El guerrero

Publicado por el abr 1, 2012

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 En la víspera de la batalla aún resonaban en su cabeza las voces de la historia. Pamplona… Allí donde muere el talento, donde la neblina oculta el sol, la lluvia es la reina y el acero su rey. Allí hay guerreros toscos que no dan respiro. Donde no les llega la maña usan la fuerza y la garra, en aquel Reyno la fiereza de su corazón no conoce fronteras. Empujan y empujan y su garra es de acero. Ni el Tercio de Cartagena sobreviviría en un sitio así.

Y había historias: «Allí sucumbieron los mejores, la Quinta se replegó ante los tornillos, algunos se escondieron tras las rayas que limitaban el juego cuando vieron caer hierros y tuercas, otros cayeron ante el acero afilado del rival y casi todos salieron heridos o golpeados. Aquello es el infierno…».
En la mañana de autos, Cristiano Ronaldo se levantó. Se miró al espejo y el temor desapareció, las pesadillas se tornaron nimias justo cuando la imagen le habló: «Estás bueno, estás buenísimo. Todas te adoran, ellos te envidian. Eres el más bello entre los bellos. Pibonazo estás hecho, chaval». Ante el espejo el luso se creció mientras la amenaza empequeñecía. Sonrió mientras su otro yo susurraba: «Ya estás solo arriba: Brad se ha vuelto zangolotino entre las garras de Angelina, George peina canas y David… Le has quitado hasta los calzoncillos de Armani. Está caduco y la campaña es tuya». Cuando se enfundó la camiseta blanca, medía dos metros, sus músculos eran de acero forjado y tenía sangre en la mirada. Entonces, pensó en ellas: «Todas me miran, les gusto, soy bello y grande, el más grande. Soy imbatible. Soy Alí y les voy a partir en dos».

En la salida al campo buscó con la mirada al capitán que les mandaba: Puñal, ese veterano curtido en mil batallas, cicatrices aquí y allá, el guerrero que redobla su valor cuando ve a los blancos delante, tal es su furia antivikinga. Cuando le encontró, fijó su mirada en él, cual Stallone ante el soldado alemán en el punto de penalti. Sonrió y Puñal, mandíbula de acero, valor indomable, vio sombras en el horizonte: “En Bretaña comía dagas envenenadas todas las tardes. Iréis al acantilado…” creyó oír el navarro. Luego, el Averno se cernió sobre las camisolas rojas. Un Aquiles poderoso irrumpió entre las huestes del valeroso Mendilibar y las arrasó sin compasión. Cuando acabó la batalla, sólo quedaba la sonrisa, enorme, del guerrero blanco elegido por los dioses. La sonrisa y un muslamen poderoso, jamón de pata negra. Un chuleta merecedor de haber nacido en Ópera…

Más allá, en el noreste, Lionel apagó la máquina de ver y, nervioso e inquieto, miró al rincón buscando alivio. Sólo encontró el gesto preocupado de Pep. No habrá cuartel…

 

 

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