Me encanta que los planes salgan bien

Publicado por el ago 8, 2014

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mujer pensandoReconozcan ustedes que a todo el mundo le gusta que los planes salgan bien, es decir, que salgan como a uno le gustan. Pero, por suerte o por desgracia, no siempre las cosas salen como a uno le gustaría que saliesen. Cuando esto sucede, es decir, cuando las cosas salen de forma diferente a cómo las habíamos planeado, y son inamovibles, podemos optar por dos vías para solucionar el conflicto que nos genere:

-1) Asumir que no siempre sucede lo que deseamos

-2) No asumirlo y montar una bronca, tener una pataleta o un cabreo poco saludable durante días y que afecte a otros. Es decir, dejar que salga la ira, la agresividad o la tristeza.

Si sale la segunda opción, el diagnóstico es claro: Intolerancia a la frustración que un conflicto te genera. ¿Y cuándo se aprende eso? Francamente creo que nunca se termina de aceptar del todo que algo no salga cómo lo habíamos planeado pero sí se educa esa tolerancia para que, al menos, esa frustración cause los mínimos estragos en el interior de una persona.

¿Y cuándo se enseña, entonces? Bingo. En la infancia. Es tarea de los padres hacerlo. ¿Por qué hablo de esto hoy? Pues porque en debates en los que he participado y participo sobre crianza, este tema sale muy a menudo y no siempre se comprenden exactamente bien las posturas. Quienes me seguís desde hace años sabéis que estoy totalmente en contra de pegar a los niños, que lucho por gritar a mis hijas lo menos posible aunque a veces se me escapa algún grito y que no confío demasiado en los castigos aplicados sistemáticamente. No me gustan las etiquetas pero sí creo que crío a mis hijas con apego porque atiendo sus necesidades con cariño y entrega.

Sin embargo creo que las tendencias que se han puesto, digamos, de moda en los últimos años, y en algunas posturas creo que son extremistas, buscan por encima de todo que el niño no sufra. Obviamente ningún padre quiere que su hijo sufra y hará todo lo posible por evitarlo pero hay situaciones en la vida que son inevitables y resulta una pretensión, desde mi punto de vista muy naif, pretender que los niños no las conozcan. Por ejemplo el NO. El no también educa. Y a veces, no  hay argumentos que un niño puede comprender por mucho que el adulto se empeñe. Y no creo, sinceramente, que eso cause ningún trauma en un futuro. Traumas causa la ausencia de amor, pegar, los insultos o las vejaciones, pero decir no a determinadas cosas y enseñarle que en esta vida las cosas no siempre son como queramos que sean, creo que ayuda y mucho a conformar lo que, en su día, será esa persona, un adulto.

Yo he tenido que aprender a gestionar la tolerancia a la frustración de adulta. Sé de lo que hablo. Y ojo, no tengo el mínimo reproche que a hacer a mis padres puesto que lo que hicieron, estoy segura, lo hicieron con la mejor de las intenciones creyendo que escogían el camino más adecuado. Obviamente en algunas cosas fallaron. Ni más ni menos que yo o mi marido con nuestras hijas. No somos perfectos. En ninguna generación. No inventamos nada nuevo. Sólo pensamos y debatimos más que antes. Y eso es bueno. Muy bueno.

Volviendo al tema que nos ocupa creo que se está poniendo de moda denostar a las madres que reconocemos sin pudor alguno que sí ponemos disciplina. Y la disciplina no es que te vas a duchar con agua fría por mis santos….la disciplina es, por poner un ejemplo, que si pegas a tu hermana te vas a quedar sin ver la media hora de tele que siempre ves después de cenar porque tu acto, pegar, ha generado tristeza en tu hermana. Disciplina es que si no quieres comer la comida porque dices que te duele la barriga, no te voy a dar un helado a la media hora porque dices que tienes hambre. Si tienes hambre, entonces, te doy comida. Pero no un helado. ¿Por qué? pues porque creo que tengo el deber de enseñarte a comer bien. Y comer bien no es comer helados. Si te permito eso estaré atentando contra tu necesidad básica de alimentarte bien. Obviamente un sábado de verano sí lo haré porque las normas también pueden romperse cuando son una excepción.

Disciplina también es que tienes un horario que cumplir de sueño y con casi 4 años y casi dos, las 8 y media de la tarde, nueve como mucho es una hora razonable para que te acuestes si al día siguiente amaneces a las 8. Y es que tu cerebro necesita de manera imperiosa que duermas para que se desarrolle bien y te desarrolles con salud. Por lo tanto la autoregulación y dejarte que te duermas a las doce porque, de lo contrario, me estoy imponiendo, me parece atentar contra tu integridad física y de salud. Y si lloras, acompañaré tu llanto metiéndome contigo en la cama y esperando a que te duermas mientras te rasco la espalda. Y es que, además, que caigas rendida a los 5 minutos (a veces sin escuchar de terminar el cuento) me confirma que sí necesitas irte a la cama a esa hora.

Disciplina es que no decidas tú el menú porque si de ti dependiera comerías a diario pasta con ketchup y necesitas, para crecer, comer frutas, verduras, cereales, pescado, carne y huevos. Y a lo mejor es difícil que lo comprendas con dos o tres años aunque yo trataré de explicártelo.

Disciplina es enseñarte que cuando se llega a un lugar, a casa de alguien, es de obligado cumplimiento saludar. Otra cosa es besar. Pero decir hola, adiós, gracias y por favor, se me hacen palabras imprescindibles.

Disciplina también es enseñarte a que no se puede interrumpir a las personas cuando están hablando. Y no porque sean mayores, no. Es porque son personas y es de buena educación respetar los turnos como te gusta a ti que te los respeten. Así que yo no comulgo con la idea de cuando estás con un adulto hablando y tu hijo quiere que mires cómo ha pisado la hormiga, dejes a ese adulto con la palabra en la boca porque es de suma importancia mirar esa hormiga muerta. Otra cosa es, obviamente, que el niño se caiga y llore. Pero creo que eso todos lo sabemos.

En fin que estoy convencida de que el día de mañana Mofletes Prietos y Doña Tecla tendrán una larga lista de agravios contra su madre, especialmente mientras les dure la adolescencia y juventud. Y, cuando lleguen a la madurez, apreciarán las cosas buenas y perdonarán las menos buenas. Justamente como a servidora le ha pasado con la autora de sus días y progenitor.

Bueno, pues que me ha dado hoy por filosofar. Y aquí os he dejado mi rollo.

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Madre no hay más que una © DIARIO ABC, S.L. 2014

No es posible entender la historia de la humanidad si no atendemos a la historia de la familia, de la crianza de quienes la protagonizaron. Cómo nacemos y cómo somos criados importa demasiado. Sin amor y ternura en la infancia, sin una familia que contenga, proteja y quiera se hace difícil ser un adulto mentalmente sano. Este blog es un espacio de reflexión sobre todo lo que nos afecta como seres humanos desde el momento en que somos concebidos. Nada es por casualidad y casi todo tiene un porqué en lo que nos sucede relacionado con nuestra infancia. ¡Bienvenido! Más sobre «Madre no hay más que una»

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