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Blogs Madre no hay más que una por Gema Lendoiro

¿Tenemos celos?, noooo, ¡para nada!

Gema Lendoiro el

¡Qué duro tiene que ser dejar el centro de atención de alguien que sí es el centro de tu atención! Básicamente este es el resumen, así, sin paños calientes, de lo que se debe de sentir cuando eres niño y llega un hermano a casa. Igual con el tercer, el cuarto o quinto hermano el golpe se va suavizando. Los niños, como todos los seres humanos, terminan acostumbrándose a todo y, por supervivencia, viendo lo positivo de las nuevas situaciones.

Durante el embarazo de la segunda le hablamos muchas veces a doña Tecla de que dentro de la tripa estaba Rocío. Nombre que, por supuesto, ella tradujo a su lenguaje y convirtió en un tronchante: Sososo. Así, clarito y sin ninguna pretensión. Cuando llegó el día del nacimiento acababa de cumplir 2 años y esa edad está en el límite de no saber si nos está entendiendo o no del todo. Claro que tiene guasa que pretendamos que entiendan que dentro de la barriga hay un niño y que luego sale. El tema es espinoso, no me digan que no.

Cuando llegó a la habitación del hospital se quedó entre perpleja y confundida. Se agarraba a la pierna de la abuela paterna (con la que se estaba quedando en casa) y no se soltaba. Quería ver y tocar pero se sentía aturdida y confundida. Sensación de curiosidad pero al mismo tiempo de desamparo, de qué va a pasar ahora aquí. Desde el minuto uno, por sugerencia del padre, le hablamos de “tu hermanita” porque, dice el marido, que eso genera mucho vínculo de familia.

Cuando llegamos a casa los primeros días fueron de cine. La pequeña tomaba bien el pecho, la mayor no se celaba (aparentemente) y todos éramos felices, sólo nos faltaban primorosos manteles blancos y leche de soja para parecerlo. Pero la vida no es tan sencilla, no señor. Los celos estaban ahí, latentes y siguen estando. ¿Cómo los manifiesta? como todos los niños. Nosotros, entre otras cosas, tenemos hijas muy normales, nada extraordinarias y Doña Tecla, si puede, le casca a su hermana. Así, sin anestesia. Eso sí, luego viene y se chiva de sí misma. Esta mañana, sin ir más lejos, me ha soltado: ” Mamá, yo sí, Osío (ha dejado de ser Sososo para ser Osío) a cabesa” que, traducido al román paladino significa: me acuso de haberle dado a Rocío en la cabeza. Que bien sabe ella que a los bebés no se les toca la cabecita.

Eso sí, mi pequeña y encantadora señorita tiene también la parte buena, la de maternal y no es extraño pillarla agachada frente a su hermana diciéndole: “Hooooooola, hooooooooola, ¿qué te pasa me niña?(el me es literal, no me he equivocado) y a continuación culmina con un: ¡qué monada!. Y si puede, y cree que no la ven, acompaña el qué monada con un pellizco en el moflete (que los tiene gordos y prietos) con el consiguiente llanto, primero de la pequeña y a continuación de doña Tecla que se mete el dedo índice en la boca, hace pucheros y pone cara de no haber roto un plato para evitar la bronca que le caerá a continuación por hacerle eso a su hermana.

Entonces me pongo en modo ohhmmm (o lo intento) y dialogo (o lo intento) con ella y le digo: “A Rocío no se le pega que es un bebé, y además es tu hermana y la tienes que querer y cuidar y bla, bla bla….”y a veces, con suspiros, asiente y otras, la mayoría, se cabrea y la señala y gritando dice: eeeee malo. O que es fea, según le dé que ella es muy suya.

Pues claro, lógico y normal. Veremos a ver cómo vamos evolucionando con esto de los celos

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