Orgullo y prejuicio

Publicado por el abr 18, 2013

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A mí no me han gustado nunca las personas orgullosas. Pero siempre me han dado cierto toque de envidia por su fortaleza interior. No ceder tiene su aquél y para personalidades débiles como la de servidora es tarea poco habitual. Pero los hijos no se nos parecen por mucho que lo diga Serrat. Resulta que tengo una orgullosa de tomo y lomo en casa. Así como lo están leyendo.

Ayer tarde, igual por aquello de que la primavera la sangre altera, estuve con ella en el parque de casa (viven los dioses que jamás lo piso) y observé cómo, además de seguir ejerciendo de macarra, además ayer lo hizo de matona. En concreto de mordedora. Efectivamente le mordió a un vecino que le saca seis meses. En defensa de mi hija he de decir que el niño en cuestión es un ñoño que llora por todo pero ¡de ahí a morderle! hay un trecho. Así que ayer la pillé infraganti. Pensé en Salomón, no se crean, pero ni cuando éste escribió el Libro de los Proverbios debió de tener tantas dudas como yo. En realidad la solución era fácil: o le pides perdón o nos subimos a casa (Dios de mi vida con el calorrrrrrrrr que hacía y lo bien que se estaba en el jardín) Pero sí, lo han averiguado. No hubo manera de que pidera disuclpas. Lo intenté, eso sí, por las buenas, con dulzura y sin exhibición pública para evitar la mofa y el escarnio de los demás. Doña Tecla sorbía los mocos para dentro e intercambiaba puchero con hipo. Pero de pedir perdón, naranjas de la china. ¡Amos hombre, hasta ahí podíamos llegar!

Y nos subimos, claro. Que ya me he leído yo muchos manuales de psicología y sino quiero que tome mis advertencias por el pito del sereno hay que cumplirlas. Subimos es un decir. En realidad yo subí y a ella la arrastré. No de los pelos, no se me asusten,  que me tomo en serio lo de la crianza con apego, sino del brazo.

Una vez arriba y con los decibelios al nivel de la discoteca Amnesia de Ibiza preparé el baño. Al fin y al cabo un spa siempre relaja los nervios, ¿no? Pues se ve que a ella, no. A todo esto mofletes prietos se quedó en el jardín con la cuidadora que tampoco ellas iban a penar las únicas horas que salen a tomar el sol y a disfrutar el aire libre. Al estar a solas con ella, pensé inocente de mí, que yo podría intentar dialogar. Pero fue en vano. Por supuesto me culpó de todos sus males y me soltó su batería preferida de insultos con dedo índice acusador: “Tú mal, tonta y fea” Ni caso, como el que oye llover. ¿Decía eso super nanny o dónde lo escuché? Seguimos con el spa y poco a poco la fiera se fue calmando.

Ya en el momento masaje, aceite y crema por toooodo el cuerpo empecé a comentar con ella el incidente y ahí parece que entró en razón. Entre otros pucheros más me prometió, o eso creí entender, que no iba a morder nunca más. Eso y que me quería ” muuusto”

Veremos.

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Madre no hay más que una © DIARIO ABC, S.L. 2013

No es posible entender la historia de la humanidad si no atendemos a la historia de la familia, de la crianza de quienes la protagonizaron. Cómo nacemos y cómo somos criados importa demasiado. Sin amor y ternura en la infancia, sin una familia que contenga, proteja y quiera se hace difícil ser un adulto mentalmente sano. Este blog es un espacio de reflexión sobre todo lo que nos afecta como seres humanos desde el momento en que somos concebidos. Nada es por casualidad y casi todo tiene un porqué en lo que nos sucede relacionado con nuestra infancia. ¡Bienvenido! Más sobre «Madre no hay más que una»

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