Dylan, Federer y los futbolistas

Publicado por el Dec 16, 2013

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Llovía como si existieran deudas con el cielo. Con furia indescriptible. Un individuo andaba sigiloso por Long Branch, en Nueva Jersey. Era una zona donde en las últimas semanas se había producido algunos robos. El tipo caminaba taciturno bajo el agua y parecía sin rumbo. La policía, atenta, le paró. De lejos vestía como un mendigo, doble capucha, pantalón de chándal, zapatillas… De cerca era peor: cientos de senderos vividos recorrían su rostro, estaba demacrado, y su catadura era más que dudosa No tenía documentación encima y cuando le dijeron dónde vivía fue vago: “Hay unos autobuses, cerca del océano… No sé. Estoy en un hotel..”. Le preguntaron el nombre: “Bob Dylan”, dijo.

La policía era joven, pero conocía a Bob Dylan. Le miró bien y no le creyó. “Hala, a ver ese hotel”. La reacción de Zimmerman, su respuesta, fue la creación del universo: “Pues vale”. No dijo, “¡eh, que yo soy Cristiano Ronaldo o Messi. No sabéis con quién estáis hablando”. No. Calló, se metió en el coche y esperó fumando un cigarrillo a que Joan Baez le trajera la flor que solía llevarle al camerino al finalizar las actuaciones. “Se portó muy bien, fue muy educado y respetuoso”, dijo la policía al acabar la confusión.

En otro lado del mundo y en otro tiempo, Roger Federer se encaminaba al cruce de pista y cogía una toalla para secarse el sudor. Era una mentira piadosa. El gran Rogelio no suda, casi nunca suda, pero hacía que sudaba como muestra de respeto al rival, para que pensara que le estaba haciendo partido, que era un contrario de tronío. Federer no es el mejor tenista de la historia por su juego, que también, sino porque muestra esta clase de respeto hacia los rivales, el mismo que le enseñaron a Rafa Nadal en su infancia.

Y también en otra parte del mundo, y en otro tiempo, los jugadores del Barcelona (y también del Madrid) se bajaban del avión a pie de pista para que les recogiera el autobús que les llevara al hotel. Allí recorrerían los pocos metros hasta la puerta del hotel con los cascos puestos y, generalmente (que siempre hay excepciones) haciendo caso omiso a los aficionados. Atrás, en el aeropuerto, habrán dejado a cientos de niños esperando con sus papeles y fotografías para que les firmaran. Habrán escapado por otra puerta para no ser molestados ni incordiados en su burbuja aislante mientras que un niño acabaría sollozando en Málaga o en cualquier otra ciudad gimiendo: “¡Eso no es así, eso no se hace…!”.

Suelen ser los mismos futbolistas que dicen que se les falta al respeto cuando se les pregunta si su decisión de marcharse de un club es irrevocable o si se les pregunta si se están entrenando bien. Todo lo que roce su ego es una falta de respeto, pero lo que ellos hacen con sus aficionados, a los que no dejan ni ver sus entrenamientos, no lo es.

Parece que sobre respeto les falta mucho que aprender de gente como Roger Federer, Rafael Nadal y ya no digamos de Bob Dylan (el héroe de la vida), tipos a los que no llegan, ni con mucho, a la suela de los zapatos en nada, y mucho menos en arte.

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