Mi niña sí me come

Publicado por el May 9, 2013

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Creo que de las frases más cursis y un tanto raras que he escuchado desde siempre es aquella que dice: “Mi niño no me come”. Es tan popular que hasta hay un famoso libro con ese título del afamado pediatra Carlos González. De siempre me ha sonado mal. Ya el colmo es cuándo te preguntan: ¿Y qué tal te come? Como si las criaturas fuesen caníbales. Y es que ese verbo expresado con el me delante, lo que en gramática se denomina el dativo ético, y que en más de una ocasión puede dar lugar a ambigüedades, a pesar de ser correcto, a mí no me ha gustado nunca. No me duerme, no me come, no me estudia. En el fonso hay una clara intención de demostrar el grado de implicación emocional que la persona que lo dice tiene con respecto al sujeto al que se refiere. O lo que es lo mismo; la madre hacia el hijo. Pero, también es cierto, implica una posesión que no la tengo yo tan clara. Vamos a ver, el que come o no come, el que duerme o no duerme es tu hijo y no tú. Al menos ese dativo ético con esos verbos…pues como que no. Otra cosa es que te muerda. Entonces sí suena alto y claro decir: mi hijo me muerde.

En fin que tampoco me quiero ir yo a explicar teorías gramaticales que, además, las tengo bastante olvidadas, por cierto. Lo que sí quiero es hablar de que mi hija pequeña, es decir Mofletes Prietos, sí me come. Y lo digo así, a la antigua usanza para que me entiendan bien. ¿Y eso es motivo de gozo y alegría como para escribir un post? Ay miren, sí. Y les cuento porqué. La otra, la rebelde doña Tecla, abrió la boca por primera vez para que le metieran la cuchara, más o menos con 16 meses. Lo que se tradujo en alimentarse básicamente de biberones y alguna que otra galleta durante esa etapa. Sí, muy pancha salí yo con el tema pero las veces que intenté darle papilla o simlar tuve que adecuar el gotelé con los restos del puré. Desistí. Y me reconforté en la manida frase: “NIngún niño se muere de hanbre teniendo comida” Y confié en que, con el tiempo, tuviera a bien alimentarse de otra cosa. Y así fue. Me fié de la intuición y pasados los 16 meses comenzó a comer de todo. Si vieran con qué arte se zampa cada noche, entre otras cosas, un pitino (pepino) se quedan pasmados.

Pero claro, una sueña siempre con cosas que luego no suceden y en la cursilería que me acompañó en mi primer año como madre soñaba con la idílica imagen de darle a mi retoña una papilla y que esta no fuese a parar segundos después, previa pedorreta, en mi cara a medias con la pared. Nunca lo conseguí.

Sin embargo la vida te da segundas oportunidades y esta, en concreto, ha llegado en forma de la que, desde ahora, es la gorda oficial de la casa (con todos mis respetos que es mi hija). Cosa que le acercas a la boca, cosa que ella acepta de buen grado. Con decirles que se relame con el apiretal y llora porque quiere más, les digo todo.

He de confesar que con la segunda maternidad me he vuelto más pasota, si cabe, con el tema de la comida. Así que faltando una semana para los seis meses caí en la cuenta de que era el momento de, a saber:

-Añadir cereales a la leche

-Cambiar la leche de inicio por la de continuación. (No se me enfaden las de la teta que se la di hasta los 5 meses)

-Empezar con frutas, verduras y otros alimentos.

No recordaba muy bien qué venía primero si la introducción de las frutas o de las verduras pero en mi sentido práctico pensé: Mi bisabuela tuve 11 hijos y sin acceso ni a google ni a pediatra y dudo mucho que se andara con mucha tontería. Teniendo en cuenta que los hijos que tuvo 9 siguen vivos y los que se murieron fue pasados los 85, muy mal no le salió. Así qyue del tirón hemos empezado con todo a la vez menos con el pescado. ¿Y come la criatura? Devora. Es de las que entre cuchara y cuchara llora de hambre. ¡La pobre! Supongo que se darán cuenta que no les miento si le digo las hermosas lorzas que acompañan sus piernas y sus brazos.

Así que, aprovechando la coyuntura, me he dejado llevar por el romanticismo y he dejado espacio a la cursilería de nuevo y si me ven la felicidad dándole la papilla a mi niña que ¡sí me come! 

No sé si me entienden pero el grado de desesperación puede ser supino cuando lo único para lo que abren la boca es para berrear

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Madre no hay más que una © DIARIO ABC, S.L. 2013

No es posible entender la historia de la humanidad si no atendemos a la historia de la familia, de la crianza de quienes la protagonizaron. Cómo nacemos y cómo somos criados importa demasiado. Sin amor y ternura en la infancia, sin una familia que contenga, proteja y quiera se hace difícil ser un adulto mentalmente sano. Este blog es un espacio de reflexión sobre todo lo que nos afecta como seres humanos desde el momento en que somos concebidos. Nada es por casualidad y casi todo tiene un porqué en lo que nos sucede relacionado con nuestra infancia. ¡Bienvenido! Más sobre «Madre no hay más que una»

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