La típica redicha

Publicado por el feb 22, 2014

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redichaHoy vengo aquí a hacerles una confesión. Dolorosa, además. Verán, de toda la vida del Señor he sido, lo que se dice, una redicha. La culpa no es mía, es de mi señora madre que era (porque se ha jubilado) maestra. Y pongo maestra porque en aquellas épocas las que se sacaban una oposición y se iban a las aldeas a enseñar a leer a los mayores, eran maestras. Bien. Como se pueden ustedes imaginar al tenerla como señora madre siempre me corrigió en cada una de las malas palabras que a partir de los dos años empecé a decir. Tanto es así que la buena mujer sólo recuerda que dijera mal tres palabras: catarreta (carretera), tabación (habitación) y me arrago (por me agarro).

El caso es que tiene la costumbre la buena mujer de haber sido y seguir siendo siempre la típica tocapelotas corrigiendo. Yo la quiero mucho, es mi mamá, pero oigan, no saben qué intenso resulta tener a la madre y a la profesora en casa todo el santo día en casa erre que erre con las correcciones. Por no hablar de lo agobiante que resultaba no poder escaquearte nunca de los deberes porque te tomaba la lección primero ella (en casa) y después en el colegio.

El caso es que aquí la redicha (o sea, yo) resulta que tiene una hija, Doña Tecla, con 3 años y medio y no la corrige. Tengo otra (15 meses) pero todavía no dice mucho. ¡Ay, aquí llega el mea culpa y la confesión! Verán, me hace toda la gracia del mundo la lengua de trapo que tiene y no la corrijo. Me da a mí que lo estoy haciendo fatal pero es que luego pienso: “A ver, alma de cántaro, en un año habrá dejado de hablar así de mal y total…” Vaya que me aguanto la risa cuando me dice, mía qué monito es esto o mira lo que hazo, o ¿mi pones una piluca, favoooooooooor?

El caso es que mi señora madre ha venido a pasar unos días a casa. Y claro, en su afán por corregir, me está corrigiendo a la niña de tal manera que Doña Tecla ayer soltó alto y claro: PE-LÍ-CU-LA con mi consiguiente sobresalto y disgusto a partes iguales. Antes era la abuela Mate, ahora es la abuela Mayte, que dice mi madre (que así se llama) que no le da la gana de que la niña la llame como una hierba que se toman los argentinos.

Estábamos ayer sentados en el sofá y me dice mi amada madre: Me la dejas un mes y te la devuelvo hablando bien. Claro, inmediatamente he pensado que sí, que es mejor que se vaya el lunes en lugar de quedarse una semana más no vaya a ser el demonio.

Por si acaso, y para que siga respirando yo tranquila, esta mañana Doña Tecla me ha visto en el ordenador y me ha soltado.

-¿Estás babajando?

-Sí, cariño

-Claro, poque eres perolista.

Pues eso, que no la hemos perdido para siempre. La lengua de trapo, digo. Y que no, que se pongan ustedes como se pongan no la voy a corregir. Que ya lo hará sola. Ya me pueden ir ustedes dejando sus comentarios de las graves consecuencias para su habla que le pueden traer en el futuro.

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Madre no hay más que una © DIARIO ABC, S.L. 2014

No es posible entender la historia de la humanidad si no atendemos a la historia de la familia, de la crianza de quienes la protagonizaron. Cómo nacemos y cómo somos criados importa demasiado. Sin amor y ternura en la infancia, sin una familia que contenga, proteja y quiera se hace difícil ser un adulto mentalmente sano. Este blog es un espacio de reflexión sobre todo lo que nos afecta como seres humanos desde el momento en que somos concebidos. Nada es por casualidad y casi todo tiene un porqué en lo que nos sucede relacionado con nuestra infancia. ¡Bienvenido! Más sobre «Madre no hay más que una»

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