No me grites, no me peques, no me amenaces. Edúcame

Publicado por el nov 8, 2013

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descargaDoña Tecla hace ya dos meses que cumplió los tres y progresivamente va abandonando ser un bebé para ser más personita. Es en esta etapa de transición cuando empiezas a darte cuenta de que esto de la educación (parafraseando a Gil de Biedma) va en serio. Y aquí ya no valen las medias tintas, o te pones a ello o puedes obtener resultados pésimos.

No creo que existan fórmulas básicas para educar bien. Más bien creo que es un conjunto de factores unidos. Cuando pienso en mi propia educación y retrocedo a cuando era niña me veo de una manera similar a como veo a mi hija. Recupero en mi memoria esos momentos y hago justamente lo que entonces percibí como injusto. Yo me sentía más a gusto en casa de mi abuela. Y no era porque ella me consintiera todo sino porque, sin ella saberlo, aplicaba conmigo una pedagogía basada en conseguir de mí que hiciera las cosas por convicción, no por obligación. Con mi madre la cosa era distinta. Ella siempre pensó que lo correcto era educar bajo las premisas de la imposición, del porque yo lo digo y bajo amenazas constantes. Es curioso pero recuerdo muchas tardes de mi vida castigada mirando por al ventana a los demás niños jugar. Y no, no sirvió de nada. Si lo pienso bien, no sirvió de nada. O sí, quién sabe. Nunca lo sabré. Lo que sí sé es que eso no es lo que yo quiero para mis hijas. Nunca.

No confío, ya digo, en los castigos porque sí, ni en las imposiciones que no se sustentan con argumentos sólidos. Obviamente mis hijas son demasiado pequeñas para entender sesudos razonamientos pedagógicos pero la adulta soy yo y por tanto soy la que tengo que aplicarlo traducido en acciones. Por poner un ejemplo. Doña Tecla suele levantarse con lo que se llama de forma común: de mal humor. Y no es tal mal humor, es seguir todavía dormido. Esta mañana le he pedido un beso de buenos días y por lo que fuera estaba torcida y no ha querido dármelo. Oh vaya, pues ya me lo darás luego, le he dicho. ¡Noooooo! me ha contestado rotunda. Sobra decir que a los 5 minutos como quería comer unos picos vino a pedirme un beso y, a continuación, sus picos. No pasa nada, todos desde pequeños aprendemos a ser zalameros para conseguir algo. Uno no llama a un posible cliente de malas maneras. Supervivencia pura y dura. Sin embargo mi madre, que pasa unos días por aquí de visita, ha pedido el beso, ha obtenido idéntica respuesta y entonces ha optado por la amenaza: “Pues si no me das un beso no te compro hoy chocolate”

Sobra decir que mi madre hace las cosas con la mejor de las intenciones y quiere a sus nietas con locura. Ella no es el objeto de mi crítica sino esa forma que ella aprendió, mamó desde pequeña y que cree que es la correcta. Tanto como para afirmar que cree que estamos criando a nuestras hijas demasiado consentidas. Tampoco quiero personalizarlo en mí, creo sinceramente que esta es una situación bastante común entre la gente de mi generación con respecto a sus padres. Es más, creo que es bastante común siempre entre generaciones. No formo parte de ningún grupo, no me gustan las etiquetas pero tengo claros algunos principios sobre la educación de mis hijas.

  • No me gusta gritarles, es más, lo detesto. Aunque reconozco que alguna vez lo he hecho y luego me siento fatal.
  • Detesto la frase: un buen cachete a tiempo arregla muchas cosas. Dan ganas de contestar: ¿incluido tú? Alguna vez le he dado en el pañal a Doña Tecla y he tardado días en perdonarme. Me reconcomo por dentro, me siento mal y frustrada. La violencia (por pequeña que sea ellos la perciben como enorme, especialmente a partir de los dos o dos años y medio) no puede ser nunca nada bueno, mucho menos para educar, mucho menos si son pequeños. Por mucho que intente ver algo bueno, desde el punto pedagógico, no lo consigo. Es más, no como madre, sino como hija, recuerdo cada una de las bofetadas que me dieron y quién me las dio y sigo pensando en ello como algo negativo que me provoca tristeza.
  • No creo en las amenazas ni las coacciones: si no haces esto, no tendrás esto, si haces esto, tendrás esto. Las cosas tienen que hacerse por el valor que encierran en sí mismas. Vienes a mi cama un sábado por la mañana porque te gusta que te haga cosquillas, porque nos gusta jugar, no porque si haces eso sabes que te compraré chuches, te pondré la tele y además te dejaré hacer todo lo que quieras.
  • Ejercitar con ellos la importancia de tomar decisiones. Obviamente no estoy hablando de las cosas fundamentales de la vida como ir al colegio. Hay cosas que son innegociables pero otras pueden estar sujetas a ver qué hacemos. No se trata de establecer una igualdad porque no somos iguales, yo soy tu madre y yo soy quién te educa y te cuida. Se trata de dar herramientas para aprender a tomar decisiones en la vida. Ejemplo, un sábado Doña Tecla y yo nos fuimos al parque. Antes de salir le pregunté varias veces: ¿Quieres hacer pis? Y varias veces dijo no. Le dije, si te haces pis encima tendremos que volvernos a casa. Vale, vale, mámonos ya al paque. Y sucedió. No solamente que se hizo pis, sino también caca. Además en el tobogán. Tremendo. Así que la consecuencia inmediata fue que nos tuvimos que volver a casa dejando el plan divertido atrás. Ella misma se dio cuenta porque apenas podía caminar cómodamente con la plasta encima. Volver a casa caminando como John Wayne recién bajado del caballo creo que fue una buenísima lección, mucho más que la amenaza: si no haces pis primero, entonces te castigo. Qué duda cabe que ahora, cada vez que vamos al parque y se lo sugiero enseguida accede a ir al baño. ¿Eso cómo se llama en la vida? ¿Aprender a base de dártelas? Pues eso.
  • Decir frases negativas tipo: ¡qué torpe eres!, ¡qué mal lo estás haciendo! A veces las soltamos sin querer, sin pensarlo. Lo tenemos tan aprehendido (con hache) que no somos conscientes. Los niños se creen a pies juntillas lo que sus padres les cuentan. De qué sino se iban a creer el cuento de los Reyes Magos. Así que si yo le digo a Doña Tecla que es torpe, se lo terminará creyendo. Es más, puede que nunca deje de hacerlo. Conozco una persona cuya madre (ya fallecida) le dijo durante toda su vida que era una inútil (no sabía cocinar) y esa persona, a día de hoy, pasados ya los sesenta, sigue creyendo que lo es. Tiene tela.

Me tomo muy en serio esto de hacer las cosas bien (al menos intentarlo) y para ello me fío mucho, primero de lo que me dicta mi corazón y cabeza pero también lo que dicen los expertos. Acabo de descubrir la pedagogía Blanca y no me pueden gustar más. Ahí encuentro muchas respuestas a tantas preguntas que me hago en el día a día. Os recomiendo que les echéis un vistazo. Sobre todo si sois educadores porque tienen unos talleres muy interesantes.

Nadie dijo que fuese fácil esto de la educación pero es un reto apasionante, tener la capacidad en tus manos de lograr colocar sobre la faz de la tierra una persona feliz más. Poca broma.

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Madre no hay más que una © DIARIO ABC, S.L. 2013

La maternidad para mí tiene un lema: donde dije digo, digo Diego. Lo que vale para un hijo no funciona con el otro y viceversa. Todo es relativo y depende del cristal con que lo mires. Más sobre «Madre no hay más que una»

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