Gastro Niemeyer, una experiencia diferente

Publicado por el jul 6, 2011

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El Centro Niemeyer, inaugurado hace un par de meses, ha sido un revulsivo para Avilés. Un espacio moderno, abierto a la cultura, que cambia el espacio urbano de una ciudad castigada en las últimas décadas por esa industria siderúrgica que durante un tiempo fue una fuente de riqueza pero un desastre en todo lo demás. Una ciudad que poco a poco va recuperando su identidad perdida. Les recomiendo vivamente que la visiten. Que vayan al Niemeyer pero sobre todo que paseen por su casco antiguo, el más importante de Asturias tras el de Oviedo, con muchos vestigios aún de su esplendor medieval como la iglesia de los Franciscanos, del siglo XII, o la capilla de los Alas, del XIV. De verdad que les sorprenderá. Perdonen este comienzo, tan poco gastronómico, pero uno se debe a sus orígenes, y en Avilés están los míos. Pero vamos con las cosas del comer. En ese paseo que les recomiendo no dejen de acercarse al mercado , que lleva el nombre de los Hermanos Orbón, donde encontrarán magníficos pescados, los excelentes quesos asturianos y sobre todo esos productos de las huertas próximas que las propias aldeanas bajan a vender cada día. Hay en Avilés, además, buenos sitios para el tapeo y restaurantes como CASA TATAGUYO, donde entre otras muchas cosas es imprescindible probar la longaniza avilesina, o, ya en las afueras, el estrellado KOLDO MIRANDA. La oferta se amplía si abrimos un radio de 10 ó 15 kilómetros, con el REAL BALNEARIO DE SALINAS y con CASA GERARDO. Precisamente son los propietarios y cocineros de esta última los protagonistas de este post porque son ellos los que han asumido la gestión de la cafetería y el restaurante de ese Centro Niemeyer. Una apuesta arriesgada que comienza a dar sus frutos. Se lo cuento.

Es una pena que por diversas cuestiones el gran aparcamiento construido bajo en Niemeyer no se haya abierto al público. Eso obliga a un paseo desde la plaza de España através de incómodas pasarelas sobre la ría y sobre las vías del ferrocarril. Paseo agradable con buen tiempo. Desagradable cuando hace calor o cuando llueve, más habitual esto segundo que lo primero. Desagradable también el cegador resplandor que en días de sol producen los tonos blancos de los edificios y el patio central del complejo. Los arquitectos no siempre piensan en la gente. Dicho lo cual, el conjunto es impresionante. Allí está la cafetería, PAMPULHA BAR, en la que los Morán han dispuesto una carta muy informal de tapas y raciones sencillas pero bien elaboradas. Desde una bravas o unas croquetas, hasta un par de huevos fritos con patatas y longaniza de Avilés. Desde unos calamares bien fritos hasta unos callos a la asturiana. Quesos de la tierra, algunas chacinas y conservas de calidad (Sanfilippo, José Peña, La Catedral Navarra) completan la cuidada oferta que permite comer de manera informal y rápida a los visitantes.

Pero el verdadero interés gastronómico está en la torre. A modo de platillo, se puede subir por un ascensor o por una rampa. Arriba, mitad y mitad, están el restaurante y la coctelería, desde cuyos ventanales hay buenas vistas de la ciudad, de la ría… y de los altos hornos. El GASTRO NIEMEYER no es exactamente un restaurante. Su planteamiento y la manera de funcionar no encajan en los esquemas tradicionales. Hay algo parecido en Salzburgo, el IKARUS, aunque a mayor escala. Pero desde luego es una fórmula completamente nueva en España. Sólo se puede reservar por internet. Doce personas cada vez. De martes a domingo para comer, y viernes y sábados también para cenar. A los clientes se les cita a una hora determinada y, mientras van llegando, el jefe de sala,  Javier Gutiérrez (que ha trabajado en Londres con Ramsay) les ofrece una copa de vino en la coctelería, cerrada al público a esa hora. Cuando están los doce, pasan a la cocina, donde trabaja un equipo encabezado por Florian Lindener, formado en Casa Gerardo. Al lado, una gran mesa preparada para recibirles. Todos se sientan en la misma mesa. Una fórmula que puede gustar mucho, pero que también puede causar un cierto rechazo. La verdad es que depende mucho del grupo que toque en cada ocasión, pero lógicamente se acaba intercambiando comentarios y opiniones, fundamentalmente sobre la comida. Y en muchos casos, se hacen amigos. Hay que tener en cuenta que la gente que va a gastarse cerca de 100 euros en comer sabe a lo que va y que hay una cierta complicidad en torno a la gastronomía. En mi caso, ayer, la mesa la formaban una señora de Avilés con su hijo que querían descubrir la cocina de Arzak; una joven pareja de Oviedo, aficionados a la buena mesa, que habían dejado a su hijo pequeño con los abuelos para poder descubrir el Gastro Niemeyer; un empresario de Bilbao que reside en Dubai y que está pasando unos días de vacaciones en Asturias con su mujer, dubaití, y con unos amigos, un alemán y una norteamericana; y un cocinero de Santander que se dedica a la enseñanza profesional, acompañado de su mujer. Qué quieren que les diga. Al principio un poco violento, luego la conversación fue fluyendo y acabamos muy a gusto. Tanto que la mayoría compartió luego una copa en la coctelería. En cualquier caso, hay otra solución: ponerse de acuerdo doce amigos y cerrar la mesa.

