto de sus madres, desgarrador, me acompañará el resto de mi vida. Como la voz que resonó tantas veces esos días en mi cabeza y que decía: por favor, a mí, no. Quién ha tenido hijos ingresados sabe de qué hablo. Es la experiencia más terrorífica que jamás me ha tocado vivir y a veces siento que la herida de la cesárea es la imagen real de la herida que tengo dentro. Porque ese miedo se ha quedado ahí, latente. Y el muy puñetero no se va.

Una semana más tarde a Doña Tecla le dieron el alta. Y durante los siguientes 16 meses fui incapaz de separarme de ella más allá de unas horas. Dormíamos juntas, íbamos juntas a la peluquería, a la compra, a donde fuese. Cada vez que alguien me decía, tienes que acostumbrarte a ir poco a poco separándote de ella, una especie de oso se despertaba en mi interior y me salía una fiera que no sabía que tenía dentro. No lo expresaba pero lo sentía. Como sentía que la mayoría de la gente dice cosas que, sin querer, te hacen mucho daño.

Hoy, cuatro años más tarde de aquél fatídico (y a la vez alegre) domingo, sé que hay heridas que, por mucho que quieras cerrarlas, nunca puedes. La maternidad te hace tan fuerte como vulnerable. Fuerte porque los hijos son capaces da proporcionarte algo que no sabes que tienes. Pero también tenerlos es una hipoteca emocional de tal calibre que nunca tu corazón vuelve a latir en el mismo sitio como dijo Doris Lessing. Yo no tengo apenas nada que ver con la mujer que fui hasta que fui madre. Es imposible que uno permanezca igual después de pasar cosas tan importantes en tu vida. Sé que muchas mujeres no entienden que tener hijos es algo muy especial que proporciona sentimientos muy profundos. Pero también sé que muchas mujeres sí lo entienden.

Aunque tampoco hace falta que nos entendamos todos en todo. Basta con que nos comprendamos y respetemos.

Hoy Doña Tecla cumple cuatro años. Es una niña dulce, buena, ordenada, prudente, terca (como una mula) presumida, preocupada por agradar siempre a la gente. Y, lo más importante, es una niña feliz que adora a su padre, a su madre, a su hermana, a su abu (la paterna) y a los caballos. Sobre todo a los caballos.

Feliz cumpleaños, mi vida. Nunca sabrás lo felices que nos haces.

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Madre no hay más que una © DIARIO ABC, S.L. 2014

No es posible entender la historia de la humanidad si no atendemos a la historia de la familia, de la crianza de quienes la protagonizaron. Cómo nacemos y cómo somos criados importa demasiado. Sin amor y ternura en la infancia, sin una familia que contenga, proteja y quiera se hace difícil ser un adulto mentalmente sano. Este blog es un espacio de reflexión sobre todo lo que nos afecta como seres humanos desde el momento en que somos concebidos. Nada es por casualidad y casi todo tiene un porqué en lo que nos sucede relacionado con nuestra infancia. ¡Bienvenido! Más sobre «Madre no hay más que una»

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