Tiempo de cardos

Publicado por el Oct 24, 2005

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Cerramos la semana pasada con flores. Empezamos esta con cardos. No, no he comido cardos, aunque, como saben casi todos ustedes, los hay comestibles y están muy buenos, como esos en salsa verde que ilustran este post. Pero para tomarlos debemos esperar a la llegada del frío, y para eso aún faltan algunas semanas. Cuando hablo de cardos, hablo de pinchar. Se trata de empezar a denunciar los abusos en los restaurantes. Y creo que este blog es un buen lugar para poner en la picota aquellos sitios que se lo merezcan. Les animo además a hacer lo mismo. Sólo así acabaremos con la picaresca y los abusos en un sector en el que hay muchos y muy buenos profesionales pero también mucho ‘listo’. Así que les cuento. Sábado al mediodía. Restaurante italiano de lujo (o al menos a eso aspiran desde su apertura) con pretencioso decorado y perteneciente desde hace algunos meses a un poderoso grupo de restaurantes (los demás no son italianos). Anuncian unas jornadas de boletus (funghi porcini en italiano) y para recordarlo en las mesas hay un díptico con los platos que han preparado para la ocasión. Un comensal pide un secreto de ibérico con boletus (el maitre apunta y calla). Otro, una lubina con tartar de boletus. Entonces el mismo maitre advierte que en vez de boletus le van a poner ‘algunas setas’ porque no hay hongos de los anunciados. ¿Y el secreto sí los lleva? Tampoco, ‘se me había olvidado decírselo’ (ya saben, por si cuela). Si no tienen garantizado el suministro para qué se lanzan a anunciar a bombo y platillo unas jornadas. Pero la cosa no acaba aquí. El restaurante presume de una magnífica carta de vinos. Y la verdad es que la que le traen al comensal es amplia y variada. Primer intento: un reserva Santa Rosa, de Enrique Mendoza. Paciente espera. ‘Lo siento, se nos ha acabado’. Segundo intento: un Allende riojano. Otro viaje a la bodega, más espera. ‘Tampoco lo tenemos’. Pues dígame que tiene y acabamos antes. Así cualquiera hace una maravillosa carta de vinos. Y seguimos: el carpaccio ‘de buey'(?) no sabe a nada; el ‘vitello tonnatto’ lleva en vez de salsa de atún una crema espesa e indescifrable; el ossobbuco resulta absolutamente insípido y se acompaña con un arroz amazacotado y tan azafranado que anula todo lo demás. Se salvan, eso sí, una lasaña de pato, y los postres, que están incluso bien. Pues todo esto supuso una factura final para tres personas por encima de los 150 euros. ¿Qué me dicen? El restaurante está en Madrid, calle Espronceda, y se llama Il Gusto. Ya lo saben. Seguiremos.

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