Además de la mesa única, la característica principal es que sólo se sirve un menú. El elegido por un cocinero de primer nivel. Menú que se reproduce fielmente en la cocina del Niemeyer. El que ha abierto el fuego ha sido Juan Mari Arzak, cuyos platos estarán hasta el 31 de julio. Luego llegarán Pepe Rodríguez Rey, en agosto, y David de Jorge, en septiembre. Para final de año ya se ha comprometido Alex Atala. Una forma de acercarse al trabajo de estos primeros espadas y de descubrir sus elaboraciones. Menú fijo, como digo, con precio cerrado, que incluye los vinos de una bodega. El de Arzak cuesta 97 euros, todo incluido. Pero los precios variarán con cada cocinero en función de los costes del producto.

Así que ayer tocaba Arzak. Juan Mari ha preparado un menú de clásicos, que en líneas generales estuvo muy bien ejecutado por el equipo de cocina del Niemeyer. Les cuento los platos, aunque no se los explico porque la mayoría de ustedes los conoce de sobra. Como aperitivos: arroz crujiente con arraitxikis; raíz de loto y boletus; pastel de kabrarroka (lo más flojito, muy insípido este pastel de cabracho); y el caldo mutante de chipirón. Y luego los distintos platos: los impresionantes higos con foie y frutas atomizadas; sorta de cigalas; huevo en temblor de tierra; el potente bonito en hoguera de sus escamas; y, para terminar, el pichón bien azulón. Entre los salados y los postres, un pequeño receso para que los fumadores puedan salir a cumplir con su vicio. Reanudado el servicio llegan los postres: las divertidas pompas de piña, y el racimo de chocolate. Los vinos, todos de Bodegas Chivite: Gran Feudo Edición Rosado sobre lías 2009; Gran Feudo Edición Chardonnay sobre lías 2008; Colección 125 2005; y moscatel Gran Feudo 2009.

El servicio en la mesa, impecable. Algunos de los platos servidos por los propios cocineros. Todo, cocina y servicio, coordinado con acierto por Carolina Ramos, la mujer de Marcos Morán, que es una gran profesional. Una pega a la mesa: una inoportuna mampara opaca impide ver el trabajo de la cocina pese a que está justo al lado. Es cierto que los comensales se pueden levantar cuando quieran y acercarse a los cocineros para ver lo que hacen o para preguntarles. Pero quitar o cambiar esa mampara por una transparente sería una buena idea.

Tras el café, Paula Roque, la brasileña que se encarga de la coctelería, se acerca a la mesa para ofrecer a los clientes la posibilidad de tomar un combinado en ese espacio anexo. Paula ha trabajado en Madrid en el hotel Puerta de América, y se ve muy profesional. Tiene un completo repertorio de marcas de destilados y trabaja con soltura. Incluso, si se le pide, hace un gin tonic absolutamente tradicional. Este espacio de la coctelería ocupa la mitad del platillo. Un espacio muy agradable si no fuera por un pequeño gran problema. Aunque está reservado sólo para clientes que quieran tomar allí una copa, no hay ningún cartel que lo advierta ni nadie que lo vigile por lo que mientras uno se toma el GT no cesa un desfile incesante de gente que sube sólo para mirar o para hacer fotos desde los ventanales. Algo que llega a ser agobiante en algunos momentos, con familias enteras cargadas de niños, y que le resta bastante encanto al asunto. Es un tema que depende de la dirección del Niemeyer, pero no estaría mal que tomaran cartas en el asunto. De lo contrario poca gente va a consumir allí.

Resumiendo, un concepto original, que tiene muchos atractivos y que desde luego vale la pena conocer.

P. D. Recuerden que estamos en Twitter: @salsadechiles

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