Las comidas de trabajo y la madre que las parió

Publicado por el mar 24, 2014

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comida trabajo mujerEl otro día tuve a bien disfrutar de algo que hacía bastante tiempo que no hacía: Sentarme, SO-LA en una terraza al sol con la única compañía de varios periódicos. Recalco lo de sola porque, imaginarán ustedes, teniendo dos retoñas, es difícil estar  tranquila más de tres minutos sin las consabidas frases: mamá, mira lo que hago, mamá, quiero agua, mamá esto, lo otro. Que yo a mis hijas las quiero a morir pero, oigan , a veces estar en silencio, viene a ser como una especie de momento deluxe del que disfruto poco.

En esas tesituras de terraceo solitario me encontraba cuando me encuentro con la columna firmada por Luis Ventoso (subdirector de este periódico y ex jefe mío cuando era director de Diario 16 y que ya llovió de esto un huevo) La columna se llama ¿comemos? y habla de esa imperiosa necesidad que tiene el español trabajador (generalmente en una oficina) de quedar para hacer comidas de trabajo.

Servidora apenas puede disfrutar ya de esas comidas. Y digo disfrutar porque, no nos engañemos, cuando quedas para una comida de trabajo que se alarga hasta las 7, copa de gin tonic mediante, es porque te lo estás pasando bien. Y trabajar, lo que se dice trabajar, poco. Antes, cuando no tenía hijas qué atender y me daba lo mismo irme a casa a las 7 que a las 9, de hecho prefería irme a las 9 si no tenía otro plan, yo disfrutaba mucho de las comidas de trabajo. Caía siempre una entre semana. Además, como eran de trabajo, pagaba la empresa, cosa que siempre se agradece. Eso sí, eran tiempos de bonanza. ¿Se acuerdan ustedes de cuándo éramos ricos? Yo sí, perfectamente. Gastábamos con una alegría que paqué.

A donde yo quiero llegar con este tema es al siguiente: las mujeres con hijos (por regla general que ya saben ustedes que siempre hay Comida_de_nogocios_1honrosas excepciones) somos menos dadas a este tipo de comidas-reunión. ¿Por qué? Bueno, es fácil adivinarlo. Aquí viene la palabrita de marras y de siempre: la conciliación. Verán, cada vez que tenemos que quedar para comer entre semana todas tenemos la siguiente premisa: “vale, pero quedamos tipo dos porque yo a las cuatro tengo que salir pitando para el cole a recoger a los niños” Entiendan que les escribo desde una ciudad, Madrid, cuyas distancias son siempre medidas en tramos de media hora de atasco, no en kilómetros. Por lo tanto, tienes que llegar al colegio entre las cuatro y media y las cinco menos cuarto. Y no te pases de ahí porque te encontrarás al churumbel haciendo pucheros porque es el último niño del colegio y ya se estaba creyendo que lo habías olvidado.

También están las mujeres cuyos hijos van en ruta en cuyo caso no se tienen que ir pronto a recogerlos al colegio pero sí tienen que volver enseguida a la oficina para poder largarse a las seis a casa y estar con los niños por la tarde.

Ya sé que no todas las mujeres cumplen estos horarios, no soy ciega. Ya sé que existen muchos hombres que jamás hacen eso de comidas extra largas. Ya lo sé. Pero también sé que cuando te sientas en un restaurante al mediodía entre semana el 80% de los comensales siguen siendo hombres. Y es que las mujeres, generalmente comemos en la oficina con un tupper o algo ligerito. Para ahorrar tiempo, básicamente. Esto las mujeres que tenemos hijos pequeños. Las que tienen hijos ya mayores, es otro cantar.

Y el caso es que, generalmente, cuando propones una reunión de trabajo a una mujer suele decirte las 10:00, 11.00 de la mañana y el lugar elegido casi siempre es una oficina. Con los hombres (no con todos, ya lo sé) parece más fácil que enseguida te propongan una comida de trabajo.

Básicamente a esto le veo varios inconvenientes: 

-Las comidas de trabajo en un restaurante suelen ir acompañadas de vino y el alcohol es mejor dejarlo fuera en una conversación laboral.

-Se alarga mucho más una reunión comiendo en un restaurante que en una oficina tomando un café.

-Como siempre, el dichoso horario irracional laboral español y la maní de que el país se paralice como mínimo dos horas para que comamos cuando para comer con veinte minutos sería suficiente.

-Comer en un restaurante es infinitamente más caro que organizar una reunión en un despacho.

Eso sí, le veo una gran ventaja: te lo pasas de cine. Sobre todo si te invitan. Y, de vez en cuando (una vez al mes) viene muy bien desmelenarse. Pero seamos serios y no lo vendamos como trabajo porque trabajo, lo que se dice trabajo, no es.

Yo no tengo las respuestas, tan sólo tengo las preguntas. Y mi pregunta es (y a ver si ustedes me ayudan a resolverla) ¿seguimos siendo las mujeres las que llevamos el peso del cuidado de los hijos aún a pesar de tener trabajos exitosos y llevar una buena nómina a la economía familiar? ¿Por qué?

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PD. No me resisto a no contarles un detalle así sin importancia. Hubo en tiempo en que servidora era soltera y no tenía hijos. En aquella época (que parece que fue hace siglos) cuando salía yo de mi trabajo (cuyo dinerito era solo para moi) me iba a lo que entonces (hablo del 2005, 2006, 2007) era un afterwork. Allí había siempre un 90% por hombres (entre ellos el que hoy es mi marido y padre de las criaturas)  y un 10% de mujeres (generalmente solteras y sin hijos, ambas cosas) y en la barra, apostados, hombres con chaquetas y su alianza. Siempre me preguntaba: ¿y sus mujeres dónde estarán? Ahora que tengo hijos, ya lo sé: “Bañando a los niños y haciendo cenas”

Y pensaba yo, inocente, que eso a mí, no me iba a pasar. JA.

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Madre no hay más que una © DIARIO ABC, S.L. 2014

No es posible entender la historia de la humanidad si no atendemos a la historia de la familia, de la crianza de quienes la protagonizaron. Cómo nacemos y cómo somos criados importa demasiado. Sin amor y ternura en la infancia, sin una familia que contenga, proteja y quiera se hace difícil ser un adulto mentalmente sano. Este blog es un espacio de reflexión sobre todo lo que nos afecta como seres humanos desde el momento en que somos concebidos. Nada es por casualidad y casi todo tiene un porqué en lo que nos sucede relacionado con nuestra infancia. ¡Bienvenido! Más sobre «Madre no hay más que una»

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