¡Aquí estamos de nuevo!

Publicado por el mar 24, 2013

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Ha sido un paréntesis que se me ha hecho eterno pero, ¡lo bueno siempre se hace esperar! Aquí estoy de nuevo tras el cambio de plataforma. Para quienes me seguís desde hace tres años y medio, gracias por venir de nuevo por aquí. Para los nuevos, bienvenidos. Tendré que haceros un breve resumen para que podáis entender cosas. Me llamo Gema, tengo 38 años, estoy casada y tengo dos hijas, una nacida a finales de septiembre de 2010, doña Tecla, y la otra, la Mofletes, nacida a primeros de noviembre de 2012. Así que estoy como quiero, es decir, hasta arriba de jaleo entre la casa, las niñas, el trabajo y el marido, que también tiene lo suyo.

Tener a la primera fue coser y cantar. O eso es lo que pienso ahora que tengo dos y más trabajo que antes. Cuando tienes dos hijas y ambas usan pañal y chupete las matemáticas dejan de ser una ciencia exacta y uno más uno no son dos sino cuatro. O cinco, que una tiene tendencia a perder la calma y su capacidad para contar.

Los que me conocéis sabéis que en mi blog cuento mi día a día. Las opiniones son mías y casi nunca están basadas en verdades absolutas ni científicas sino en mi experiencia. No me posiciono en ninguna corriente de crianza porque no me gustan las etiquetas. Por si tú me las quieres colocar te diré que estoy a  favor de la lactancia materna sin ningún género de dudas pero sé, por experiencia, que dar el pecho no es coser y cantar. Las guerras que se establecen entre partidarias de teta y biberón me aburren soberanamente. Creo en las madres que ayudan a las otras a conseguir una lactancia exitosa pero no a las que, amparadas en el anonimato, insultan por las redes a las que dan una opción diferente a la suya. Me gusta dormir con mis hijas. No tengo remedio. La mayor duerme ya en su habitación desde los 17 meses, salvo los sábados que dormimos (o al menos lo intentamos) en amor, compañía y desorden los cuatro. La pequeña sigue, de momento en nuestra cama. El moisés que le regaló su abuela paterna, primorosamente decorado, es muy útil para hacer de barrera entre el extremo de la cama y la pared pero nunca ha dormido la criatura ahí más de una hora seguida.

Nacieron ambas por cesárea. La primera, de urgencia que acabó con ella en la UCI una semana y conmigo con los pies en la tierra aprendiendo, del tirón, cuán duro puede llegar a ser madre. Nunca en mi vida tuve más miedo, me sentí más frágil ni lloré más. La segunda nació por cesárea programada. No quise escuchar a nadie y no intenté un parto natural. Ahora me arrepiento. Sé que me bloqueó el miedo. Si pudiera volver  atrás lo cambiaría. Y me pesa. Pero intento perdonarme.

No soy nada preocupada para la comida. Tengo la teoría, no sé si errónea o certera, de que los niños, teniendo comida, no se mueren de hambre y nunca me he agobiado si no comen lo que yo espero. Si no come pienso, ya comerá cuando tenga hambre. La mayor es inapetente desde que dejó de tomar pecho. La pequeña, no para de comer. La mayor dejó de dormir de día ni un solo minuto desde que cumplió un mes. Escrutina todo desde el minuto uno. La pequeña es un bebé regordete, feliz y tranquilo que, a sus casi cinco meses, sigue haciéndose sus buenas siestas durante el día, unas dos o tres de una o dos horas.

Me posiciono del lado de criar a los hijos con muchos besos, abrazos y diciéndoles a todas horas lo mucho que los quieres. Me encanta que la mayor me siga pidiendo que la coja en brazos y que siga siendo tan dependiente.  Pero también creo en los límites y en las normas. La idea de tener en el futuro hijas maleducadas me pone los pelos de punta. Si hay que escoger entre poli bueno y poli malo en casa el malo me toca a mí. Será porque soy la que estoy todos los días y me ha tocado la parte menos placentera, la de educar. El padre también educa pero al estar menos (el trabajo es lo que tiene) aprovecha los tiempos de ocio para jugar. El padre es, digamos, más permisivo pero en las cosas fundamentales de la educación estamos de acuerdo. Queremos, como todos lo padres, que crezcan felices y sean buenas personas. Si además son buenas estudiantes, entonces mucho mejor. Sabemos que funcionamos a tientas porque ninguna teoría es 100% aplicable con los hijos.

No creo en la conciliación. No al menos en este país donde las jornadas laborales acaban pasadas las ocho de la tarde. Así es imposible conciliar. Hace tiempo que, por la crisis y por ser madre, decidí trabajar por mi cuenta. Así yo me organizo como puedo pero considero que lo ideal para que se eduquen bien (si se puede) es que uno de los dos esté en casa por las tardes, al menos desde las cinco o seis. Para que consiguiéramos una plena conciliación muchas cosas deberían cambiar. Para empezar la mentalidad de todos, muy especialmente de los que piensan que solo trabaja bien el que está muchas horas pegado a su ordenador.

Trato de hacer mi vida como madre lo mejor que puedo y creo que mis hijas son felices. Me gusta muchísimo ser madre y creo que es lo que más me llena  aunque (lo reconozco) a veces me sobrepasa la responsabilidad y el trabajo que dos niñas tan pequeñas generan. Eso sí, en cinco minutos se me ha pasado. Lo que peor llevo, sin duda, es la falta de sueño. Salvo los días de hospital de la segunda cuando nació, nunca me he separado de ellas. No me siento capacitada, siento que todavía no se ha roto el cordón umbilical y bien que necesitaría dormir una noche más de 8 horas seguidas. Pero, de momento, no quiero ni puedo separarme de ellas.

Ser madre me ha descubierto muchas cosas: saber qué es el miedo de verdad, miedo a que les pase algo malo, a que yo falte. Pero también el amor incondicional. Especialmente el que ellas te dan. He aprendido que una de las cosas más gozosas de la primera infancia es el desconocimiento absoluto del tiempo y los tiempos. Me envidia ese sentido que tienen de hacer las cosas sin prisas, con devoción y sin pensar nada más que en jugar. Y, quizás, lo más divertido sea ver la vida otra vez con los ojos de una niña. Ésa que con el tiempo vamos dejando atrás pero que ahí sigue.

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Madre no hay más que una © DIARIO ABC, S.L. 2013

No es posible entender la historia de la humanidad si no atendemos a la historia de la familia, de la crianza de quienes la protagonizaron. Cómo nacemos y cómo somos criados importa demasiado. Sin amor y ternura en la infancia, sin una familia que contenga, proteja y quiera se hace difícil ser un adulto mentalmente sano. Este blog es un espacio de reflexión sobre todo lo que nos afecta como seres humanos desde el momento en que somos concebidos. Nada es por casualidad y casi todo tiene un porqué en lo que nos sucede relacionado con nuestra infancia. ¡Bienvenido! Más sobre «Madre no hay más que una»

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